La historia humana en el archipiélago es tan antigua que empieza antes que la de nuestra propia especie. En 1891, en la orilla del río Solo, en el centro de Java, el médico neerlandés Eugène Dubois desenterró el cráneo y el fémur de lo que llamó 'Pithecanthropus erectus', el célebre Hombre de Java: un ejemplar de Homo erectus que vivió hace entre 700.000 y más de un millón de años. Fue una de las primeras pruebas de la presencia de homínidos fuera de África y convirtió a Java en un santuario de la paleoantropología, con yacimientos como Sangiran, hoy Patrimonio de la Humanidad.
El poblamiento moderno llegó en oleadas. Los Homo sapiens ocuparon las islas hace decenas de miles de años, cuando gran parte del oeste del archipiélago formaba, en las glaciaciones, una plataforma continental unida a Asia llamada Sunda. Pero el hecho decisivo para la Indonesia actual fue la expansión austronesia: hacia el 2000 a. C., pueblos originarios de Taiwán y el sur de China empezaron a dispersarse por el sudeste asiático insular en canoas con balancín, llevando el cultivo del arroz en terrazas, la cerámica, el tejido ikat y un dominio extraordinario de la navegación.
Esos austronesios son los antepasados de la enorme mayoría de los indonesios de hoy —javaneses, sundaneses, balineses, batak, bugis y decenas de pueblos más— y de una diáspora lingüística que se extiende desde Madagascar hasta la Isla de Pascua. En el extremo oriental del archipiélago, en Papúa, sobrevivió en cambio una población más antigua, de origen melanesio, con lenguas y culturas completamente distintas. Sobre ese doble sustrato, malayo-austronesio al oeste y melanesio al este, se construyó todo lo demás.
Desde los primeros siglos de nuestra era, el comercio con la India llevó al archipiélago no solo mercancías sino ideas: el hinduismo, el budismo, la escritura y el modelo de la realeza sagrada. Surgieron así los primeros grandes estados. En Sumatra, entre los siglos VII y XIII, el imperio marítimo de Srivijaya, con capital en la zona de Palembang, controló el estrecho de Malaca y la ruta entre la India y China; era un centro budista tan importante que el peregrino chino Yijing se detuvo allí a estudiar sánscrito antes de seguir viaje.
En el centro de Java, entre los siglos VIII y X, floreció el reino de Mataram y la dinastía Sailendra, que dejó los monumentos más asombrosos del sudeste asiático. Hacia el año 825 se terminó Borobudur, el templo budista más grande del mundo: una montaña artificial de piedra con más de 500 budas y 2.600 relieves, concebida como un mandala que el peregrino recorre en espiral hacia la iluminación. A pocos kilómetros, la dinastía hindú rival levantó hacia el siglo IX el complejo de Prambanan, dedicado a Shivá, con sus torres puntiagudas que apuntan al cielo. Que ambos, budista e hindú, se alzaran casi vecinos habla de una convivencia religiosa notable.
El último gran imperio de esta era fue Majapahit, fundado en el este de Java a fines del siglo XIII. Bajo el rey Hayam Wuruk y su poderoso primer ministro Gajah Mada, alcanzó hacia mediados del siglo XIV una edad de oro y una influencia que, según los cronistas, se extendía sobre buena parte del archipiélago. Majapahit se convirtió en el mito fundacional de una 'Indonesia' unida siglos antes de que existiera: los nacionalistas del siglo XX lo invocarían como prueba de que estas islas habían formado alguna vez un solo mundo. Su decadencia, ya entrado el siglo XV, coincidió con la llegada de una fuerza nueva: el islam.
El islam no llegó al archipiélago con ejércitos sino con mercaderes. Desde el siglo XIII, comerciantes musulmanes —árabes, persas, indios de Guyarat y del sur de la India— que recorrían las rutas de las especias fueron convirtiendo, primero, a los puertos y a sus élites. La conversión fue gradual, pacífica en general y a menudo sincrética: el nuevo credo se mezcló con creencias hindúes, budistas y animistas previas, dando lugar a una religiosidad muy propia, sobre todo en Java. Las primeras lápidas musulmanas de Sumatra datan de fines del siglo XIII.
