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Historia del país

Historia de Suiza

Los helvecios, Roma y la frontera que dejaron alamanes y borgoñones

Antes de que existiera Suiza existieron los helvecios (Helvetii), una confederación de tribus celtas que ocupaba buena parte de la meseta entre el Jura y los Alpes. Su momento en la historia universal llegó en el 58 a.C., cuando —según cuenta el propio Julio César en el arranque de La guerra de las Galias— decidieron abandonar en masa su territorio para emigrar hacia el oeste de la Galia, quemando sus propias aldeas para no dar marcha atrás. César los interceptó y los derrotó en la batalla de Bibracte, y obligó a los supervivientes a regresar a sus tierras para que hicieran de tapón frente a los germanos. Bajo el Imperio, la región se romanizó a fondo: Aventicum (la actual Avenches) fue la capital de la Helvetia romana, con foro, teatro y anfiteatro, y ciudades como Augusta Raurica, cerca de Basilea, o Genava (Ginebra) prosperaron durante siglos junto a las calzadas que unían Italia con el Rin.

El fin del mundo romano trajo a los pueblos germánicos, y con ellos una división que marcaría a Suiza para siempre. Por el norte y el este se asentaron los alamanes, que impusieron su lengua germánica; por el oeste, en torno al lago Lemán y el valle del Ródano, se instalaron los burgundios (borgoñones), que adoptaron el latín vulgar del que nacería el francés. Esa doble colonización trazó, sin que nadie lo planificara, la frontera lingüística que todavía hoy atraviesa el país: el llamado Röstigraben, la línea invisible que separa la Suiza de habla alemana de la Suiza de habla francesa. No es una frontera política ni un río: es la huella, más de mil quinientos años después, de dónde se detuvieron unos pueblos y empezaron otros.

Durante la Alta Edad Media, el territorio suizo quedó repartido entre reinos y ducados —el reino de Borgoña, el ducado de Suabia— y terminó integrado en el Sacro Imperio Romano Germánico. Sobre ese mosaico feudal fueron creciendo dinastías locales, monasterios poderosos y ciudades libres, y sobre todo una familia que aspiraba a dominarlo todo desde su castillo del Aar: los Habsburgo. La resistencia a esa familia sería, literalmente, el acta de nacimiento de Suiza.

https://en.wikipedia.org/wiki/Helvetiihttps://en.wikipedia.org/wiki/Aventicumhttps://www.britannica.com/topic/Helvetii

El Pacto Federal de 1291, los tres cantones y la leyenda de Guillermo Tell

El documento fundacional de Suiza es el Pacto Federal (Bundesbrief), un pergamino en latín firmado a comienzos de agosto de 1291 por las comunidades rurales de tres valles alpinos en torno al lago de los Cuatro Cantones: Uri, Schwyz y Unterwalden (los llamados Waldstätten, los cantones del bosque). En él, sus habitantes se juraban asistencia mutua frente a cualquiera que quisiera someterlos por la fuerza, y se comprometían a resolver entre ellos sus disputas. El pacto se firmó pocas semanas después de la muerte, el 15 de julio de 1291, del emperador Rodolfo I de Habsburgo, en un momento de incertidumbre. De ese nombre, Schwyz, derivaría con el tiempo el de todo el país: Schweiz, Suisse, Svizzera, Suiza. Y por la fecha de ese documento la Suiza moderna eligió, ya en el siglo XIX, celebrar su fiesta nacional el 1 de agosto.

En torno a ese pacto se tejió después el gran relato patriótico: el juramento del Rütli, la pradera sobre el lago donde, según la tradición, tres hombres en representación de los tres valles habrían sellado la alianza en secreto; y por encima de todo la figura de Guillermo Tell, el ballestero de Uri que se niega a saludar el sombrero del bailío Gessler, es obligado a atravesar de un flechazo una manzana sobre la cabeza de su propio hijo, y termina matando al tirano y encendiendo la rebelión. Conviene decirlo con claridad: Guillermo Tell es una leyenda, no un hecho histórico. No existe un solo documento contemporáneo que lo mencione ni a él ni al bailío Gessler; en los archivos de la época no hay rastro de ninguno de los dos.

