La civilización china nació a orillas del Río Amarillo (Huang He), cuyo limo fértil pero traicionero —el río cambió de curso y desbordó incontables veces, ganándose el apodo de 'la pena de China'— sostuvo a las primeras aldeas agrícolas del Neolítico. Hacia el 1600 a. C. surge la primera dinastía históricamente documentada, la Shang, célebre por sus bronces rituales y por los 'huesos oraculares': omóplatos de buey y caparazones de tortuga que los adivinos calentaban para leer el futuro y en los que aparecen los signos más antiguos de la escritura china.
Hacia el 1046 a. C., la dinastía Zhou derrocó a los Shang e introdujo una idea que atravesaría toda la historia china: el Mandato del Cielo. El soberano gobernaba por voluntad celestial, pero ese mandato podía perderse si reinaba con injusticia; una dinastía derrotada, por definición, lo había perdido. Fue la teoría que legitimó cada cambio de dinastía durante los siguientes tres milenios.
Cuando el poder de los Zhou se desmoronó, China entró en siglos de guerra entre estados rivales: los períodos de Primavera y Otoño y de los Reinos Combatientes. Paradójicamente, ese caos fue una edad de oro del pensamiento, la de las 'cien escuelas'. Entonces vivió Confucio (551-479 a. C.), maestro cuya insistencia en el orden, la jerarquía, la familia y el deber moral se volvió la columna vertebral de la ética china. Junto al taoísmo de Laozi y al legalismo, el confucianismo definiría cómo se pensaría el gobierno y la sociedad hasta el siglo XX.
En el año 221 a. C., tras derrotar uno por uno a los seis reinos rivales, el rey del estado de Qin se proclamó Qin Shi Huang, 'Primer Emperador'. Por primera vez, un solo hombre gobernaba lo que reconocemos como China, y de su dinastía —Qin, pronunciada 'chin'— viene, según la etimología más difundida, el nombre occidental del país.
Su reinado fue brevísimo pero fundacional. Guiado por la doctrina legalista, que confiaba en leyes duras antes que en la virtud, estandarizó de golpe todo el imperio: una sola escritura, una sola moneda, pesos y medidas unificados, e incluso el ancho de los ejes de los carros para que las rutas sirvieran en todas partes. Dividió el territorio en comandancias administradas por funcionarios nombrados, no por nobles hereditarios, inventando el modelo del estado burocrático centralizado que China conservaría por dos mil años. Ese poder tuvo un costo brutal: trabajos forzados masivos y una célebre quema de libros y persecución de eruditos.
Para defender la frontera norte de los pueblos nómadas, mandó unir y extender las murallas que los antiguos reinos ya habían levantado: fue el primer gran antecesor de la Gran Muralla (la que hoy admiran los turistas es en su mayoría muy posterior, de la dinastía Ming). Y para su propia eternidad hizo construir un mausoleo colosal cerca de la actual Xi'an, custodiado por un ejército de unos 8.000 guerreros de terracota de tamaño real, cada uno con un rostro distinto, descubiertos por casualidad por unos campesinos en 1974. El imperio Qin, sin embargo, no sobrevivió a su fundador: se derrumbó en guerras a los pocos años de su muerte, en el 210 a. C.
De las cenizas del Qin surgió en el 206 a. C. la dinastía Han, que gobernaría cuatro siglos y marcaría tan hondo la identidad del país que todavía hoy la mayoría étnica de China se llama a sí misma 'han'. Los Han conservaron el estado centralizado de los Qin pero suavizaron su dureza legalista adoptando el confucianismo como ideología oficial: los funcionarios empezaron a seleccionarse por su formación en los clásicos, germen del futuro sistema de exámenes imperiales que durante siglos permitió, en teoría, que un hijo de campesinos ascendiera al gobierno por mérito.
Bajo el emperador Wu (141-87 a. C.), el imperio se expandió enormemente hacia el sur, Corea y Asia Central. Fue entonces cuando se abrieron las rutas comerciales que el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen bautizaría siglos después como la Ruta de la Seda: una red de caravanas que, partiendo de la capital Chang'an, cruzaba los desiertos de Asia Central hasta llegar, de mano en mano, al Imperio romano. Por ella salían seda, laca y papel —invención china de esta época— y entraban caballos, vidrio, ideas y, más tarde, el budismo.
La dinastía Han fue contemporánea y comparable a Roma: dos imperios enormes en los extremos de Eurasia, cada uno ignorando casi por completo al otro. Su caída, hacia el año 220 d. C., por revueltas campesinas y luchas entre señores de la guerra, abrió uno de los períodos más largos de fragmentación de la historia china.
Tras la caída de los Han, China se partió en el período de los Tres Reinos —Wei, Shu y Wu—, una época de guerras entre caudillos que la literatura posterior convirtió en epopeya nacional en la novela 'Romance de los Tres Reinos'. A ella siguieron casi cuatro siglos de división, invasiones nómadas en el norte y dinastías breves en el sur, un tramo que suele llamarse el de las Seis Dinastías o de las dinastías del Norte y del Sur.
Fue una época dura políticamente, pero fértil culturalmente. El gran acontecimiento del período fue la difusión del budismo, llegado de la India por la Ruta de la Seda. En apenas unos siglos pasó de religión extranjera a fuerza central de la vida china, transformando el arte, la filosofía y el paisaje. Los pueblos nómadas que gobernaban el norte, lejos de rechazarlo, lo adoptaron con fervor: la dinastía Wei del Norte, de origen xianbei, patrocinó el tallado de gigantescos santuarios budistas en la roca, como las grutas de Yungang, cerca de Datong, y las de Longmen, junto a Luoyang.
Ese proceso muestra un patrón que se repetiría en la historia china: los conquistadores del norte, en vez de imponer su cultura, terminaban asimilándose a la civilización que dominaban, adoptando su lengua administrativa, su burocracia y sus costumbres. China absorbía a sus invasores. La reunificación llegaría a fines del siglo VI con la breve dinastía Sui, que reconstruyó el estado centralizado y empezó a excavar el Gran Canal, la vía de agua que uniría el norte y el sur del país.
