La civilización china nació a orillas del Río Amarillo (Huang He), cuyo limo fértil pero traicionero —el río cambió de curso y desbordó incontables veces, ganándose el apodo de 'la pena de China'— sostuvo a las primeras aldeas agrícolas del Neolítico. Hacia el 1600 a. C. surge la primera dinastía históricamente documentada, la Shang, célebre por sus bronces rituales y por los 'huesos oraculares': omóplatos de buey y caparazones de tortuga que los adivinos calentaban para leer el futuro y en los que aparecen los signos más antiguos de la escritura china.
Hacia el 1046 a. C., la dinastía Zhou derrocó a los Shang e introdujo una idea que atravesaría toda la historia china: el Mandato del Cielo. El soberano gobernaba por voluntad celestial, pero ese mandato podía perderse si reinaba con injusticia; una dinastía derrotada, por definición, lo había perdido. Fue la teoría que legitimó cada cambio de dinastía durante los siguientes tres milenios.
Cuando el poder de los Zhou se desmoronó, China entró en siglos de guerra entre estados rivales: los períodos de Primavera y Otoño y de los Reinos Combatientes. Paradójicamente, ese caos fue una edad de oro del pensamiento, la de las 'cien escuelas'. Entonces vivió Confucio (551-479 a. C.), maestro cuya insistencia en el orden, la jerarquía, la familia y el deber moral se volvió la columna vertebral de la ética china. Junto al taoísmo de Laozi y al legalismo, el confucianismo definiría cómo se pensaría el gobierno y la sociedad hasta el siglo XX.
En el año 221 a. C., tras derrotar uno por uno a los seis reinos rivales, el rey del estado de Qin se proclamó Qin Shi Huang, 'Primer Emperador'. Por primera vez, un solo hombre gobernaba lo que reconocemos como China, y de su dinastía —Qin, pronunciada 'chin'— viene, según la etimología más difundida, el nombre occidental del país.
Su reinado fue brevísimo pero fundacional. Guiado por la doctrina legalista, que confiaba en leyes duras antes que en la virtud, estandarizó de golpe todo el imperio: una sola escritura, una sola moneda, pesos y medidas unificados, e incluso el ancho de los ejes de los carros para que las rutas sirvieran en todas partes. Dividió el territorio en comandancias administradas por funcionarios nombrados, no por nobles hereditarios, inventando el modelo del estado burocrático centralizado que China conservaría por dos mil años. Ese poder tuvo un costo brutal: trabajos forzados masivos y una célebre quema de libros y persecución de eruditos.
Para defender la frontera norte de los pueblos nómadas, mandó unir y extender las murallas que los antiguos reinos ya habían levantado: fue el primer gran antecesor de la Gran Muralla (la que hoy admiran los turistas es en su mayoría muy posterior, de la dinastía Ming). Y para su propia eternidad hizo construir un mausoleo colosal cerca de la actual Xi'an, custodiado por un ejército de unos 8.000 guerreros de terracota de tamaño real, cada uno con un rostro distinto, descubiertos por casualidad por unos campesinos en 1974. El imperio Qin, sin embargo, no sobrevivió a su fundador: se derrumbó en guerras a los pocos años de su muerte, en el 210 a. C.
De las cenizas del Qin surgió en el 206 a. C. la dinastía Han, que gobernaría cuatro siglos y marcaría tan hondo la identidad del país que todavía hoy la mayoría étnica de China se llama a sí misma 'han'. Los Han conservaron el estado centralizado de los Qin pero suavizaron su dureza legalista adoptando el confucianismo como ideología oficial: los funcionarios empezaron a seleccionarse por su formación en los clásicos, germen del futuro sistema de exámenes imperiales que durante siglos permitió, en teoría, que un hijo de campesinos ascendiera al gobierno por mérito.