El relato aparece por primera vez casi dos siglos después de los hechos que pretende narrar, hacia 1470-1474, en el Libro Blanco de Sarnen (Weisses Buch von Sarnen), y se difunde en las crónicas suizas del siglo XVI. El motivo del tiro de la manzana, además, es un tópico folclórico que reaparece en muchas culturas —el arquero Toko en la Gesta Danorum de Saxo Grammaticus, Egil en las sagas islandesas, William of Cloudesley en Inglaterra—, lo que refuerza que se trata de una construcción legendaria y no de una crónica. ¿Por qué y cuándo se convirtió Tell en héroe nacional? Porque una confederación sin rey ni dinastía necesitaba un mito de origen, y la resistencia del hombre libre contra el señor extranjero encajaba a la perfección; el mito creció en el siglo XVI, se volvió omnipresente con la construcción del Estado nacional en el siglo XIX y quedó fijado para siempre por el drama Guillermo Tell de Friedrich Schiller (1804) y la ópera de Rossini (1829). Los propios suizos suelen reconocer sin problema que Tell nunca existió; eso no le ha quitado ni un gramo de poder como símbolo.

https://en.wikipedia.org/wiki/Federal_Charter_of_1291https://en.wikipedia.org/wiki/William_Tellhttps://www.britannica.com/topic/William-Tell

Morgarten, Sempach y las victorias contra los Habsburgo

El pacto de 1291 no habría pasado de ser un acuerdo local más si los confederados no hubieran demostrado, con las armas, que podían defenderse solos. La primera prueba llegó el 15 de noviembre de 1315 en Morgarten, un desfiladero entre el lago Ägeri y una ladera boscosa, donde los hombres de Schwyz tendieron una emboscada a la caballería del duque Leopoldo I de Austria. Atrapados en el paso estrecho, incapaces de maniobrar, los caballeros habsburgueses fueron aplastados por avalanchas de troncos y piedras y por los campesinos que bajaban de la montaña con alabardas. Fue una humillación para la primera potencia feudal de la región y una demostración de que la infantería de hombres libres, bien situada en el terreno, podía derrotar a la flor de la nobleza a caballo. Poco después de la batalla, en Brunnen, los tres cantones renovaron y ampliaron su alianza.

La segunda gran victoria, y la más célebre, fue la batalla de Sempach, el 9 de julio de 1386. Allí el duque Leopoldo III de Austria, al frente de un poderoso ejército de caballeros, cayó él mismo en combate frente a los confederados. La tradición la asocia a la figura —también legendaria— de Arnold von Winkelried, el héroe de Unterwalden que se habría arrojado sobre las lanzas enemigas abrazándolas contra su pecho para abrir una brecha en la formación austríaca y permitir el paso de sus compañeros. Dos años más tarde, en 1388, una nueva victoria en Näfels consolidó el prestigio militar suizo.

Estas victorias tuvieron un efecto de bola de nieve. Al núcleo de los tres cantones se fueron sumando ciudades y territorios que veían en la Confederación una protección frente a los Habsburgo y una garantía de sus libertades: Lucerna (1332), Zúrich (1351), Glaris y Zug (1352) y Berna (1353) formaron la Confederación de los Ocho Cantones (Acht Orte). Cada nueva incorporación se hacía por un tratado propio, de modo que Suiza fue creciendo no como un Estado planificado desde arriba, sino como una red de alianzas superpuestas entre comunidades que querían gobernarse a sí mismas.

https://en.wikipedia.org/wiki/Growth_of_the_Old_Swiss_Confedhttps://www.myswitzerland.com/en-us/planning/about-switzerla

Los mercenarios suizos y la Guardia del Vaticano

La fama militar ganada contra los Habsburgo convirtió a los suizos, durante los siglos XV y XVI, en los soldados más codiciados de Europa. Sus formaciones cerradas de piqueros y alabarderos —los Reisläufer— eran capaces de detener y romper cargas de caballería y de moverse como un solo bloque erizado de puntas de acero. Ningún príncipe que se preciara quería hacer la guerra sin ellos. El resultado fue una exportación masiva de hombres: pobres los valles alpinos, con poca tierra y muchos brazos, la Confederación encontró en el servicio mercenario extranjero (el Solddienst) una fuente enorme de ingresos, a costa de que miles de jóvenes fueran a morir en guerras ajenas, a veces enfrentándose entre sí en bandos contrarios. Los cantones firmaban capitulaciones con reyes de Francia, papas y ciudades italianas, y las pensiones y sobornos que llegaban con esos contratos corrompieron buena parte de la vida política de la época.

