Mucho antes de que ningún europeo avistara sus costas, el actual territorio canadiense estaba habitado por una extraordinaria diversidad de pueblos originarios que llevaban aquí, según la evidencia arqueológica, más de quince mil años. No eran una masa uniforme sino decenas de naciones con lenguas, economías y organizaciones sociales radicalmente distintas, adaptadas a ambientes que iban del bosque templado a la tundra ártica.
En los bosques del este vivían las naciones de habla algonquina —anishinaabe (ojibwe), innu, mi'kmaq, cree— y las confederaciones de lengua iroquesa: los haudenosaunee (la Confederación de las Cinco Naciones) y los hurón-wendat, agricultores del maíz, el frijol y la calabaza —las 'tres hermanas'— que vivían en aldeas fortificadas y practicaban una diplomacia sofisticada. En las inmensas praderas del centro, los blackfoot, cree de las llanuras, assiniboine y otros pueblos organizaban su vida entera en torno a la caza del bisonte, que les daba alimento, vestido, refugio y herramientas.
En la costa del Pacífico, la abundancia del salmón y del mar permitió el florecimiento de las sociedades quizá más ricas y jerarquizadas de la América precolombina al norte de México: los haida, coast salish, kwakwaka'wakw, nuu-chah-nulth y tsimshian, célebres por sus tótems monumentales, sus canoas de cedro, sus casas comunales y sus ceremonias de potlatch. Y en el vasto Ártico, los inuit y sus antecesores —las culturas Dorset y Thule— dominaron uno de los ambientes más extremos del planeta gracias al iglú, el kayak, el trineo de perros y un conocimiento minucioso del hielo y del mar.
El primer encuentro conocido entre Europa y América del Norte no ocurrió con Cristóbal Colón, sino cinco siglos antes y en suelo canadiense. Hacia el año 1000, navegantes nórdicos procedentes de la colonia vikinga de Groenlandia —según las sagas islandesas, la expedición de Leif Erikson— alcanzaron la costa de Terranova y levantaron un pequeño asentamiento en L'Anse aux Meadows, en su extremo septentrional. Allí construyeron casas de tepe, forjaron hierro y repararon barcos, en lo que probablemente era una base para explorar la región que llamaron Vinland.
Durante mucho tiempo aquello fue leyenda, hasta que en la década de 1960 los arqueólogos noruegos Helge Ingstad y Anne Stine Ingstad excavaron el sitio y confirmaron su origen vikingo. En 2021, un estudio publicado en la revista Nature fijó con precisión asombrosa la fecha de la ocupación: gracias a una tormenta solar que dejó una marca datable en los anillos de la madera, se determinó que los árboles fueron talados con herramientas de metal exactamente en el año 1021. L'Anse aux Meadows es hoy Patrimonio de la Humanidad y el único asentamiento vikingo confirmado del continente.
El contacto sostenido, sin embargo, tardaría todavía casi quinientos años. En 1497, el navegante Juan Caboto (Giovanni Caboto / John Cabot), al servicio de Inglaterra, tocó las costas del Atlántico norte y difundió la noticia de un mar tan colmado de bacalao que bastaba con hundir un cesto para llenarlo. La pesca atrajo a flotas inglesas, francesas, portuguesas y vascas, y abrió la puerta a la era de la colonización europea de Canadá.
La aventura francesa comenzó en 1534, cuando el marino de Saint-Malo Jacques Cartier plantó una cruz en la península de Gaspé y tomó posesión del territorio en nombre del rey Francisco I. En su segundo viaje, en 1535, remontó el gran río San Lorenzo hasta las aldeas iroquesas de Stadacona (la futura ciudad de Quebec) y Hochelaga (la futura Montreal), abriendo la ruta que sería la columna vertebral de la colonia. Pero los primeros intentos de asentarse fracasaron ante el invierno y el escorbuto.
El verdadero fundador fue Samuel de Champlain, geógrafo, cartógrafo y explorador incansable. El 3 de julio de 1608 estableció una 'habitación' —un fuerte de comercio de pieles— en el punto donde el San Lorenzo se estrecha, y fundó así la ciudad de Quebec, primer asentamiento europeo permanente de Canadá y capital de Nueva Francia. Champlain comprendió que la supervivencia de la colonia dependía de las alianzas con los pueblos originarios: se asoció con los algonquinos, los innu (montagnais) y los hurones para acceder a las pieles del interior.
Esa alianza tuvo un precio. En 1609, Champlain acompañó a una partida de guerra aliada contra los mohawk de la Confederación Iroquesa, sellando un enfrentamiento que duraría casi un siglo. La economía de Nueva Francia giró toda ella en torno al castor, cuya piel se cotizaba en Europa para fabricar sombreros de fieltro. Los legendarios coureurs des bois y voyageurs se internaron en canoa por los Grandes Lagos y hasta el corazón del continente, tejiendo una red de comercio que definió la geografía de medio Canadá.
En 1663, Luis XIV convirtió a Nueva Francia en provincia real bajo su autoridad directa y envió colonos, soldados y a las 'filles du roi' para poblarla. Montreal, fundada en 1642 como misión, se transformó en el gran centro del comercio de pieles. Pero la colonia crecía despacio: hacia 1750 apenas contaba unos 60.000 habitantes frente al millón y medio de las Trece Colonias británicas que la cercaban por el sur. Esa desproporción demográfica sellaría su destino.
La rivalidad entre Francia e Inglaterra por el dominio de América del Norte estalló en la Guerra de los Siete Años (1756-1763). El momento decisivo llegó el 13 de septiembre de 1759, en la batalla de las Llanuras de Abraham, a las puertas de la ciudad de Quebec: en apenas media hora, las tropas británicas del general James Wolfe derrotaron a las francesas del marqués de Montcalm. Ambos generales murieron a causa de las heridas. Quebec capituló, Montreal cayó al año siguiente y, con el Tratado de París de 1763, Francia cedió a Gran Bretaña la práctica totalidad de sus posesiones en Canadá.
Los británicos se encontraron gobernando a decenas de miles de súbditos franceses, católicos y de lengua francesa a quienes no podían ni querían asimilar. La respuesta fue pragmática: la Ley de Quebec de 1774 garantizó a los canadienses franceses la libertad de culto católico, el uso de su lengua y la conservación del derecho civil francés. Aquella concesión, tan resentida por las Trece Colonias vecinas, sentó las bases del carácter bicultural que define a Canadá hasta hoy.
La Revolución estadounidense (1775-1783) fue un punto de inflexión para el Canadá británico. Tras la independencia de Estados Unidos, entre cuarenta y cincuenta mil colonos leales a la corona —los United Empire Loyalists— huyeron hacia el norte buscando refugio. Se instalaron en Nueva Escocia, en el valle del río San Juan (donde impulsaron la creación de New Brunswick en 1784) y, sobre todo, al norte de los Grandes Lagos, en lo que sería Ontario. Aquellos refugiados anglófonos y protestantes cambiaron el equilibrio demográfico y cultural del país.
Para acomodarlos, la Ley Constitucional de 1791 dividió la provincia de Quebec en dos: el Alto Canadá (el actual sur de Ontario, de mayoría inglesa) y el Bajo Canadá (el actual sur de Quebec, de mayoría francesa), cada uno con su asamblea. La convivencia, sin embargo, fue tensa. Poco después, en la guerra de 1812, Canadá repelió varias invasiones estadounidenses, un episodio fundacional para su identidad frente al vecino del sur.
El descontento con el gobierno colonial —dominado por camarillas de notables como el 'Family Compact'— estalló en las rebeliones de 1837-1838, tanto en el Alto como en el Bajo Canadá, lideradas por William Lyon Mackenzie y Louis-Joseph Papineau. Las revueltas fueron aplastadas, pero forzaron a Londres a enviar a Lord Durham, cuyo célebre informe recomendó unir ambas colonias y concederles el 'gobierno responsable', es decir, un ejecutivo dependiente de la mayoría parlamentaria. El Acta de Unión de 1840 fusionó las dos Canadás en una sola provincia, aunque las fricciones entre anglófonos y francófonos pronto la hicieron ingobernable.
