Las islas Gili son la imagen que muchos tienen del paraíso: tres puntitos de arena blanca rodeados de un mar turquesa tan transparente que las tortugas marinas se ven nadando desde la orilla. Están frente a Lombok, al este de Bali, y comparten una regla que las hace únicas: no hay autos ni motos. El único ruido es el del mar, las bicicletas y el trote de los caballos que tiran de los 'cidomo'. Es Indonesia en modo pausa, sin cláxones ni humo, donde el plan del día se reduce a nadar, hacer snorkel, tirarse en una hamaca y esperar el atardecer.
Aunque comparten ADN, cada Gili tiene su carácter. Gili Trawangan, la más grande, es la fiestera y con más movida: bares, música, buceo y vida nocturna, pero también rincones tranquilos. Gili Meno, la más pequeña, es la romántica y silenciosa, elegida por parejas y por quien busca desconectar de todo. Gili Air, la más cercana a Lombok, es el punto medio: relajada, con vida local y sasak, buenos cafés y un ambiente descalzo. La gracia es que se pueden combinar saltando de una a otra en lancha.
Esta guía te cuenta cómo llegar desde Bali o Lombok sin sorpresas, qué Gili elegir según tu viaje, dónde y cómo hacer snorkel con las tortugas y ver las famosas estatuas sumergidas, cuánto cuestan las cosas en un lugar donde el efectivo es rey, y cómo moverte en un archipiélago sin motores. Un consejo antes de empezar: llevá efectivo suficiente, protector solar reef-safe y las pilas cargadas para desconectar. En las Gili, el lujo es no hacer nada.
Durante siglos las Gili fueron islotes deshabitados de manglar y coral, sin fuentes de agua dulce, usados apenas como escala por los pescadores bugis de Sulawesi. El poblamiento permanente empezó recién en los años setenta del siglo XX: en 1971, el gobernador de Lombok impulsó plantaciones de cocoteros y repartió las tierras entre empresas privadas y colonos, muchos de ellos sasak de Lombok y migrantes de Sulawesi. Entre 1974 y 1979, unos 350 presos de la cárcel de Mataram fueron enviados a Gili Trawangan para trabajar en las primeras cosechas de coco; varios se quedaron como pobladores. El turismo llegó poco después: el primer alojamiento, un modesto homestay llamado Pak Majid, abrió en 1982. En los años ochenta y noventa, Gili Trawangan se ganó fama de isla fiestera y remota, sin policía, mientras crecía a la par la industria del buceo, que convertiría a las Gili en un destino mundial de submarinismo. En pocas décadas, tres islotes áridos sin agua pasaron a ser uno de los paraísos de playa más famosos del sudeste asiático. La historia completa, con sus presos, sus cocoteros y su transformación, está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El arco de islas al este de Bali: Lombok y los sasak, los dragones de Komodo, la católica Flores con su 'hobbit' prehistórico y la frontera biológica de Wallace.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Cuesta imaginarlo tirado en una hamaca frente al mar turquesa, pero durante casi toda su historia las islas Gili estuvieron deshabitadas. La razón es simple y brutal: no tenían agua dulce. Estos tres islotes de coral y arena frente a la costa noroeste de Lombok carecían de manantiales, ríos o pozos naturales, lo que hacía imposible el asentamiento permanente. Eran, básicamente, bancos de arena cubiertos de matorral y manglar, rodeados de arrecifes riquísimos en vida marina pero sin nada que ofrecer a quien quisiera quedarse a vivir.
Durante siglos, las Gili fueron apenas una escala. Los pescadores bugis, el gran pueblo navegante de Sulawesi —famoso en toda Indonesia por sus goletas 'pinisi' y su tradición marinera—, recalaban en estas islas en sus travesías por el archipiélago, aprovechando sus aguas para pescar antes de seguir viaje. Pero nadie fundaba un pueblo donde no había con qué beber. Mientras Bali y Lombok desarrollaban reinos, templos y cultivos de arroz, las Gili permanecían en un silencio casi total, ajenas a la historia.
Ese aislamiento, que hoy parece un lujo, fue durante siglos una condena a la irrelevancia. El nombre mismo lo delata: 'gili' significa simplemente 'islita' en sasak, la lengua de Lombok. No tenían identidad propia más allá de ser 'las islitas' de enfrente. Habría que esperar hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX para que la mano del hombre, y una decisión política, cambiaran para siempre el destino de estos tres puntos de arena.
El poblamiento permanente de las Gili empezó recién en la década de 1970, y no de forma espontánea sino por una política de tierras. En 1971, el gobernador de Lombok, Wasita Kusuma, impulsó la creación de plantaciones de cocoteros en las islas y repartió los derechos sobre la tierra. En Gili Trawangan, la mayor, cien hectáreas del sur fueron a parar a una empresa privada (PT Rinta) y otras cien del centro a otra (PT Generasi Jaya), mientras que unas cien hectáreas del norte se reservaron para pobladores locales: en su mayoría sasak venidos de Lombok, y también migrantes de Sulawesi que llegaron en esos años buscando tierras para cultivar y pescar.