Un punto de inflexión llegó en 1511, cuando los portugueses conquistaron Malaca, el gran emporio comercial de la península malaya. Lejos de frenar al islam, el golpe lo aceleró: muchos mercaderes musulmanes evitaron la Malaca cristiana y reforzaron otros puertos, y la amenaza europea alimentó un fervor religioso que fortaleció a los sultanatos. En el norte de Java surgió el sultanato de Demak, el primer estado musulmán javanés, que hacia 1527 terminó de desplazar a lo que quedaba de Majapahit. En Sumatra creció el poderoso sultanato de Aceh; en las Molucas, los de Ternate y Tidore; en las Célebes, Gowa y los estados bugis.
Hacia fines del siglo XVI, el islam se había impuesto como religión dominante en Java y Sumatra y avanzaba por el resto del archipiélago. Solo unos pocos reductos quedaron al margen: Bali, que conservó su hinduismo, y el interior de algunas islas, que mantuvo cultos ancestrales. Aquella base islámica, tejida sobre siglos de herencia hindú-budista y austronesia, explica la Indonesia de hoy: un país de mayoría musulmana, pero de un islam plural y matizado por todo lo que vino antes.
Durante siglos, un puñado de islas diminutas del este del archipiélago tuvo el monopolio mundial de tres productos que valían su peso en oro: el clavo, la nuez moscada y la macis. Solo crecían en las Molucas —el clavo en Ternate y Tidore, la nuez moscada en las minúsculas islas Banda— y desde allí viajaban por una larga cadena de intermediarios hasta las mesas de Europa, donde se pagaban fortunas. Encontrar la fuente de esas especias fue uno de los grandes motores de la era de los descubrimientos: por eso Colón buscaba las Indias y por eso Magallanes dio la vuelta al mundo.
Los primeros en llegar fueron los portugueses, que tras tomar Malaca en 1511 alcanzaron las Molucas y establecieron factorías y fuertes para controlar el clavo. Trajeron también misioneros —Francisco Javier predicó en las islas orientales— y dejaron una huella católica que aún perdura en Flores y Timor. Pero Portugal era un reino pequeño y su dominio fue frágil. A fines del siglo XVI llegaron competidores más agresivos: primero los neerlandeses, luego los ingleses, dispuestos a disputar el negocio a cualquier precio.
En 1602, para no competir entre sí y para hacer la guerra a portugueses y españoles, los comerciantes neerlandeses fundaron la Vereenigde Oostindische Compagnie (VOC), la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. No era una empresa cualquiera: el Estado le otorgó poderes soberanos —podía declarar la guerra, firmar tratados, acuñar moneda y administrar territorios—. Fue, en los hechos, la primera gran multinacional de la historia, y con ella empezaba el capítulo más largo y más duro del pasado indonesio.
La VOC construyó su poder con una combinación de comercio y violencia. Su hombre clave fue Jan Pieterszoon Coen, gobernador general que en 1619 arrasó la ciudad javanesa de Jayakarta y fundó sobre sus ruinas Batavia —la actual Yakarta—, capital del imperio comercial neerlandés en Asia. Para asegurar el monopolio de la nuez moscada, Coen protagonizó en 1621 uno de los episodios más brutales de la historia colonial: la conquista de las islas Banda, cuya población de unos 15.000 habitantes fue masacrada, esclavizada o deportada casi por completo, y las tierras repartidas entre colonos neerlandeses. Es un hecho documentado, no una leyenda, y suele citarse como uno de los primeros genocidios coloniales de la era moderna.
Durante casi dos siglos, la VOC extendió su control por Java y las islas de las especias mediante alianzas, guerras y tratados con los sultanatos locales, a los que fue reduciendo a vasallos. Pero la corrupción, las guerras y la competencia terminaron por arruinarla: en 1799, quebrada, la Compañía fue disuelta y sus posesiones pasaron directamente al Estado neerlandés. Nacían así las Indias Orientales Neerlandesas como colonia formal.
El siglo XIX fue el de la explotación sistemática. Entre 1830 y 1870 rigió el 'Cultuurstelsel' o Sistema de Cultivos, que obligaba a los campesinos javaneses a dedicar parte de sus tierras y su trabajo a producir café, azúcar e índigo para la exportación en beneficio de la metrópoli. Generó enormes ganancias para los Países Bajos —llegó a financiar buena parte del presupuesto neerlandés— y hambrunas para la población local. Recién a fines de siglo, tras críticas como la de la novela 'Max Havelaar', la metrópoli adoptó la llamada 'Política Ética', que prometía educación y desarrollo. Fue tardía y limitada, pero de sus escuelas saldría, paradójicamente, la primera generación de nacionalistas indonesios.
