Pocas ciudades respiran tanta historia, tanta música y tanta elegancia como Viena. Capital de Austria y antiguo centro del vasto Imperio austrohúngaro, fue durante más de seis siglos la sede de la dinastía Habsburgo, y esa herencia imperial se siente en cada esquina: palacios monumentales, avenidas señoriales, iglesias barrocas y un casco histórico declarado Patrimonio Mundial de la Unesco. Caminar por el Ring —el gran bulevar circular que rodea el centro— es como pasear por un museo al aire libre del siglo XIX.
Pero Viena no es solo mármol y oro: es, sobre todo, la ciudad de la música. Acá vivieron y compusieron Mozart, Beethoven, Schubert, Haydn, Brahms y la familia Strauss; nació el vals vienés y todavía hoy la Ópera Estatal, la Filarmónica y el concierto de Año Nuevo son citas de fama mundial. Y es también la ciudad del café: las grandes cafeterías vienesas, con sus mármoles, sus diarios colgados de varillas y su Sachertorte, son una institución reconocida por la Unesco como patrimonio cultural inmaterial, un lugar para sentarse horas sin que nadie te apure.
Esta guía recorre lo esencial de Viena con mirada práctica y cálida: cómo organizar los grandes palacios, qué museos elegir, dónde escuchar buena música, cómo moverse en su transporte público impecable y cómo dejarse llevar por el ritmo amable de una ciudad que, año tras año, encabeza los rankings de calidad de vida del mundo. Viena combina como pocas la grandeza del pasado con una comodidad y una limpieza que la vuelven un placer para el viajero.
Viena nació como el campamento romano de Vindobona, levantado en el siglo I sobre el Danubio para vigilar la frontera del Imperio. Tras siglos como plaza fronteriza, en 1156 se convirtió en residencia de los duques Babenberg y, desde finales del siglo XIII, en el centro del poder de la dinastía Habsburgo, que la gobernaría hasta 1918. Viena resistió dos grandes asedios otomanos, el de 1529 y el de 1683; este último, levantado con la ayuda del rey polaco Juan III Sobieski, marcó el principio del fin de la expansión turca en Europa central. Tras el peligro otomano, la ciudad floreció en el barroco, con palacios como el Belvedere y Schönbrunn. En el siglo XVIII, bajo la emperatriz María Teresa y su hijo José II, Viena vivió reformas profundas y un esplendor cultural en el que brillaron Haydn y Mozart. El Congreso de Viena (1814-1815) reorganizó Europa tras Napoleón, y a mediados del siglo XIX, el emperador Francisco José ordenó derribar las murallas para construir el majestuoso Ring. Hacia 1900, la 'Viena fin de siglo' fue una de las capitales culturales del mundo: Gustav Klimt y la Secesión en el arte, Sigmund Freud en el psicoanálisis, Otto Wagner en la arquitectura. El asesinato del heredero al trono en Sarajevo, en 1914, desató la Primera Guerra Mundial, tras la cual cayó el Imperio. Anexada por la Alemania nazi en 1938 y dañada en la Segunda Guerra, Viena quedó dividida en zonas de ocupación hasta que Austria recuperó su plena soberanía en 1955. Desde entonces renació como una capital próspera, sede de organismos de la ONU y, repetidamente, la ciudad con mejor calidad de vida del mundo. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El corazón del país: la capital imperial de los Habsburgo con su Ring y sus palacios, el Danubio y el valle del Wachau, y Linz, la ciudad industrial marcada por su pasado nazi. Aquí nació Austria como estado y aquí latió su historia durante mil años.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de los palacios y los valses, lo que hoy es Viena era una frontera. Hacia el siglo I de nuestra era, los romanos instalaron en este recodo del Danubio un campamento militar llamado Vindobona, parte de la línea defensiva del limes que protegía la provincia de Panonia de los pueblos germánicos del otro lado del río. Vindobona llegó a albergar a una legión y a una población civil de varios miles de personas; se cree que el emperador filósofo Marco Aurelio murió cerca de aquí, en el año 180, durante las campañas contra los marcómanos. Bajo el centro actual de Viena todavía aparecen, cada tanto, restos de aquel asentamiento.