La dinastía Tang (618-907) es recordada como la cúspide del esplendor chino. Su capital, Chang'an —la actual Xi'an—, con más de un millón de habitantes, fue durante mucho tiempo la ciudad más grande y cosmopolita del mundo: terminal oriental de la Ruta de la Seda, en sus calles convivían mercaderes persas, monjes indios, músicos de Asia Central y comunidades cristianas, judías y musulmanas. Fue una era de tolerancia, de poesía inmortal —Li Bai, Du Fu— y de una China segura de sí misma y abierta al mundo. Hasta tuvo, brevemente, a la única emperatriz reinante de su historia, Wu Zetian.
Tras un período de división, la dinastía Song (960-1279) inauguró algo distinto: no un imperio militar expansivo, sino una potencia económica, tecnológica y cultural sin igual en su tiempo. Bajo los Song florecieron inventos que cambiarían el mundo: la imprenta de tipos móviles, la pólvora aplicada a las armas, la brújula magnética para la navegación y el papel moneda, la primera moneda de papel de la historia. Las ciudades crecieron hasta el millón de habitantes, floreció una economía comercial sofisticada y el sistema de exámenes imperiales alcanzó su forma clásica.
Militarmente, en cambio, los Song vivieron a la defensiva. Presionados por pueblos del norte, perdieron su capital y la mitad septentrional del país en 1127 y se replegaron al sur, donde la dinastía de los Song del Sur hizo de Hangzhou su capital y del delta del Yangtsé el corazón económico de China, posición que la región no perdería nunca más. Fue un imperio brillante y rico, pero cercado, y en el horizonte se levantaba una amenaza como no había conocido el mundo.
En el siglo XIII, las estepas del norte parieron al mayor imperio terrestre de la historia. Bajo Gengis Kan y sus sucesores, los mongoles conquistaron desde el mar de Japón hasta Europa oriental. China fue una de sus presas mayores: los Song del Sur resistieron durante décadas, pero en 1279 el último emperador niño murió arrojado al mar en la batalla de Yamen, y toda China quedó, por primera vez, bajo dominio de un pueblo extranjero.
El nieto de Gengis, Kublai Kan, se proclamó emperador y fundó la dinastía Yuan (1271-1368), estableciendo su capital en Dadu, la actual Pekín. Fue un momento de conexión inédita entre Asia y Europa: por los caminos seguros del imperio mongol viajó, según su famoso relato, el veneciano Marco Polo, que describió a un Occidente asombrado la riqueza fabulosa de la corte de Kublai y de ciudades como Hangzhou.
Los mongoles gobernaron como una élite militar minoritaria sobre una población abrumadoramente china, a la que relegaron en la jerarquía social. Nunca lograron una legitimidad plena a ojos confucianos, y su régimen se debilitó con rapidez tras la muerte de Kublai por disputas sucesorias, corrupción, inflación del papel moneda, desastres naturales y epidemias. A mediados del siglo XIV, revueltas campesinas —entre ellas la de los Turbantes Rojos— sacudieron el país. De una de ellas emergió un antiguo monje mendicante convertido en jefe rebelde que expulsaría a los mongoles y fundaría una nueva dinastía nativa.
En 1368, el campesino y ex monje Zhu Yuanzhang expulsó a los mongoles y se proclamó primer emperador de la dinastía Ming, restaurando el gobierno chino nativo tras casi un siglo de dominio extranjero. Los Ming (1368-1644) dejaron algunas de las imágenes más icónicas de China. Reconstruyeron y ampliaron la Gran Muralla en la forma monumental de piedra y ladrillo que hoy conocemos, para blindar la frontera contra un nuevo retorno mongol. Y el emperador Yongle trasladó la capital a Pekín, donde mandó levantar la Ciudad Prohibida, el colosal complejo palaciego que sería sede del poder imperial durante cinco siglos.
En sus primeras décadas, la China Ming miró audazmente al mar. Entre 1405 y 1433, el almirante eunuco Zheng He comandó siete gigantescas expediciones navales, con flotas de cientos de barcos —algunos mucho mayores que las carabelas europeas— que llegaron hasta el sudeste asiático, la India, Arabia y la costa oriental de África, décadas antes de los viajes portugueses. China tenía entonces la marina más poderosa del planeta.
Y sin embargo, hacia mediados del siglo XV la corte suspendió esas expediciones y giró hacia el aislamiento, un cambio de rumbo que los historiadores todavía debaten. Justo cuando Europa iniciaba su era de exploración oceánica, China le daba la espalda al mar. Los Ming decayeron entre crisis fiscales, hambrunas, revueltas y presión de un nuevo pueblo del norte, los manchúes. En 1644, un ejército rebelde tomó Pekín, el último emperador Ming se ahorcó en una colina detrás del palacio, y los manchúes cruzaron la Gran Muralla para 'restaurar el orden' y quedarse con el imperio entero.
La dinastía Qing (1644-1912), fundada por los manchúes venidos del noreste, fue la última dinastía imperial de China y la segunda de origen extranjero. Como los mongoles, eran una minoría étnica gobernando sobre una inmensa mayoría han; a diferencia de ellos, supieron durar. Adoptaron la burocracia confuciana y el sistema de exámenes, se presentaron como continuadores legítimos de la tradición china y a la vez preservaron su identidad manchú: impusieron a los hombres han la coleta (la trenza) como símbolo de sumisión, y reservaron cargos clave para su etnia.
Bajo tres grandes emperadores —Kangxi, Yongzheng y Qianlong—, que reinaron a lo largo de más de un siglo y medio, el Qing alcanzó su apogeo. El imperio duplicó su territorio incorporando Mongolia, el Tíbet, Xinjiang y Taiwán, alcanzando la mayor extensión de la historia china y definiendo, a grandes rasgos, las fronteras que reclama la China actual. La población se triplicó hasta superar los 400 millones, y la economía china seguía siendo una de las mayores del mundo.
Pero bajo esa fachada de esplendor se acumulaban tensiones: la presión demográfica sobre la tierra, la corrupción de una burocracia enorme y una creciente rigidez frente a un mundo que cambiaba a toda velocidad. La corte imperial, convencida de que China era el 'Reino del Medio' autosuficiente y superior, trataba a los europeos como bárbaros tributarios y limitaba su comercio al único puerto de Cantón. Esa confianza estaba a punto de estrellarse contra los cañones de la Revolución Industrial.
