La Cascada San Rafael ya no existe. El 2 de febrero de 2020, el salto de agua más alto del Ecuador —unos 150 metros de caída sobre el río Coca, en el límite de Napo y Sucumbíos, dentro del Parque Nacional Cayambe-Coca— desapareció en cuestión de horas. Un socavón se abrió detrás del labio de roca volcánica que sostenía la cascada, el río se hundió y se desvió, y el gigantesco chorro que durante miles de años cayó en plena selva andino-amazónica se apagó para siempre. Si estás buscando visitarla, esta es la información honesta que necesitás antes de planear el viaje.
Lo que ocurrió no fue un episodio pasajero: fue el inicio de una erosión regresiva del río Coca que sigue avanzando aguas arriba, y que desde 2020 destruyó puentes y oleoductos (con derrames de petróleo en 2020 y 2024), arrasó más de 500 hectáreas de bosque nativo y hoy amenaza a la central hidroeléctrica Coca Codo Sinclair. Un estudio científico de 2024 vinculó el desencadenante con los cambios en el transporte de sedimentos del río tras la construcción de esa represa. El sendero y el mirador quedaron cerrados al turismo por seguridad, y la cascada se considera desaparecida de forma permanente.
Esta guía cuenta con honestidad qué era la Cascada San Rafael, qué pasó en 2020, por qué ya no se puede visitar el salto y qué queda hoy en la zona para quien recorra la vía Quito–Lago Agrio (E45): el volcán activo El Reventador, el bosque húmedo del Cayambe-Coca, las termas de Papallacta y el valle del Quijos. Es, a la vez, un ícono perdido del Ecuador y una lección impactante sobre el poder de transformación de la naturaleza y el impacto humano sobre los ríos.
Durante miles de años, la Cascada San Rafael fue la más alta del Ecuador: unos 150 metros de caída sobre el río Coca, en el Parque Nacional Cayambe-Coca, al pie del volcán El Reventador. El 2 de febrero de 2020, un socavón se abrió detrás del labio de roca volcánica, el río se hundió y la cascada colapsó, desapareciendo en cuestión de horas; el arco natural que quedó se derrumbó un año después. Lo que siguió fue una erosión regresiva del río Coca que avanza aguas arriba y que ya destruyó puentes y oleoductos, provocó derrames de petróleo (2020 y 2024), arrasó cientos de hectáreas de bosque y amenaza la represa Coca Codo Sinclair. Estudios científicos han vinculado el proceso con los cambios en el transporte de sedimentos del río tras la construcción de esa central hidroeléctrica en 2016. La versión completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El 2 de febrero de 2020, quienes recorrían la selva del río Coca notaron algo imposible: el estruendo había cesado. La Cascada San Rafael, un chorro de unos 150 metros que durante miles de años se despeñaba en plena Amazonía andina y que era el salto más alto del Ecuador, había desaparecido de la noche a la mañana. Donde antes rugía una columna de agua envuelta en vapor, quedó un tajo abierto en la roca, tres hilos de agua deslavazados y el silencio. No hubo terremoto ni erupción: el propio río se había tragado su cascada.
San Rafael se alzaba sobre el río Coca, en el límite de las provincias de Napo y Sucumbíos, dentro del Parque Nacional Cayambe-Coca, al pie del volcán activo El Reventador y cerca del macizo del Sumaco, una de las regiones de mayor biodiversidad del planeta. El agua del Coca, alimentada por el deshielo y las lluvias de la cordillera oriental, caía en una garganta de roca volcánica rodeada de bosque húmedo, y la visita —una caminata de selva nublada que culminaba en el mirador, frente al rugido y la nube de rocío— era una de las experiencias naturales más impresionantes del país.
Durante décadas, San Rafael fue uno de los grandes íconos del Oriente ecuatoriano: aparecía en guías y campañas turísticas, recibía entre 15.000 y 20.000 visitantes al año y era parada obligada de la vía Quito–Lago Agrio camino de la Amazonía. Su desaparición repentina la convirtió, de un día para otro, en un caso de estudio mundial sobre cómo un paisaje que parecía eterno puede borrarse en cuestión de horas.
Para entender San Rafael hay que entender el río Coca. Este afluente del Napo nace en los páramos y nevados de la cordillera oriental, en la zona del Cayambe, y desciende con fuerza hacia la Amazonía, encajonándose en gargantas profundas a medida que pierde altura. Es un río joven, de fuerte pendiente y enorme energía erosiva, que durante milenios ha esculpido el relieve por el que corre.
La cascada se formó precisamente donde el Coca cruzaba un resalte de roca dura asociado a antiguos flujos de lava del volcán El Reventador, uno de los volcanes más activos del Ecuador. El Reventador, que protagonizó una gran erupción en 2002 cuya ceniza llegó hasta Quito, ha modelado toda esta región con sus coladas y depósitos volcánicos. El salto de San Rafael era, en buena medida, hijo de esa geología: el agua se despeñaba al llegar al borde de esa roca resistente.