Bajo el emperador Wu (141-87 a. C.), el imperio se expandió enormemente hacia el sur, Corea y Asia Central. Fue entonces cuando se abrieron las rutas comerciales que el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen bautizaría siglos después como la Ruta de la Seda: una red de caravanas que, partiendo de la capital Chang'an, cruzaba los desiertos de Asia Central hasta llegar, de mano en mano, al Imperio romano. Por ella salían seda, laca y papel —invención china de esta época— y entraban caballos, vidrio, ideas y, más tarde, el budismo.
La dinastía Han fue contemporánea y comparable a Roma: dos imperios enormes en los extremos de Eurasia, cada uno ignorando casi por completo al otro. Su caída, hacia el año 220 d. C., por revueltas campesinas y luchas entre señores de la guerra, abrió uno de los períodos más largos de fragmentación de la historia china.
Tras la caída de los Han, China se partió en el período de los Tres Reinos —Wei, Shu y Wu—, una época de guerras entre caudillos que la literatura posterior convirtió en epopeya nacional en la novela 'Romance de los Tres Reinos'. A ella siguieron casi cuatro siglos de división, invasiones nómadas en el norte y dinastías breves en el sur, un tramo que suele llamarse el de las Seis Dinastías o de las dinastías del Norte y del Sur.
Fue una época dura políticamente, pero fértil culturalmente. El gran acontecimiento del período fue la difusión del budismo, llegado de la India por la Ruta de la Seda. En apenas unos siglos pasó de religión extranjera a fuerza central de la vida china, transformando el arte, la filosofía y el paisaje. Los pueblos nómadas que gobernaban el norte, lejos de rechazarlo, lo adoptaron con fervor: la dinastía Wei del Norte, de origen xianbei, patrocinó el tallado de gigantescos santuarios budistas en la roca, como las grutas de Yungang, cerca de Datong, y las de Longmen, junto a Luoyang.
Ese proceso muestra un patrón que se repetiría en la historia china: los conquistadores del norte, en vez de imponer su cultura, terminaban asimilándose a la civilización que dominaban, adoptando su lengua administrativa, su burocracia y sus costumbres. China absorbía a sus invasores. La reunificación llegaría a fines del siglo VI con la breve dinastía Sui, que reconstruyó el estado centralizado y empezó a excavar el Gran Canal, la vía de agua que uniría el norte y el sur del país.
La dinastía Tang (618-907) es recordada como la cúspide del esplendor chino. Su capital, Chang'an —la actual Xi'an—, con más de un millón de habitantes, fue durante mucho tiempo la ciudad más grande y cosmopolita del mundo: terminal oriental de la Ruta de la Seda, en sus calles convivían mercaderes persas, monjes indios, músicos de Asia Central y comunidades cristianas, judías y musulmanas. Fue una era de tolerancia, de poesía inmortal —Li Bai, Du Fu— y de una China segura de sí misma y abierta al mundo. Hasta tuvo, brevemente, a la única emperatriz reinante de su historia, Wu Zetian.
Tras un período de división, la dinastía Song (960-1279) inauguró algo distinto: no un imperio militar expansivo, sino una potencia económica, tecnológica y cultural sin igual en su tiempo. Bajo los Song florecieron inventos que cambiarían el mundo: la imprenta de tipos móviles, la pólvora aplicada a las armas, la brújula magnética para la navegación y el papel moneda, la primera moneda de papel de la historia. Las ciudades crecieron hasta el millón de habitantes, floreció una economía comercial sofisticada y el sistema de exámenes imperiales alcanzó su forma clásica.
Militarmente, en cambio, los Song vivieron a la defensiva. Presionados por pueblos del norte, perdieron su capital y la mitad septentrional del país en 1127 y se replegaron al sur, donde la dinastía de los Song del Sur hizo de Hangzhou su capital y del delta del Yangtsé el corazón económico de China, posición que la región no perdería nunca más. Fue un imperio brillante y rico, pero cercado, y en el horizonte se levantaba una amenaza como no había conocido el mundo.