A mediados del siglo XIX, varias fuerzas empujaron a las colonias británicas de América del Norte hacia la unión: el bloqueo político de la Provincia Unida de Canadá, el temor a la expansión de un Estados Unidos recién salido de su Guerra Civil, la necesidad de financiar ferrocarriles y el deseo británico de reducir el coste de defender sus colonias. La solución fue novedosa: en lugar de una revolución, una federación negociada en torno a una mesa.
El proceso arrancó en la Conferencia de Charlottetown, en la Isla del Príncipe Eduardo, en septiembre de 1864, y continuó en la de Quebec ese mismo año y en la de Londres de 1866. De aquellas reuniones surgió el Acta de Norteamérica Británica (British North America Act), sancionada por el Parlamento británico y con sanción real de la reina Victoria el 29 de marzo de 1867. La ley entró en vigor el 1 de julio de 1867: nació el Dominio de Canadá, con cuatro provincias fundadoras —Ontario, Quebec, Nueva Escocia y Nuevo Brunswick—.
Su primer ministro fue el conservador escocés-canadiense Sir John A. Macdonald, la figura política dominante de la nueva nación y uno de los treinta y seis 'Padres de la Confederación', junto a George-Étienne Cartier —clave para asegurar los derechos de Quebec— y George Brown. El nuevo país nacía como una monarquía constitucional y una democracia parlamentaria federal, con la corona británica como jefe de Estado. Aquel 1 de julio se celebra hoy como el Día de Canadá, la fiesta nacional del país.
El joven Dominio se expandió con vértigo. En 1870 compró a la Compañía de la Bahía de Hudson la Tierra de Rupert, un dominio inmenso que abarcaba casi la mitad del continente. En ese vasto noroeste vivían los métis, un pueblo mestizo de raíz franco-indígena con lengua y cultura propias, que al ver amenazadas sus tierras se levantó bajo el liderazgo de Louis Riel. Su resistencia en el río Rojo forzó a Ottawa a negociar: en 1870 nació la provincia de Manitoba, la quinta de la Confederación. Al año siguiente, en 1871, la Columbia Británica se sumó con la condición de que Canadá construyera un ferrocarril transcontinental; en 1873 lo hizo la Isla del Príncipe Eduardo.
El Canadian Pacific Railway fue la epopeya nacional del país. Miles de obreros —entre ellos unos 15.000 trabajadores chinos que soportaron las condiciones más peligrosas y de los que murieron cientos— tendieron las vías a través de las praderas y las Montañas Rocosas. El 7 de noviembre de 1885, en Craigellachie (Columbia Británica), el financista Donald Smith clavó la 'última estaca' y unió por fin el país de océano a océano. Ese mismo año, el gobierno impuso un discriminatorio 'head tax' a los inmigrantes chinos, una de las páginas oscuras de la construcción nacional.
El ferrocarril tuvo un costado trágico. En 1885, una segunda insurrección métis y de las Primeras Naciones —la Rebelión del Noroeste— fue sofocada por tropas trasladadas en tren, y Louis Riel fue ahorcado por traición, convirtiéndose en un símbolo del abismo entre el este anglófono y el oeste, y de la marginación de los pueblos indígenas y métis. Con el ferrocarril abierto, millones de inmigrantes —británicos, ucranianos, alemanes, escandinavos— poblaron las praderas de trigo, y en 1905 nacieron las provincias de Alberta y Saskatchewan.
La participación en las dos guerras mundiales fue determinante para la maduración nacional de Canadá. En la Primera Guerra Mundial, el país movilizó a más de 600.000 hombres de una población de apenas ocho millones. El momento simbólico fue la batalla de Vimy Ridge, en la Pascua de 1917, cuando las cuatro divisiones del Cuerpo Canadiense, combatiendo juntas por primera vez, tomaron una cresta que británicos y franceses no habían logrado conquistar. Costó más de 3.500 muertos, pero se recuerda como el momento en que Canadá 'se convirtió en nación'.
La autonomía política llegó en paralelo. El Estatuto de Westminster, aprobado en 1931, reconoció a Canadá y a los demás dominios británicos plena soberanía legislativa, incluida la política exterior. En la Segunda Guerra Mundial, Canadá volvió a aportar un enorme esfuerzo militar, naval e industrial: el 6 de junio de 1944, unos 14.000 soldados canadienses desembarcaron en la playa Juno, una de las cinco del Día D en Normandía.
De la posguerra surgió una potencia media próspera y volcada al mundo: cofundadora de la ONU y de la OTAN, y pionera de las fuerzas de paz gracias a Lester B. Pearson, que ideó la primera fuerza de paz de Naciones Unidas durante la crisis de Suez y recibió por ello el Premio Nobel de la Paz en 1957, antes de llegar a primer ministro. Bajo su gobierno, Canadá adoptó en 1965 la bandera de la hoja de arce roja, símbolo de una identidad ya plenamente propia y desligada de los emblemas imperiales británicos.
La segunda mitad del siglo XX estuvo dominada, en clave interna, por la cuestión de Quebec. Durante casi un siglo, la sociedad quebequense había sido tradicional, rural y controlada por la Iglesia católica. Todo cambió con la Revolución Tranquila (Révolution tranquille) que se abrió tras la elección provincial de 1960: en pocos años, el Estado modernizó la educación, nacionalizó la energía (Hydro-Québec), construyó un Estado de bienestar y desplazó a la Iglesia del centro de la vida pública. De ese despertar surgió un vigoroso nacionalismo laico.
Su principal expresión política fue el Parti Québécois, fundado en 1968 por René Lévesque a partir de su movimiento por la soberanía-asociación. Llegado al poder provincial en 1976, el PQ convocó el primer referéndum de independencia el 20 de mayo de 1980: el 'no' se impuso con el 60%. En 1982, el primer ministro federal Pierre Elliott Trudeau logró 'patriar' la Constitución —hasta entonces solo enmendable por el Parlamento británico— e incorporó la Carta Canadiense de Derechos y Libertades, pero Quebec nunca firmó ese acuerdo.
Los intentos de reconciliación por la vía constitucional —los acuerdos de Meech Lake (1987) y de Charlottetown (1992), que buscaban reconocer a Quebec como 'sociedad distinta'— fracasaron y reavivaron el sentimiento soberanista. El segundo referéndum, el 30 de octubre de 1995, tuvo una participación récord del 93,5% y un desenlace en vilo: el 'no' venció por apenas 54.288 votos, un 50,58%. Aunque el independentismo perdió luego fuerza, Quebec sigue afirmando su singularidad como la gran sociedad francófona de América.
En 1971, bajo Pierre Trudeau, Canadá se convirtió en el primer país del mundo en adoptar el multiculturalismo como política oficial de Estado, consagrada luego en la Ley de Multiculturalismo Canadiense de 1988. Desde entonces, el país se transformó en uno de los grandes destinos migratorios del planeta: hoy alrededor de una cuarta parte de su población nació en el extranjero, y ciudades como Toronto, Vancouver y Montreal figuran entre las más diversas del mundo, con enormes comunidades asiáticas, latinoamericanas, caribeñas y africanas.
Ese relato de apertura convive con una deuda histórica que el país empezó a saldar recién en el siglo XXI. Durante más de un siglo, unos 150.000 niños de las Primeras Naciones, métis e inuit fueron arrancados de sus familias y confinados en un sistema de escuelas residenciales, financiado por el gobierno y gestionado por las iglesias, cuyo objetivo declarado era la asimilación forzada. La Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que trabajó entre 2008 y 2015, escuchó a miles de sobrevivientes, calificó lo ocurrido de 'genocidio cultural' y documentó más de cuatro mil muertes de niños en esas instituciones, la última de las cuales cerró en 1997.
En 2021, el hallazgo de cientos de posibles tumbas anónimas cerca de antiguos internados —empezando por las 215 detectadas junto a la escuela de Kamloops, en Columbia Británica— conmocionó al país y aceleró un proceso de reconocimiento aún abierto. Al mismo tiempo, en 1999 se había creado Nunavut, un territorio gobernado por su mayoría inuit, y las naciones indígenas avanzaron en acuerdos de autogobierno y reclamos territoriales. En el siglo XXI, un Canadá que legalizó el matrimonio igualitario (2005) y el cannabis recreativo (2018) sigue negociando el equilibrio entre sus muchas identidades y su propia historia.
Las 13 historias, una detrás de la otra. Usá los botones de arriba para saltar a la que buscás.
