Muskoka es la región de lagos y cabañas (cottages) por excelencia de Ontario, el lugar al que escapan los habitantes de Toronto en verano para refugiarse junto al agua. A unas dos horas al norte de la ciudad, se extiende un paisaje de granito rosado del Escudo Canadiense, bosques de pinos y arces, y miles de lagos, entre ellos los tres grandes —Muskoka, Rosseau y Joseph— salpicados de islas y de muelles de madera donde descansan los clásicos botes de la zona.
Es un destino de verano por antonomasia: navegación, kayak, nado, pesca, paseos en barco a vapor histórico, pueblos pintorescos como Bracebridge, Gravenhurst, Huntsville o Port Carling, y la cultura del 'cottage', esa cabaña a orillas del lago que para muchas familias canadienses es casi sagrada. En otoño, los arces tiñen la región de colores espectaculares, y la cercanía al Parque Algonquin la convierte en una excelente base para combinar lagos y naturaleza.
Esta guía recorre lo esencial de Muskoka con mirada práctica: qué ver y qué hacer en los grandes lagos, cómo llegar desde Toronto, precios reales de cruceros y alquileres, los pueblos y atractivos como las cascadas de Bracebridge o el barco a vapor de Gravenhurst, el follaje de otoño y cómo moverse por una región amplia donde el auto es casi imprescindible. Muskoka es la quintaesencia del verano canadiense junto al agua.
El distrito de Muskoka, en el Escudo Canadiense, fue habitado por pueblos anishinaabe (ojibwa) y debe su nombre, según la tradición, a un jefe local llamado Mesqua Ukie. Colonizado por europeos a partir de mediados del siglo XIX con la esperanza de cultivar la tierra, pronto se reveló demasiado rocoso para la agricultura, pero su belleza atrajo al turismo: a fines del siglo XIX florecieron grandes hoteles de veraneo y los barcos a vapor que conectaban los lagos. Así nació la región de cottages que es hoy. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El nombre que hoy llevan estos lagos de aguas oscuras y granito rosado no lo pusieron los veraneantes de Toronto ni los agentes inmobiliarios: se lo debemos a un jefe ojibwa. La palabra 'Muskoka' deriva, según la tradición más aceptada, de Mesqua Ukee (también transcripto de varias maneras), un líder anishinaabe que vivió en la época de los primeros contactos con los europeos y cuyo nombre quedó grabado para siempre en el mapa de la región. Antes de que fuera 'cottage country', mucho antes de los barcos a vapor y los resorts de lujo, esta era su tierra.
Durante milenios, Muskoka —en pleno Escudo Canadiense— fue territorio de pueblos de las Primeras Naciones, en particular anishinaabe (ojibwa). Vivían de la caza, la pesca y la recolección, recorriendo en canoa la enorme red de lagos y ríos que define la zona y desplazándose según las estaciones por un paisaje de granito, bosques y agua que ofrecía abundante alimento pero suelos pobres para el cultivo. La toponimia de la región conserva la huella de sus habitantes originarios en incontables nombres de lagos y lugares.
Para estos pueblos, los grandes lagos que hoy son escenario de veraneo eran rutas y fuentes de vida, no postales. Esa relación profunda con el agua, anterior en miles de años a la llegada del turismo, está en la raíz de la identidad lacustre que caracteriza a Muskoka hasta hoy: cada vez que una familia carga el kayak para 'ir al cottage', repite, sin saberlo, un gesto tan viejo como la propia región.
A mediados del siglo XIX, el gobierno colonial impulsó la colonización de Muskoka como tierra de cultivo, abriendo caminos de colonización (colonization roads) y ofreciendo concesiones de tierra a inmigrantes europeos que llegaban con la promesa de labrarse una vida agrícola. Sin embargo, la realidad fue dura: bajo una delgada capa de suelo se extendía el duro granito del Escudo Canadiense, y los inviernos rigurosos y los terrenos pedregosos hicieron casi imposible la agricultura sostenible. Muchos colonos abandonaron sus parcelas tras años de esfuerzo infructuoso.
Lo que no servía para el arado, en cambio, resultó ideal para otra cosa. La industria maderera aprovechó los bosques de pino, y sobre todo la extraordinaria belleza de los lagos, las islas y los bosques empezó a atraer a visitantes en busca de aire puro y paisaje. A partir de las décadas de 1860 y 1870, los primeros turistas, en su mayoría adinerados de Toronto y de Estados Unidos, comenzaron a llegar para pasar el verano junto al agua.
Así, el fracaso agrícola de Muskoka se transformó en su mayor fortuna. La región encontró su vocación no en la tierra, sino en el agua: el veraneo, el descanso y el contacto con una naturaleza espléndida.