De toda aquella tradición sobrevive hoy un vestigio célebre: la Guardia Suiza Pontificia, el cuerpo que custodia al papa en el Vaticano. Fue fundada por el papa Julio II en 1506 y es una de las unidades militares en activo más antiguas del mundo. Su día más glorioso y más trágico fue el 6 de mayo de 1527, durante el Saco de Roma por las tropas del emperador Carlos V: la mayoría de los guardias suizos murió defendiendo al papa Clemente VII para permitirle huir por el pasadizo hacia el castillo de Sant'Angelo. Todavía hoy los nuevos guardias juran su cargo cada 6 de mayo en memoria de aquel sacrificio.

Con el tiempo, el mercenariado dejó de ser un orgullo para volverse un problema. Tras siglos de sangría, la Suiza moderna terminó prohibiendo el servicio militar en ejércitos extranjeros: la Constitución federal y las leyes del siglo XIX y XX lo vedaron por completo, con una única excepción tolerada por su carácter simbólico y religioso —precisamente la Guardia Suiza del Vaticano—, que por eso sigue siendo hoy el último ejército suizo al servicio de una potencia extranjera.

https://en.wikipedia.org/wiki/Swiss_mercenarieshttps://en.wikipedia.org/wiki/Swiss_Guard

Marignano (1515) y el giro hacia la neutralidad

En su apogeo militar, a comienzos del siglo XVI, la Confederación no se limitó a alquilar soldados: intervino en las Guerras de Italia como potencia por derecho propio, llegó a controlar el Milanesado y a poner y quitar duques. Parecía que Suiza podía convertirse en un gran Estado guerrero en el corazón de Europa. Ese sueño se hundió en dos jornadas de septiembre de 1515 en Marignano (hoy Melegnano), al sur de Milán. Allí, los aproximadamente 20.000 mercenarios suizos al servicio del duque de Milán se estrellaron contra el ejército del joven rey Francisco I de Francia, apoyado por una potente artillería y por la caballería veneciana. Las picas suizas, invencibles frente a otros piqueros, quedaron a merced de los cañones franceses, que abrían boquetes en sus filas desde lejos. La batalla fue una carnicería, con miles de muertos suizos, y terminó con una derrota sin paliativos.

Marignano fue una de esas fechas que cambian la mentalidad de un pueblo. Al año siguiente, en 1516, la Confederación firmó con Francia la Paz Perpetua, y a partir de entonces los suizos renunciaron, como cuerpo político, a las aventuras de conquista y a tomar partido en las grandes guerras europeas. Siguieron alquilando regimientos a unos y a otros —el negocio del mercenariado duró siglos—, pero la Confederación como tal dejó de hacer política de potencia y se replegó sobre sí misma.

Ese repliegue es el origen remoto de la neutralidad suiza, que hoy es casi un sinónimo del país. No nació de un ideal pacifista abstracto, sino de una lección amarga aprendida en el campo de batalla y, sobre todo, de una necesidad interna: una confederación dividida entre cantones católicos y protestantes, de habla alemana, francesa e italiana, solo podía mantenerse unida si no se dejaba arrastrar a las guerras de los demás. Cualquier alineamiento exterior amenazaba con partir en dos a la propia Suiza. La neutralidad fue, antes que una doctrina, un instrumento de supervivencia.

https://en.wikipedia.org/wiki/Battle_of_Marignanohttps://en.wikipedia.org/wiki/Swiss_neutralityhttps://blog.nationalmuseum.ch/en/2022/06/at-the-height-of-s

La Reforma de Zwinglio y Calvino y las guerras religiosas internas

Suiza fue uno de los grandes laboratorios de la Reforma protestante, y por eso mismo estuvo a punto de romperse por dentro. En Zúrich, el sacerdote Ulrico Zwinglio (Huldrych Zwingli) empezó hacia 1519 a predicar contra los abusos de la Iglesia, el culto a las imágenes, el celibato y —de manera muy suiza— contra el negocio del mercenariado y las pensiones extranjeras. Con el apoyo del gobierno de la ciudad, Zúrich rompió con Roma y se volvió protestante. Su reforma se extendió a Berna, Basilea y otras ciudades. En Ginebra, algo más tarde, el francés Juan Calvino (Jean Calvin) construyó a partir de 1536 una república religiosa tan rigurosa y tan influyente que la ciudad se ganó el apodo de "la Roma protestante", desde donde el calvinismo se irradió a Francia, los Países Bajos, Escocia y más allá.

