Hay un tramo del Danubio en el que el gran río europeo se vuelve, sencillamente, un sueño. Es el Wachau, un valle de apenas treinta y pico de kilómetros entre Melk y Krems donde las laderas se cubren de viñedos en terrazas, los pueblos de tejados rojos se asoman al agua, los castillos y las ruinas coronan los cerros y los albaricoqueros (los famosos 'Marillen') florecen en primavera. No es casualidad que la Unesco lo declarara Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad: es uno de esos lugares donde la naturaleza y la mano del hombre han creado, a lo largo de los siglos, una armonía perfecta.
El Wachau es, además, una de las regiones vinícolas más prestigiosas de Austria. Aquí nacen algunos de los mejores vinos blancos del país —el fresco y especiado Grüner Veltliner y el elegante Riesling—, cultivados en terrazas de piedra que aprovechan cada rayo de sol sobre el río. Recorrer el valle es ir de bodega en bodega, de 'Heuriger' en 'Heuriger' (las tabernas donde los viñateros sirven su propio vino), saboreando también los albaricoques en mermeladas, licores y dulces. Y, por supuesto, está la monumental abadía de Melk, una de las obras maestras del barroco europeo, dorada y luminosa sobre su roca.
Esta guía recorre el Wachau con mirada práctica: cómo llegar desde Viena, cómo moverse por el valle (en barco, en bici o en auto), qué pueblos y monumentos no perderse —Melk, Dürnstein, Krems, Spitz—, dónde probar el vino y los albaricoques y cómo organizar la visita según el tiempo disponible. Ya sea como excursión de un día o como escapada relajada de varios, el Wachau es uno de los grandes placeres de un viaje por Austria.
El valle del Wachau ha estado habitado desde tiempos remotos: aquí se encontró la célebre 'Venus de Willendorf', una estatuilla de más de 25.000 años de antigüedad, uno de los hallazgos paleolíticos más famosos del mundo. En la Edad Media, el valle se llenó de monasterios, castillos y fortalezas que controlaban el tráfico fluvial del Danubio, una de las grandes rutas comerciales de Europa. La abadía de Melk fue fundada como monasterio benedictino en 1089, sobre una roca donde antes hubo un castillo de los Babenberg, y se convirtió en un centro religioso y cultural de primer orden; su deslumbrante aspecto barroco actual data de comienzos del siglo XVIII. En el castillo de Dürnstein, según la tradición, estuvo prisionero el rey Ricardo Corazón de León de Inglaterra en 1192-1193, capturado a su regreso de la Tercera Cruzada, hasta que fue liberado tras el pago de un cuantioso rescate. La ciudad de Krems es una de las más antiguas de Austria, con orígenes documentados hace más de mil años. Durante siglos, la viticultura y el comercio fluvial moldearon el paisaje en terrazas que hoy admiramos. En el año 2000, la Unesco inscribió el Wachau en su lista de Patrimonio Mundial como paisaje cultural, reconociendo la excepcional armonía entre el río, los viñedos, los pueblos y los monumentos. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El valle del Wachau es uno de los lugares habitados más antiguos de Austria, y su historia se hunde mucho más allá de cualquier crónica escrita. En 1908, durante unas obras ferroviarias cerca del pueblo de Willendorf, se halló una pequeña estatuilla de piedra caliza de unos 11 centímetros que se convertiría en una de las piezas más famosas del arte prehistórico mundial: la Venus de Willendorf. Se trata de una figura femenina de formas exuberantes, tallada hace alrededor de 25.000 a 30.000 años, en el Paleolítico superior.
La Venus de Willendorf, conservada hoy en el Museo de Historia Natural de Viena, atestigua que las orillas del Danubio en el Wachau estaban pobladas por cazadores-recolectores ya en plena Edad de Hielo. La estatuilla, una de las muchas 'Venus paleolíticas' encontradas en Europa, sigue intrigando a los especialistas por su significado, asociado probablemente a la fertilidad o a creencias simbólicas de aquellas comunidades.
Más allá de este hallazgo célebre, el valle conserva huellas de ocupación a lo largo de milenios. Su geografía —un corredor fluvial fértil y protegido, con suelos aptos para el cultivo y una vía natural de comunicación— lo convirtió desde muy temprano en un lugar atractivo para asentarse. El Danubio, eje del valle, fue siempre camino y frontera, comercio y defensa.
Durante la Edad Media, el Wachau se convirtió en un corredor estratégico de primer orden. El Danubio era una de las grandes rutas comerciales de Europa central, y quien controlaba el valle controlaba el tráfico de mercancías, el cobro de peajes y el paso de viajeros y ejércitos. Por eso las laderas del Wachau se cubrieron de castillos, fortalezas y torres de vigilancia, muchos de cuyos restos todavía coronan los cerros del valle.
A la par del poder militar creció el poder religioso. La región se llenó de fundaciones monásticas que se convirtieron en grandes centros de cultura, agricultura y, muy especialmente, viticultura. La más importante fue la abadía de Melk, fundada como monasterio benedictino en 1089 sobre una roca que antes había sido residencia de los Babenberg, los primeros gobernantes de Austria. Los monjes de Melk no solo rezaban y copiaban manuscritos: organizaban el cultivo de la tierra, plantaban viñedos y administraban vastas propiedades. Otros monasterios y abadías de la región hicieron lo propio, modelando el paisaje en terrazas.