Hacia finales del siglo XIX, Muskoka vivió una verdadera edad dorada del turismo. Como los caminos eran malos o inexistentes, la única forma cómoda de llegar a los lodges y a las cabañas era por agua: una flota de barcos a vapor surcaba los grandes lagos transportando pasajeros, correo y mercancías entre los pueblos, los muelles y los grandes hoteles de veraneo que florecían a orillas del agua. Los veraneantes tomaban el tren hasta Gravenhurst y allí trasbordaban a un vapor que los dejaba, prácticamente, en la puerta de su hotel.
De aquella flota sobrevive una joya. El RMS Segwun fue construido en 1887 en Glasgow (Escocia) y ensamblado en Gravenhurst con el nombre de SS Nipissing; tras una reconstrucción total en 1924-25 fue rebautizado 'Segwun', palabra ojibwa que significa 'primavera'. Hoy es el barco a vapor de pasajeros en operación más antiguo de Norteamérica y el único vapor del mundo que aún conserva el estatus de Royal Mail Ship (RMS). Retirado a mediados del siglo XX, fue restaurado por entusiastas y relanzado en 1974 nada menos que por el primer ministro Pierre Elliott Trudeau; desde 1981 vuelve a llevar turistas por el lago Muskoka, como un fantasma amable de la Belle Époque lacustre.
Los lujosos hoteles resort recibían a familias acomodadas que pasaban semanas enteras junto al lago, en una época en que veranear en Muskoka era símbolo de estatus. Con el tiempo, y a medida que el automóvil sustituyó a los vapores como medio de acceso, la región se transformó: en lugar de grandes hoteles, proliferaron las cabañas privadas, los cottages, esas casas de verano junto al agua que se convirtieron en una institución de la clase media y alta de Ontario. Para muchas familias canadienses, 'ir al cottage' se volvió un ritual veraniego transmitido de generación en generación, y así sigue siendo hasta hoy.
Muskoka no solo dio veraneo: también dejó su marca en la cultura y en la historia. En Gravenhurst nació en 1890 Norman Bethune, médico, cirujano e innovador que se hizo célebre por su trabajo humanitario durante la Guerra Civil Española y, sobre todo, junto al Ejército Rojo chino, donde es venerado como héroe nacional. Su casa natal se conserva como Sitio Histórico Nacional (Bethune Memorial House), uno de los más visitados por turistas chinos en Canadá.
El paisaje de Muskoka, con su granito, sus pinos retorcidos y sus lagos, fue además una de las grandes inspiraciones del Grupo de los Siete (Group of Seven), los pintores que definieron la identidad visual del arte canadiense a comienzos del siglo XX. Tom Thomson y sus colegas plasmaron una y otra vez los bosques y aguas de esta región y del vecino Algonquin, y hoy Huntsville exhibe murales que reproducen sus obras al aire libre.
A lo largo del siglo XX y hasta hoy, Muskoka se consolidó como uno de los destinos de veraneo más codiciados de Canadá. La llegada de cottages de famosos y multimillonarios le valió el apodo de 'la Hamptons del Norte', mientras los pueblos modernizaban su oferta con resorts, spas, cervecerías artesanales y festivales. Pese a esa evolución, la región conserva el alma que la hizo célebre: el ritual del verano junto al agua, el granito rosado al atardecer y los bosques que se encienden cada otoño.
En las últimas décadas, Muskoka dio un salto de categoría que habría sorprendido a aquellos colonos que abandonaban sus parcelas pedregosas. La llegada de cottages de estrellas de Hollywood, deportistas y multimillonarios —con propiedades de varios millones de dólares asomadas a los lagos Rosseau y Joseph— le valió a la región el apodo de 'la Hamptons del Norte'. El precio del metro de costa junto a estos lagos figura entre los más caros de todo Canadá, y en verano no es raro cruzarse con lanchas de madera pulida que valen más que muchas casas.
Pero Muskoka no se agotó en el lujo. Los pueblos se reinventaron con resorts con spa, cervecerías artesanales como Muskoka Brewery y Sawdust City, mercados de productores y festivales, mientras el corazón de la experiencia seguía siendo el mismo: el agua, el granito rosado al atardecer y el silencio de los bosques. La región mantiene, además, un fuerte vínculo con la naturaleza protegida: parques provinciales como Arrowhead y la cercanía del célebre Parque Algonquin la convierten en una de las mejores puertas de entrada a la Ontario salvaje.
Hay un momento del año en que Muskoka se vuelve, sin discusión, uno de los lugares más fotografiados de Canadá: el otoño. A finales de septiembre y en octubre, los bosques de arces que rodean los lagos estallan en rojos, naranjas y dorados que se reflejan en el agua quieta, y miles de visitantes suben a miradores como la Dorset Lookout Tower o recorren los caminos panorámicos en busca del 'peak' del follaje. Es la misma región que fracasó como tierra de labranza y triunfó como paraíso de veraneo: hoy, más de siglo y medio después de aquellos primeros vapores, Muskoka sigue viviendo, como siempre, del agua y de la belleza.