Las praderas de Alberta fueron durante milenios dominio de pueblos cazadores de bisonte: la Confederación Blackfoot (siksika, kainai y piikani), los cree de las llanuras, los tsuu t'ina (sarcee) y los assiniboine. Perseguían las manadas a través de la llanura y, antes de la llegada del caballo, las conducían por precipicios en 'saltos de bisonte' como el de Head-Smashed-In, usado durante casi seis mil años y declarado Patrimonio de la Humanidad en 1981. La llegada del caballo desde el sur, en el siglo XVIII, transformó por completo su cultura y su movilidad.
El territorio formó parte de la Tierra de Rupert, el enorme dominio de la Compañía de la Bahía de Hudson dedicado al comercio de pieles, hasta que Canadá lo compró en 1870. Para imponer el orden y frenar el comercio ilegal de whisky de comerciantes estadounidenses, la Policía Montada del Noroeste —los futuros Mounties— llegó en 1874 y fundó Fort Macleod y Fort Calgary.
La llegada del ferrocarril en la década de 1880 abrió las praderas a una colonización acelerada. Alberta se pobló de rancheros y de inmigrantes —británicos, ucranianos, alemanes, escandinavos, estadounidenses— que araron la pradera para el trigo y criaron ganado en las estancias del sur. De aquella cultura ganadera heredó Calgary su famoso rodeo, el Calgary Stampede, celebrado por primera vez en 1912 y hoy uno de los mayores del mundo. En 1905, Alberta fue creada como provincia junto con Saskatchewan, con Edmonton como capital.
Durante décadas, la economía fue esencialmente agrícola y ganadera, marcada por los ciclos del trigo y por la dureza de la Gran Depresión, que golpeó con especial saña a las praderas azotadas por la sequía. Ese periodo alimentó movimientos políticos propios del oeste, como el Social Credit, que gobernó la provincia durante buena parte del siglo XX.
Todo cambió el 13 de febrero de 1947, cuando el pozo Leduc No. 1, cerca de Edmonton, brotó y reveló las enormes reservas convencionales de la provincia. El descubrimiento desató un boom que convirtió a Alberta en la capital energética de Canadá: el petróleo y el gas desplazaron a la agricultura como principal industria y transformaron a la provincia en una de las más ricas del país.
Desde 1967 comenzó además la explotación de las arenas bituminosas (oil sands) del norte, alrededor de Fort McMurray, unas de las mayores reservas de crudo del mundo; hacia 2002 su producción superó por primera vez a la del petróleo convencional. Calgary, sede de las grandes petroleras, y Edmonton, la capital, crecieron como las dos grandes ciudades rivales de una provincia próspera, joven y de fuerte identidad occidental.
Alberta guarda algunos de los paisajes más célebres de Canadá. En 1885, el descubrimiento de manantiales termales en las Rocosas dio origen a Banff, el primer parque nacional del país —y el tercero del mundo— hoy Patrimonio de la Humanidad. Sus joyas atraen a millones de visitantes: el lago Louise, de aguas turquesa al pie de un glaciar; el lago Moraine, en el Valle de los Diez Picos; y el contiguo Parque Nacional Jasper, con el impresionante Campo de Hielo Columbia recorrido por la carretera Icefields Parkway.
En el extremo suroeste, el Parque Nacional Waterton Lakes une la pradera con la montaña en un paisaje único, hermanado con el Glacier estadounidense en el primer parque internacional de la paz del mundo. Estos parques, junto con Yoho y Kootenay en la vecina Columbia Británica, forman el conjunto de las Rocosas canadienses reconocido por la UNESCO.
Hacia el este, la pradera se abre de repente en las espectaculares badlands del valle del río Red Deer, en torno a Drumheller. Este paisaje erosionado de tierras yermas, cañones y 'hoodoos' guarda uno de los yacimientos de fósiles de dinosaurios más ricos del planeta: en el Parque Provincial de los Dinosaurios, Patrimonio de la Humanidad, y en el Museo Real Tyrrell de Paleontología se han hallado y exhiben esqueletos de decenas de especies del Cretácico.
Esa combinación —montañas glaciares al oeste, praderas de trigo y ganado en el centro, badlands paleontológicas al este y campos petroleros al norte— hace de Alberta una de las provincias de mayor contraste geográfico de Canadá, y un destino que une naturaleza grandiosa, cultura vaquera y ciencia.
La costa de la Columbia Británica fue hogar de algunas de las culturas indígenas más ricas y densamente pobladas de la América precolombina al norte de México. Los haida de las islas Haida Gwaii, los coast salish, los kwakwaka'wakw, los nuu-chah-nulth y los tsimshian desarrollaron sociedades complejas y opulentas gracias a la abundancia del salmón y del mar. Célebres por sus tótems, sus casas comunales de cedro, sus canoas monumentales y sus ceremonias de potlatch, muchas de estas naciones nunca firmaron tratados y reivindican hoy sus territorios ancestrales ante los tribunales.
Los primeros europeos llegaron por mar a fines del siglo XVIII, atraídos por las pieles de nutria marina: el español Juan Pérez en 1774, y luego los británicos James Cook y George Vancouver, que cartografió minuciosamente la costa en la década de 1790. La región fue objeto de la disputa hispano-británica de Nutka antes de quedar en la órbita británica.
La historia moderna de la Columbia Británica arrancó de golpe con la fiebre del oro del río Fraser en 1858, cuando unos 30.000 buscadores —muchos llegados de California— remontaron el río. El temor a una anexión estadounidense llevó a Gran Bretaña a proclamar ese mismo año la colonia continental de la Columbia Británica, bajo el gobernador James Douglas, sumada luego a la de la Isla de Vancouver. Victoria, en el extremo sur de la isla, se convirtió en la capital.
En 1871, la colonia se unió a la Confederación con la condición de que Canadá construyera un ferrocarril transcontinental en diez años. La llegada del Canadian Pacific Railway a la costa en 1885-1887 hizo nacer Vancouver, incorporada como ciudad en 1886 —el mismo año en que un gran incendio la arrasó en apenas media hora—. Reconstruida enseguida, pronto superó a Victoria como principal ciudad y puerto de la provincia, la gran puerta de Canadá hacia el Pacífico y Asia.
El siglo XX consolidó a Vancouver como una de las ciudades más dinámicas y multiculturales de Canadá, con una enorme comunidad de origen asiático y un papel central en el comercio del Pacífico. La Exposición Universal de 1986 (Expo 86), que atrajo a más de 22 millones de visitantes, transformó la ciudad y dejó infraestructuras como el SkyTrain, Canada Place y Science World. En 2010, Vancouver y Whistler fueron sede de los Juegos Olímpicos de Invierno.
La historia de la provincia también tiene páginas oscuras: el 'head tax' impuesto a los inmigrantes chinos desde 1885 y la exclusión posterior, o el internamiento de japoneses-canadienses durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy, encajada entre el océano y la montaña, Vancouver es célebre por su calidad de vida y su fusión de naturaleza y ciudad.
La Columbia Británica es la provincia más montañosa y de mayor biodiversidad de Canadá. En su franja de las Rocosas comparte con Alberta un conjunto de parques nacionales declarados Patrimonio de la Humanidad, entre ellos Yoho —con el lago Esmeralda y los célebres fósiles del Burgess Shale— y Kootenay, de aguas termales y desfiladeros. Whistler, cerca de Vancouver, es uno de los grandes resorts de esquí del mundo y fue sede olímpica en 2010.
En la Isla de Vancouver, la Reserva del Parque Nacional Pacific Rim protege playas salvajes y selva templada lluviosa junto a Tofino, meca del surf y del avistaje de ballenas. Y en el interior, el soleado valle del Okanagan, con Kelowna como capital, es la principal región vitivinícola y frutícola del oeste canadiense, un contraste casi mediterráneo con la costa lluviosa.
Buena parte de la costa de la Columbia Británica está cubierta por la mayor selva templada lluviosa que queda en el planeta, un ecosistema de cedros y abetos milenarios donde habita el raro oso Kermode o 'oso espíritu'. La región del Great Bear Rainforest, protegida tras años de negociación entre gobiernos, industria forestal y Primeras Naciones, se convirtió en un modelo mundial de conservación pactada con los pueblos indígenas.