A comienzos del siglo XIX, Gran Bretaña compraba a China enormes cantidades de té, seda y porcelana, pero China casi no quería nada a cambio, y el desequilibrio drenaba plata británica hacia Asia. La solución de los comerciantes británicos fue tan lucrativa como devastadora: introducir de contrabando opio cultivado en la India. La adicción se disparó en la población china y el flujo de plata se invirtió. Cuando el gobierno Qing intentó frenar el tráfico confiscando y destruyendo el opio en Cantón, Gran Bretaña respondió con la guerra.
La Primera Guerra del Opio (1839-1842) terminó con una derrota china aplastante. El Tratado de Nanjing, primero de una larga serie de 'tratados desiguales', obligó a China a abrir puertos al comercio extranjero, pagar indemnizaciones y ceder Hong Kong a Gran Bretaña. La Segunda Guerra del Opio (1856-1860), con Francia sumada, fue aún más humillante: tropas anglofrancesas ocuparon Pekín y saquearon e incendiaron el Antiguo Palacio de Verano.
Empezaba lo que la historiografía china llama el 'siglo de la humillación'. A las derrotas externas se sumaron catástrofes internas: la rebelión Taiping (1850-1864), una de las guerras más sangrientas de toda la historia humana, con un saldo estimado en decenas de millones de muertos; la derrota frente a Japón en 1895, que arrebató Taiwán a China; y la rebelión de los Bóxers (1899-1901), aplastada por una coalición de ocho potencias extranjeras que impusieron una indemnización aplastante. Potencias europeas, Rusia, Japón y Estados Unidos se repartieron esferas de influencia, concesiones y privilegios de extraterritorialidad. El imperio que se había creído el centro del mundo estaba de rodillas.
Humillado por el extranjero y desacreditado por su incapacidad de modernizarse, el régimen Qing perdió su Mandato del Cielo a ojos de una nueva generación de reformistas y revolucionarios. El 10 de octubre de 1911, un motín militar en Wuchang desató la Revolución Xinhai, que en pocos meses se extendió por todo el país. El 1 de enero de 1912 se proclamó la República de China, con el médico y revolucionario Sun Yat-sen como presidente provisional; en febrero, el último emperador, el niño Puyi, abdicó. Terminaban así más de dos mil años de gobierno imperial.
Pero la república nació débil. El poder pasó pronto al general Yuan Shikai, que hasta intentó proclamarse emperador antes de morir en 1916, y el país se fragmentó en la 'era de los señores de la guerra', con caudillos militares disputándose regiones enteras. En ese contexto de humillación nacional estalló, el 4 de mayo de 1919, un movimiento estudiantil y cultural que rechazaba las cláusulas del Tratado de Versalles que entregaban a Japón antiguas concesiones alemanas en China. El Movimiento del Cuatro de Mayo fue mucho más que una protesta: una sacudida intelectual que cuestionó el viejo confucianismo, reclamó ciencia y democracia, y abrió la puerta a ideologías nuevas.
De ese fermento surgieron las dos fuerzas que definirían el siglo chino: el Kuomintang (Partido Nacionalista), reorganizado por Sun Yat-sen y luego liderado por Chiang Kai-shek, y el Partido Comunista de China, fundado en Shanghái en 1921. Al principio aliados para reunificar el país y derrotar a los señores de la guerra, no tardarían en volverse enemigos mortales.
La alianza entre nacionalistas y comunistas se rompió en 1927, cuando Chiang Kai-shek desató una violenta purga de comunistas en Shanghái. Empezó una larga guerra civil. Acorralados, los comunistas emprendieron en 1934-1935 la Larga Marcha, una retirada épica de miles de kilómetros hasta el norte, de la que Mao Zedong salió como líder indiscutido del partido.
El conflicto quedó suspendido por una amenaza mayor: la invasión japonesa. Tras la ocupación de Manchuria en 1931 y la invasión a gran escala en 1937, China soportó ocho años de una guerra atroz —con episodios como la masacre de Nanjing— que le costó millones de muertos y que forma parte central de la Segunda Guerra Mundial en Asia. Terminada la guerra en 1945 con la derrota de Japón, nacionalistas y comunistas retomaron la suya. Esta vez vencieron los comunistas: el 1 de octubre de 1949, Mao proclamó desde la plaza de Tiananmén la fundación de la República Popular China. Chiang Kai-shek y el gobierno nacionalista se replegaron a Taiwán, donde la República de China subsiste hasta hoy, en el origen del conflicto que aún divide al estrecho.
La era de Mao transformó China de raíz y a un costo humano inmenso. Se llevaron a cabo reformas agrarias y campañas políticas que costaron cientos de miles de vidas. Dos episodios marcan sus límites: el Gran Salto Adelante (1958-1962), un plan de colectivización e industrialización forzada que provocó una hambruna catastrófica, con estimaciones de víctimas que van, según las fuentes, de unos 15 hasta más de 40 millones de muertos; y la Revolución Cultural (1966-1976), una convulsión política lanzada por Mao para purgar a sus rivales, que sumió al país en el caos, destruyó patrimonio cultural, persiguió a intelectuales y dejó, según las estimaciones, entre uno y dos millones de muertos. La muerte de Mao en 1976 cerró una época y abrió una lucha por su herencia.
Tras la muerte de Mao, se impuso Deng Xiaoping, un veterano dos veces purgado durante la Revolución Cultural. Desde 1978 lanzó la 'reforma y apertura', el giro que transformaría China más profundamente que cualquier revolución. Se disolvieron las comunas y se devolvió a las familias campesinas la posibilidad de cultivar su tierra y vender el excedente; se abrieron 'zonas económicas especiales' como Shenzhen para atraer inversión y comercio extranjeros; se toleró la empresa privada. Resumido en frases pragmáticas atribuidas a Deng —'no importa que el gato sea blanco o negro, mientras cace ratones'—, el rumbo era claro: crecer. Y China creció como ningún país en la historia, sacando a cientos de millones de personas de la pobreza en pocas décadas.