La idea de 'Indonesia' —un solo pueblo, una sola nación abarcando todo el archipiélago— es sorprendentemente reciente: nació a comienzos del siglo XX. Antes había javaneses, sundaneses, minangkabau, balineses, pero no 'indonesios'. Fue la propia unificación administrativa neerlandesa, junto con la difusión del malayo como lengua franca y la aparición de una pequeña élite educada, la que hizo posible imaginar esa nación. En 1908 se fundó Budi Utomo, la primera organización moderna; en 1912, la Sarekat Islam, primer movimiento de masas; y en 1920, el Partido Comunista de Indonesia (PKI).
El momento fundacional del sentimiento nacional fue el Congreso de la Juventud de 1928, donde delegados de distintas islas proclamaron el 'Sumpah Pemuda', el Juramento de la Juventud: una sola patria, un solo pueblo, una sola lengua, Indonesia. Allí se adoptó como himno 'Indonesia Raya' y se consagró el 'bahasa Indonesia', basado en el malayo, como idioma nacional; la elección de una lengua franca en lugar del javanés, mayoritario, fue clave para unir a pueblos tan distintos sin que ninguno dominara.
En 1927, un joven ingeniero llamado Sukarno fundó el Partido Nacional Indonesio (PNI) y se reveló como un orador excepcional, capaz de fundir islam, marxismo y nacionalismo en un discurso electrizante. Los neerlandeses respondieron con la represión: Sukarno y otros líderes, como Mohammad Hatta y Sutan Sjahrir, pasaron años en la cárcel o en el exilio interno. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el movimiento estaba vivo pero contenido. Lo que lo liberó, de golpe, vino del norte.
En marzo de 1942, el Japón imperial invadió las Indias Orientales Neerlandesas y en pocas semanas barrió a un ejército colonial que se derrumbó sin apenas resistencia. Para muchos indonesios, ver a los poderosos neerlandeses rendirse y ser internados en campos fue un shock que rompió para siempre el mito de la superioridad europea. Japón se presentó al principio como un libertador asiático —'Asia para los asiáticos'— y prohibió los símbolos coloniales neerlandeses.
La ocupación, sin embargo, fue dura y explotadora. Japón necesitaba el petróleo, el caucho y el arroz del archipiélago para su esfuerzo de guerra, y sometió a la población a trabajos forzados: los 'romusha', cientos de miles de trabajadores reclutados para obras militares, murieron por decenas o cientos de miles en condiciones atroces. Hubo hambrunas, y miles de mujeres fueron forzadas a la esclavitud sexual como 'mujeres de confort'. Fue, en balance, un período brutal.
Pero tuvo una consecuencia decisiva: para movilizar a la población, los japoneses liberaron y promovieron a los líderes nacionalistas, sobre todo a Sukarno y Hatta, les dieron tribuna y organizaron milicias indonesias con entrenamiento militar. Cuando en agosto de 1945 Japón se rindió tras las bombas de Hiroshima y Nagasaki, quedó en las islas un vacío de poder, una generación de nacionalistas con prestigio y armas, y una población que ya no aceptaría el regreso de los neerlandeses. La independencia estaba al alcance de la mano.
El 17 de agosto de 1945, dos días después de la rendición japonesa, Sukarno leyó ante un pequeño grupo, en el jardín de su casa de Yakarta, una proclama de apenas dos frases: Indonesia declaraba su independencia. Al día siguiente fue nombrado presidente, y Hatta, vicepresidente. Pero los neerlandeses no pensaban ceder su colonia más rica y volvieron con tropas, decididos a restaurar su dominio. Empezó así la Revolución Nacional Indonesia, cuatro años de guerra y diplomacia entre 1945 y 1949.
Fue un conflicto sangriento: batallas como la de Surabaya en noviembre de 1945, dos grandes ofensivas neerlandesas eufemísticamente llamadas 'acciones policiales', ejecuciones y miles de muertos. La resistencia indonesia, combinada con una fuerte presión internacional —sobre todo de Estados Unidos, que amenazó con cortar la ayuda de la posguerra a los Países Bajos—, terminó por imponerse. En diciembre de 1949, en La Haya, los Países Bajos reconocieron formalmente la soberanía de Indonesia. Papúa Occidental, en disputa, quedó en manos neerlandesas por el momento.
