Chengdu es, para muchos, la China más amable. Capital de la provincia de Sichuan, en el corazón del suroeste del país, es una megaciudad de más de veinte millones de habitantes que, sin embargo, presume de un carácter tranquilo, hospitalario y sibarita. Aquí la gente pasa las tardes jugando al mahjong y tomando té en los parques, la comida es una fiesta de picante y sabores, y el animal más querido del país —el panda gigante— tiene su gran santuario a las afueras. Es una ciudad para bajar el ritmo, comer bien y dejarse llevar.
Su gran imán son, sin duda, los pandas. La Base de Investigación y Cría del Panda Gigante de Chengdu es el mejor lugar del mundo para ver de cerca a estos osos entrañables, sobre todo por la mañana temprano, cuando desayunan bambú y los cachorros juegan torpemente entre los árboles. Pero Chengdu es mucho más: es la cuna de una de las grandes cocinas de China, la de Sichuan, con su hot pot ardiente y su pimienta que hace hormiguear la lengua; es una ciudad de casas de té centenarias, templos budistas y taoístas, y callejones restaurados llenos de vida; y es la puerta de entrada a maravillas cercanas como el Gran Buda de Leshan.
Esta guía recorre Chengdu con mirada práctica y cálida: cuándo ir a ver los pandas para no perdérselos activos, cómo organizar la excursión al Gran Buda, dónde vivir la cultura del té y del hot pot, y cómo moverse en una ciudad enorme pero sorprendentemente cómoda. Chengdu suele visitarse en dos o tres días, muchas veces combinada con Chongqing o como base para explorar el oeste de Sichuan y el Tíbet.
Chengdu es una de las pocas grandes ciudades de China que ha conservado su nombre y su emplazamiento durante más de dos mil años. En sus cercanías floreció la misteriosa cultura de Sanxingdui, con sus asombrosas máscaras de bronce, hace más de tres mil años. En el siglo III a.C., el gobernador Li Bing construyó el genial sistema de riego de Dujiangyan, que domó el río Min y convirtió la llanura de Chengdu en un vergel, 'el país de la abundancia'. Durante el período de los Tres Reinos (siglo III d.C.), Chengdu fue la capital del reino de Shu del legendario Liu Bei y su estratega Zhuge Liang, episodios que la cultura china recuerda hasta hoy. Fue también un centro de innovación: aquí se imprimió con planchas de madera y circuló el primer papel moneda del mundo, el 'jiaozi', bajo la dinastía Song. Capital cultural del suroeste, cuna de la cocina de Sichuan y hogar del panda gigante, Chengdu llega al siglo XXI como una de las metrópolis más dinámicas y a la vez más relajadas de China. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓Del corazón de la Ruta de la Seda en Xi'an a la cuenca fértil de Sichuan y la meseta del Tíbet: la China interior de las antiguas capitales, los pandas y el techo del mundo.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de que Chengdu existiera como ciudad, la llanura de Sichuan albergó una de las civilizaciones más enigmáticas y fascinantes de la antigua China. En 1986, unos obreros que trabajaban en una fábrica de ladrillos a las afueras de Chengdu, en el sitio de Sanxingdui, desenterraron por casualidad unas fosas repletas de tesoros extraordinarios: máscaras de bronce de rasgos exagerados, con ojos protuberantes y orejas enormes, árboles sagrados de bronce, colmillos de elefante y objetos de oro y jade. Aquella cultura, que floreció hace más de tres mil años, era completamente desconocida y no encajaba con nada de lo que se sabía de la China antigua. Todavía hoy es un misterio quiénes fueron, qué lengua hablaban y por qué desaparecieron, y sus máscaras siguen desafiando a los arqueólogos.
Siglos más tarde, en el siglo III a.C., la llanura de Chengdu vivió una transformación que definiría su prosperidad para siempre. El gobernador Li Bing, al servicio del reino de Qin, diseñó y construyó el sistema de riego de Dujiangyan, una obra de ingeniería genial que dividía las aguas del turbulento río Min sin necesidad de presas, controlando las inundaciones y regando de forma inteligente toda la llanura. El sistema funciona todavía, más de dos mil años después, y es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.
Gracias a Dujiangyan, la llanura de Chengdu se convirtió en una de las regiones agrícolas más ricas de China, hasta ganarse el sobrenombre de 'Tianfu zhi Guo', el 'país de la abundancia' o 'tierra celestial'. Esa fertilidad, unida a un clima suave y a la protección natural de las montañas que rodean la cuenca de Sichuan, dio a Chengdu la base de su prosperidad y, probablemente, de ese carácter relajado y sibarita que la caracteriza hasta hoy.
Durante la dinastía Han, Chengdu ya era una ciudad próspera, famosa por sus brocados de seda —tanto que se la llamó 'la ciudad del brocado' (Jincheng)— y por su artesanía. Pero el episodio que la fijaría para siempre en el imaginario chino llegó a comienzos del siglo III d.C., con la caída de los Han y el turbulento período de los Tres Reinos. China se fragmentó en tres estados enfrentados, y Chengdu se convirtió en la capital de uno de ellos: el reino de Shu Han.
El fundador de Shu fue Liu Bei, un caudillo que decía descender de la casa imperial Han y que reunió a su alrededor a compañeros legendarios: el fiero general Guan Yu (venerado después como dios de la guerra y de la lealtad) y, sobre todo, el brillante estratega y ministro Zhuge Liang, considerado el arquetipo del genio militar y político en la cultura china. Las intrigas, batallas, alianzas y traiciones de aquella época fueron novelados siglos después en el 'Romance de los Tres Reinos', una de las cuatro grandes novelas clásicas de la literatura china, que sigue siendo enormemente popular en forma de libros, series, videojuegos y películas.
