Kassala es, para muchos sudaneses, la ciudad más bonita del país, y basta verla una vez para entender por qué. Sobre una llanura absolutamente plana, sin aviso ni transición, se levantan de golpe las montañas de Taka: domos de granito desnudo, con forma de pan de azúcar, que al atardecer se ponen rojos y naranjas. A sus pies se extienden la ciudad, sus huertas y el cauce arenoso del río Gash, que baja de las tierras altas de Eritrea, crece con violencia en verano y desaparece el resto del año.
Es también una de las ciudades más diversas de Sudán. Fundada en la década de 1830 como plaza militar egipcia, creció como cruce de caminos entre el valle del Nilo, el mar Rojo y el Cuerno de África. Aquí conviven beja, rashaida, sudaneses del norte y comunidades eritreas y etíopes con décadas de arraigo; su mercado, con la platería rashaida y las frutas de las huertas del Gash, es uno de los más animados del país. Y al pie de la montaña está el santuario de la Khatmiyya, la mayor cofradía sufí de Sudán, Eritrea y Etiopía: una mezquita del siglo XIX arruinada durante la guerra mahdista y deliberadamente no reconstruida, con la tumba de Sayyid Hasan al-Mirghani bajo una cúpula sin techo.
Esta guía no propone viajar. Sudán está en guerra desde abril de 2023, el viaje al país está desaconsejado en su totalidad y Kassala fue atacada con drones en mayo de 2025. La ciudad soporta además la presión de un enorme volumen de población desplazada. Lo que sí tiene sentido es contar qué es Kassala, qué la hace singular y en qué situación está hoy.
Kassala nació como plaza militar. Tras la conquista turco-egipcia de Sudán iniciada en 1821, el ejército egipcio estableció aquí una guarnición en la década de 1830, junto al río Gash y al pie de las montañas de Taka, para controlar la frontera oriental y las rutas hacia el mar Rojo y hacia Abisinia. Hacia 1840 se levantó la mezquita de la Khatmiyya, que convirtió a la ciudad en el gran centro de la mayor cofradía sufí de la región; el edificio fue arruinado en la guerra mahdista de los años ochenta del siglo XIX y las autoridades de la orden decidieron no repararlo, de modo que sigue en ruinas hasta hoy. Kassala fue ocupada por los mahdistas y recuperada después; entre 1894 y 1897 estuvo bajo ocupación italiana desde la colonia de Eritrea, y volvió a ser ocupada brevemente por Italia entre julio de 1940 y enero de 1941, durante la Segunda Guerra Mundial. El ferrocarril la conectó con Port Sudán en 1906 y con Sennar en 1929, consolidándola como nudo comercial del este. En el siglo XX se convirtió además en un gran centro agrícola gracias al esquema de riego por crecida del delta del Gash, y en refugio de sucesivas oleadas de población eritrea y etíope.
Leer la historia completa ↓Un puerto de coral abandonado, el gran puerto que lo reemplazó y hoy hace de capital, y una ciudad de huertas al pie de unos domos de granito, en la tierra de los beja.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Lo primero que hay que entender de Kassala es su paisaje, porque el paisaje explica la ciudad. En el este de Sudán, entre el valle del Nilo y las tierras altas de Eritrea, se extiende una llanura de sabana semiárida de una planitud casi absoluta. Y en medio de esa llanura, sin estribaciones ni colinas intermedias que anuncien nada, se levantan de golpe las montañas de Taka: domos de granito desnudo con forma de pan de azúcar, de los que el Jebel Totil es el más reconocible.
Técnicamente son inselbergs, «montañas isla»: relieves residuales formados por masas de roca especialmente resistentes —en este caso granitos— que quedaron en pie mientras el material circundante, más blando, se erosionaba a lo largo de millones de años. El proceso, típico de las regiones tropicales y semiáridas de escudo antiguo, produce esas formas redondeadas y ese contacto brusco con la llanura que resulta tan fotogénico. Al atardecer, cuando la luz llega rasante, el granito pasa por toda la gama de los ocres, naranjas y rojos.