Pero el campo cantonal se mantuvo fiel a la vieja fe: los cantones rurales del centro —los mismos del pacto original— siguieron siendo católicos. La Confederación quedó partida en dos, y la tensión estalló en guerra. En las guerras de Kappel, Zwinglio en persona murió en el campo de batalla el 11 de octubre de 1531, en la segunda de ellas; su cuerpo fue descuartizado por los vencedores católicos. La paz que siguió no resolvió el conflicto: lo congeló. Se estableció una convivencia forzada en la que cada cantón conservaba su religión y los territorios comunes se repartían según reglas complicadas, un modelo pionero de coexistencia confesional que, sin embargo, dejó heridas abiertas.

Esa fractura religiosa no volvió a provocar una gran guerra hasta bien entrado el siglo XVII y XVIII, con las guerras de Villmergen: la primera (1656) la ganaron los cantones católicos, la segunda (1712) la ganaron los protestantes, que invirtieron el equilibrio de poder dentro de la Confederación. Durante casi tres siglos, la política interna suiza estuvo dominada por esta línea de fractura entre católicos y reformados, que se superponía a la lingüística y a la que separaba a las ciudades de los cantones rurales. Que un país tan dividido no se disolviera es, quizá, el mayor logro de toda su historia.

https://en.wikipedia.org/wiki/Huldrych_Zwinglihttps://en.wikipedia.org/wiki/Reformation_in_Switzerlandhttps://www.worldhistory.org/Kappel_Wars/

La Confederación de los Trece Cantones y la independencia de 1648

Entre finales del siglo XV y comienzos del XVI, la Confederación siguió creciendo hasta alcanzar la forma que conservaría durante casi tres siglos: la de los Trece Cantones (Dreizehn Orte). A los ocho iniciales se sumaron Friburgo y Soleura (1481), Basilea y Schaffhausen (1501) y, por último, Appenzell (1513). Junto a estos trece miembros de pleno derecho había una periferia compleja de territorios asociados (como Ginebra, San Galo o los Grisones) y, sobre todo, de tierras súbditas o bailías comunes (Gemeine Herrschaften), gobernadas conjuntamente por varios cantones a través de bailíos, sin voz propia: así eran administrados, por ejemplo, los actuales cantones de Vaud, Turgovia, Argovia o el Tesino. La "antigua Confederación" no era una democracia, sino un mosaico de repúblicas urbanas dominadas por patriciados y de comunidades rurales, cada una con sus privilegios y sus súbditos.

Durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que devastó la vecina Alemania, la Confederación logró mantenerse al margen gracias a esa neutralidad nacida tras Marignano, y se convirtió en una isla de relativa paz y prosperidad en medio del continente en llamas. Ese aislamiento tuvo una recompensa histórica: en la Paz de Westfalia de 1648, que puso fin a la guerra, se reconoció formalmente la independencia de la Confederación Suiza respecto del Sacro Imperio Romano Germánico. La gestión la encabezó el burgomaestre de Basilea, Johann Rudolf Wettstein. Suiza, que de hecho ya se gobernaba sola desde hacía generaciones, quedaba por fin desligada de derecho del Imperio.

El siglo y medio siguiente, el del Antiguo Régimen suizo, fue un período de estabilidad conservadora y también de creciente desigualdad. El poder se concentró en oligarquías urbanas cerradas —en Berna, Zúrich, Lucerna o Ginebra unas pocas familias monopolizaban el gobierno— mientras las tierras súbditas y los campesinos quedaban al margen de toda decisión. Al mismo tiempo, ciudades como Ginebra, Zúrich o Basilea se convertían en focos de la Ilustración, la banca y la industria naciente. Esa contradicción entre una sociedad cada vez más ilustrada y unas instituciones cada vez más rígidas haría estallar el edificio cuando llegara, desde Francia, el vendaval revolucionario.

https://en.wikipedia.org/wiki/Growth_of_the_Old_Swiss_Confedhttps://en.wikipedia.org/wiki/Common_bailiwicks_in_Switzerla

La República Helvética napoleónica y la Restauración (1798-1815)

En 1798, el vendaval de la Revolución Francesa llegó a Suiza en forma de invasión. Las tropas francesas ocuparon el país, derribaron los viejos gobiernos patricios y proclamaron la República Helvética, un Estado unitario y centralizado, calcado del modelo francés, que abolió de un plumazo los privilegios cantonales, liberó a las tierras súbditas y proclamó la igualdad de todos los ciudadanos. Sobre el papel era un enorme avance; en la práctica fue un fracaso. Un país hecho de comunidades acostumbradas a gobernarse a sí mismas no toleraba que todo se decidiera desde una capital, y la República Helvética se hundió en golpes de Estado, revueltas y bancarrota, mientras Suiza se convertía además en campo de batalla entre franceses, austríacos y rusos (las batallas de Zúrich de 1799).