Para sacar adelante las primeras cosechas de coco hizo falta mano de obra, y llegó de un lugar inesperado: la cárcel. Entre 1974 y 1979, unos 350 presos de la superpoblada prisión de Mataram, la ciudad más grande de Lombok, fueron enviados a Gili Trawangan para trabajar en las plantaciones. Cumplida su pena, muchos de esos reclusos decidieron quedarse a vivir en la isla, convirtiéndose —junto a los colonos sasak y bugis— en los primeros pobladores estables de un lugar que hasta hacía poco no tenía habitantes.
Así, la comunidad fundacional de las Gili nació de una mezcla singular: campesinos sasak, marineros bugis y ex presidiarios, todos plantando cocos en tres islas sin agua dulce (que había que traer del continente o recoger de la lluvia). Era una vida dura y aislada, de subsistencia, muy lejos de la imagen de paraíso vacacional. Nadie, en aquellos años de plantaciones y calor, habría imaginado lo que estaba a punto de pasar.
El turismo llegó de puntillas. El primer alojamiento para viajeros en Gili Trawangan fue un modesto homestay abierto en 1982 por un lugareño conocido como Pak Majid ('Pak' es un tratamiento respetuoso, como 'don'). Al principio eran apenas unos pocos mochileros aventureros que oían hablar, de boca en boca, de unas islas paradisíacas y baratísimas frente a Lombok, todavía fuera de todos los mapas turísticos. Sin electricidad estable, sin agua corriente y sin apenas servicios, las Gili eran un secreto que se pasaban los viajeros más intrépidos.
Entre finales de los años ochenta y finales de los noventa, Gili Trawangan se ganó una fama muy distinta a la de hoy: la de isla-fiesta. Su lejanía, su escasa población y la ausencia total de presencia policial la convirtieron en un lugar donde las drogas circulaban con libertad y las fiestas se prolongaban hasta el amanecer. Fue la época de las 'party island' del sudeste asiático, un circuito alternativo de mochileros que buscaban playas remotas y noches sin reglas. Esa reputación tardaría años en matizarse.
A la par de las fiestas creció algo mucho más duradero: el buceo. Durante los años noventa, la riqueza de los arrecifes que rodean las Gili —con tortugas, tiburones de arrecife y coral en abundancia— empezó a atraer a submarinistas de todo el mundo. Abrieron las primeras escuelas de buceo, y las islas fueron ganando prestigio como uno de los lugares más accesibles y económicos del planeta para sacarse el título de buzo. Poco a poco, el turismo de buceo y de playa fue desplazando a la fama fiestera, y las Gili empezaron a transformarse en el destino que son hoy.
En apenas dos generaciones, tres islotes áridos y despoblados se convirtieron en uno de los destinos de playa más famosos de Indonesia y del sudeste asiático. Hoy las Gili reciben cientos de miles de visitantes al año, con Gili Trawangan volcada al buceo, la vida nocturna y los atardeceres; Gili Meno como refugio romántico; y Gili Air como el equilibrio entre vida local y turismo. La decisión histórica de mantener las islas libres de autos y motos —solo bicicletas y 'cidomo' tirados por caballos— se transformó en su mayor seña de identidad y en un imán para viajeros que buscan calma sin motores.
Ese éxito arrastra desafíos serios, casi todos herederos del pecado original de las islas: la falta de agua y recursos. El agua dulce sigue siendo un problema (buena parte se desaliniza o se importa), la gestión de la basura y las aguas residuales está bajo enorme presión, y el crecimiento descontrolado de la construcción amenaza el equilibrio. Los arrecifes, castigados por el turismo, el 'blanqueo' del coral por el calentamiento del mar y viejas prácticas de pesca destructiva, son objeto de proyectos de restauración, incluidos arrecifes artificiales como las esculturas sumergidas de Gili Meno.
Las islas también conocieron la tragedia: en agosto de 2018, una serie de terremotos devastadores sacudió Lombok y las Gili, causando cientos de muertos en la región, daños generalizados y la evacuación de miles de turistas de las islas. La comunidad gili, curtida desde sus orígenes en la adversidad, reconstruyó y volvió a levantarse, como haría de nuevo tras el parón del turismo durante la pandemia de 2020-21. Para el viajero de hoy, conocer esta historia añade sentido al paraíso: detrás de las hamacas y las tortugas hay tres islas que pasaron de no tener ni agua para beber a convertirse, contra todo pronóstico, en un rincón soñado del planeta.