El otro elemento del paisaje es el agua, y es igual de peculiar. El río Gash nace en las tierras altas de Eritrea, baja hacia el noroeste y, durante el monzón de julio a septiembre, se desborda con violencia sobre la llanura. El resto del año desaparece: se infiltra y deja un cauce de arena. Sobre esa crecida estacional se construyó el sistema de riego por inundación del delta del Gash, uno de los esquemas agrícolas tradicionales más productivos de Sudán, que sostiene las huertas de cítricos, mangos y guayabas por las que Kassala es célebre en todo el país.
La ciudad está a unos 507 metros de altitud, tiene un clima de desierto cálido con unos 239 milímetros de precipitación media anual y un calor extremo entre abril y junio. Es, en resumen, un oasis agrícola al pie de unas montañas imposibles, y eso es exactamente lo que los sudaneses ven cuando piensan en Kassala.
Kassala es una ciudad relativamente joven. Tras la conquista turco-egipcia de Sudán iniciada en 1821 por Muhammad Ali, el ejército egipcio fue estableciendo plazas fuertes para controlar el territorio, y en la década de 1830 fundó una guarnición junto al río Gash, al pie de las montañas de Taka. Ese asentamiento militar es el origen de la ciudad.
La elección del emplazamiento no fue estética. Kassala está en el cruce de las rutas que unen el valle del Nilo con el mar Rojo y con las tierras altas abisinias, en una zona con agua y suelo fértil gracias al Gash, y a un paso de la frontera con lo que entonces era Abisinia. Controlar Taka era controlar el este.
Casi al mismo tiempo, hacia 1840, se levantó la mezquita de la Khatmiyya, y esa fue la otra fundación decisiva de la ciudad. La Khatmiyya —o Mirghaniyya— es una cofradía sufí creada a finales del siglo XVIII por Muhammad Uthman al-Mirghani al-Jatim, un discípulo de la escuela idrisí que recorrió la región predicando y estableció en la zona de Taka uno de sus centros principales. La familia Mirghani se asentó entre Kassala y Suakin y convirtió a la orden en la mayor de Sudán, Eritrea y Etiopía.
Con el santuario llegaron los peregrinos, los estudiantes y las donaciones, y Kassala pasó de ser un cuartel a ser una ciudad. La combinación de guarnición, mercado fronterizo y centro religioso definió su carácter desde el principio.
La revuelta mahdista que estalló en 1881 arrasó con el orden anterior en todo Sudán, y Kassala no fue una excepción. La ciudad cayó en manos mahdistas, y en la década de 1880 la mezquita de la Khatmiyya fue arruinada. No fue un daño colateral cualquiera: la Khatmiyya era el gran poder religioso rival del movimiento del Mahdi, y la rivalidad entre los Ansar —seguidores del Mahdi— y los Mirghani es una de las líneas de fractura estructurantes de la política sudanesa desde entonces hasta hoy.
La decisión posterior de la orden fue no reparar el edificio. La mezquita quedó tal como estaba: la sala de oración a cielo abierto, las arcadas de columnas en pie, el alminar octogonal de remate apuntado en su sitio y, junto al templo, la tumba de Sayyid Hasan al-Mirghani —fallecido en 1869, y a quien se atribuye buena parte de la difusión de las enseñanzas de la orden— bajo una cúpula sin techo. Esa ruina deliberada es hoy uno de los lugares con más carga simbólica de Sudán.
En 1894, tropas italianas procedentes de la colonia de Eritrea ocuparon Kassala, en el contexto del avance colonial europeo sobre un Sudán bajo control mahdista. La ocupación se prolongó hasta 1897, cuando la ciudad volvió a manos anglo-egipcias en la antesala de la campaña de reconquista que culminaría en Omdurmán en 1898.
Bajo el condominio anglo-egipcio, Kassala se consolidó como centro comercial y agrícola. El ferrocarril la conectó con Port Sudán en 1906 y con Sennar en 1929, integrándola en la red nacional. Y en 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, volvió a cambiar de manos: las fuerzas italianas de África Oriental cruzaron la frontera en julio y ocuparon la ciudad, que los británicos recuperaron en enero de 1941, en el arranque de la campaña que acabaría con el imperio italiano en el Cuerno de África.
