Datong es una de esas ciudades chinas que sorprenden al viajero que se anima a salir de la ruta más trillada. En un rincón árido y ventoso del norte de Shanxi, cerca de las viejas fronteras con la estepa, esta antigua capital imperial guarda uno de los tesoros artísticos más impresionantes de toda China: las grutas de Yungang, una montaña horadada por decenas de miles de budas tallados en la roca hace más de mil quinientos años, cuando Datong era el corazón del reino Wei del Norte. Es arte budista a una escala colosal, comparable a los grandes conjuntos rupestres de la humanidad.
Pero Datong no se agota en Yungang. A pocos kilómetros, adherido como por milagro a un acantilado vertiginoso, se aferra el Monasterio Colgante de Hengshan, un templo suspendido en el vacío que es una de las imágenes más asombrosas del país. Y la propia ciudad, tras una controvertida y monumental reconstrucción de su casco histórico, ofrece murallas que se pueden recorrer, templos budistas centenarios y el delicado Muro de los Nueve Dragones. Todo ello convierte a Datong en una parada fascinante entre Pekín y el resto de Shanxi.
Esta guía recorre lo esencial de Datong con mirada práctica: cómo organizar la visita a las grutas de Yungang y al Monasterio Colgante (que están fuera de la ciudad), qué ver dentro del casco amurallado, cómo moverse y qué necesitás saber sobre precios, transporte y horarios. Menos concurrida que las grandes ciudades chinas y con una escala más humana, Datong regala algunos de los momentos más memorables de un viaje por el norte de China.
Datong debe su grandeza a la dinastía Wei del Norte, fundada por los Tuoba, un pueblo de origen nómada (xianbei) que en el siglo IV unificó el norte de China. A comienzos del siglo V hicieron de Datong —entonces llamada Pingcheng— su capital, y desde ella impulsaron una extraordinaria floración del budismo: entre los años 460 y 525 se excavaron las grutas de Yungang, con decenas de miles de imágenes de Buda talladas en la roca, una obra que fusionó influencias indias, centroasiáticas y chinas. Cuando la corte Wei trasladó su capital a Luoyang a fines del siglo V, Datong perdió protagonismo, pero siguió siendo una plaza fronteriza clave frente a los pueblos de la estepa. Bajo las dinastías Liao y Jin (siglos X-XIII), gobernadas por pueblos del norte, volvió a ser una capital secundaria y se levantaron grandes templos budistas como el de Huayan. Durante la dinastía Ming se reforzó como bastión militar de la frontera norte, con sus murallas y su cercanía a tramos de la Gran Muralla. En las últimas décadas, Datong, ciudad minera del carbón, emprendió una polémica y ambiciosa reconstrucción de su centro histórico. La historia completa, del reino Wei al presente, está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La gran hora de Datong sonó hace más de mil quinientos años, en una época turbulenta en la que el norte de China estaba fragmentado y dominado por pueblos de origen nómada llegados de la estepa. Uno de esos pueblos, los Tuoba, de etnia xianbei, logró unificar el norte y fundar la dinastía Wei del Norte. A comienzos del siglo V, en el año 398, su soberano estableció la capital en la ciudad que entonces se llamaba Pingcheng, la actual Datong, en un rincón árido y estratégico cerca de la frontera entre el mundo agrícola chino y las praderas nómadas.
Durante casi un siglo, Pingcheng fue el centro de un poderoso Estado que gobernaba sobre buena parte del norte de China. Los emperadores Tuoba, aunque de origen extranjero, adoptaron progresivamente la cultura, la lengua y las instituciones chinas, en un proceso de sinización que sería decisivo para la historia del país. La ciudad creció hasta convertirse en una gran urbe, con palacios, mercados y una población cosmopolita en la que se mezclaban chinos, xianbei y gentes de Asia Central que llegaban por las rutas comerciales.
Fue bajo la dinastía Wei del Norte cuando el budismo, llegado de la India a través de la Ruta de la Seda, se convirtió en la religión dominante y en el gran motor artístico de la época. Los emperadores Tuoba abrazaron la nueva fe con fervor y la usaron como instrumento de poder y legitimación. De esa fusión entre el mecenazgo imperial, la devoción budista y las influencias artísticas que llegaban de Occidente nacería la obra que haría inmortal a Datong: las grutas de Yungang.
Hacia el año 460, bajo el patrocinio imperial, comenzó una de las mayores empresas artísticas de la China antigua: la excavación de las grutas de Yungang, a las afueras de Pingcheng. Según la tradición, el proyecto fue impulsado por el monje Tan Yao, que propuso al emperador tallar en la roca una serie de colosales imágenes de Buda, en parte como acto de devoción y en parte como reparación tras una etapa de persecución del budismo. Las cinco primeras grandes cuevas, las llamadas 'cuevas de Tan Yao', albergan budas gigantescos que, según algunos estudiosos, representarían simbólicamente a los primeros emperadores Wei: el soberano se identificaba así con el Buda, reforzando su autoridad divina.
Durante las décadas siguientes, hasta alrededor del año 525, se horadaron decenas de cuevas más y miles de nichos en el acantilado de arenisca, hasta reunir más de 50.000 estatuas e imágenes. El estilo de Yungang es una síntesis fascinante: en las tallas se reconocen las influencias del arte grecobudista de Gandhara, con sus pliegues de túnica y sus rasgos de raíz helenística; los modelos de Asia Central que llegaban por la Ruta de la Seda; y, en las cuevas más tardías, un estilo cada vez más chino, con figuras más estilizadas y ropajes de corte local. Esa evolución convierte a Yungang en un documento único de cómo el budismo se fue haciendo chino.