Fueron estos siglos los que dieron al Wachau su fisonomía esencial: el mosaico de viñedos en terrazas sostenidas por muros de piedra seca, los pueblos junto al río, las iglesias y los castillos en lo alto. Esa combinación de naturaleza domesticada y arquitectura, fruto del trabajo de generaciones, es precisamente lo que siglos después la Unesco reconocería como paisaje cultural de valor universal.
El episodio más legendario de la historia del Wachau tiene como protagonista a un rey extranjero. En diciembre de 1192, el rey Ricardo I de Inglaterra, apodado 'Corazón de León', regresaba de la Tercera Cruzada cuando fue capturado en territorio austríaco. La razón era una vieja afrenta: durante la cruzada, Ricardo se había enemistado con el duque Leopoldo V de Austria, llegando, según las crónicas, a humillarlo arrojando su estandarte. La venganza llegó cuando el rey inglés, viajando de incógnito, cayó en manos del duque.
La tradición sostiene que Ricardo fue retenido prisionero en el castillo de Dürnstein (la Kuenringerburg), cuyas ruinas todavía coronan el cerro sobre el pueblo. Allí habría permanecido hasta que se acordó su liberación a cambio de un enorme rescate, que recayó sobre las arcas inglesas y que el duque y el emperador del Sacro Imperio se repartieron. Con parte de ese dinero, según se cuenta, se financiaron obras y fortificaciones en Austria.
A la cautividad de Ricardo se asocia la romántica leyenda del trovador Blondel: fiel a su rey, habría ido de castillo en castillo cantando una canción que solo ambos conocían, hasta que, al pie de los muros de Dürnstein, escuchó la voz de Ricardo respondiéndole, descubriendo así dónde estaba preso. La historia es seguramente más leyenda que hecho comprobado, pero forma parte indisoluble del encanto de Dürnstein y de la fama del Wachau.
Aunque la abadía de Melk se fundó en 1089, el conjunto monumental que hoy admiramos —y que es la imagen icónica del Wachau— nació en el siglo XVIII, en pleno apogeo del barroco austríaco. Entre 1702 y 1736, bajo el impulso del abad Berthold Dietmayr y con el diseño del arquitecto Jakob Prandtauer, la abadía medieval fue reconstruida por completo y transformada en una de las obras maestras del barroco europeo. Tras la muerte de Prandtauer, la obra continuó con su discípulo Joseph Munggenast.
El resultado es un alarde de teatralidad y luz: la fachada amarillo-dorada que se eleva sobre la roca, la iglesia abacial rebosante de oro y frescos, la Sala de Mármol y, sobre todo, la espléndida biblioteca, considerada una de las más bellas del mundo, con sus miles de volúmenes encuadernados en piel, sus globos terráqueos y un techo pintado al fresco que crea una ilusión de profundidad infinita. Toda la abadía está concebida como un programa simbólico que exalta la fe, el saber y el poder de la Iglesia y de la monarquía católica.
Melk encarna el papel de los grandes monasterios en la Austria barroca: no eran solo centros religiosos, sino también focos de cultura, educación y poder económico, ligados a la dinastía de los Habsburgo. La abadía sobrevivió a las reformas que en el siglo XVIII suprimieron muchos monasterios, a las guerras napoleónicas y a los avatares del siglo XX, y sigue hoy activa como comunidad benedictina y como colegio, además de ser uno de los monumentos más visitados de Austria.
El verdadero protagonista de la historia del Wachau, más allá de reyes y abadías, es el vino. Durante siglos, generaciones de viñateros esculpieron las laderas del valle en miles de terrazas sostenidas por muros de piedra seca, aprovechando la combinación única de suelo, microclima y reflejo del sol sobre el Danubio. De esos viñedos nacen los blancos que dieron fama mundial a la región: el Grüner Veltliner, variedad emblemática de Austria, y el Riesling, que aquí alcanza una calidad excepcional. El cultivo del albaricoque (la 'Wachauer Marille') completa el paisaje agrícola, llenando el valle de flor en primavera.
Ese paisaje no es 'natural' en el sentido estricto: es el resultado de la interacción milenaria entre el ser humano y el medio, un equilibrio entre el río, los viñedos en terrazas, los pueblos, los monasterios y los castillos. Esa armonía, mantenida casi intacta a lo largo del tiempo, es precisamente lo que le da su valor excepcional.
En el año 2000, la Unesco inscribió 'el paisaje cultural del Wachau' en la lista del Patrimonio Mundial. La distinción reconoce que el valle ha conservado de manera notable y visible su carácter y su estructura, desarrollados desde la prehistoria, con una arquitectura urbana y rural (sobre todo medieval y barroca) y un uso agrícola del suelo —en especial la viticultura— que se mantienen vivos. Hoy ese reconocimiento ayuda a proteger el Wachau del desarrollo descontrolado y a preservar uno de los tramos fluviales más hermosos de Europa para las generaciones futuras.