Sukarno gobernó como padre fundador y figura carismática, pero la joven república era ingobernable: decenas de partidos, rebeliones regionales, tensiones entre el islam político, el ejército y el creciente PKI. Frustrado con la democracia parlamentaria, en 1959 Sukarno impuso la 'Democracia Guiada', un régimen personalista en el que él arbitraba entre las fuerzas. En política exterior giró hacia el no alineamiento —organizó en 1955 la histórica Conferencia de Bandung— y luego hacia posiciones cada vez más radicales y antioccidentales. Hacia 1965, con la economía en ruinas y el PKI convertido en el mayor partido comunista fuera del bloque soviético y China, la tensión con el ejército era una bomba a punto de estallar.
En la madrugada del 1 de octubre de 1965, un grupo de oficiales de izquierda secuestró y asesinó a seis generales del alto mando en un confuso golpe que fracasó en horas. El general Suharto tomó el control del ejército, culpó del intento al Partido Comunista y lanzó una campaña para aniquilarlo. Lo que siguió fue una de las mayores matanzas del siglo XX. Entre fines de 1965 y mediados de 1966, el ejército y milicias civiles —a menudo grupos religiosos armados y alentados por los militares— asesinaron a comunistas reales o supuestos, sindicalistas, campesinos, intelectuales y a gran parte de la minoría étnica china, sobre todo en Java, Bali y Sumatra.
Las cifras están discutidas, y la propia discusión tiene carga política. Las estimaciones más aceptadas por los historiadores hablan de entre 500.000 y un millón de muertos; algunas van más abajo y otras más arriba. Como señala el historiador Robert Cribb, es casi imposible fijar una cifra exacta: hubo pocos observadores independientes, el régimen que ordenó y supervisó las matanzas gobernó tres décadas más, y las estimaciones más altas suelen ir acompañadas de una condena más dura al Nuevo Orden, y las más bajas, de una visión más benévola. Cientos de miles de personas más fueron encarceladas sin juicio durante años. Es un trauma nacional que Indonesia recién empezó a examinar en el siglo XXI.
Sobre esa base de sangre, Suharto desplazó a Sukarno y en 1968 asumió formalmente la presidencia, inaugurando el 'Orde Baru' (Nuevo Orden) que duraría 32 años. Fue un régimen autoritario, anticomunista y proocidental, sostenido por el ejército y por una corrupción sistémica que enriqueció a su familia y a sus allegados. Trajo, eso sí, décadas de crecimiento económico, autosuficiencia alimentaria y caída de la pobreza. También más violencia: en 1969, Papúa Occidental fue incorporada mediante el llamado 'Acto de Libre Elección', un plebiscito en el que apenas algo más de mil representantes elegidos por el propio ejército votaron por unanimidad la integración a Indonesia, un procedimiento ampliamente cuestionado como fraudulento. En 1975, Indonesia invadió Timor Oriental, con un saldo estimado en cientos de miles de muertos por la guerra y el hambre.
El Nuevo Orden se derrumbó de golpe. La crisis financiera asiática de 1997-1998 hundió la moneda, disparó los precios y arruinó a millones; a las penurias económicas se sumaron protestas estudiantiles masivas, disturbios en Yakarta y una brutal violencia contra la comunidad chino-indonesia. El 21 de mayo de 1998, acorralado y abandonado por sus aliados, Suharto renunció tras 32 años en el poder. Empezaba la 'Reformasi', la era de la reforma democrática.
La transición fue profunda: elecciones libres, libertad de prensa, descentralización, el fin del papel político garantizado al ejército y reformas constitucionales que instauraron la elección directa del presidente. Timor Oriental votó su independencia en 1999, en medio de una ola de violencia de milicias proindonesias, y se separó definitivamente en 2002. En Aceh, una larga insurgencia separatista terminó, tras el devastador tsunami del océano Índico de diciembre de 2004 —que mató a más de 160.000 personas solo en esa provincia—, con un acuerdo de paz en 2005 que le dio a la región una amplia autonomía.
Hoy Indonesia es la tercera democracia más poblada del mundo, una economía en ascenso y una potencia regional. Ha tenido transiciones pacíficas de poder y presidentes muy distintos, desde Susilo Bambang Yudhoyono hasta Joko Widodo, el primero surgido de fuera de la vieja élite. Persisten desafíos enormes: la corrupción, las tensiones entre un islam político en auge y la tradición pluralista del país, las desigualdades entre Java y las islas periféricas, y los reclamos abiertos en Papúa. Pero el hecho básico sigue asombrando: 17.000 islas, cientos de pueblos y lenguas, la mayor población musulmana del planeta y una democracia joven, todo sosteniéndose sobre aquel viejo lema tallado en piedra hace siglos, la unidad en la diversidad.