Con la caída del Imperio romano de Occidente, Vindobona se despobló y la región quedó en manos de distintos pueblos. El nombre 'Wien' (Viena) reaparece documentado en la Edad Media, y la ciudad fue creciendo como plaza estratégica sobre el Danubio. El gran salto llegó con la dinastía de los Babenberg, que en 1156 hizo de Viena su residencia y elevó a Austria a la categoría de ducado. Bajo los Babenberg se construyó el primer gran templo y la ciudad empezó a tomar forma de capital regional.
En 1278, tras la batalla de Marchfeld, Rodolfo I de Habsburgo derrotó al rey bohemio Otakar II y los Habsburgo tomaron el control de Austria. Comenzaba así la asociación entre esta familia y Viena que duraría más de seis siglos y que convertiría a la ciudad, con el tiempo, en una de las grandes capitales de Europa.
Desde fines del siglo XIII y, sobre todo, desde el XV, Viena fue el centro de poder de la Casa de Habsburgo, la dinastía que llegaría a reinar sobre buena parte de Europa con el lema 'A.E.I.O.U.' y la célebre política de los matrimonios ('Que otros hagan la guerra; tú, feliz Austria, cásate'). En 1452, Federico III fue coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y a partir de entonces la corona imperial quedó casi de manera permanente en manos de los Habsburgo, con Viena como una de sus sedes principales.
La ciudad se llenó de instituciones de gobierno y de la corte: el Hofburg, el palacio imperial en el corazón de la ciudad, fue creciendo siglo tras siglo, sumando alas, patios y estilos según los gustos de cada emperador. Viena se transformó en capital política, militar y religiosa de un vasto conglomerado de reinos y territorios. La catedral de San Esteban (Stephansdom), con su inconfundible tejado de tejas vidriadas y su altísima torre sur, se convirtió en el símbolo espiritual de la ciudad y se fue elevando a lo largo de los siglos góticos.
Esa posición central tuvo un precio: Viena era también la puerta de Europa central frente al Imperio otomano, en plena expansión. La ciudad amurallada se preparó para resistir, y esa condición de bastión fronterizo marcaría dos de los episodios más dramáticos de su historia.
Viena fue, durante siglos, la frontera entre la cristiandad de Europa central y el poder del Imperio otomano. Dos veces los ejércitos del sultán llegaron hasta sus murallas con la intención de tomarla, y dos veces la ciudad resistió, en episodios que quedaron grabados en la memoria europea.
El primer asedio ocurrió en 1529, cuando Solimán el Magnífico, tras conquistar Hungría, marchó sobre Viena con un enorme ejército. El otoño lluvioso, las dificultades logísticas y la resistencia de la guarnición frustraron el ataque, y los otomanos se retiraron. Pero la amenaza no desapareció: la ciudad reforzó sus murallas y vivió durante más de un siglo bajo la sombra de una nueva ofensiva.
Esta llegó en 1683, en el que es quizás el episodio más célebre de la historia vienesa. Un gran ejército otomano comandado por el gran visir Kara Mustafá puso sitio a la ciudad durante dos meses. Viena estaba al borde de caer cuando, el 12 de septiembre de 1683, una coalición cristiana encabezada por el rey de Polonia Juan III Sobieski —con tropas del Sacro Imperio y de varios principados alemanes— bajó desde el Kahlenberg y desbarató al ejército otomano en la batalla de Viena, con una de las mayores cargas de caballería de la historia. La victoria marcó el comienzo del retroceso otomano en Europa. La leyenda —no del todo confirmada— atribuye a este episodio el origen del café vienés (con los sacos de café abandonados por los turcos) y hasta de los croissants, en forma de media luna.
Tras alejarse el peligro otomano, Viena vivió una época de esplendor. Los siglos XVII y XVIII trajeron el barroco, y la aristocracia y la corte compitieron por levantar palacios deslumbrantes. El arquitecto Johann Bernhard Fischer von Erlach y otros maestros dieron a la ciudad joyas como la iglesia de San Carlos (Karlskirche), el palacio Belvedere del príncipe Eugenio de Saboya —el general que había derrotado a los otomanos— y la gran ampliación de Schönbrunn, el palacio de verano imperial concebido como respuesta austríaca a Versalles.