Ese protagonismo indígena es una de las claves del presente de la provincia. Como la mayor parte de su territorio nunca fue cedido por tratado, las naciones haida, nuu-chah-nulth, tsilhqot'in y otras han conquistado en los tribunales y en la política un peso creciente sobre sus tierras ancestrales. El archipiélago de Haida Gwaii, cogestionado con la nación haida en la reserva de Gwaii Haanas, es el gran símbolo de esa reafirmación cultural, con sus tótems y aldeas ancestrales frente al Pacífico.
La isla, que los mi'kmaq llamaban Epekwitk ('descansando sobre las olas'), fue durante milenios su territorio estacional de pesca y caza. Los franceses la colonizaron en el siglo XVIII con el nombre de Île Saint-Jean, poblándola de acadios, muchos de ellos refugiados de las deportaciones del continente; la deportación de 1758 golpeó también a la isla tras la caída de la vecina fortaleza de Louisbourg.
Tras la conquista británica, la isla pasó a manos inglesas y fue rebautizada en 1799 en honor al príncipe Eduardo, duque de Kent. Su suelo de arenisca roja, rico en óxido de hierro, le dio el color característico que define su paisaje: campos verdes sobre tierra rojiza, bordeados por playas de arena y dunas.
Aunque es la provincia más pequeña de Canadá, la Isla del Príncipe Eduardo ocupa un lugar central en su historia. En septiembre de 1864, en Charlottetown, se reunieron los delegados de las colonias británicas de Norteamérica en la conferencia que puso en marcha el proceso de la Confederación. Por eso la provincia se enorgullece de ser la 'cuna de la Confederación' (Birthplace of Confederation).
Paradójicamente, la isla no se sumó al nuevo país en 1867: recelosa de perder autonomía, esperó hasta el 1 de julio de 1873, cuando una crisis financiera ligada a la construcción de su ferrocarril la empujó a unirse como séptima provincia, con la promesa de que Ottawa asumiera sus deudas y garantizara una comunicación permanente con el continente.
La Isla del Príncipe Eduardo es mundialmente famosa por ser el escenario de 'Ana de las Tejas Verdes' (Anne of Green Gables), la novela de Lucy Maud Montgomery publicada en 1908, que atrae a legiones de admiradores —especialmente de Japón— a la granja que inspiró la historia y a la localidad de Cavendish. El personaje de la niña pelirroja se convirtió en un símbolo cultural de Canadá.
Durante más de un siglo la isla dependió del ferry para conectarse con el continente, hasta que en 1997 se inauguró el Confederation Bridge, un puente de casi 13 kilómetros que cruza el estrecho de Northumberland y es el puente más largo del mundo sobre aguas que se congelan en invierno. Charlottetown, la capital, conserva su ambiente victoriano y su papel de sede histórica en el Confederation Centre of the Arts.
La economía de la Isla del Príncipe Eduardo vive de la tierra y del mar. Es célebre por sus papas, que cultivan aprovechando el suelo rojo y fértil, y por la pesca de langosta, mejillones y ostras que la han hecho famosa entre los amantes de los mariscos. Sus paisajes bucólicos de granjas, faros y campanarios sobre un mar azul le han valido el apodo de 'isla jardín'.
El Parque Nacional de la Isla del Príncipe Eduardo protege un tramo de sus dunas, playas de arena roja y acantilados a lo largo de la costa norte, sobre el Golfo de San Lorenzo. Pequeña, tranquila y de escala humana, la isla ofrece la cara más apacible y rural de Canadá.
Charlottetown, la capital y única ciudad de la provincia, conserva el ambiente de un pueblo victoriano en torno a la Province House, donde se celebró la conferencia fundacional de 1864, y al moderno Confederation Centre of the Arts, que cada verano representa el musical de Ana de las Tejas Verdes. Es el centro cultural, administrativo y universitario de la isla.
Bajo la imagen bucólica pervive una historia plural. La comunidad mi'kmaq mantiene su presencia en Epekwitk, con reservas como Lennox Island y Abegweit, y celebra su cultura y su lengua. La minoría acadia francófona, descendiente de los colonos de la Île Saint-Jean que escaparon a la deportación o regresaron, conserva vivas sus tradiciones en la región de Évangéline, al oeste de la isla, donde el francés y la bandera acadia siguen ondeando.
Manitoba, en el corazón geográfico de Canadá, fue durante milenios tierra de pueblos cree, ojibwe (anishinaabe), dakota y, en el extremo norte, inuit. Su red de ríos y lagos —el lago Winnipeg es uno de los mayores del mundo— la convirtió en una arteria clave del comercio de pieles. La Compañía de la Bahía de Hudson estableció puestos en la costa ártica ya en el siglo XVII, como York Factory, y el punto donde se juntan los ríos Rojo y Assiniboine —The Forks, hoy en Winnipeg— fue durante siglos un lugar de encuentro y comercio indígena.
De la unión entre comerciantes europeos, sobre todo franceses y escoceses, y mujeres indígenas nació el pueblo métis, con lengua (el michif), cultura y economía propias, ligadas a la caza del bisonte y al transporte de pieles. La colonia de Red River, fundada en 1812 con colonos escoceses, se transformó en el núcleo de esa comunidad mestiza.
Cuando Canadá compró la Tierra de Rupert a la Compañía de la Bahía de Hudson en 1869-1870, los métis de Red River, temiendo perder sus tierras y derechos ante la llegada de agrimensores y colonos, se levantaron bajo el liderazgo de Louis Riel y formaron un gobierno provisional. Su resistencia forzó una negociación con Ottawa: la Ley de Manitoba, con sanción real el 12 de mayo de 1870, creó la quinta provincia de la Confederación, con garantías —al menos sobre el papel— para el francés, el catolicismo y las tierras métis.
La ejecución del prisionero orangista Thomas Scott por el gobierno provisional en 1870 desató represalias, y Riel debió exiliarse en Estados Unidos pese a ser considerado el 'padre de Manitoba'. Regresó para liderar la Rebelión del Noroeste de 1885 en Saskatchewan, tras la cual fue juzgado y ahorcado, convirtiéndose en un símbolo trágico de la lucha de los métis y de la tensión entre el este anglófono y el oeste.
Con el ferrocarril, Winnipeg creció vertiginosamente como gran cruce ferroviario y comercial, 'la puerta del oeste', y a comienzos del siglo XX fue una de las ciudades más prósperas y cosmopolitas de Canadá, con una fuerte inmigración ucraniana, judía, alemana y del este de Europa. En 1919, la ciudad fue escenario de la histórica Huelga General de Winnipeg, uno de los momentos fundacionales del movimiento obrero canadiense.
Hoy Winnipeg, capital provincial en el punto medio geográfico del país, es una ciudad culturalmente diversa, sede del Museo Canadiense por los Derechos Humanos —el único museo nacional fuera de la región de la capital— y de una vibrante escena cultural francófona en el barrio de Saint-Boniface, herencia directa de la vieja Red River.
Pocas provincias reflejan tan bien el crisol canadiense como Manitoba. A la base indígena y métis se sumaron oleadas de inmigrantes que dejaron una huella cultural imborrable: los ucranianos, cuyas cúpulas ortodoxas y iglesias salpican la pradera; los menonitas de habla alemana que colonizaron el sur; los islandeses de Gimli, junto al lago Winnipeg, que fundaron la mayor comunidad islandesa fuera de Islandia; y comunidades judías, polacas y filipinas, entre muchas otras.
Esa diversidad convive con una fuerte presencia indígena: Manitoba tiene una de las mayores proporciones de población de las Primeras Naciones y métis de Canadá, y Winnipeg alberga la comunidad indígena urbana más numerosa del país. El francés, garantizado desde la fundación de la provincia y hoy vivo en Saint-Boniface, completa un mapa lingüístico y cultural excepcionalmente variado.
Manitoba combina la pradera de trigo del sur con miles de lagos, el bosque boreal y la tundra ártica del norte, que se asoma a la bahía de Hudson. Su geografía va del grano al hielo en unos pocos cientos de kilómetros.
Su destino natural más asombroso está en el extremo norte: Churchill, a orillas de la bahía de Hudson y accesible solo por tren o avión, es conocida como la 'capital mundial del oso polar'. Cada otoño, cientos de osos se congregan allí esperando que se congele la bahía para salir a cazar focas, y en verano miles de belugas remontan el estuario del río Churchill. Es, además, uno de los mejores lugares del planeta para contemplar la aurora boreal, uno de los grandes espectáculos de fauna y cielo del mundo.