Ante el caos, el propio Napoleón Bonaparte intervino como árbitro. El 19 de febrero de 1803 promulgó el Acta de Mediación, que disolvió la fallida república unitaria y restauró una confederación de cantones con amplia autonomía, pero ya sin súbditos: los antiguos territorios sometidos —Argovia, Turgovia, San Galo, los Grisones, Vaud y el Tesino— se convirtieron en cantones de pleno derecho, iguales a los demás. Suiza pasó así de trece a diecinueve cantones. Durante los años napoleónicos, además, quedó atada a Francia como aliada y tuvo que aportar tropas para sus campañas.

La caída de Napoleón abrió el capítulo de la Restauración. El Congreso de Viena de 1815 redibujó Europa y, en lo que respecta a Suiza, tomó dos decisiones capitales: incorporó a la Confederación tres nuevos cantones —Valais, Ginebra y Neuchâtel—, completando los veintidós que tendría durante casi todo el siglo XIX, y, sobre todo, reconoció y garantizó de manera formal la neutralidad perpetua de Suiza. Por primera vez, la neutralidad dejaba de ser una mera práctica interna para convertirse en un estatus reconocido por las grandes potencias europeas. A cambio, la Restauración devolvió el poder a los viejos patriciados en muchos cantones, lo que reabrió la vieja pelea entre liberales y conservadores que acabaría estallando, tres décadas más tarde, en guerra civil.

https://en.wikipedia.org/wiki/Helvetic_Republichttps://en.wikipedia.org/wiki/Act_of_Mediationhttps://en.wikipedia.org/wiki/Swiss_neutrality

La guerra del Sonderbund (1847) y la Constitución de 1848

El país moderno nació de una guerra civil breve pero decisiva. Durante la primera mitad del siglo XIX, los liberales y radicales —mayoritariamente protestantes y urbanos— querían transformar la débil confederación de Estados en un verdadero Estado federal, con un gobierno central, una economía unificada y constituciones democráticas en los cantones. Los conservadores católicos, en cambio, defendían la soberanía plena de cada cantón y los derechos de la Iglesia. En 1845, siete cantones católicos y conservadores —Lucerna, Friburgo, Valais, Uri, Schwyz, Unterwalden y Zug— formaron una alianza separada, el Sonderbund ("liga aparte"), para defender sus intereses, lo que la mayoría liberal de la Dieta consideró una violación del pacto confederal.

En 1847 la Dieta ordenó disolver el Sonderbund; los siete cantones se negaron y tomaron las armas. La guerra del Sonderbund estalló en noviembre de 1847 y fue extraordinariamente corta y poco sangrienta: el ejército federal, unos 100.000 hombres al mando del general Guillaume-Henri Dufour, derrotó a las fuerzas separatistas en apenas tres semanas, con alrededor de un centenar de muertos en total. Dufour, que años después sería uno de los fundadores de la Cruz Roja, dio órdenes expresas de tratar con humanidad a los prisioneros y a los heridos enemigos, y de proteger a la población civil: fue una guerra civil sin represalias, algo casi único en la historia de Europa.

La victoria liberal permitió refundar el país. La Constitución federal de 1848 transformó la vieja confederación de Estados en un Estado federal moderno, con un gobierno central (el Consejo Federal, un ejecutivo colegiado de siete miembros), un parlamento bicameral inspirado en el modelo estadounidense —un Consejo Nacional elegido por población y un Consejo de los Estados que representa a los cantones—, una moneda y un mercado únicos, y Berna como ciudad federal. Los cantones conservaron amplísimas competencias, de modo que Suiza logró unirse sin dejar de ser diversa. Aquella constitución, revisada a fondo en 1874 y en 1999, es la base del Estado suizo actual: uno de los pocos casos en que una guerra civil dio origen, casi de inmediato, a una democracia estable y duradera.

