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Baños es de esos pueblos donde el paisaje te queda encima. Las calles terminan contra paredes verdes casi verticales, una cascada cae a la vista desde el centro y de noche el Tungurahua, un volcán de 5.020 metros, está ahí atrás aunque no lo veas. La ciudad es chica, se camina entera en una tarde, y aun así tiene para llenar cuatro o cinco días sin repetir: termas, cascadas, miradores, puentes colgantes y una carretera que baja de la sierra a la selva en una hora.
Para el que viaja con poca plata, Baños rinde mucho. Las piscinas termales municipales cuestan US$ 4 por adulto, el Pailón del Diablo entre US$ 3 y US$ 5 según la entrada que elijas, y un almuerzo de comedor ronda los US$ 2,50 a 3,50. Se alquila una bicicleta, se baja por la Ruta de las Cascadas hasta Río Verde y se vuelve en camioneta o en bus. El gasto fuerte está en la aventura: rafting, puenting o una excursión a la Amazonía.
También es un lugar con historia de fe y de susto. El santuario de la Virgen del Rosario de Agua Santa recibe peregrinos desde hace siglos y cada octubre la ciudad sale a la calle. Y el volcán marcó a todos: en 1999 la población fue evacuada por completo y la actividad eruptiva siguió hasta 2016. Hoy el Instituto Geofísico lo describe en reposo, con actividad sísmica baja, y Baños volvió a ser lo que fue siempre: un pueblo de baños calientes al borde del Oriente.
El valle donde hoy está Baños se llamaba Ipo en lengua puruhá. Según la historia que publica el propio municipio, la ciudad no tuvo fundador ni fecha de fundación: se fue poblando con grupos dispersos de panzaleos, puruháes e indígenas del Oriente, y luego con españoles y mestizos que comerciaban entre la selva y la sierra. En 1919 se encontraron en las cuevas de San Pedro 44 cráneos y objetos de piedra y barro. Hacia 1585 el cacicazgo de Ipo pasó al presbítero Álvaro Guerrero Zalamea, a quien se atribuye el inicio del culto a la Virgen y la primera ermita. Una crónica de 1604 ya habla del 'Asiento de los Baños', con dos fuentes de agua, una caliente y una fría, al pie de una cascada. El 4 de febrero de 1773 se produjo la primera erupción del Tungurahua descrita históricamente, y entre 1916 y 1920 hubo otro ciclo eruptivo. Entre 1887 y 1909 el sacerdote belga Tomás Halflants, que también hizo de alcalde, trazó calles, levantó puentes y el 11 de febrero de 1904 inició la basílica, terminada en 1944. El 16 de diciembre de 1944 Baños se convirtió en cantón. El terremoto de Ambato del 5 de agosto de 1949 destruyó casi todos los edificios. En 1999 el Tungurahua se reactivó y la ciudad fue evacuada por completo; el período eruptivo, con grandes episodios en 2006, duró hasta la erupción de febrero de 2016. En 2018 el IG-EPN dejó de catalogarlo como 'en erupción'. Desde entonces Baños se consolidó como capital del turismo de aventura del Ecuador.
Leer la historia completa ↓La «tierra de las flores y las frutas» en el centro de los Andes: territorio de los hambatos y panzaleos dominado por el volcán activo Tungurahua, cuna de Ambato y de los «Tres Juanes», renacida del terremoto de 1949, capital ecuatoriana del cuero y el calzado y hogar de Baños de Agua Santa, la puerta a la Amazonía.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de que existiera el pueblo que hoy conocemos, las laderas y el valle al pie del volcán Tungurahua estaban habitados por pueblos de raíz kichwa, integrados en el mundo andino de la sierra central del actual Ecuador. Para esas comunidades, la montaña no era un simple accidente geográfico: el Tungurahua era una entidad viva, respetada y temida, y las aguas calientes que brotaban de sus faldas eran un fenómeno cargado de significado. Que el agua surgiera caliente de la tierra, con olor a azufre y sabor mineral, se interpretaba como una manifestación del poder del volcán y de la fertilidad del suelo.
Esas aguas termales, de origen volcánico, fueron probablemente el primer gran atractivo del lugar. Por tradición se les atribuían propiedades curativas y purificadoras, y es muy posible que fueran usadas con fines de salud y ritual desde épocas prehispánicas. De ese hecho geológico —el agua caliente que mana del Tungurahua— nacería siglos más tarde el propio nombre del pueblo: 'Baños'.