La península de Nueva Escocia fue durante milenios territorio del pueblo mi'kmaq, hábiles pescadores, cazadores y navegantes del Atlántico que fueron de los primeros en tratar con los europeos y que sellaron con la corona británica los llamados Tratados de Paz y Amistad, aún vigentes. A comienzos del siglo XVII, colonos franceses fundaron aquí Acadia, una de las primeras colonias europeas de América del Norte, en torno a Port-Royal (1605).
Los acadios desarrollaron una cultura propia y un ingenioso sistema de diques (aboiteaux) para ganar al mar las fértiles marismas de la bahía de Fundy. La región fue campo de batalla entre Francia e Inglaterra durante más de un siglo; con el Tratado de Utrecht de 1713, la Acadia peninsular pasó a manos británicas, aunque su población siguió siendo francesa y católica.
En 1755, en vísperas de la guerra final contra Francia, y frustrados por la negativa de los acadios a jurar lealtad incondicional a la corona británica, los británicos ordenaron su deportación. A partir del 5 de septiembre de 1755, unas diez mil personas fueron expulsadas de sus tierras, embarcadas y dispersadas por las colonias americanas, Inglaterra y Francia a lo largo de ocho años. Miles murieron de enfermedad o hambre en las travesías. Muchos terminaron en Luisiana, donde dieron origen a la cultura 'cajún'.
Aquel Grand Dérangement es una de las páginas más trágicas de la historia canadiense y quedó grabado en la memoria acadia, inmortalizado más tarde en el poema 'Evangeline' de Longfellow. El paisaje de Grand-Pré, corazón del mundo acadio, es hoy Patrimonio de la Humanidad como lugar de memoria de la deportación.
En el vacío dejado por los acadios, Gran Bretaña impulsó la llegada de colonos protestantes. Fundó Halifax en 1749 como base naval y militar, pobló la costa con inmigrantes alemanes —que fundaron Lunenburg en 1753— y, sobre todo, con miles de escoceses de las Highlands que llegaron a partir de finales del siglo XVIII. Su lengua gaélica, su música y su cultura celta aún perviven, especialmente en la isla de Cabo Bretón, y explican el nombre latino de la provincia: Nova Scotia, 'Nueva Escocia'.
También se instalaron aquí Loyalists llegados tras la Revolución estadounidense, entre ellos numerosos negros libres y esclavizados, cuyos descendientes forman una de las comunidades afrodescendientes más antiguas de Canadá. Esa mezcla de mi'kmaq, acadios, escoceses, alemanes y afrocanadienses define el carácter plural de la provincia.
Nueva Escocia fue una de las cuatro provincias fundadoras de la Confederación en 1867, no sin resistencia de quienes preferían seguir ligados a Gran Bretaña. Su historia es inseparable del océano: el bacalao, la construcción naval y el comercio marítimo la hicieron próspera en el siglo XIX, la 'edad de oro de la vela'. Halifax, su capital y uno de los grandes puertos naturales del mundo, fue puerta de entrada de más de un millón de inmigrantes —su Muelle 21 es el 'Ellis Island canadiense'— y escenario, en 1917, de la Explosión de Halifax, la mayor detonación provocada por el hombre antes de la era atómica, que arrasó parte de la ciudad y causó unos 2.000 muertos.
Hoy la provincia atrae por su costa escarpada y sus faros, como el icónico de Peggy's Cove; por Lunenburg, casco histórico Patrimonio de la Humanidad y cuna de la goleta Bluenose; y por el Parque Nacional Cape Breton Highlands, recorrido por la espectacular carretera panorámica Cabot Trail.
Rodeada casi por completo por el mar —ningún punto de la provincia dista más de 60 kilómetros de la costa—, Nueva Escocia vive de cara al Atlántico. Su litoral recortado guarda cientos de faros, pueblos pesqueros de casas de madera y bahías donde se pesca la codiciada langosta. El Titanic, hundido en 1912 frente a sus costas, dejó en Halifax los cementerios donde reposan muchas de sus víctimas.
La isla de Cabo Bretón, unida al continente por una calzada, es el corazón de la cultura celta de la provincia: aquí sobrevive la música de violín (fiddle) de raíz escocesa, se enseña aún el gaélico y cada otoño el festival Celtic Colours celebra ese legado mientras los bosques se tiñen de rojo y oro. La Cabot Trail, que serpentea por los acantilados del norte de la isla, es considerada una de las carreteras panorámicas más bellas del mundo.
El territorio de Nuevo Brunswick fue hogar de los pueblos mi'kmaq, maliseet (wolastoqiyik) y passamaquoddy, cazadores y pescadores de los grandes ríos y de la costa atlántica. Formó parte de la Acadia francesa desde comienzos del siglo XVII, y sus valles fértiles, sobre todo en torno a la bahía de Fundy y el río San Juan, fueron colonizados por familias acadias antes de la conquista británica.
La deportación de 1755 golpeó también a los acadios de esta región, pero muchos lograron esconderse en los bosques del interior o regresar tras el conflicto. Sus descendientes reconstruyeron sus comunidades y hoy conforman una vibrante población francófona, concentrada sobre todo en el norte y el este de la provincia, en la llamada Acadie.
Tras la Revolución estadounidense, unos 14.000 Loyalists leales a la corona británica se refugiaron en la región, fundando en 1785 la ciudad de Saint John, la primera ciudad incorporada de Canadá. Su llegada masiva desbordó la administración de Nueva Escocia, de la que dependía el territorio, y en 1784 Gran Bretaña separó la zona y creó la colonia de New Brunswick, bautizada en honor a la casa real de Brunswick-Lüneburg.
Nuevo Brunswick fue una de las cuatro provincias fundadoras de la Confederación en 1867, y su capital, Fredericton, se convirtió en centro administrativo y cultural. La economía de la provincia se apoyó en la madera, la construcción naval y la pesca a lo largo de sus grandes ríos y su extensa costa.
La larga convivencia entre acadios francófonos y descendientes de Loyalists anglófonos marca la identidad de Nuevo Brunswick. En 1969, la provincia dio un paso histórico al aprobar la Ley de Lenguas Oficiales y convertirse en la única provincia oficialmente bilingüe de Canadá, con el francés y el inglés en pie de igualdad. Este estatus se consagró luego en la Constitución.
Moncton, en el este, se erige como corazón económico de la provincia y símbolo del renacer acadio: sede de la Universidad de Moncton, principal institución francófona fuera de Quebec, y motor de una cultura acadia que celebra su identidad con su bandera tricolor y su fiesta nacional el 15 de agosto. Fredericton y Saint John completan el mapa urbano de esta provincia entre dos lenguas.
El mayor tesoro natural de Nuevo Brunswick es la bahía de Fundy, que lo separa de Nueva Escocia y registra las mareas más altas del planeta: la diferencia entre la marea alta y la baja supera los 16 metros, y cada ciclo mueve más agua que la suma de todos los ríos del mundo. Ese fenómeno gigantesco esculpió las famosas 'macetas de flores' de roca de Hopewell Rocks, que se pueden rodear a pie con la marea baja y quedan convertidas en islotes rodeados de agua con la alta.
La bahía es también un festín para las ballenas, que acuden atraídas por la riqueza de sus aguas frías, y sostiene un ecosistema costero único protegido en parte por el Parque Nacional Fundy. Ríos como el Saint John, que atraviesa Fredericton, y una densa cubierta de bosque acadiano completan el perfil de esta provincia marítima, verde y volcada al mar.
Más del 80% de Nuevo Brunswick está cubierto de bosque, lo que ha hecho de la industria forestal y del papel un pilar histórico de su economía, junto con la pesca y, en el norte, la minería. El gran río Saint John, apodado el 'Rin de Norteamérica' por sus valles fértiles y sus paisajes, atraviesa la provincia de norte a sur y protagoniza el curioso fenómeno de los Reversing Falls de Saint John, donde la fuerza de la marea de Fundy invierte el sentido de la corriente.
El subsuelo guarda además tesoros para la ciencia: los acantilados fósiles de Joggins, en la vecina Nueva Escocia, y los yacimientos del propio Nuevo Brunswick documentan la vida del Carbonífero. La provincia atrae también por sus playas cálidas del estrecho de Northumberland —de las aguas más templadas al norte de Virginia— y por pueblos costeros donde conviven el inglés y el francés acadio.