https://en.wikipedia.org/wiki/Sonderbund_Warhttps://www.britannica.com/topic/Sonderbund-Swiss-political-https://www.myswitzerland.com/en-us/planning/about-switzerla

Cuatro idiomas y democracia directa

Suiza es uno de los pocos países del mundo con cuatro lenguas nacionales, y ese plurilingüismo es central para entender cómo funciona. El alemán —o más bien el suizo alemán, un conjunto de dialectos (Schwyzerdütsch) muy distinto del alemán estándar— lo habla alrededor del 62% de la población, sobre todo en el centro, el norte y el este. El francés, en torno al 23%, domina el oeste (la Suisse romande): Ginebra, Lausana, Neuchâtel, el Jura. El italiano, cerca del 8%, es la lengua del sur, del cantón del Tesino y de algunos valles de los Grisones. Y el romanche (rumantsch), hablado por menos del 1% de la población en los valles de los Grisones, es una lengua románica descendiente directa del latín, superviviente milenaria en las montañas.

El romanche fue reconocido como cuarta lengua nacional en un referéndum del 20 de febrero de 1938, aprobado por más del 91% de los votantes. No fue casual: en pleno ascenso del fascismo, la Italia de Mussolini reivindicaba el Tesino y los Grisones como tierras "étnicamente italianas", y Suiza respondió afirmando su identidad como nación deliberadamente plurilingüe, una "nación por voluntad" (Willensnation) que no se define por la sangre ni por la lengua, sino por la decisión de vivir juntos. Fue parte de la llamada "defensa espiritual" del país frente a las dictaduras vecinas. El alemán, el francés y el italiano son lenguas oficiales plenas de la Confederación; el romanche lo es de forma parcial, para el trato con quienes lo hablan.

El otro pilar de la identidad política suiza es la democracia directa, probablemente la más desarrollada del planeta. Los ciudadanos no se limitan a elegir representantes: votan directamente las leyes varias veces al año. Mediante el referéndum pueden impugnar leyes ya aprobadas por el Parlamento, y mediante la iniciativa popular pueden proponer cambios en la propia Constitución si reúnen 100.000 firmas. En algunos cantones rurales —Appenzell Rodas Interiores, Glaris— sobrevive incluso la Landsgemeinde, la asamblea al aire libre en la que los ciudadanos votan a mano alzada en una plaza. Este sistema hace la política suiza lenta, prudente y consensual, y explica muchas de sus particularidades, incluida —como veremos— la asombrosa tardanza en reconocer el voto de las mujeres.

https://en.wikipedia.org/wiki/Romansh_languagehttps://en.wikipedia.org/wiki/1938_Swiss_referendumshttps://en.wikipedia.org/wiki/Voting_in_Switzerland

Las dos guerras mundiales: neutralidad y zonas grises

Suiza atravesó las dos guerras mundiales sin entrar en combate, protegida por su neutralidad, su geografía de fortaleza alpina (el "Reducto Nacional") y una movilización general que puso en pie de guerra a cientos de miles de hombres. Rodeada por completo por las potencias del Eje entre 1940 y 1944, mantuvo su independencia mediante una combinación de disuasión militar y de concesiones económicas al Tercer Reich. Y es aquí, en esas concesiones, donde la historia suiza entra en sus zonas más grises, largamente silenciadas y estudiadas a fondo solo a partir de los años noventa.

El primer capítulo oscuro es el del oro. El Banco Nacional Suizo compró durante la guerra grandes cantidades de oro al Reichsbank alemán, y una parte de ese oro era oro saqueado: lingotes robados a los bancos centrales de los países ocupados y, en cierta medida, oro arrancado a las víctimas del Holocausto. A cambio, el franco suizo convertible permitía a Alemania comprar en el exterior las materias primas que necesitaba. El segundo capítulo, aún más doloroso, es el de los refugiados. Suiza acogió a lo largo de la guerra a centenares de miles de personas, pero también rechazó en su frontera a decenas de miles de perseguidos, muchos de ellos judíos, sabiendo en muchos casos a qué los devolvía. Ya en 1938 las propias autoridades suizas habían pedido a Alemania que estampara una "J" en los pasaportes de los judíos alemanes para poder identificarlos y rechazarlos. La frase con que un consejero federal justificó el cierre —"la barca está llena" (das Boot ist voll)— quedó como símbolo de esa política.

