Si Viena fue la capital de los Habsburgo, Schönbrunn fue su paraíso de verano. A las puertas de la ciudad, esta inmensa residencia barroca de fachada amarillo imperial —el característico 'amarillo Schönbrunn'— fue concebida como la respuesta austríaca a Versalles: un palacio rodeado de jardines geométricos, fuentes, esculturas mitológicas y avenidas de árboles podados, coronado en lo alto de la colina por la elegante Gloriette. Es el lugar donde la corte vienesa pasaba los meses cálidos, donde un Mozart niño tocó ante la emperatriz María Teresa y donde transcurrió buena parte de la vida del longevo emperador Francisco José I.
Visitar Schönbrunn es entrar de lleno en el mundo de los Habsburgo. El recorrido por los aposentos imperiales muestra los salones donde gobernó María Teresa, el despacho austero de Francisco José, las habitaciones de la mítica emperatriz Sissi y las salas de gala donde se celebraban las grandes ceremonias. Afuera, los jardines invitan a perderse: subir caminando hasta la Gloriette para tener la mejor vista panorámica de Viena, recorrer el laberinto, asomarse a las falsas ruinas romanas o visitar el Tiergarten, el zoológico más antiguo del mundo todavía en funcionamiento.
Esta guía reúne lo práctico para aprovechar Schönbrunn al máximo: qué tipo de entrada conviene, cómo llegar desde el centro de Viena, qué ver dentro y fuera del palacio, y cómo organizar la visita para evitar las multitudes. Es, sin duda, una de las visitas imperdibles de cualquier viaje a Austria, y la mejor manera de comprender el esplendor y la vida cotidiana de la dinastía que reinó sobre media Europa durante más de seis siglos.
El origen de Schönbrunn se remonta a una mansión de caza que existía en estas tierras y que fue destruida durante el asedio otomano de 1683. A fines del siglo XVII, el emperador Leopoldo I encargó al arquitecto Johann Bernhard Fischer von Erlach el diseño de un nuevo y grandioso palacio imperial; el nombre 'Schönbrunn' ('fuente hermosa') proviene de un manantial hallado en la zona. Pero fue la emperatriz María Teresa, en el siglo XVIII, quien transformó Schönbrunn en lo que hoy conocemos: lo amplió y redecoró en estilo rococó, convirtiéndolo en el corazón de la vida cortesana de los Habsburgo y en su residencia de verano predilecta. Allí, en 1762, un Mozart de seis años tocó ante la emperatriz. Schönbrunn fue testigo de momentos clave de la historia europea: Napoleón se alojó aquí durante sus ocupaciones de Viena; el hijo de Napoleón, el 'Aguilucho', murió en el palacio en 1832; y aquí vivió y reinó durante décadas el emperador Francisco José I, que nació en 1830 y falleció en Schönbrunn en 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Tras la caída del Imperio en 1918, el palacio pasó a manos de la República austríaca, que lo convirtió en museo. En 1996, el conjunto del palacio y sus jardines fue declarado Patrimonio Mundial de la Unesco. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El nombre 'Schönbrunn' significa, literalmente, 'fuente hermosa' en alemán. La tradición cuenta que el emperador Matías, mientras cazaba en estas tierras a comienzos del siglo XVII, descubrió un manantial de aguas particularmente claras al que llamó 'schöner Brunnen' ('hermosa fuente'). De ese manantial habría tomado el nombre toda la finca que con el tiempo se convertiría en el gran palacio imperial.
En aquella época, esta zona al oeste de Viena estaba fuera de la ciudad amurallada y era un terreno de caza y de quintas de recreo de la nobleza. A mediados del siglo XVII se levantó aquí una residencia de caza para la corte. Pero ese primer edificio tuvo un destino trágico: fue arrasado durante el segundo asedio otomano de Viena, en 1683, cuando los ejércitos del gran visir Kara Mustafá devastaron los alrededores de la ciudad antes de ser derrotados.
Tras la victoria sobre los otomanos y el alejamiento del peligro turco, los Habsburgo se encontraron con la oportunidad de reconstruir y, sobre todo, de pensar en grande. El terreno de Schönbrunn, cercano a Viena pero en pleno campo, era el lugar ideal para levantar una residencia de verano a la altura del prestigio imperial.
Hacia fines del siglo XVII, el emperador Leopoldo I decidió levantar en Schönbrunn una residencia digna de la dinastía. El encargo recayó en uno de los más grandes arquitectos del barroco austríaco, Johann Bernhard Fischer von Erlach, que en 1688-1696 concibió un proyecto monumental. Su idea inicial era todavía más grandiosa que el palacio que finalmente se construyó: un complejo colosal pensado para rivalizar —e incluso superar— con el Versalles de Luis XIV, situado en lo alto de la colina donde hoy está la Gloriette.
Por razones de costo y de practicidad, ese primer proyecto fantástico se redujo, y el palacio se erigió finalmente en la parte baja del terreno, junto a los jardines. Las obras de aquella primera fase dieron forma a un edificio ya imponente, destinado en buena medida al heredero al trono. Fischer von Erlach murió en 1723 y la obra continuó con su hijo y otros arquitectos.