El territorio de Ontario, articulado en torno a cuatro de los cinco Grandes Lagos, fue durante milenios hogar de pueblos de las Primeras Naciones. En el sur vivían las naciones de lengua iroquesa —los hurón-wendat, agricultores del maíz que habitaban aldeas fortificadas, y las naciones de la Confederación Haudenosaunee—, mientras que en los bosques y lagos del norte se extendían los pueblos algonquinos: anishinaabe (ojibwe), odawa, cree y otros.
Los primeros europeos en recorrer la región, a comienzos del siglo XVII, fueron el explorador francés Étienne Brûlé y los misioneros jesuitas, que fundaron la misión de Sainte-Marie entre los hurones. Las guerras entre hurones e iroqueses por el control del comercio de pieles, atizadas por las alianzas europeas, devastaron a la nación wendat hacia 1650 y remodelaron por completo el mapa humano de la región.
El Ontario moderno nació de la Revolución estadounidense. Tras la independencia de Estados Unidos, decenas de miles de Loyalists leales a la corona británica se refugiaron al norte de los Grandes Lagos. Para gobernar a esta población anglófona y protestante, la Ley Constitucional de 1791 creó el Alto Canadá, separado del Bajo Canadá francés, con su capital primero en Newark (Niagara-on-the-Lake) y luego en York, la futura Toronto.
Durante la guerra de 1812, el Alto Canadá fue escenario de invasiones estadounidenses rechazadas con ayuda de las Primeras Naciones y de figuras como el jefe shawnee Tecumseh y el general Isaac Brock. El descontento con la élite gobernante —el 'Family Compact'— desembocó en la rebelión de 1837 liderada por William Lyon Mackenzie, que, aunque fracasó, aceleró la llegada del gobierno responsable.
Ontario fue una de las cuatro provincias fundadoras de la Confederación en 1867, y Toronto quedó como sede de su gobierno provincial. La ciudad de Ottawa, en cambio, había sido elegida en 1857 por la reina Victoria como capital de la Provincia Unida de Canadá —y luego del país— por su posición fronteriza entre los mundos anglófono y francófono y por su relativa seguridad frente a Estados Unidos. Allí se levantan hoy los edificios del Parlamento sobre la colina que domina el río Ottawa.
Kingston, a orillas del lago Ontario, había sido la primera capital de la Provincia Unida en 1841 y conserva un notable patrimonio militar y universitario. El sistema de canales Rideau, terminado en 1832 y hoy Patrimonio de la Humanidad, une Kingston con Ottawa como testimonio de la ingeniería colonial británica.
A lo largo del siglo XX, el sur de Ontario se transformó en el gran polo industrial, financiero y demográfico del país. Toronto desplazó a Montreal como capital económica de Canadá y hoy es la mayor ciudad de la nación y una de las más multiculturales del mundo, coronada por la CN Tower. Su bolsa, sus bancos y su distrito financiero concentran el corazón económico canadiense.
El llamado 'Golden Horseshoe', el arco urbano que rodea el extremo oeste del lago Ontario, incluye a Hamilton —la histórica 'ciudad del acero'— y al corredor automotor que hizo de la provincia el gran centro manufacturero del país. Ciudades como London, Windsor y Kitchener-Waterloo completan un tejido industrial y tecnológico que sostiene buena parte del PIB canadiense.
El símbolo natural de Ontario son las Cataratas del Niágara, uno de los espectáculos de agua más famosos del planeta y el destino turístico más visitado de Canadá, en la frontera con Estados Unidos. Pero la provincia es también tierra de agua y bosque: la región de Muskoka con sus 'cottages', el archipiélago de las Mil Islas sobre el río San Lorenzo, la península de Bruce sobre el lago Hurón y el vasto Parque Provincial Algonquin, creado en 1893 y considerado la cuna del canotaje canadiense.
Hacia el norte, la geografía cambia por completo: el Escudo Canadiense de granito y el bosque boreal cubren un territorio inmenso y poco poblado que llega hasta la bahía de Hudson. En el terreno cultural, el prestigioso Festival de Stratford, dedicado a Shakespeare, y la escena artística de Toronto hacen de Ontario un centro cultural de primer orden.
Quebec es el corazón histórico de la presencia francesa en América. En 1535, Jacques Cartier había remontado el San Lorenzo hasta las aldeas iroquesas de Stadacona y Hochelaga, pero fue Samuel de Champlain quien, el 3 de julio de 1608, fundó la ciudad de Quebec en el punto donde el río se estrecha —de ahí su nombre, del algonquino kebec, 'donde el río se angosta'—. Fue la primera colonia francesa permanente y la capital de Nueva Francia.
Montreal, fundada en 1642 como la misión de Ville-Marie, se convirtió pronto en el gran centro del comercio de pieles y en la base desde la que los voyageurs se lanzaban a explorar el continente. La vida colonial giró en torno al río, al castor y a la Iglesia católica, en una sociedad rural y devota de familias numerosas cuya lengua y fe sobrevivirían incluso a la conquista británica.
El destino de la colonia se selló en 1759, cuando la batalla de las Llanuras de Abraham, a las puertas de la ciudad de Quebec, la entregó a los británicos; el Tratado de París de 1763 confirmó el traspaso. Pese al cambio de soberano, la población francófona conservó su lengua, su religión y su derecho civil francés gracias a la Ley de Quebec de 1774, una concesión decisiva que explica por qué, más de dos siglos y medio después, Quebec sigue siendo mayoritariamente francófono.
Dividido en el Bajo Canadá en 1791, el territorio vivió la rebelión de 1837 encabezada por los Patriotes de Louis-Joseph Papineau. En 1867, Quebec fue una de las cuatro provincias fundadoras de la Confederación, con la garantía de conservar su lengua, su fe y su código civil. Durante casi un siglo, la sociedad quebequense permaneció tradicional, rural y dominada por el clero, hasta la sacudida de la modernidad de los años sesenta.
A partir de 1960, la Revolución Tranquila transformó Quebec de raíz: el Estado provincial modernizó la educación, nacionalizó la energía con Hydro-Québec, edificó un Estado de bienestar y apartó a la Iglesia del centro de la vida pública. De ese despertar nació un nacionalismo laico y potente. El Parti Québécois, fundado en 1968 por René Lévesque, impulsó dos referéndums de independencia: el de 1980, con un 60% por el 'no', y el de 1995, en el que el 'no' venció por un margen mínimo del 50,58% con una participación del 93,5%.
En 1977, la Carta de la Lengua Francesa (Ley 101) consagró el francés como única lengua oficial de la provincia. Hoy Quebec afirma su singularidad dentro de Canadá como la gran sociedad francófona de América. Montreal, cosmopolita y bilingüe, es su metrópoli cultural, mientras la ciudad de Quebec —la única ciudad amurallada al norte de México y Patrimonio de la Humanidad— encarna la memoria de Nueva Francia.
La singularidad de Quebec no es solo lingüística sino cultural. De su tronco francés y católico brotó una identidad propia, con su gastronomía —la poutine, el jarabe de arce, la tourtière—, su chanson, su cine y una vida festiva que va del Carnaval de invierno de la ciudad de Quebec al Festival de Jazz de Montreal, uno de los mayores del mundo. El francés quebequense, con su acento y sus giros, es una lengua viva y distinta del de Francia.
La provincia mantiene además un fuerte vínculo con la Francofonía internacional y una política migratoria propia orientada a preservar el peso del francés. Esa mezcla de raíz europea, apego a la lengua y modernidad norteamericana hace de Quebec un lugar único: la puerta de entrada a la América francófona.
La geografía de Quebec es tan singular como su historia. El majestuoso río San Lorenzo la vertebra: en Tadoussac, donde el fiordo del Saguenay desemboca en el río, se congregan ballenas —incluida la gigantesca ballena azul— en uno de los mejores sitios de avistaje del mundo. La región de Charlevoix, reserva de la biosfera modelada por el impacto de un antiguo meteorito, y la península de Gaspé, con su cultura marítima y el Parque Forillon, ofrecen paisajes de colinas y acantilados sobre el mar.
