Ubud es el lugar de Bali donde la isla se muestra como es por dentro: ofrendas de hojas de palma en cada vereda, templos familiares detrás de cada portón, ensayos de gamelán al caer la tarde y arrozales a cinco minutos de la calle principal. No tiene playa ni falta que le hace. Se viene a caminar entre terrazas de arroz, ver danza balinesa en un palacio, bañarse en un manantial sagrado y comer muy bien por poca plata.
También es la base práctica para el centro de la isla. Desde acá salen las excursiones al amanecer del monte Batur, a las terrazas de Jatiluwih y a los templos del valle del Pakerisan: Tirta Empul, Gunung Kawi y Goa Gajah. Con tres o cuatro días se ve lo principal sin correr. Con una semana alcanza para sumar yoga, una clase de cocina balinesa y alguna caminata por el campo sin mirar el reloj. Y a la noche, siempre hay danza.
Conviene llegar con expectativas reales. El centro de Ubud tiene tráfico, mucho turismo y precios pensados para extranjeros en la calle Monkey Forest. Pero alcanza con levantarse temprano, salir por la Campuhan Ridge o meterse en un warung de barrio para encontrar el Ubud tranquilo. Y la mayoría de los templos cobran entradas bajas, fijadas por ordenanza del gobierno de Gianyar, así que recorrer la zona no tiene por qué salir caro.
Según la tradición, en el siglo VIII un sacerdote llegado de Java, Rsi Markandya, meditó en Campuhan, donde se juntan dos ríos, y fundó allí el templo Gunung Lebah, que sigue siendo lugar de peregrinación. El nombre del pueblo viene de 'ubad', medicina, por las plantas medicinales de la zona. En la región quedan huellas muy antiguas: el templo de Tirta Empul se fundó alrededor de un manantial en el año 962, durante la dinastía Warmadewa, y las tumbas reales talladas en la roca de Gunung Kawi son del siglo XI. A fines del siglo XVIII y durante el XIX, príncipes de la casa de Sukawati se asentaron en Ubud y Peliatan; a fines del siglo XIX Ubud fue sede de señores aliados al rey de Gianyar, que actuaron como mecenas de las artes. En 1927 llegó el pintor alemán Walter Spies, y con Rudolf Bonnet atrajo artistas y visitantes célebres, como Charlie Chaplin, mientras formaba a pintores locales. Así nació la fama de Ubud como centro artístico de Bali. El último rey, Tjokorda Gede Agung Sukawati (1910-1978), vivió en el Puri Saren Agung, que sus descendientes todavía ocupan. En los años sesenta el pintor Arie Smit impulsó el movimiento de los Jóvenes Artistas y desde fines de esa década creció el turismo. Tras los atentados de 2002 en Bali, el turismo cayó y nació el Ubud Writers and Readers Festival. En 2012 la Unesco declaró Patrimonio Mundial el paisaje cultural del sistema de riego subak, que incluye la cuenca del Pakerisan y las terrazas de Jatiluwih. Desde el 14 de febrero de 2024 Bali cobra una tasa a los turistas extranjeros.
Leer la historia completa ↓La isla hindú de Indonesia: último refugio de la cultura hindú-javanesa de Majapahit, escenario del trágico puputan de 1906 y hoy destino turístico mundial.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La historia de Ubud empieza, según la tradición balinesa, en un cruce de ríos y en un bosque de plantas curativas. En el siglo VIII, un sacerdote y sabio venido de Java, Rsi Markandeya, guiado por una visión, habría llegado a esta zona del centro de Bali y se habría detenido en la confluencia de dos ríos, en el lugar llamado Campuhan ('donde las aguas se juntan'). Allí fundó un templo, el Gunung Lebah, que todavía existe, y organizó a los primeros pobladores para cultivar arroz en terrazas, sentando las bases de la vida agrícola y espiritual de la región.
El propio nombre de Ubud lo delata: deriva de la palabra balinesa 'ubad', que significa 'medicina' o 'remedio', por las hierbas curativas que crecían a orillas del río Campuhan y que se usaban para sanar. Desde el principio, entonces, este lugar quedó asociado a la curación, lo sagrado y el equilibrio con la naturaleza, una idea muy balinesa que siglos después reaparecería, transformada, en su fama como destino de bienestar y yoga.
Durante siglos, Bali fue tierra de reinos hindúes, y su cultura se enriqueció especialmente tras la caída del imperio javanés de Majapahit, entre los siglos XV y XVI: cuando el islam se extendió por Java, muchos nobles, sacerdotes, artistas y artesanos hindúes cruzaron a Bali, que se convirtió así en el gran refugio de la civilización hindú-javanesa. Esa herencia —templos, danza, música de gamelán, escritura, mitología— es la que sigue latiendo hoy en Ubud y en toda la isla.
A lo largo de los siglos, el poder en Bali se repartió entre varios reinos rivales. Ubud creció alrededor de una casa principesca, un 'puri' (palacio), vinculado a la dinastía de Sukawati y, más tarde, al reino de Gianyar, uno de los estados del sur de la isla. La familia real de Ubud fue ganando influencia y, sobre todo, se distinguió por algo que marcaría el destino del lugar: su papel como mecenas del arte y la cultura. En Bali, la corte no solo gobernaba: sostenía a los artistas, encargaba templos, danzas y ceremonias, y hacía del refinamiento estético una cuestión de prestigio.