El proceso tuvo un límite político que quedó trágicamente expuesto en 1989. Ese año, protestas estudiantiles que pedían reformas y contra la corrupción ocuparon la plaza de Tiananmén, en Pekín, durante semanas. En la noche del 3 al 4 de junio, el gobierno envió al ejército a despejar la plaza por la fuerza. El número de muertos nunca se estableció oficialmente y las estimaciones varían ampliamente, desde varios cientos hasta más de mil; el tema sigue siendo objeto de fuerte censura dentro de China. El mensaje del régimen fue inequívoco: apertura económica sí, apertura política no.
Esa fórmula —capitalismo de estado bajo el control férreo del Partido Comunista— definió las décadas siguientes. China ingresó a la Organización Mundial del Comercio en 2001, se convirtió en la 'fábrica del mundo' y, hacia 2010, en la segunda economía del planeta. Bajo Xi Jinping, en el poder desde 2012-2013, el país ha reafirmado el papel central del Partido, ha proyectado su influencia global con iniciativas como la Nueva Ruta de la Seda y ha reforzado su control interno, mientras persisten las tensiones sobre Taiwán, el Tíbet, Xinjiang y Hong Kong. De la humillación del siglo XIX al escenario mundial del siglo XXI, la China de hoy vuelve a ser, como durante buena parte de su historia, una de las grandes potencias del mundo.
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El delta del Yangtsé, la región baja y anegada donde el río más largo de Asia desemboca en el mar, es desde hace un milenio el corazón económico de China. Su clima cálido y húmedo, sus llanuras aluviales y su red de ríos, lagos y canales lo convirtieron en una zona de agricultura intensiva de arroz, capaz de sostener una de las mayores densidades de población del mundo preindustrial. De acá salía el excedente de grano que alimentaba a las capitales del norte.
Esa conexión se materializó en una obra descomunal: el Gran Canal, la vía de agua artificial más larga del mundo, iniciada por la dinastía Sui a comienzos del siglo VII y ampliada después, que unió el rico sur arrocero con el norte político y militar a lo largo de casi 1.800 kilómetros. Ciudades como Suzhou y Hangzhou prosperaron como nudos de esa arteria comercial, llenándose de mercaderes, artesanos y funcionarios.
La riqueza de la región quedó fijada en un refrán chino repetido durante siglos: 'Arriba está el cielo; abajo, Suzhou y Hangzhou'. Aquí, en el bajo Yangtsé, se concentraron durante la época imperial tardía la producción de seda, la industria textil, la imprenta, la erudición y el arte de los jardines. Cuando el centro económico de China se desplazó definitivamente del norte al sur, fue a estas tierras adonde vino a instalarse.
El momento de gloria de Hangzhou llegó en el siglo XII. Cuando los invasores del norte tomaron la capital de los Song en 1127 y forzaron a la dinastía a replegarse al sur, Hangzhou —entonces llamada Lin'an— se convirtió en la capital de los Song del Sur. Durante más de siglo y medio fue la ciudad más grande, rica y refinada del mundo: se calcula que llegó a superar el millón de habitantes en una época en que ninguna ciudad europea alcanzaba las cien mil.
El veneciano Marco Polo, que la habría visitado bajo el dominio mongol posterior, la describió deslumbrado como 'la ciudad más noble y espléndida del mundo', con sus canales, sus puentes, sus mercados y su famoso lago. Porque el alma de Hangzhou es el Lago del Oeste (Xi Hu), un espejo de agua rodeado de colinas, pagodas, calzadas y templos que durante siglos inspiró a poetas y pintores y que se volvió el modelo mismo del paisaje ideal chino, imitado en jardines de todo el país y del este de Asia. La Unesco lo inscribió en 2011 como paisaje cultural.
Hangzhou fue también capital del té: en las colinas vecinas se cultiva el Longjing (Pozo del Dragón), uno de los tés verdes más célebres de China. Refinada, culta y volcada a la belleza del paisaje, la ciudad encarna un ideal muy distinto del poder marcial del norte: el de una civilización que había hecho de la economía, el arte y el placer estético su forma de grandeza.
A poca distancia de Hangzhou, sobre el Gran Canal, Suzhou es la otra gran ciudad clásica del delta, célebre por sus canales —que le valieron el apodo de 'la Venecia de Oriente'—, por su seda y por sus jardines. Fundada hace más de 2.500 años, floreció como centro de la industria sedera: durante la época imperial, sus telares producían las telas más finas del país, que vestían a la corte y viajaban por la Ruta de la Seda.
La riqueza de sus mercaderes y funcionarios dio origen a su tesoro más delicado: los jardines clásicos de Suzhou, considerados la cumbre del arte paisajístico chino. En espacios reducidos, tras muros discretos, los maestros jardineros recreaban universos enteros —montañas en miniatura hechas de rocas del lago Tai, estanques, pabellones, ventanas caladas que enmarcaban vistas como cuadros— siguiendo el ideal taoísta y confuciano de un retiro culto en medio de la ciudad. Nueve de estos jardines integran hoy un sitio del Patrimonio Mundial de la Unesco.
Suzhou representa una faceta muy particular de la civilización china: la del literato-funcionario que, después de servir en la burocracia, se retiraba a cultivar la poesía, la caligrafía y la contemplación en su jardín privado. Frente a la épica militar del norte, aquí se elaboró un ideal de vida refinada y letrada. Hoy, esa ciudad de canales y jardines convive con un moderno polo industrial y tecnológico, uno de los más dinámicos del país.
Durante casi toda la historia china, Shanghái fue apenas un modesto pueblo pesquero y comercial del delta, a la sombra de las ilustres Suzhou y Hangzhou. Su destino cambió de golpe con la derrota china en la Primera Guerra del Opio: el Tratado de Nanjing de 1842 la abrió al comercio extranjero como uno de los cinco 'puertos del tratado'. En pocas décadas se convirtió en la gran ciudad de las concesiones, símbolo a la vez de la humillación nacional y de una modernidad vertiginosa.
En su ribera del río Huangpu se levantaron las concesiones extranjeras: la Concesión Internacional —fusión de la británica y la estadounidense en 1863— y la Concesión Francesa, territorios donde los residentes extranjeros vivían bajo sus propias leyes gracias a la extraterritorialidad, al margen de la autoridad china. A lo largo del malecón conocido como el Bund se alinearon los bancos, las casas comerciales y los hoteles con fachadas monumentales de estilo europeo que todavía hoy definen la postal de la ciudad.