Al norte de Montreal, las montañas Laurentinas y el resort de Mont-Tremblant son la meca del esquí y del turismo de montaña, mientras el Mont-Sainte-Anne, cerca de la capital, completa la oferta invernal. Hacia el norte profundo, el inmenso territorio del Nord-du-Québec y de Nunavik es un vasto dominio subártico habitado por cree e inuit, prueba de la enorme escala de una provincia que combina cultura europea, naturaleza salvaje y cuatro estaciones marcadas.
Saskatchewan fue durante milenios territorio de pueblos cazadores de bisonte —cree de las llanuras, saulteaux (ojibwe), assiniboine (nakota), dakota y atsina— cuya vida entera giraba en torno a las inmensas manadas que recorrían la pradera. El territorio formó parte de la Tierra de Rupert de la Compañía de la Bahía de Hudson y fue una de las últimas grandes zonas de caza libre del continente.
La llegada de los comerciantes, de enfermedades como la viruela y de la caza comercial provocó, hacia 1880, el casi exterminio del bisonte y el colapso del modo de vida indígena. Los tratados numerados firmados en la década de 1870 confinaron a las Primeras Naciones en reservas a cambio de promesas a menudo incumplidas, y abrieron la pradera a la colonización europea.
En 1885, el descontento de los métis y de las Primeras Naciones del valle del Saskatchewan, empobrecidos y desplazados, estalló en la Rebelión del Noroeste, liderada de nuevo por Louis Riel y el jefe militar métis Gabriel Dumont. Sofocada por tropas trasladadas en el nuevo ferrocarril, la revuelta terminó con el ahorcamiento de Riel en Regina, un episodio que dejó heridas duraderas.
El ferrocarril y la promesa de tierra barata atrajeron luego una avalancha de inmigrantes —británicos, ucranianos, alemanes, escandinavos, doukhobors rusos— que rompieron la pradera con el arado y la sembraron de trigo. En 1905, Saskatchewan fue creada como provincia junto con Alberta, con Regina como capital, y se convirtió en el 'granero de Canadá', líder mundial en producción de trigo, además de un yacimiento clave de potasa y uranio.
De la dura cultura cooperativa y comunitaria de las praderas surgió uno de los legados más importantes de Saskatchewan para todo Canadá. En 1962, bajo el gobierno del político socialdemócrata Tommy Douglas y su sucesor Woodrow Lloyd, la provincia implantó el primer sistema público, universal y de pagador único de seguro médico de Norteamérica, pese a una huelga de médicos de 23 días.
El éxito del modelo de Saskatchewan llevó a que, en menos de una década, todo Canadá adoptara un sistema similar, el medicare que hoy es una de las señas de identidad del país. Tommy Douglas es recordado como el 'padre del medicare' y fue votado, en una encuesta nacional, como el mayor canadiense de la historia.
Saskatchewan es la provincia de los grandes cielos y los horizontes sin fin, donde la llanura se extiende hasta el borde del mundo. Regina, su capital, alberga el cuartel y la academia de entrenamiento de la Real Policía Montada del Canadá, los célebres Mounties. Saskatoon, la ciudad más grande, se extiende a orillas del río Saskatchewan Sur y es un centro universitario y minero.
En el extremo sur, contra la frontera con Estados Unidos, el Parque Nacional de las Praderas (Grasslands) protege uno de los últimos remanentes de la pradera mixta autóctona de Norteamérica, con perritos de las praderas, bisontes reintroducidos y una de las mayores reservas de cielo oscuro del continente: sin contaminación lumínica, ofrece uno de los cielos nocturnos más estrellados de Canadá.
Al tópico de la pradera plana Saskatchewan opone sorpresas geográficas notables. En el sur se alzan las Cypress Hills, un macizo boscoso que escapó a la última glaciación y constituye el punto más alto de Canadá entre las Rocosas y Labrador; allí, en 1873, la matanza de Cypress Hills contra los assiniboine precipitó la llegada de la Policía Montada al oeste. Más al norte, las Great Sand Hills forman un inesperado desierto de dunas activas en medio de la llanura.
El patrimonio indígena vertebra buena parte del territorio. El Wanuskewin Heritage Park, cerca de Saskatoon, protege un lugar de reunión de los pueblos de las llanuras usado durante casi seis mil años y candidato a Patrimonio de la Humanidad, con vestigios de saltos de bisonte, campamentos y una rueda medicinal. El norte de la provincia, en cambio, es un mundo de bosque boreal, ríos y decenas de miles de lagos, dominio de comunidades cree y dene.
La isla de Terranova y la vasta región continental de Labrador fueron hogar de pueblos originarios distintos: los beothuk en la isla, los innu y los inuit en Labrador, y los mi'kmaq que llegaron más tarde. La tragedia de los beothuk marca la historia de la provincia: acorralados por la colonización y las enfermedades, desaparecieron como pueblo en 1829 con la muerte de Shanawdithit, la última superviviente conocida, fallecida de tuberculosis en St. John's.
En el extremo norte de la isla se encuentra el primer y único asentamiento vikingo confirmado en América: L'Anse aux Meadows, ocupado hacia el año 1021 —fecha establecida con precisión mediante el estudio de los anillos de la madera— y hoy Patrimonio de la Humanidad. Es la prueba de que los europeos llegaron al continente casi cinco siglos antes que Colón. En 1497, Juan Caboto arribó a estas costas y difundió la noticia de un mar rebosante de bacalao.
Durante siglos, los Grandes Bancos de Terranova fueron el mayor caladero de bacalao del mundo, disputado por pescadores ingleses, franceses, portugueses y vascos, que secaban su captura en las costas antes de llevarla a Europa. En 1583, Sir Humphrey Gilbert tomó posesión de la isla para la reina Isabel I, convirtiéndola en la primera colonia inglesa de ultramar. St. John's, su capital, es una de las ciudades europeas más antiguas de Norteamérica.
Terranova siguió un camino aparte del resto de Canadá. Rechazó unirse a la Confederación en el siglo XIX y llegó a ser un dominio autónomo dentro del Imperio Británico. La Gran Depresión, sin embargo, la llevó a la quiebra y a renunciar a su autogobierno en 1934, quedando bajo administración directa de Londres.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el futuro de Terranova se decidió en dos ajustados referéndums. Impulsada por Joey Smallwood, que prometía los beneficios sociales del Estado canadiense —seguro de desempleo, pensiones, el 'baby bonus'—, la opción de la unión con Canadá venció en 1948, y el 31 de marzo de 1949 Terranova y Labrador se convirtió en la décima y última provincia en incorporarse a la Confederación. Smallwood fue su primer premier hasta 1972.
La dependencia del bacalao terminó en catástrofe. La sobreexplotación con flotas industriales redujo la biomasa reproductora en más de un 90% en tres décadas, y el 2 de julio de 1992 el gobierno federal decretó una moratoria total a la pesca del bacalao del norte. Fue el mayor despido de la historia canadiense: unas 30.000 personas quedaron sin trabajo de la noche a la mañana y se puso fin a un modo de vida de siglos en cientos de pequeñas aldeas pesqueras (outports).
Terranova ofrece algunos de los paisajes más dramáticos de Canadá. El Parque Nacional Gros Morne, Patrimonio de la Humanidad, protege fiordos glaciares y las Tablelands, una extensión de roca ocre del manto terrestre expuesta por la tectónica de placas que hizo del parque un sitio de referencia mundial para la geología y la teoría de la deriva continental.
St. John's, la capital, con sus casas de colores trepando las laderas del puerto y su faro de Cape Spear —el punto más oriental de Norteamérica—, es la puerta de la provincia. La cultura terranovense, con su acento de raíz irlandesa e inglesa inconfundible, su música, sus icebergs a la deriva y su legendaria hospitalidad, es una de las más singulares y queridas del país.
A menudo eclipsada por la isla, la parte continental de la provincia —Labrador— es un territorio inmenso y salvaje casi tres veces mayor que Terranova, de tundra, taiga y montañas. Es hogar ancestral de los innu y de los inuit, estos últimos organizados desde 2005 en el gobierno autónomo de Nunatsiavut, el primero de su tipo para los inuit dentro de una provincia canadiense. El Parque Nacional Torngat Mountains, cogestionado con las comunidades inuit, protege los picos más altos del este continental de Canadá.