El valle, además, tenía una posición estratégica: era uno de los pasos naturales entre la sierra andina y las tierras bajas amazónicas, una garganta abierta por el río Pastaza que comunicaba dos mundos muy distintos. Esa condición de frontera y de paso, entre los Andes y el Oriente, marcaría toda la historia posterior de Baños y explica su apodo de 'Puerta del Oriente'.
Con la conquista española y la posterior organización colonial de la Real Audiencia de Quito, el valle de Baños quedó integrado a la red de caminos y misiones que conectaban la sierra con la Amazonía. Su posición en la garganta del río Pastaza lo convertía en un punto de paso obligado para quienes buscaban descender desde las tierras altas andinas hacia el Oriente, la inmensa y poco conocida región selvática.
La orden religiosa que más marcó la zona fue la de los dominicos. Desde el periodo colonial, los misioneros dominicos tuvieron una presencia importante en Baños y lo usaron como base y puerta de entrada para sus misiones evangelizadoras hacia los pueblos amazónicos. Esa vinculación con la orden de Santo Domingo dejó una huella religiosa profunda en la identidad del lugar y explica buena parte de su carácter de centro de fe y peregrinación.
Durante siglos, Baños fue sobre todo eso: un caserío de paso, de descanso y de devoción, donde los viajeros se reponían antes o después de afrontar la dura ruta hacia la selva, y donde los peregrinos acudían a las aguas y al santuario. Esa doble condición —lugar de tránsito hacia la Amazonía y lugar de culto— se mantiene hasta hoy en su apodo de 'Puerta del Oriente' y en su importancia como destino de peregrinación religiosa de la sierra y el Oriente ecuatorianos.
El alma religiosa de Baños gira en torno a la Virgen de Nuestra Señora del Agua Santa, su patrona. La devoción mariana del lugar está íntimamente ligada a la naturaleza que lo rodea: las cascadas, las aguas termales y el volcán. La tradición popular cuenta apariciones de la Virgen junto a las caídas de agua y le atribuye una larga serie de milagros, especialmente la protección de los habitantes frente a los peligros de un entorno tan poderoso como inestable.
Esa relación entre fe y naturaleza quedó plasmada de forma muy concreta en la Basílica de Nuestra Señora del Agua Santa, el templo neogótico del centro del pueblo. En su interior cuelgan grandes lienzos que narran, escena por escena, los milagros atribuidos a la Virgen: personas salvadas de erupciones del volcán, de inundaciones, de derrumbes y de accidentes en los caminos. Más que simples cuadros religiosos, esos murales son un relato visual de la historia de Baños y del modo en que su gente ha vivido —con miedo y con esperanza— bajo la sombra del Tungurahua.
La devoción a la Virgen de Agua Santa convirtió a Baños en un importante centro de peregrinación. Las fiestas patronales y las celebraciones marianas llenan el pueblo de fieles que llegan de toda la sierra y el Oriente, mezclando la fe católica heredada de la colonia con la antigua relación de las comunidades andinas con las aguas y la montaña. El nombre completo de la ciudad, 'Baños de Agua Santa', sella para siempre esa fusión entre el agua termal y lo sagrado.
Durante buena parte de su historia, Baños fue un poblado pequeño, ligado administrativamente a la ciudad de Ambato y a la provincia de Tungurahua, en la sierra central. Su crecimiento estuvo limitado durante mucho tiempo por lo difícil de su geografía: encajonado en un valle estrecho, rodeado de montañas y cortado por el cañón del Pastaza, era un lugar relativamente aislado, cuya principal conexión con el resto del país eran los caminos hacia Ambato y la ruta de descenso hacia el Oriente.
El gran cambio llegó con la mejora de las vías de comunicación a lo largo del siglo XX, especialmente la construcción y el mejoramiento de la carretera que une Baños con el Puyo, atravesando el cañón del río Pastaza junto a la sucesión de cascadas que hoy son su mayor atractivo. Esa carretera no solo facilitó el comercio y el acceso a la Amazonía, sino que sentó las bases del futuro turístico del pueblo, al poner a la vista de los viajeros un paisaje de cascadas y selva difícil de igualar.