El siglo XVIII está dominado por la figura de María Teresa, la única mujer que gobernó los dominios de los Habsburgo (1740-1780). Madre de dieciséis hijos —entre ellos María Antonieta, futura reina de Francia—, María Teresa modernizó el Estado, reformó el ejército, la administración y la educación, e impulsó una etapa de prosperidad. Su hijo José II llevó adelante reformas ilustradas más radicales, en sintonía con el espíritu de la época.
Esa Viena próspera y refinada se convirtió en la capital musical de Europa. Bajo el mecenazgo de la corte y la aristocracia, la ciudad atrajo o vio nacer a los más grandes compositores del clasicismo: Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart —que se instaló en Viena y murió aquí en 1791— y, ya entrando en el siglo XIX, Ludwig van Beethoven. Nacía la fama de Viena como 'la ciudad de la música', que llegaría a su apogeo con la familia Strauss y el vals.
El siglo XIX transformó la apariencia de Viena para siempre. En 1857, el emperador Francisco José I ordenó demoler las viejas murallas medievales que rodeaban el centro y que habían quedado obsoletas. En su lugar se trazó la Ringstrasse, un majestuoso bulevar circular flanqueado por edificios monumentales que se convirtieron en el escenario de la vida pública: la Ópera Estatal, el Parlamento (en estilo griego clásico), el Ayuntamiento (neogótico), la Universidad, el Burgtheater y los grandes museos de Historia del Arte y de Historia Natural. Esta etapa de arquitectura ecléctica e historicista se conoce como el 'estilo Ringstrasse'.
A la vez, Viena vivió uno de los momentos culturales más fértiles de la historia europea, conocido como la 'Viena fin de siècle' o 'Wiener Moderne'. En las primeras décadas en torno a 1900, la ciudad fue un hervidero de ideas y de arte: el pintor Gustav Klimt y el movimiento de la Secesión vienesa rompieron con el academicismo; Otto Wagner revolucionó la arquitectura; Sigmund Freud fundaba el psicoanálisis; Arnold Schönberg transformaba la música; y en los cafés se cruzaban escritores, científicos y pensadores. Era la capital del Imperio austrohúngaro, un mosaico de pueblos que confluían en Viena.
Ese mundo brillante y cosmopolita se derrumbó con la Primera Guerra Mundial. La derrota de 1918 disolvió el Imperio austrohúngaro, y Viena —una capital pensada para gobernar a más de cincuenta millones de personas— quedó al frente de una pequeña república alpina de apenas seis o siete millones de habitantes.
La Primera República austríaca, nacida en 1918, fue una etapa turbulenta. En la 'Viena Roja' de los años veinte, el gobierno socialdemócrata de la ciudad impulsó un ambicioso programa de vivienda social —con complejos emblemáticos como el Karl-Marx-Hof— y políticas sociales pioneras. Pero la crisis económica, los conflictos políticos y el ascenso del autoritarismo llevaron a una guerra civil en 1934 y a un régimen austrofascista.
En marzo de 1938 se produjo el Anschluss: la anexión de Austria a la Alemania nazi de Hitler, recibida en Viena con multitudes en la Heldenplatz. Los años siguientes fueron trágicos: la próspera y creativa comunidad judía de Viena —que había dado al mundo a Freud, a tantos artistas y científicos— fue perseguida, expulsada y, en gran parte, asesinada en el Holocausto. La ciudad sufrió bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial y fue tomada por el Ejército Rojo en 1945.
Tras la guerra, Austria y Viena quedaron divididas en zonas de ocupación por las cuatro potencias aliadas, una situación que el cine inmortalizó en 'El tercer hombre'. La ocupación terminó en 1955 con el Tratado de Estado, que devolvió la plena soberanía a Austria a cambio de su neutralidad permanente. Desde entonces, Viena se reconstruyó y prosperó: hoy es una ciudad próspera, segura y verde, sede de organismos de la ONU y de la OPEP, repetidamente elegida entre las ciudades con mejor calidad de vida del mundo. Su centro histórico, con la herencia de los Habsburgo y de la Ringstrasse, es Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2001.