En el siglo XIII, las estepas del norte parieron al mayor imperio terrestre de la historia. Bajo Gengis Kan y sus sucesores, los mongoles conquistaron desde el mar de Japón hasta Europa oriental. China fue una de sus presas mayores: los Song del Sur resistieron durante décadas, pero en 1279 el último emperador niño murió arrojado al mar en la batalla de Yamen, y toda China quedó, por primera vez, bajo dominio de un pueblo extranjero.
El nieto de Gengis, Kublai Kan, se proclamó emperador y fundó la dinastía Yuan (1271-1368), estableciendo su capital en Dadu, la actual Pekín. Fue un momento de conexión inédita entre Asia y Europa: por los caminos seguros del imperio mongol viajó, según su famoso relato, el veneciano Marco Polo, que describió a un Occidente asombrado la riqueza fabulosa de la corte de Kublai y de ciudades como Hangzhou.
Los mongoles gobernaron como una élite militar minoritaria sobre una población abrumadoramente china, a la que relegaron en la jerarquía social. Nunca lograron una legitimidad plena a ojos confucianos, y su régimen se debilitó con rapidez tras la muerte de Kublai por disputas sucesorias, corrupción, inflación del papel moneda, desastres naturales y epidemias. A mediados del siglo XIV, revueltas campesinas —entre ellas la de los Turbantes Rojos— sacudieron el país. De una de ellas emergió un antiguo monje mendicante convertido en jefe rebelde que expulsaría a los mongoles y fundaría una nueva dinastía nativa.
En 1368, el campesino y ex monje Zhu Yuanzhang expulsó a los mongoles y se proclamó primer emperador de la dinastía Ming, restaurando el gobierno chino nativo tras casi un siglo de dominio extranjero. Los Ming (1368-1644) dejaron algunas de las imágenes más icónicas de China. Reconstruyeron y ampliaron la Gran Muralla en la forma monumental de piedra y ladrillo que hoy conocemos, para blindar la frontera contra un nuevo retorno mongol. Y el emperador Yongle trasladó la capital a Pekín, donde mandó levantar la Ciudad Prohibida, el colosal complejo palaciego que sería sede del poder imperial durante cinco siglos.
En sus primeras décadas, la China Ming miró audazmente al mar. Entre 1405 y 1433, el almirante eunuco Zheng He comandó siete gigantescas expediciones navales, con flotas de cientos de barcos —algunos mucho mayores que las carabelas europeas— que llegaron hasta el sudeste asiático, la India, Arabia y la costa oriental de África, décadas antes de los viajes portugueses. China tenía entonces la marina más poderosa del planeta.
Y sin embargo, hacia mediados del siglo XV la corte suspendió esas expediciones y giró hacia el aislamiento, un cambio de rumbo que los historiadores todavía debaten. Justo cuando Europa iniciaba su era de exploración oceánica, China le daba la espalda al mar. Los Ming decayeron entre crisis fiscales, hambrunas, revueltas y presión de un nuevo pueblo del norte, los manchúes. En 1644, un ejército rebelde tomó Pekín, el último emperador Ming se ahorcó en una colina detrás del palacio, y los manchúes cruzaron la Gran Muralla para 'restaurar el orden' y quedarse con el imperio entero.
La dinastía Qing (1644-1912), fundada por los manchúes venidos del noreste, fue la última dinastía imperial de China y la segunda de origen extranjero. Como los mongoles, eran una minoría étnica gobernando sobre una inmensa mayoría han; a diferencia de ellos, supieron durar. Adoptaron la burocracia confuciana y el sistema de exámenes, se presentaron como continuadores legítimos de la tradición china y a la vez preservaron su identidad manchú: impusieron a los hombres han la coleta (la trenza) como símbolo de sumisión, y reservaron cargos clave para su etnia.
Bajo tres grandes emperadores —Kangxi, Yongzheng y Qianlong—, que reinaron a lo largo de más de un siglo y medio, el Qing alcanzó su apogeo. El imperio duplicó su territorio incorporando Mongolia, el Tíbet, Xinjiang y Taiwán, alcanzando la mayor extensión de la historia china y definiendo, a grandes rasgos, las fronteras que reclama la China actual. La población se triplicó hasta superar los 400 millones, y la economía china seguía siendo una de las mayores del mundo.