Cuando en el año 494 el emperador Xiaowen trasladó la capital Wei más al sur, a Luoyang, el gran impulso constructor de Yungang se fue apagando, y los artistas continuaron su labor en las nuevas grutas de Longmen, cerca de la nueva capital. Pero lo tallado en Datong quedó como testimonio imborrable de aquella época gloriosa. Hoy, las grutas de Yungang están inscritas en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco y se consideran una de las tres grandes joyas del arte rupestre budista de China, junto con Longmen y Mogao (Dunhuang).
Tras el traslado de la capital Wei a Luoyang a fines del siglo V, Pingcheng perdió su rango imperial y volvió a ser una plaza fronteriza. Durante los siglos siguientes, la ciudad —que acabaría tomando el nombre de Datong, 'gran armonía', en la dinastía Liao— vivió al ritmo de las tensiones entre la China de las llanuras y los pueblos del norte. Su posición, en el paso entre el corazón chino y las estepas, la convirtió una y otra vez en un enclave militar disputado.
En los siglos X al XIII, el norte de China estuvo gobernado por dinastías de origen nómada. Primero los kitán de la dinastía Liao y luego los yurchen de la dinastía Jin hicieron de Datong una de sus capitales secundarias (una 'capital occidental'), y bajo su patrocinio la ciudad volvió a florecer, sobre todo en lo religioso. De esa época datan algunos de los templos budistas de madera más valiosos que se conservan en China: el gran Templo de Huayan, con su imponente salón y sus exquisitas esculturas Liao —entre ellas la célebre 'bodhisattva sonriente'—, y el Templo de Shanhua, con su conjunto de guardianes y deidades de la época Jin.
Estos templos, con sus salas de madera ensambladas sin clavos y sus estatuas de una expresividad extraordinaria, son testimonios excepcionales de la arquitectura y el arte de una época en que Datong estuvo bajo el dominio de pueblos venidos del norte. Una curiosidad revela ese origen: a diferencia de la mayoría de los templos chinos, orientados al sur, el Templo de Huayan mira al este, siguiendo las creencias solares de los kitán. Datong conserva así, en piedra y madera, la memoria de un tiempo en que la frontera cultural entre China y la estepa pasaba justo por sus murallas.
Con la llegada de la dinastía Ming, a fines del siglo XIV, Datong recuperó una importancia estratégica de primer orden, aunque esta vez sobre todo militar. Los Ming, que habían expulsado a los mongoles del poder en China, vivían obsesionados con la amenaza de una posible reconquista desde las estepas, y reforzaron toda la frontera norte con un formidable sistema defensivo del que la Gran Muralla es el elemento más famoso. Datong quedó en el centro de ese dispositivo, como una de las grandes plazas fuertes que guardaban los accesos a la llanura de Pekín.
La ciudad se convirtió así en una poderosa fortaleza militar, sede de guarniciones y mandos que vigilaban los pasos de montaña y los tramos de muralla cercanos. Fue en esta época cuando se levantaron las grandes murallas de tierra y ladrillo que rodeaban el casco urbano, con sus torres y puertas monumentales, dándole a Datong la silueta de bastión fronterizo que, muy reconstruida, todavía se puede reconocer hoy. También de comienzos de la dinastía Ming data el gran Muro de los Nueve Dragones, levantado frente al palacio de un príncipe imperial que tenía aquí su feudo.
La vida en la frontera fue dura y a menudo violenta: Datong sufrió asedios, incursiones y la tensión permanente de una tierra de nadie entre imperios. Con la caída de los Ming y la llegada de la dinastía Qing en el siglo XVII, y sobre todo con la incorporación definitiva de Mongolia al imperio, la frontera dejó de ser una línea de guerra y Datong perdió parte de su relevancia militar, quedando como una ciudad provincial del norte de Shanxi, rica en carbón pero alejada de los grandes centros del poder.
Durante el siglo XX y buena parte del XXI, Datong fue conocida sobre todo por una razón mucho más prosaica que su glorioso pasado imperial: el carbón. La región es una de las mayores cuencas carboníferas de China, y la ciudad se convirtió en un importante centro minero e industrial, con todo lo que ello supuso: crecimiento, contaminación y una imagen de urbe gris y fabril que poco tenía que ver con su patrimonio milenario. La minería marcó la economía y el paisaje de Datong durante generaciones.
A comienzos del siglo XXI, sin embargo, las autoridades locales apostaron por un giro radical: reconvertir Datong en una ciudad turística y cultural, apoyándose en su extraordinario patrimonio. El proyecto, impulsado con gran ambición en la década de 2010, incluyó la reconstrucción casi completa de las murallas históricas y de amplias zonas del casco antiguo, con el objetivo de recrear la imagen de la vieja ciudad imperial fortificada. La operación fue enormemente costosa y también muy polémica: implicó realojar a decenas de miles de vecinos y levantar desde cero monumentos que solo conservaban restos, lo que llevó a muchos a hablar de un 'decorado' más que de una restauración auténtica.
El debate sobre la reconstrucción de Datong resume una tensión presente en toda China: la que existe entre la preservación fiel del patrimonio y la recreación monumental orientada al turismo y a la identidad. Más allá de esa controversia, lo cierto es que Datong ha vuelto a atraer viajeros gracias a sus tesoros verdaderamente excepcionales —las grutas de Yungang, el Monasterio Colgante, los templos Liao y Jin—, que sobreviven al margen de cualquier polémica. Hoy la ciudad busca dejar atrás su imagen de urbe minera para reivindicar su papel como una de las grandes capitales históricas del norte de China.