Estos hechos fueron investigados con rigor por la Comisión Independiente de Expertos, conocida como Comisión Bergier por su presidente, el historiador Jean-François Bergier, creada por el Parlamento suizo en 1996 y cuyo informe final se publicó en 2002. La comisión, integrada por historiadores suizos y extranjeros, documentó las operaciones con el oro nazi, el volumen de los activos judíos en la banca suiza y, sobre todo, concluyó que Suiza rechazó a numerosos refugiados —cifradas las expulsiones en torno a las 20.000 personas o más— y que en esa política pesó de manera decisiva el antisemitismo de una parte de las autoridades, y no solo la escasez de alimentos o la presión militar. El informe evitó tanto la condena fácil como el blanqueo: reconoció que la neutralidad salvó al país y albergó a mucha gente, pero también que hubo complicidad económica con el régimen nazi y decisiones que costaron vidas. Sus conclusiones siguen siendo objeto de debate historiográfico, pero constituyen hoy la base más sólida y honesta para entender el papel real de Suiza en aquellos años.

https://en.wikipedia.org/wiki/Bergier_commissionhttps://www.swissinfo.ch/eng/demographics/bergier-report-thohttps://www.yadvashem.org/articles/academic/switzerland-and-

La Suiza contemporánea: Cruz Roja, secreto bancario, voto femenino y la vida fuera de la UE

El país que hoy asociamos a la prosperidad, la banca y los organismos internacionales terminó de perfilarse en los siglos XIX y XX. En 1863, un ginebrino, Henri Dunant, horrorizado por la matanza de heridos que había presenciado en la batalla de Solferino (1859), impulsó en Ginebra la creación del Comité Internacional de la Cruz Roja, cuyo emblema —una cruz roja sobre fondo blanco— es la bandera suiza con los colores invertidos. Al año siguiente, en 1864, el gobierno suizo auspició la firma del primer Convenio de Ginebra, piedra angular del derecho humanitario. De ahí nació la "Ginebra internacional": sede de la Sociedad de Naciones tras la Primera Guerra Mundial y hoy de la oficina europea de la ONU, la OMS, la OMC, el ACNUR y decenas de organismos, gracias precisamente a la credibilidad de la neutralidad suiza.

Esa misma discreción alimentó la otra gran industria del país: la banca. El secreto bancario, codificado por ley en 1934, hizo de Suiza el refugio de capitales de medio mundo y una de las plazas financieras más poderosas del planeta. Ese modelo entró en crisis en el siglo XXI: en 2009, el banco UBS tuvo que pagar una multa multimillonaria a Estados Unidos y revelar nombres de clientes evasores; Suiza acabó firmando la ley estadounidense FATCA y, sobre todo, adoptando en 2017 el intercambio automático de información fiscal con más de un centenar de países, que empezó a aplicarse en 2018. El viejo secreto bancario para clientes extranjeros, símbolo de Suiza durante casi un siglo, quedó así en la práctica desmantelado.

Dos rasgos más definen a la Suiza de hoy. El primero es el asombroso retraso en los derechos de las mujeres: el sufragio femenino no se aprobó a nivel federal hasta un referéndum del 7 de febrero de 1971 —una anomalía en Europa occidental—, y todavía hubo que esperar hasta 1990 para que el último cantón, Appenzell Rodas Interiores, admitiera el voto de las mujeres en asuntos cantonales, y solo porque el Tribunal Federal se lo impuso por sentencia el 27 de noviembre de 1990, contra la voluntad expresada por su asamblea masculina. El segundo es su relación con Europa: Suiza no es miembro de la Unión Europea —rechazó en referéndum incluso el ingreso en el Espacio Económico Europeo el 6 de diciembre de 1992— y se relaciona con Bruselas mediante una densa red de acuerdos bilaterales; ingresó en la ONU recién en 2002, tras otro referéndum. Próspera, plurilingüe, democrática hasta el extremo y celosa de su independencia, la Suiza contemporánea sigue siendo fiel a la vieja fórmula que la mantiene unida desde 1291: la de gobernarse a sí misma sin dejarse arrastrar por nadie.

https://en.wikipedia.org/wiki/Henry_Dunanthttps://en.wikipedia.org/wiki/Banking_in_Switzerlandhttps://en.wikipedia.org/wiki/Women%27s_suffrage_in_Switzerl

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📚 Bibliografía

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