Pero bajo esa fachada de esplendor se acumulaban tensiones: la presión demográfica sobre la tierra, la corrupción de una burocracia enorme y una creciente rigidez frente a un mundo que cambiaba a toda velocidad. La corte imperial, convencida de que China era el 'Reino del Medio' autosuficiente y superior, trataba a los europeos como bárbaros tributarios y limitaba su comercio al único puerto de Cantón. Esa confianza estaba a punto de estrellarse contra los cañones de la Revolución Industrial.
A comienzos del siglo XIX, Gran Bretaña compraba a China enormes cantidades de té, seda y porcelana, pero China casi no quería nada a cambio, y el desequilibrio drenaba plata británica hacia Asia. La solución de los comerciantes británicos fue tan lucrativa como devastadora: introducir de contrabando opio cultivado en la India. La adicción se disparó en la población china y el flujo de plata se invirtió. Cuando el gobierno Qing intentó frenar el tráfico confiscando y destruyendo el opio en Cantón, Gran Bretaña respondió con la guerra.
La Primera Guerra del Opio (1839-1842) terminó con una derrota china aplastante. El Tratado de Nanjing, primero de una larga serie de 'tratados desiguales', obligó a China a abrir puertos al comercio extranjero, pagar indemnizaciones y ceder Hong Kong a Gran Bretaña. La Segunda Guerra del Opio (1856-1860), con Francia sumada, fue aún más humillante: tropas anglofrancesas ocuparon Pekín y saquearon e incendiaron el Antiguo Palacio de Verano.
Empezaba lo que la historiografía china llama el 'siglo de la humillación'. A las derrotas externas se sumaron catástrofes internas: la rebelión Taiping (1850-1864), una de las guerras más sangrientas de toda la historia humana, con un saldo estimado en decenas de millones de muertos; la derrota frente a Japón en 1895, que arrebató Taiwán a China; y la rebelión de los Bóxers (1899-1901), aplastada por una coalición de ocho potencias extranjeras que impusieron una indemnización aplastante. Potencias europeas, Rusia, Japón y Estados Unidos se repartieron esferas de influencia, concesiones y privilegios de extraterritorialidad. El imperio que se había creído el centro del mundo estaba de rodillas.
Humillado por el extranjero y desacreditado por su incapacidad de modernizarse, el régimen Qing perdió su Mandato del Cielo a ojos de una nueva generación de reformistas y revolucionarios. El 10 de octubre de 1911, un motín militar en Wuchang desató la Revolución Xinhai, que en pocos meses se extendió por todo el país. El 1 de enero de 1912 se proclamó la República de China, con el médico y revolucionario Sun Yat-sen como presidente provisional; en febrero, el último emperador, el niño Puyi, abdicó. Terminaban así más de dos mil años de gobierno imperial.
Pero la república nació débil. El poder pasó pronto al general Yuan Shikai, que hasta intentó proclamarse emperador antes de morir en 1916, y el país se fragmentó en la 'era de los señores de la guerra', con caudillos militares disputándose regiones enteras. En ese contexto de humillación nacional estalló, el 4 de mayo de 1919, un movimiento estudiantil y cultural que rechazaba las cláusulas del Tratado de Versalles que entregaban a Japón antiguas concesiones alemanas en China. El Movimiento del Cuatro de Mayo fue mucho más que una protesta: una sacudida intelectual que cuestionó el viejo confucianismo, reclamó ciencia y democracia, y abrió la puerta a ideologías nuevas.
De ese fermento surgieron las dos fuerzas que definirían el siglo chino: el Kuomintang (Partido Nacionalista), reorganizado por Sun Yat-sen y luego liderado por Chiang Kai-shek, y el Partido Comunista de China, fundado en Shanghái en 1921. Al principio aliados para reunificar el país y derrotar a los señores de la guerra, no tardarían en volverse enemigos mortales.