Labrador guarda además una de las mayores obras hidroeléctricas del mundo, la central de Churchill Falls, y enormes reservas de hierro en torno a Labrador City. La ruta costera y la Trans-Labrador Highway abren poco a poco esta última gran frontera a los viajeros más aventureros, en un paisaje donde los caribúes migran por millares y la naturaleza conserva una escala abrumadora.
Los Territorios del Noroeste, un inmenso espacio de bosque boreal, tundra y grandes lagos, fueron y son hogar de los pueblos dene (déné) —chipewyan, tlicho, gwich'in, sahtu y otros—, de los métis del norte y, en la costa ártica, de los inuvialuit, la rama occidental de los inuit. Vivieron durante milenios de la caza del caribú, la pesca en los grandes lagos y el atrapamiento de pieles.
Durante siglos, la región formó parte de la Tierra de Rupert de la Compañía de la Bahía de Hudson y fue surcada por los exploradores del comercio de pieles. En 1789, el escocés Alexander Mackenzie descendió el gran río que hoy lleva su nombre —el más largo de Canadá— hasta el océano Ártico, buscando en vano un paso al Pacífico.
Cuando Canadá adquirió los territorios del noroeste en 1870, creó con ellos un enorme distrito administrativo del que, con el tiempo, se recortaron varias provincias y territorios. El descubrimiento de oro en la década de 1930 dio origen a Yellowknife, hoy la capital, a orillas del Gran Lago del Esclavo. Y desde los años noventa, el hallazgo de kimberlitas convirtió a los Territorios del Noroeste en una de las regiones productoras de diamantes más importantes del mundo, con minas como Ekati y Diavik.
En 1999, la mitad oriental del territorio se separó para formar Nunavut, dejando a los Territorios del Noroeste con su configuración actual. Los pueblos originarios, que constituyen la mayoría de la población, han avanzado en acuerdos de autogobierno y reclamos territoriales —como el de los tlicho— que redefinen la vida política y la administración del norte.
El símbolo natural del territorio es la Reserva del Parque Nacional Nahanni, uno de los primeros sitios inscritos como Patrimonio de la Humanidad, en la cordillera Mackenzie. El río South Nahanni serpentea entre cañones profundos y se precipita por las cataratas Virginia (Náįlįcho), casi el doble de altas que las del Niágara, en un paraje de leyenda accesible solo en avión o en canoa.
Yellowknife es, además, uno de los mejores lugares del planeta para contemplar la aurora boreal, gracias a sus cielos despejados y su ubicación bajo el óvalo auroral, lo que atrae a viajeros de todo el mundo. Grandes lagos, ríos indómitos, la ruta de hielo invernal y una fauna de osos, caribúes, bisontes de bosque y aves acuáticas hacen de los Territorios del Noroeste un destino para el viajero de aventura.
La geografía de los Territorios del Noroeste está dominada por el agua. El Gran Lago del Esclavo, el más profundo de Norteamérica, y el Gran Lago del Oso, el mayor situado enteramente en Canadá, se cuentan entre los cuerpos de agua dulce más grandes del planeta. De ellos y de innumerables ríos nace el Mackenzie, la gran arteria que recorre 1.700 kilómetros hasta el delta del Ártico y que fue, durante siglos, la ruta del comercio de pieles y de las comunidades ribereñas dene.
Ese delta y las tierras costeras de los inuvialuit, en torno a Inuvik y Tuktoyaktuk —hoy conectada por carretera con el resto de Canadá—, son un mundo de tundra, pingos y sol de medianoche. El Parque Nacional Wood Buffalo, compartido con Alberta y Patrimonio de la Humanidad, protege la mayor manada de bisontes en libertad del mundo y el único nido natural de la grulla trompetera.
Con once lenguas oficiales —nueve de ellas indígenas, además del inglés y el francés—, los Territorios del Noroeste son uno de los lugares con mayor diversidad lingüística de Canadá. Yellowknife, la capital surgida de la fiebre del oro de los años treinta, es un pequeño y cosmopolita centro donde conviven mineros, funcionarios, dene, métis e inuvialuit.
El territorio se ha convertido en escenario mundial del turismo de aurora boreal, que atrae a viajeros de Asia y de todo el planeta a sus cielos invernales. A ello se suman las expediciones en canoa por ríos legendarios, la pesca deportiva en aguas remotas y las rutas de hielo que, cada invierno, transforman los ríos y lagos helados en carreteras hacia comunidades aisladas, en una de las últimas grandes fronteras habitadas de América.
El Yukón, en el extremo noroeste de Canadá, fue durante milenios hogar de numerosas Primeras Naciones —gwich'in, tutchone del norte y del sur, tlingit del interior, kaska, han y otras— que vivían de la caza del caribú y del alce y de la pesca del salmón en los grandes ríos. Muchas de estas naciones han firmado desde 1993 acuerdos modernos de autogobierno y de reclamación territorial que las convierten en un ejemplo de administración indígena en Canadá.
Hasta fines del siglo XIX, la región permaneció al margen del avance europeo: solo unos pocos comerciantes de pieles de la Compañía de la Bahía de Hudson y algunos misioneros se habían aventurado en su vasto territorio de bosque boreal, montañas y tundra. Era, en el imaginario del sur, la última frontera.
Todo cambió el 16 de agosto de 1896, cuando el hallazgo de oro en el arroyo Bonanza, afluente del río Klondike, desató una de las mayores fiebres del oro de la historia. Cuando la noticia llegó a Seattle y San Francisco al año siguiente, unos cien mil aventureros de todo el mundo se lanzaron hacia el norte por rutas heladas y pasos de montaña como el Chilkoot, rumbo a Dawson City, que en pocos meses pasó de un puñado de habitantes a ser una ciudad bulliciosa de unos 17.000 en el verano de 1898.
Para administrar aquel caos, Canadá creó el Territorio del Yukón el 13 de junio de 1898. La fiebre se apagó tan rápido como había estallado, pero dejó una huella imborrable en la mitología del norte —inmortalizada por escritores como Jack London y el poeta Robert Service— y a Dawson City como un museo viviente de aquella época dorada.
El Yukón es tierra de naturaleza extrema y grandiosa. El Parque Nacional Kluane, Patrimonio de la Humanidad, alberga el mayor campo de hielo no polar del mundo y el monte Logan, el pico más alto de Canadá con 5.959 metros. Whitehorse, la capital a orillas del río Yukón, concentra a la mayor parte de la población del territorio y es su centro administrativo y de servicios.
En verano, el sol de medianoche baña la región durante semanas; en invierno, la aurora boreal ilumina cielos de una oscuridad total. El territorio conserva una fuerte identidad de frontera, mezcla de las culturas vivas de las Primeras Naciones y del legado romántico de los buscadores de oro, en uno de los rincones más salvajes y menos poblados de Norteamérica.
El Yukón es hoy un referente de la reafirmación indígena en Canadá. En 1973, el histórico documento 'Together Today for Our Children Tomorrow', presentado por los líderes yukoneses al gobierno federal, abrió un proceso de negociación que culminó en 1993 con el Acuerdo Marco Final y una cascada de tratados de autogobierno. Once de las catorce Primeras Naciones del territorio han firmado acuerdos que les devuelven control sobre sus tierras, sus recursos y sus instituciones.
Ese renacer se refleja en la cultura viva del territorio: los idiomas gwich'in, tutchone y tlingit del interior, la caza y la pesca tradicionales, y centros culturales que exhiben el arte y la historia de estos pueblos. Lejos del cliché del Yukón como simple escenario de la fiebre del oro, las Primeras Naciones han recuperado un papel central en la vida política y social del norte.
Viajar por el Yukón es recorrer distancias inmensas por paisajes casi vírgenes. La carretera Dempster, la única de Canadá que cruza el Círculo Polar Ártico, une Dawson City con Inuvik, en los Territorios del Noroeste, atravesando la tundra de las montañas Ogilvie y Richardson. La Alaska Highway, tendida en apenas ocho meses durante la Segunda Guerra Mundial, dejó su huella imborrable en Whitehorse y en el trazado del territorio.
Los grandes ríos —sobre todo el propio Yukón, que fue la 'autopista' de los buscadores de oro— siguen siendo vías de aventura para canoístas de todo el mundo, mientras la Yukon Quest, una de las carreras de trineos de perros más duras del planeta, revive cada invierno el espíritu del norte. Bosques, glaciares, caribúes y osos completan un territorio hecho para el viajero que busca la última naturaleza salvaje.