Durante el siglo XIX y comienzos del XX, mientras los holandeses extendían su control sobre las Indias Orientales, los reinos balineses resistieron más que casi ningún otro lugar del archipiélago. Bali no fue plenamente sometida hasta comienzos del siglo XX, en campañas brutales: en 1906 y 1908, ante el avance holandés, varias cortes del sur protagonizaron el 'puputan', una lucha suicida hasta la muerte en la que reyes, nobles y súbditos, vestidos de blanco y con sus mejores joyas, se lanzaron contra las tropas coloniales o se quitaron la vida antes que rendirse. Aquellos episodios marcaron para siempre la memoria balinesa.
La casa de Ubud sorteó la conquista mediante alianzas y sometimiento negociado, lo que le permitió conservar buena parte de su prestigio y su papel cultural bajo la administración colonial. Ese estatus, unido a su tradición de mecenazgo, dejó a Ubud en una posición única cuando, en las décadas siguientes, empezaran a llegar los primeros occidentales fascinados por el arte de la isla.
El momento que convirtió a Ubud en un nombre conocido llegó en las décadas de 1920 y 1930. Atraídos por la fama de Bali como 'la última isla paradisíaca', empezaron a instalarse artistas e intelectuales europeos. Dos figuras fueron decisivas: el pintor y músico alemán Walter Spies, que se estableció en Campuhan hacia 1927, y el pintor neerlandés Rudolf Bonnet. Ambos se vincularon estrechamente con la corte de Ubud, en especial con el príncipe Cokorda Gede Agung Sukawati, y con los artistas locales.
De esa colaboración nació, en 1936, la asociación de artistas Pita Maha, que agrupó a pintores y escultores balineses y ayudó a renovar y difundir su arte. Bajo el influjo de Spies y Bonnet, y del contacto con nuevas ideas, la pintura balinesa evolucionó: de las escenas religiosas y mitológicas tradicionales se pasó también a representar la vida cotidiana, los paisajes y las personas, con nuevas técnicas y perspectivas. Ubud se llenó de talleres y se convirtió en el centro creativo de la isla, algo que aún hoy se percibe en sus museos —como el Puri Lukisan o el ARMA— y en sus galerías.
Spies, además, tuvo un papel clave en la difusión de la cultura balinesa hacia el exterior: colaboró en películas, recibió a viajeros ilustres y ayudó a dar forma escénica a la danza kecak tal como se conoce hoy. Aquella época dorada situó a Bali, y a Ubud en particular, en el mapa cultural mundial. La Segunda Guerra Mundial y la ocupación japonesa interrumpieron ese idilio —Spies murió en 1942, durante la guerra—, pero la semilla ya estaba plantada: Ubud sería, para siempre, sinónimo de arte balinés.
Tras la independencia de Indonesia, proclamada en 1945 y reconocida en 1949, Bali quedó integrada en el nuevo país como una rareza luminosa: una isla de mayoría hindú en la nación con más musulmanes del mundo. Esa singularidad religiosa y cultural —templos en cada casa, ofrendas diarias, un calendario repleto de ceremonias, danza y música— se convirtió con el tiempo en el mayor atractivo de Bali y en la base de su identidad. El hinduismo balinés, mezcla de las creencias venidas de la India con cultos locales a los antepasados y la naturaleza, sigue estructurando la vida cotidiana, y en Ubud se vive con especial intensidad.
El turismo, que había empezado tímidamente antes de la guerra, despegó con fuerza a partir de los años setenta y ochenta, primero en las playas del sur (Kuta, Sanur) y luego tierra adentro. Ubud se posicionó como el destino cultural y tranquilo, la alternativa a la fiesta costera: el lugar para ver danza, visitar templos, comprar arte y sumergirse en la 'Bali auténtica'. Sus arrozales en terraza, regados por el milenario sistema cooperativo del subak —reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad—, se volvieron una de las postales de la isla.
Bali también ha vivido momentos duros que golpearon su industria turística, como los atentados terroristas de 2002 en Kuta, que causaron más de doscientos muertos, o las crisis que han frenado los viajes en distintos momentos. Pero una y otra vez la isla se recuperó, y Ubud siguió creciendo como corazón cultural, sosteniendo un delicado equilibrio entre tradición viva y economía turística.
En las últimas dos décadas, Ubud dio un nuevo salto: de centro del arte balinés a capital mundial del bienestar y el turismo espiritual. La fama internacional se disparó, en buena parte, gracias a la cultura popular: el best seller 'Comer, rezar, amar' (Eat, Pray, Love), publicado en 2006, y su adaptación al cine en 2010 con Julia Roberts, ambientaron en Ubud su etapa final de búsqueda espiritual y llevaron el nombre del pueblo a millones de personas en todo el mundo. De pronto, Ubud se convirtió en sinónimo de yoga, retiros, meditación, sanación y reinvención personal.
Ese fenómeno transformó la localidad. Se multiplicaron los estudios de yoga, los cafés veganos y de comida sana, los spas, los retiros de bienestar y los alojamientos de todo tipo, desde homestays familiares hasta resorts de lujo colgados sobre los desfiladeros. Ubud atrae hoy a una mezcla variada: viajeros culturales, buscadores espirituales, nómadas digitales, mochileros y turistas de gama alta. La contracara es la masificación: tráfico, precios al alza, sitios estrella abarrotados en temporada y una tensión permanente entre el pueblo tradicional y la maquinaria turística.
Aun así, bajo la capa de smoothies y clases de yoga, Ubud conserva su esencia. Siguen las ofrendas diarias en el suelo, los templos activos, las ceremonias que paralizan calles, las danzas al atardecer y los arrozales trabajados a mano. El desafío, para la comunidad y para el viajero, es preservar ese fondo cultural y espiritual sin que el éxito lo devore. Quien sabe mirar más allá de lo turístico todavía encuentra en Ubud el mismo bosque de plantas medicinales, ríos sagrados y arte que hace más de mil años dio origen a su nombre.