La alianza entre nacionalistas y comunistas se rompió en 1927, cuando Chiang Kai-shek desató una violenta purga de comunistas en Shanghái. Empezó una larga guerra civil. Acorralados, los comunistas emprendieron en 1934-1935 la Larga Marcha, una retirada épica de miles de kilómetros hasta el norte, de la que Mao Zedong salió como líder indiscutido del partido.
El conflicto quedó suspendido por una amenaza mayor: la invasión japonesa. Tras la ocupación de Manchuria en 1931 y la invasión a gran escala en 1937, China soportó ocho años de una guerra atroz —con episodios como la masacre de Nanjing— que le costó millones de muertos y que forma parte central de la Segunda Guerra Mundial en Asia. Terminada la guerra en 1945 con la derrota de Japón, nacionalistas y comunistas retomaron la suya. Esta vez vencieron los comunistas: el 1 de octubre de 1949, Mao proclamó desde la plaza de Tiananmén la fundación de la República Popular China. Chiang Kai-shek y el gobierno nacionalista se replegaron a Taiwán, donde la República de China subsiste hasta hoy, en el origen del conflicto que aún divide al estrecho.
La era de Mao transformó China de raíz y a un costo humano inmenso. Se llevaron a cabo reformas agrarias y campañas políticas que costaron cientos de miles de vidas. Dos episodios marcan sus límites: el Gran Salto Adelante (1958-1962), un plan de colectivización e industrialización forzada que provocó una hambruna catastrófica, con estimaciones de víctimas que van, según las fuentes, de unos 15 hasta más de 40 millones de muertos; y la Revolución Cultural (1966-1976), una convulsión política lanzada por Mao para purgar a sus rivales, que sumió al país en el caos, destruyó patrimonio cultural, persiguió a intelectuales y dejó, según las estimaciones, entre uno y dos millones de muertos. La muerte de Mao en 1976 cerró una época y abrió una lucha por su herencia.
Tras la muerte de Mao, se impuso Deng Xiaoping, un veterano dos veces purgado durante la Revolución Cultural. Desde 1978 lanzó la 'reforma y apertura', el giro que transformaría China más profundamente que cualquier revolución. Se disolvieron las comunas y se devolvió a las familias campesinas la posibilidad de cultivar su tierra y vender el excedente; se abrieron 'zonas económicas especiales' como Shenzhen para atraer inversión y comercio extranjeros; se toleró la empresa privada. Resumido en frases pragmáticas atribuidas a Deng —'no importa que el gato sea blanco o negro, mientras cace ratones'—, el rumbo era claro: crecer. Y China creció como ningún país en la historia, sacando a cientos de millones de personas de la pobreza en pocas décadas.
El proceso tuvo un límite político que quedó trágicamente expuesto en 1989. Ese año, protestas estudiantiles que pedían reformas y contra la corrupción ocuparon la plaza de Tiananmén, en Pekín, durante semanas. En la noche del 3 al 4 de junio, el gobierno envió al ejército a despejar la plaza por la fuerza. El número de muertos nunca se estableció oficialmente y las estimaciones varían ampliamente, desde varios cientos hasta más de mil; el tema sigue siendo objeto de fuerte censura dentro de China. El mensaje del régimen fue inequívoco: apertura económica sí, apertura política no.
Esa fórmula —capitalismo de estado bajo el control férreo del Partido Comunista— definió las décadas siguientes. China ingresó a la Organización Mundial del Comercio en 2001, se convirtió en la 'fábrica del mundo' y, hacia 2010, en la segunda economía del planeta. Bajo Xi Jinping, en el poder desde 2012-2013, el país ha reafirmado el papel central del Partido, ha proyectado su influencia global con iniciativas como la Nueva Ruta de la Seda y ha reforzado su control interno, mientras persisten las tensiones sobre Taiwán, el Tíbet, Xinjiang y Hong Kong. De la humillación del siglo XIX al escenario mundial del siglo XXI, la China de hoy vuelve a ser, como durante buena parte de su historia, una de las grandes potencias del mundo.