Kassala es, probablemente, la ciudad sudanesa donde más mundos se cruzan. Su población de base es beja —hadendoa, beni amer y otros grupos—, uno de los pueblos más antiguos documentados del noreste africano, identificado con los blemios de las fuentes grecorromanas, hablante de una lengua cusita, el bidhaawyeet, y con una larga historia de pastoreo camellero y control de rutas entre el Nilo y el mar.
A mediados del siglo XIX llegaron los rashaida, un grupo de origen árabe migrado desde la península arábiga, que conserva una identidad muy marcada: tiendas negras, camellos, indumentaria femenina con velos largos bordados y una tradición de platería que se ha convertido en la artesanía más buscada del este sudanés y en uno de los reclamos del mercado de Kassala.
A eso se sumaron, a lo largo del siglo XX, sudaneses del valle del Nilo atraídos por la agricultura y el comercio, y sucesivas oleadas de población eritrea y etíope. La guerra de independencia de Eritrea y los conflictos posteriores del Cuerno de África convirtieron el este de Sudán en una de las regiones de acogida de refugiados más antiguas de África: en el entorno de Kassala existen campos con décadas de existencia, y para muchas familias eritreas y etíopes la ciudad es, sencillamente, su casa.
Y en el mismo estado, a unos cientos de kilómetros, está Nueva Halfa, cerca de Jasm el Girba: el asentamiento construido en 1964 para reubicar a los aproximadamente 50.000 nubios desplazados desde Wadi Halfa por el embalse de la presa de Asuán, traídos a más de mil kilómetros de su valle e instalados en un esquema agrícola de regadío. Una comunidad nubia trasplantada al este, que sigue hablando nobiin.
Todo eso convive en un mercado, una cocina y una vida social que mezclan lo sudanés con lo eritreo y lo etíope, y en el ritual del café —tostado, molido y hervido en el momento, con jengibre— que es la forma local de hospitalidad.
Cuando estalló la guerra el 15 de abril de 2023 entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido, el este del país quedó lejos de los frentes principales, que se concentraron en Jartum, Darfur y Kordofán. Kassala se convirtió entonces en lo que había sido tantas veces: un refugio.
El estado recibió un enorme volumen de desplazados internos procedentes de Jartum y, más tarde, de Gezira. A escala nacional, la Organización Internacional para las Migraciones cifraba en más de nueve millones el total de desplazados internos en Sudán en su informe de marzo de 2025 —en el que registraba, además, el primer descenso desde el inicio del conflicto, del orden del 2,4 %, vinculado a retornos a las zonas de origen, con bajadas observadas precisamente en Kassala, Gedaref, el Mar Rojo, el Norte, el Nilo y otros estados—. La OIM mantiene oficinas en Kassala, además de Port Sudán, Atbara y Wadi Halfa, y un centro de evaluación sanitaria para migrantes en la propia ciudad.
Esa acogida se produjo sobre una ciudad que ya vivía al límite: presión sobre la vivienda, el agua, la sanidad, las escuelas y los precios de los alimentos, en un país donde la inseguridad alimentaria alcanzó niveles de emergencia en amplias zonas.
La relativa distancia del frente terminó en mayo de 2025. Entre el 3 y el 9 de aquel mes, las RSF llevaron por primera vez la guerra al este de Sudán mediante ataques con drones de largo alcance: el aeropuerto de Kassala y sus depósitos de combustible fueron alcanzados, en la misma campaña que golpeó durante días consecutivos el aeropuerto, los depósitos de combustible, una base militar y la central eléctrica de Port Sudán. Fue la primera vez que el conflicto tocaba directamente a la ciudad desde su inicio en 2023.
Hoy Kassala no es un destino de viaje. Los ministerios de Asuntos Exteriores desaconsejan el viaje a Sudán en su totalidad y piden a sus nacionales que abandonen el país; España mantiene además suspendida la atención al público en su embajada en Jartum, de modo que no hay asistencia consular sobre el terreno. Lo que sigue en pie —los domos de granito, el santuario en ruinas de la Khatmiyya, las huertas del Gash, el mercado y una sociedad que lleva dos siglos absorbiendo gente que llega huyendo de algo— es lo que hace que los sudaneses sigan hablando de Kassala como la ciudad más bonita del país.