El reconocimiento administrativo acompañó ese crecimiento. Baños fue ganando entidad propia hasta convertirse en cantón de la provincia de Tungurahua en 1944, con su cabecera en la ciudad de Baños de Agua Santa. La cantonización consolidó al pueblo como centro de servicios de su zona y abrió el camino a las décadas siguientes, en las que el turismo —de salud, religioso y, sobre todo, de aventura— transformaría por completo su economía y su fisonomía.
Ningún relato de la historia de Baños está completo sin el volcán que lo domina. El Tungurahua, el 'Gigante Negro', es uno de los volcanes más activos del Ecuador, y su sombra ha pendido siempre sobre la ciudad. Tras varias décadas de relativa calma a lo largo del siglo XX, el volcán volvió a despertar a fines de 1999, iniciando un nuevo y prolongado periodo eruptivo que cambiaría la vida de Baños.
En 1999, ante el aumento de la actividad y el riesgo de una erupción mayor, las autoridades ordenaron la evacuación de Baños y de las poblaciones cercanas. Miles de personas tuvieron que abandonar sus casas y sus negocios, en un episodio traumático que puso a prueba a toda la comunidad. La evacuación y la incertidumbre golpearon duramente la economía local, muy dependiente del turismo. Con el tiempo, los habitantes regresaron y aprendieron a convivir con un volcán que, a partir de entonces, permanecería activo de forma intermitente.
El Tungurahua tuvo episodios eruptivos significativos en los años siguientes, con uno especialmente fuerte en julio y agosto de 2006, que provocó caída de ceniza, flujos piroclásticos en algunas quebradas y afectaciones a las poblaciones de los alrededores (con víctimas en zonas próximas al volcán, sobre todo en Palitahua y otras comunidades de las faldas), y nuevos pulsos importantes en 2008, 2010 y 2013. El último episodio eruptivo se registró en febrero de 2016 —flujos piroclásticos restringidos a la parte alta del cono y columnas de ceniza, durante unos 19 días— y con él se cerró el largo período eruptivo iniciado en 1999. Desde entonces, el Instituto Geofísico mantiene al volcán con un nivel de actividad 'muy bajo', y en 2018 dejó de catalogarlo 'en erupción' para considerarlo simplemente 'activo'. Baños vivió todos esos años bajo un monitoreo permanente, con planes de evacuación y sistemas de alerta. Lejos de rendirse, la ciudad demostró una notable capacidad de resiliencia: siguió recibiendo viajeros, e incluso el espectáculo del volcán activo —visible de noche desde los miradores— se sumó a su atractivo turístico, en una relación tan riesgosa como fascinante entre el pueblo y su montaña.
En las últimas décadas, Baños de Agua Santa vivió una profunda transformación que la convirtió en uno de los destinos turísticos más visitados del Ecuador y en la indiscutida capital del turismo de aventura del país. Lo que durante siglos fue un pueblo de paso, de termas y de peregrinación, supo aprovechar sus extraordinarias condiciones naturales —el cañón del Pastaza, la sucesión de cascadas, las montañas, las aguas termales y la cercanía de la selva— para reinventarse como un gran parque de aventuras al aire libre.
La oferta se multiplicó: rafting en el río Pastaza, canopy y tirolesas sobre el cañón, puenting desde los puentes, ciclismo por la célebre Ruta de las Cascadas, cuadrones, cabalgatas y caminatas. A esa base de adrenalina se sumaron íconos que dieron la vuelta al mundo, como el 'columpio del fin del mundo' de la Casa del Árbol, que se viralizó en internet y atrajo a viajeros de todo el planeta, o la imponente Cascada Pailón del Diablo. Las antiguas aguas termales siguieron cumpliendo su papel: el descanso reparador tras la aventura.
Hoy Baños combina todas sus capas históricas en una misma experiencia: el peregrino que reza en la Basílica de la Virgen de Agua Santa, el mochilero que recorre el mundo y hace base en sus hostales, la familia ecuatoriana que llega en feriado a bañarse en las termas y el aventurero que baja en bici hasta el Pailón del Diablo conviven en un pueblo pequeño, alegre y vibrante. Bajo la mirada permanente del Tungurahua, Baños sigue siendo lo que siempre fue —puerta entre los Andes y la Amazonía, lugar de aguas y de fe— pero proyectado al siglo XXI como uno de los grandes destinos de naturaleza y aventura de Sudamérica.