Ese mismo carácter geológicamente dinámico —un río torrencial sobre un terreno volcánico en constante transformación— explica por qué un paisaje que parecía eterno pudo cambiar de la noche a la mañana. La zona es un laboratorio vivo de procesos naturales: vulcanismo, erosión fluvial y la exuberante vida de la selva de transición andino-amazónica.
Lo que ocurrió el 2 de febrero de 2020 fue tan espectacular como devastador. Detrás del labio de roca dura —un antiguo 'dique' de lava del Reventador sobre el que se despeñaba el agua— se abrió un enorme socavón en el lecho del río Coca. El río se coló por ese hueco y encontró un nuevo camino subterráneo, más bajo y directo, dejando a la cascada sin su caída: el chorro único de 150 metros se fragmentó en tres saltos menores y, en pocos meses, el Coca terminó de excavar un canal nuevo de descenso más gradual. La cascada, sencillamente, dejó de existir.
El colapso dejó una curiosidad geológica fugaz: al hundirse el río por debajo, la capa de roca dura quedó por encima formando un gran arco o 'puente natural' que cruzaba el Coca, brevemente uno de los puentes naturales más largos del mundo. Pero era inestable: cerca de un año después, ese arco también se derrumbó, dejando una garganta abierta donde antes estaba el salto. Para fines de 2021, la Cascada San Rafael había dejado de existir por completo.
El mecanismo detrás de todo esto es la erosión regresiva (o remontante): al perder su base de roca resistente, el río empezó a excavar hacia atrás, aguas arriba, retrocediendo su propio escarpe a un ritmo asombroso. Científicos federales de Estados Unidos (USGS) y de la NASA, junto con especialistas ecuatorianos, estudiaron el fenómeno por su rareza. Un socavón de este tipo, en un río tan torrentoso y sobre un terreno volcánico, produjo una transformación de paisaje que normalmente tomaría siglos y que aquí sucedió en meses.
El colapso de San Rafael no fue el final de la historia, sino el comienzo de un desastre que aún continúa. La erosión regresiva del río Coca siguió trepando aguas arriba a un ritmo asombroso, devorando metros de lecho año tras año. Ya el 7 de abril de 2020, apenas dos meses después de la desaparición de la cascada, el retroceso del escarpe rompió las tuberías del Sistema de Oleoducto Transecuatoriano (SOTE) y del Oleoducto de Crudos Pesados (OCP), provocando un grave derrame de petróleo que contaminó el río Coca y afectó a comunidades kichwas río abajo. Un nuevo derrame volvió a ocurrir en marzo de 2024.
Los números del daño son alarmantes. Según análisis satelitales, entre junio de 2020 y comienzos de 2024 —apenas tres años y medio— la erosión arrasó más de 500 hectáreas de bosque nativo a lo largo del cauce, con un incremento de la superficie erosionada de más del 900 % en cuatro años. Se calcula que cientos de millones de toneladas de sedimento han migrado río abajo. El proceso también derribó puentes (como uno sobre el río Marker, afluente del Coca, en febrero de 2023) y amenaza directamente a la central hidroeléctrica Coca Codo Sinclair, la mayor del país, cuyas captaciones quedaron peligrosamente expuestas al avance del escarpe. El Estado ha debido invertir en costosas obras de protección y monitoreo permanente.
Para el turismo, la pérdida significó el fin de uno de los grandes atractivos naturales del Oriente. El sendero y el mirador quedaron clausurados por seguridad, y la zona —geológicamente inestable— dejó de recibir visitantes al salto. Lo que queda es un sitio de estudio de la transformación geológica, más que un destino de postal.
La desaparición de San Rafael se volvió, más allá del turismo, un espejo incómodo. Fue una de las primeras veces que el público ecuatoriano vio con tanta crudeza cómo una gran obra de infraestructura puede acabar entrelazada con un desastre ambiental de escala regional. El debate sobre la central Coca Codo Sinclair —una represa cuestionada además por fallas técnicas y por investigaciones de corrupción en su construcción— quedó marcado para siempre por la imagen de la cascada apagada aguas abajo.
Para los científicos, San Rafael se transformó en un laboratorio excepcional. Geólogos, ingenieros y agencias como el USGS y la NASA lo estudiaron como un caso raro de captura de canal y erosión remontante a velocidad extrema, útil para entender cómo responden los ríos jóvenes de terreno volcánico cuando se altera su equilibrio de sedimentos. Las imágenes satelitales del antes y el después se volvieron material de estudio en todo el mundo.
Hoy, quien recorre la vía Quito–Lago Agrio no encuentra el gran salto, pero sí un paisaje que sigue vivo: el bosque húmedo del Cayambe-Coca, el imponente volcán El Reventador y la memoria de una cascada que fue, durante miles de años, la más alta del Ecuador. San Rafael quedó como un recordatorio poderoso de dos cosas a la vez: la fuerza transformadora de los ríos amazónicos y la responsabilidad de planificar con prudencia las grandes obras en cuencas geológicamente activas. Es, quizá, la lección más valiosa que dejó su caída.