Esa Shanghái de entreguerras fue una de las ciudades más cosmopolitas y contradictorias del mundo: capital financiera de Asia oriental, meca del jazz, del cine y del lujo, pero también de la miseria obrera, el opio, el juego y las mafias. Refugio de exiliados de medio mundo —incluidos miles de judíos que huían del nazismo—, era llamada el 'París de Oriente' y la 'puta de Asia' con la misma facilidad. En sus fábricas y sus barrios obreros se incubaba, además, el descontento que alimentaría la revolución.
No fue casualidad que el Partido Comunista de China naciera en Shanghái, en 1921, en una casa de la Concesión Francesa: la ciudad, con su enorme proletariado industrial y su brutal desigualdad, era el escenario perfecto. Fue también en Shanghái donde Chiang Kai-shek desató en 1927 la sangrienta purga que rompió la alianza entre nacionalistas y comunistas y abrió la guerra civil. Durante la guerra con Japón, la ciudad sufrió combates feroces y una larga ocupación.
Tras la fundación de la República Popular en 1949, la Shanghái cosmopolita y capitalista fue puesta bajo control: las concesiones ya habían sido formalmente abolidas, la burguesía emigró o fue expropiada, y la ciudad quedó como un centro industrial gris al servicio del estado. Durante décadas, la antigua 'París de Oriente' vivió apagada, aunque siguió aportando buena parte de los recursos fiscales del país.
El renacimiento llegó en los años noventa. El gobierno decidió reconvertir Shanghái en el escaparate de la nueva China, y para eso transformó Pudong, la ribera oriental del Huangpu que hasta entonces eran campos y depósitos, en un distrito financiero de rascacielos futuristas: la Torre Perla de Oriente, la Torre Jin Mao, la Torre de Shanghái. Hoy, la ciudad enfrenta sus dos orillas como sus dos épocas: en una, el Bund colonial de piedra; en la otra, el skyline de la superpotencia del siglo XXI. Shanghái volvió a ser lo que había sido antes de la revolución: la gran metrópoli económica de China, mirando al mundo.
Pocas ciudades del mundo cargan con tanta historia como Xi'an. Bajo su antiguo nombre de Chang'an ('Paz Perpetua') fue capital de más de diez dinastías a lo largo de más de un milenio, desde los Zhou occidentales y la dinastía Qin del Primer Emperador hasta los Han y los Tang. En sus cercanías está el mausoleo de Qin Shi Huang con su ejército de guerreros de terracota, descubierto en 1974, uno de los hallazgos arqueológicos más asombrosos de la historia.
Su apogeo llegó bajo la dinastía Tang (618-907), cuando Chang'an fue la ciudad más grande y cosmopolita del planeta, con más de un millón de habitantes dentro de una cuadrícula amurallada perfectamente planificada. Era la terminal oriental de la Ruta de la Seda: por sus puertas entraban caravanas de Asia Central, mercaderes persas y sogdianos, monjes budistas y comunidades de todas las religiones. La Gran Pagoda del Ganso Salvaje se levantó para guardar los textos budistas que el monje Xuanzang trajo de la India tras un viaje legendario.
Esa vocación de encrucijada dejó una huella que perdura: el barrio musulmán de Xi'an, con su Gran Mezquita y la comunidad hui, descendiente en parte de aquellos mercaderes de la Ruta de la Seda, es una de las señas de identidad de la ciudad. Xi'an conserva además su muralla Ming casi completa, un raro anillo de fortificación que rodea el casco histórico. Es, en muchos sentidos, la puerta de entrada al pasado más profundo de China.
Al suroeste, encerrada entre montañas y protegida del resto del país por barreras naturales, se extiende la cuenca de Sichuan, una de las regiones más fértiles y densamente pobladas de China. Su relativo aislamiento le dio siempre una fuerte personalidad: en la Antigüedad fue el reino de Shu, uno de los tres protagonistas del período de los Tres Reinos, y a lo largo de la historia funcionó a menudo como refugio cuando el resto del país se hundía en la guerra.
La clave de su prosperidad tiene más de dos milenios: hacia el 256 a. C., el ingeniero Li Bing, al servicio del estado de Qin, dirigió la construcción del sistema de irrigación de Dujiangyan, que domó las crecidas del río Min y regó la llanura de Chengdu sin necesidad de represas. La obra sigue en funcionamiento hoy —está en la lista del Patrimonio Mundial— y convirtió a Sichuan en un vergel al que los chinos llaman desde antiguo 'la tierra de la abundancia'.
Su capital, Chengdu, es célebre por su ritmo pausado, sus casas de té, su cocina picante inconfundible —una de las grandes tradiciones culinarias del país— y, sobre todo, por ser el hogar del oso panda gigante, cuyo hábitat en las montañas de Sichuan alberga los centros de cría más importantes del mundo. Frontera histórica entre la China han y las tierras tibetanas y de las minorías del suroeste, Sichuan es una región de transición, puente entre las llanuras del interior y las alturas del Tíbet.
Río abajo de Chengdu, encaramada sobre las colinas donde el río Jialing se une al Yangtsé, Chongqing es una metrópolis montañosa y vertiginosa que hoy figura entre las mayores aglomeraciones urbanas del planeta. Su historia está atada al gran río: fue durante milenios el puerto que conectaba el aislado Sichuan con el resto de China a través del Yangtsé, y sigue siendo el punto de partida de los cruceros que atraviesan las espectaculares Tres Gargantas.
Ese desfiladero legendario es también escenario de una de las obras de ingeniería más colosales y polémicas de la China contemporánea: la presa de las Tres Gargantas, la mayor central hidroeléctrica del mundo, terminada en 2012. Su construcción obligó a desplazar a más de un millón de personas y a inundar ciudades, pueblos y sitios arqueológicos enteros, en un debate sobre progreso, medio ambiente y costo humano que resume muchas de las tensiones del desarrollo chino.