Chengdu conserva viva esa memoria. El Templo de Wuhou, dedicado a Zhuge Liang y con la tumba de Liu Bei, es uno de los lugares más queridos de la ciudad y un sitio de peregrinación para los aficionados a aquella epopeya. Para el visitante extranjero, entender el peso de los Tres Reinos ayuda a comprender por qué ciertos nombres y templos despiertan tanta emoción entre los chinos: es como visitar los escenarios de una gran leyenda nacional.
Bajo las dinastías Tang (siglo VII-X) y Song (siglo X-XIII), Chengdu vivió una edad de oro cultural y económica. La ciudad era rica, refinada y llena de vida, un centro de las artes y las letras. Aquí pasó algunos de sus años el gran poeta Du Fu, una de las cumbres de la poesía china de todos los tiempos, que se refugió en Chengdu huyendo de las guerras y vivió en una humilde cabaña con techo de paja a orillas de un arroyo. Aquella 'Choza de Du Fu' (Du Fu Caotang), reconstruida y convertida en un bello jardín-museo, es hoy uno de los lugares literarios más venerados de China.
Chengdu fue también un foco de innovación tecnológica y comercial. La ciudad estuvo a la vanguardia de la imprenta con planchas de madera (xilografía), una técnica que permitió reproducir textos budistas, calendarios y libros mucho antes de que Gutenberg imprimiera en Europa. Y protagonizó un hito económico de alcance mundial: durante la dinastía Song, los comerciantes de Chengdu empezaron a usar unos certificados de papel, llamados 'jiaozi', para no tener que cargar con pesadas monedas de metal. Con el tiempo, esos certificados evolucionaron hasta convertirse en el primer papel moneda gubernamental de la historia, siglos antes de que existieran los billetes en Occidente.
Esa combinación de riqueza agrícola, refinamiento cultural y espíritu innovador hizo de Chengdu una de las grandes ciudades del interior de China a lo largo de la Edad Media. Aunque, como todo el país, sufrió guerras, invasiones y períodos de destrucción —especialmente violentos durante el paso de las dinastías Ming a Qing en el siglo XVII—, la ciudad renació una y otra vez, fiel a su emplazamiento en la fértil llanura del 'país de la abundancia'.
Chengdu no es famosa solo por su historia antigua, sino por una cultura cotidiana que se ha vuelto parte de su identidad: la de la buena mesa y la vida sin prisas. La cocina de Sichuan es una de las cuatro grandes tradiciones culinarias de China y, para muchos, la más apasionante. Su marca de fábrica es el sabor 'mala': la combinación del picante ardiente de la guindilla con el hormigueo anestesiante y aromático de la pimienta de Sichuan (huajiao), una baya autóctona de la región. De aquí salieron platos hoy universales como el mapo tofu, el pollo kung pao, los fideos dandan y, sobre todo, el hot pot picante, que se ha convertido en una religión gastronómica.
A la mesa se suma el ritual del té. Chengdu es la capital china de las casas de té (chaguan), una institución social donde la gente pasa horas bajo los árboles o en salones tradicionales, tomando té verde en cuencos con tapa, jugando al mahjong o a las cartas, charlando o haciendo negocios. Casas de té históricas como la Heming, en el Parque del Pueblo, funcionan desde comienzos del siglo XX y son el mejor escaparate de ese modo de vida pausado que los propios chinos asocian con Chengdu. Hasta la peculiar tradición de la 'limpieza de oídos' forma parte de ese universo relajado.
Este carácter disfrutón y hospitalario no es casual: hunde sus raíces en siglos de prosperidad en el 'país de la abundancia'. En 2010, la Unesco reconoció a Chengdu como Ciudad de la Gastronomía dentro de su red de ciudades creativas, la primera de Asia en obtener ese título. Comer y tomar té en Chengdu no es solo alimentarse: es asomarse a una filosofía de vida.
En las últimas décadas, Chengdu se ha convertido en el símbolo mundial de la conservación del panda gigante, el animal más emblemático de China y uno de los más queridos del planeta. Las montañas del oeste de Sichuan son el hábitat natural de esta especie, que estuvo al borde de la extinción por la pérdida de sus bosques de bambú y la caza. La Base de Investigación y Cría del Panda Gigante de Chengdu, fundada en 1987, se ha situado a la vanguardia de los esfuerzos por salvarlo, criando ejemplares en cautividad, estudiando su reproducción y educando al público. Gracias a estos programas, el panda gigante pasó de estar catalogado 'en peligro' a 'vulnerable', un logro conservacionista celebrado en todo el mundo, y Chengdu se ha vuelto sinónimo de estos osos entrañables.
En paralelo, la ciudad ha experimentado una transformación vertiginosa. De capital provincial tranquila, Chengdu ha pasado a ser una de las grandes megaciudades del interior de China, con más de veinte millones de habitantes en su área metropolitana, un motor económico y tecnológico del oeste del país, sede de multinacionales, universidades y un ecosistema creciente de innovación. Su red de metro es de las más extensas de China, tiene dos aeropuertos internacionales y está conectada por trenes de alta velocidad con todo el país.
Y, sin embargo, Chengdu ha logrado algo poco común: crecer sin perder su alma. La ciudad futurista de rascacielos convive con las casas de té centenarias, los templos budistas, los callejones restaurados y el ritmo pausado de sus habitantes. Es, además, la gran puerta de entrada al oeste de Sichuan y al Tíbet. Los chinos suelen decir, medio en broma, que Chengdu es 'la ciudad de la que uno no quiere marcharse', y buena parte de los viajeros que la visitan terminan dándoles la razón.