Aunque el Schönbrunn que conocemos hoy debe mucho a las transformaciones posteriores, fue Fischer von Erlach quien fijó las líneas maestras del conjunto: la relación entre el palacio y la colina, el gran eje de los jardines y la ambición de crear una residencia imperial que expresara, en piedra y simetría, el poder de los Habsburgo. El proyecto encarna el espíritu del barroco vienés, ese arte de la grandeza al servicio de la monarquía.
Si un nombre está unido a Schönbrunn por encima de todos, es el de la emperatriz María Teresa. Cuando accedió al trono de los dominios de los Habsburgo en 1740, recibió Schönbrunn y decidió convertirlo en su residencia de verano favorita y en el corazón de la vida cortesana. A lo largo de su reinado (1740-1780), el palacio fue ampliado y completamente redecorado bajo la dirección del arquitecto Nikolaus Pacassi, adoptando el estilo rococó y la inconfundible fachada de color amarillo —el 'amarillo Schönbrunn' o 'amarillo Teresiano'— que lo caracteriza.
Fue María Teresa quien dotó a Schönbrunn de sus salones más célebres: la Gran Galería, la Sala de los Millones (con sus paneles de palo de rosa y miniaturas), los gabinetes chinos y las salas de gala donde se celebraban banquetes y bailes. También bajo su impulso, y por iniciativa de su esposo Francisco I de Lorena, se fundó en 1752 la colección de animales que daría origen al Tiergarten, hoy el zoológico más antiguo del mundo en funcionamiento, y se diseñaron los jardines barrocos tal como hoy los conocemos, coronados por la Gloriette en 1775.
En ese ambiente esplendoroso tuvo lugar uno de los episodios más recordados de Schönbrunn: en 1762, un niño prodigio de seis años llamado Wolfgang Amadeus Mozart tocó ante la emperatriz y su familia. La tradición cuenta que el pequeño, tras resbalar, fue ayudado a levantarse por una de las archiduquesas —según la leyenda, la futura María Antonieta— y que el niño le habría prometido casarse con ella. La corte de María Teresa hizo de Schönbrunn un centro de poder, cultura y vida familiar.
Schönbrunn no fue solo escenario de fiestas y conciertos: también vivió de cerca los grandes terremotos políticos de Europa. Durante las guerras napoleónicas, cuando los ejércitos de Napoleón Bonaparte ocuparon Viena en 1805 y nuevamente en 1809, el emperador francés estableció su cuartel general precisamente en Schönbrunn, durmiendo en los aposentos imperiales de los Habsburgo. En el palacio se firmó, en 1809, el llamado Tratado de Schönbrunn, que impuso duras condiciones a Austria tras su derrota.
El destino unió a Schönbrunn con la familia de Napoleón de un modo trágico. El emperador francés se casó en segundas nupcias con María Luisa, hija del emperador austríaco Francisco I, y de esa unión nació Napoleón II, conocido como el 'Aguilucho' (l'Aiglon) o el duque de Reichstadt. Tras la caída de su padre, el niño fue criado en la corte austríaca, en Schönbrunn, prácticamente como un Habsburgo más. Allí pasó sus últimos años, enfermo de tuberculosis, y allí murió en 1832, con apenas 21 años, en la misma habitación en la que años antes se había alojado su padre. Es uno de los episodios más novelescos del palacio.
Durante el siglo XIX, Schönbrunn siguió siendo la residencia de verano de la corte y fue testigo de los vaivenes del Imperio, incluida la revolución de 1848. Pero su capítulo más largo estaba por llegar de la mano del emperador que más tiempo habitó sus salones.
Para muchos, Schönbrunn es ante todo el palacio del emperador Francisco José I, la figura que encarna la larga decadencia del Imperio austrohúngaro. Francisco José nació en Schönbrunn en 1830 y subió al trono en 1848, en plena revolución, para reinar durante 68 años, hasta su muerte en 1916: uno de los reinados más largos de la historia europea. Schönbrunn fue su residencia principal y allí se conservan, hoy convertidos en museo, sus aposentos privados, que sorprenden por su austeridad: el emperador, hombre de costumbres militares, dormía en una sencilla cama de campaña y se levantaba de madrugada para trabajar.
A su lado, la figura de la emperatriz Isabel de Baviera, la célebre 'Sissi', aporta el contrapunto romántico y melancólico. Bella, culta e inquieta, Sissi soportaba mal el rígido protocolo de la corte y pasaba largas temporadas viajando. Sus habitaciones en Schönbrunn forman parte hoy del recorrido y alimentan el mito de una emperatriz incomprendida, cuya vida terminó trágicamente cuando fue asesinada en Ginebra en 1898. La pareja imperial sufrió otras tragedias, como el suicidio de su hijo, el príncipe heredero Rodolfo, en Mayerling.
El reinado de Francisco José terminó con el palacio convertido en símbolo de un mundo que se desmoronaba. El anciano emperador murió en Schönbrunn en 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Dos años después, en 1918, el Imperio austrohúngaro se disolvió y el último emperador, Carlos I, firmó en Schönbrunn su renuncia a participar en los asuntos de gobierno. El palacio pasó entonces a la flamante República austríaca, que lo abrió al público como museo. En 1996, el conjunto del palacio y sus jardines fue inscrito en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, asegurando su preservación como uno de los grandes legados barrocos de Europa.