El capítulo más dramático de Chongqing llegó durante la guerra con Japón. Cuando las tropas japonesas ocuparon el este y las capitales del gobierno nacionalista cayeron, Chiang Kai-shek trasladó su capital a Chongqing, tierra adentro, protegida por las montañas. Entre 1938 y 1943, la ciudad soportó uno de los bombardeos aéreos más prolongados de la historia, símbolo de la resistencia china frente a la invasión. Refugiada, castigada y finalmente convertida en gran metrópoli industrial del interior, Chongqing encarna la China profunda que sostuvo al país en sus horas más oscuras.
Más allá de Sichuan se alza la meseta del Tíbet, el 'techo del mundo', una inmensa altiplanicie a más de 4.000 metros de altura donde se desarrolló una civilización única. En el siglo VII, el rey Songtsen Gampo unificó las tribus tibetanas y fundó un imperio que llegó a rivalizar con la China de los Tang, al punto de ocupar brevemente su capital. De aquella época data la introducción del budismo, traído de la India, que con el tiempo se fusionó con creencias autóctonas y dio lugar al característico budismo tibetano.
Tras la desintegración del imperio, el Tíbet quedó organizado en torno al poder religioso. A partir del siglo XVII se consolidó el gobierno de los Dalai Lamas, líderes espirituales y temporales de la escuela Gelug, que hicieron de Lhasa su capital. Allí, sobre una colina, se levanta el palacio de Potala, residencia invernal de los Dalai Lamas y una de las obras arquitectónicas más imponentes de Asia, junto al templo de Jokhang, corazón espiritual de la ciudad y meta de peregrinos que recorren miles de kilómetros postrándose en el camino.
La relación histórica entre el Tíbet y China es materia de intenso debate. Durante las dinastías Yuan y Qing existió una compleja vinculación que China interpreta como soberanía y buena parte de la tradición tibetana como una relación de 'patrón y sacerdote' entre iguales. Lo indiscutible es que, en las primeras décadas del siglo XX, tras la caída del imperio Qing, el Tíbet funcionó de hecho de manera autónoma, con su propio gobierno en Lhasa, aunque sin un reconocimiento internacional pleno de su independencia.
En octubre de 1950, poco después de la fundación de la República Popular, el Ejército Popular de Liberación entró en el Tíbet oriental y derrotó a las fuerzas tibetanas. En mayo de 1951, representantes del gobierno tibetano firmaron en Pekín el llamado Acuerdo de los Diecisiete Puntos, por el que el Tíbet quedaba bajo soberanía china a cambio de promesas de autonomía y de respeto al sistema religioso y al papel del Dalai Lama. La validez de ese acuerdo es discutida: el gobierno tibetano en el exilio sostiene que sus delegados lo firmaron bajo coacción, algo que Pekín rechaza.
Las tensiones estallaron en marzo de 1959. Ante el temor de que las autoridades chinas fueran a detener al 14.º Dalai Lama, se produjo en Lhasa un levantamiento popular que fue reprimido. El Dalai Lama huyó a la India, donde estableció un gobierno tibetano en el exilio en Dharamsala y donde permanece hasta hoy, seguido por decenas de miles de tibetanos. El Tíbet quedó plenamente integrado en la República Popular, y en 1965 se creó la Región Autónoma del Tíbet.
Lo que ocurrió después sigue siendo uno de los temas más sensibles y polarizados de la política asiática. Para el gobierno chino, la incorporación del Tíbet supuso el fin de un sistema feudal y teocrático y trajo desarrollo, infraestructura y mejoras materiales. Para el gobierno en el exilio y numerosas organizaciones de derechos humanos, implicó la represión de la cultura, la religión y la lengua tibetanas, con episodios como la destrucción de monasterios durante la Revolución Cultural y las protestas reprimidas de 1989 y 2008. El propio Dalai Lama, premio Nobel de la Paz en 1989, ha reclamado durante décadas no la independencia sino una 'autonomía genuina', propuesta que Pekín rechaza. Es un conflicto abierto, sobre el que conviven relatos históricos profundamente enfrentados.
El sur de China es, en muchos sentidos, otro país dentro del país. Separado del norte por cadenas montañosas y por siglos de historia, se incorporó más tarde y de forma más gradual al mundo chino: cuando la civilización del Río Amarillo ya tenía milenios, buena parte del sur seguía habitada por pueblos que los cronistas del norte llamaban 'bárbaros'. La expansión y sinización del sur fue un proceso largo, acelerado por oleadas de migración han que huían de las guerras del norte.
Esa historia distinta se oye todavía hoy en la lengua. En el sur no se habla el mandarín del norte, sino un mosaico de idiomas chinos mutuamente ininteligibles: el cantonés en la región de Cantón y Hong Kong, además del hakka, el min y otros. El cantonés, con sus seis o más tonos, conserva rasgos del chino antiguo que el mandarín perdió, y es la lengua de una cultura fuertemente identitaria, de su cine, su ópera y su cocina.
El paisaje también es otro: montañoso, subtropical, verde, surcado de ríos y cubierto de arrozales en terrazas. Aquí se cultiva arroz en vez del trigo y el mijo del norte, y el clima permite dos o tres cosechas al año. Por su costa abierta al mar de la China Meridional y al sudeste asiático, el sur fue siempre la China más volcada al comercio marítimo y al exterior, y de sus puertos partieron la mayoría de los millones de emigrantes chinos que poblaron los 'barrios chinos' del mundo entero.
Ninguna ciudad encarna mejor la vocación mercantil del sur que Guangzhou, la antigua Cantón, gran puerto sobre el río de las Perlas. Durante más de dos milenios fue el principal punto de contacto de China con el comercio marítimo del sudeste asiático, la India y el mundo árabe; ya en la época medieval tenía una nutrida comunidad de mercaderes extranjeros. Cuando la dinastía Qing decidió restringir el comercio con los europeos, lo concentró precisamente aquí: entre 1757 y 1842, bajo el llamado 'Sistema de Cantón', el puerto fue el único lugar de toda China donde se permitía comerciar con Occidente, a través de las Trece Factorías donde operaban los mercaderes europeos.
Fue justamente en Cantón donde se encendió la mecha de las Guerras del Opio. Aquí llegaba el opio de contrabando desde la India, y fue aquí donde el comisionado imperial Lin Zexu confiscó y destruyó, en 1839, miles de cajas de la droga, el acto que desencadenó la respuesta militar británica y el comienzo del 'siglo de la humillación'.
De raíces revolucionarias tan hondas como su tradición comercial, Cantón fue también semillero de movimientos políticos: base de Sun Yat-sen y del Kuomintang en sus inicios, escenario de huelgas y levantamientos. Y cuando Deng Xiaoping lanzó la reforma económica a fines de los años setenta, fue de nuevo el sur el laboratorio del cambio: la vecina Shenzhen, una aldea pesquera junto a Hong Kong, se convirtió en la primera zona económica especial y en símbolo del milagro económico chino. El delta del río de las Perlas es hoy uno de los mayores centros manufactureros y tecnológicos del mundo.
A la salida del río de las Perlas, un puñado de islas y una península escarpada cambiaron el rumbo de su historia por obra de la guerra. Tras derrotar a China en la Primera Guerra del Opio, Gran Bretaña obtuvo la isla de Hong Kong en el Tratado de Nanjing de 1842. Sumó la península de Kowloon en 1860, tras la Segunda Guerra del Opio, y en 1898 arrendó por 99 años los llamados Nuevos Territorios. De un peñón casi despoblado, los británicos hicieron un puerto libre que, con el tiempo, se convirtió en uno de los grandes centros financieros y comerciales de Asia.
Hong Kong prosperó como ventana capitalista de China: refugio de exiliados y capitales que huían de las guerras y de la revolución comunista, plataforma comercial, meca del cine y de las finanzas. Mientras la China continental vivía las convulsiones del maoísmo, Hong Kong crecía como una de las economías más dinámicas del mundo, con su propia identidad cantonesa, su Estado de derecho de raíz británica y sus libertades civiles.
El vencimiento del arrendamiento en 1997 obligó a resolver su futuro. En la Declaración Conjunta Sino-Británica de 1984, ambos países acordaron el retorno de todo el territorio a China, que se hizo efectivo el 1 de julio de 1997, poniendo fin a más de siglo y medio de dominio británico. El traspaso se hizo bajo la fórmula 'un país, dos sistemas', que prometía a Hong Kong conservar su autonomía, su economía de mercado y sus libertades durante 50 años, como Región Administrativa Especial. El grado en que esa autonomía se ha mantenido es hoy objeto de fuerte controversia internacional, en especial tras las grandes protestas de 2014 y 2019 y los cambios legales posteriores. Hong Kong sigue siendo un lugar único: profundamente chino y a la vez marcado por su siglo y medio de historia colonial.
Si hay una imagen que resume la belleza del sur —y que aparece hasta en el reverso del billete de veinte yuanes— es la de los picos kársticos de Guilin reflejados en las aguas quietas del río Li. Durante millones de años, la erosión del agua sobre la roca caliza esculpió miles de montañas cónicas de laderas abruptas que se levantan como un bosque de piedra sobre los arrozales y el río, en uno de los paisajes más célebres de toda China.
Este relieve kárstico no es solo un espectáculo natural: modeló una cultura y una economía. La navegación por el río Li entre Guilin y el pueblo de Yangshuo, entre picos con nombres poéticos y aldeas de pescadores que tradicionalmente usaban cormoranes amaestrados para pescar, ha inspirado durante siglos a los pintores paisajistas chinos, para quienes estas montañas encarnaban el ideal mismo de la naturaleza. La región es habitada, además, por comunidades de la etnia zhuang —la minoría más numerosa de China— y otros pueblos que cultivan los famosos arrozales en terrazas de las montañas cercanas.
Guilin muestra otra cara del sur: no la de los grandes puertos comerciales, sino la de una China rural, agrícola y de minorías étnicas, donde la geografía dictó una forma de vida. Hoy, esos mismos paisajes que inspiraron la pintura clásica sostienen una potente economía turística, con Yangshuo convertida en meca de mochileros, ciclistas y escaladores llegados de todo el mundo.
En el interior montañoso de la provincia de Hunan, hacia el borde noroeste del sur chino, se levanta uno de los paisajes más extraordinarios del país: los más de tres mil pilares de arenisca cuarcítica del parque forestal de Zhangjiajie, columnas verticales de hasta doscientos metros que emergen de la niebla y la vegetación subtropical. Fue el primer parque forestal nacional de China, creado en 1982, y forma parte de un sitio del Patrimonio Mundial de la Unesco por su geología única.
Su fama dio la vuelta al mundo en 2009, cuando la película 'Avatar' se inspiró en estos pilares para las 'montañas flotantes' de su planeta Pandora; uno de los picos fue rebautizado en homenaje al film. Hoy, miradores de vértigo, teleféricos y puentes de cristal suspendidos entre precipicios han convertido a Zhangjiajie en uno de los grandes destinos de naturaleza de China.
Más allá del espectáculo geológico, esta región montañosa es tierra de minorías étnicas. Aquí viven los tujia, los miao y los bai, pueblos con sus propias lenguas, vestimentas, arquitectura de madera y tradiciones, que durante siglos habitaron estas montañas apartadas del poder central han. El sur profundo de China es, así, un mosaico de pueblos: recuerda que 'China' nunca fue una sola cultura homogénea, sino la suma de muchas, unidas por una historia común pero conservando, en sus valles y montañas, identidades propias que sobreviven hasta hoy.
El norte de China es, literalmente, donde empezó todo. En las llanuras que riega el Río Amarillo se levantaron las primeras dinastías, se grabaron los primeros caracteres y se acuñó la idea misma de 'China'. Por eso esta región concentra una densidad de capitales antiguas que ningún otro rincón del país iguala. Luoyang, a orillas del río, fue capital de nueve dinastías a lo largo de más de un milenio, entre ellas los Zhou orientales, los Han posteriores y varias de las dinastías del período de división.
Esta primacía tenía una lógica geográfica y agrícola: el limo fértil depositado por el Río Amarillo permitía sostener poblaciones densas, y las llanuras abiertas favorecían el control centralizado. Pero el mismo río que daba vida era también una amenaza mortal, con crecidas e inundaciones que se cobraban cientos de miles de vidas y que forzaban a los estados a organizar gigantescas obras hidráulicas. Dominar el agua era dominar el poder.
Recorrer el norte es, en cierto sentido, hojear las primeras páginas de la historia china: aquí están los estratos más antiguos, la escritura oracular de los Shang, los bronces rituales, las tumbas de los primeros emperadores. Antes de que Shanghái o Cantón existieran como algo más que aldeas, estas llanuras del norte ya eran el escenario donde se decidía el destino del país.
Aunque no es tan antigua como Luoyang o Xi'an, Pekín (Beijing, 'capital del norte') terminó imponiéndose como el centro político definitivo de China. Su ascenso vino de la mano de los conquistadores del norte: fue capital de los mongoles como Dadu en el siglo XIII, y quedó consagrada cuando el emperador Yongle de la dinastía Ming trasladó allí la capital a comienzos del siglo XV y mandó construir la Ciudad Prohibida, el mayor complejo palaciego del mundo, sede del poder imperial de los Ming y los Qing durante casi cinco siglos.
Alrededor del palacio, la ciudad se organizó según una rígida geometría cósmica: el Templo del Cielo, donde el emperador oficiaba los ritos para asegurar buenas cosechas; los ejes ceremoniales; y el laberinto de hutongs, los callejones de casas con patio (siheyuan) donde vivía la gente común. Pekín era a la vez el ombligo simbólico del imperio y una ciudad de barrios populares.
En el siglo XX, Pekín fue escenario de los grandes hitos de la China contemporánea. La plaza de Tiananmén, frente a la antigua puerta de la Ciudad Prohibida, fue el lugar donde estalló el Movimiento del Cuatro de Mayo de 1919, donde Mao proclamó la República Popular en 1949 y donde ocurrió la represión de 1989. Capital de la potencia global que China volvió a ser, la ciudad combina hoy los palacios imperiales con los estadios olímpicos y los rascacielos del poder del siglo XXI.
El norte de China fue durante milenios la línea de fricción entre dos mundos: el de los campesinos sedentarios de las llanuras y el de los pueblos nómadas y guerreros de la estepa —xiongnu, mongoles, manchúes—. De esa tensión permanente nació el monumento más célebre del país: la Gran Muralla. No es una sola muralla ni de una sola época, sino un sistema de fortificaciones construido, destruido y reconstruido a lo largo de más de dos mil años, desde los primeros muros del Primer Emperador hasta la imponente obra de piedra y ladrillo de la dinastía Ming, que es la que hoy serpentea por las colinas al norte de Pekín.
Datong, en el extremo norte de la provincia de Shanxi, encarna como pocas ciudades esa condición de frontera. Fue puesto de guardia clave, plaza fuerte contra las incursiones nómadas y, durante la dinastía Wei del Norte, incluso capital imperial. A su alrededor sobreviven tramos de muralla mucho menos visitados que los de Pekín, y el paisaje conserva la aspereza de la tierra de confín.
La Muralla nunca fue una barrera impenetrable —los mongoles y los manchúes terminaron cruzándola y gobernando China—, pero funcionó como sistema de alerta, control aduanero y proyección de poder. Más que un muro militarmente infalible, fue una gigantesca declaración: aquí termina el imperio agrario y empieza la estepa. Esa geografía del miedo y la defensa modeló toda la historia del norte chino.
Cuando el budismo llegó de la India por la Ruta de la Seda, durante los siglos de división que siguieron a la caída de los Han, el norte de China se convirtió en el gran taller donde la nueva fe se hizo piedra. Las dinastías nómadas que gobernaban la región, lejos de rechazar la religión extranjera, la abrazaron y financiaron el tallado de santuarios colosales excavados en los acantilados.
Cerca de Datong están las grutas de Yungang, iniciadas por la dinastía Wei del Norte alrededor del año 460: 53 cuevas principales con decenas de miles de imágenes de Buda, algunas de casi veinte metros de altura, en un estilo que aún deja ver influencias del arte de Asia Central y grecobúdico. Cuando esa misma dinastía trasladó su capital a Luoyang, continuó la obra en las grutas de Longmen, sobre el río Yi, donde a lo largo de siglos se tallaron más de cien mil imágenes budistas, incluida la majestuosa figura de Vairochana del siglo VII.
El norte fue también cuna de una de las tradiciones budistas más famosas del mundo. En las montañas cercanas a Luoyang, el templo Shaolin es considerado el lugar de origen del budismo chan (el zen) y de las artes marciales que llevan su nombre. Estos sitios —Yungang y Longmen figuran en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco— muestran cómo una religión importada se volvió parte esencial de la civilización china y dejó en la roca del norte algunas de sus obras maestras.
En pleno Shanxi se conserva algo insólito: una ciudad amurallada de la dinastía Ming casi intacta. Pingyao mantiene su recinto de murallas del siglo XIV, su trazado de calles, sus casas de patio y sus templos, y por eso la Unesco la inscribió en 1997 como uno de los conjuntos urbanos históricos mejor conservados de China. Caminar por Pingyao es asomarse a cómo era una ciudad china antes de la modernización.
Pero Pingyao no fue solo una ciudad bonita: fue, durante el siglo XIX, la capital financiera del imperio. Aquí, alrededor de 1823, nació Rishengchang ('Sol Naciente y Próspero'), considerado el primer 'piaohao' o banco de giro de China. Su innovación fue revolucionaria para la época: un comerciante podía depositar plata en una sucursal de una ciudad y retirarla, mediante un documento verificable, en otra sucursal a cientos de kilómetros, sin transportar el metal por caminos infestados de bandidos. En su apogeo, la red de bancos de Pingyao llegó a manejar una porción enorme de la economía china, con sucursales en todo el país e incluso en Rusia, Mongolia y Japón.
Detrás de esas casas de banca estaban los mercaderes de Shanxi, uno de los grandes grupos comerciales de la China imperial, que hicieron fortunas con el comercio de sal, té y textiles a lo largo de las rutas que unían el corazón agrícola con la frontera de la estepa. Su historia recuerda que el norte no fue solo cuna de emperadores y ejércitos, sino también de una sofisticada cultura mercantil y financiera anterior a la banca moderna occidental.
Casi nada de lo que le pasó a China le pasó solo: estas son las historias de al lado.