Berna es, probablemente, una de las capitales más bellas y discretas de Europa. Lejos del bullicio de otras grandes ciudades, la capital suiza despliega un casco antiguo medieval de piedra arenisca verdosa, con seis kilómetros de soportales (los 'Lauben'), torres, fuentes renacentistas y tejados rojos, todo abrazado por un meandro espectacular del río Aar, de aguas color turquesa. No es de extrañar que ese conjunto, casi intacto desde la Edad Media, sea Patrimonio Mundial de la Unesco.
Pasear por Berna es entrar en una ciudad que parece detenida en el tiempo, pero que late con vida. Bajo sus soportales se suceden tiendas, cafés y bodegas; en sus plazas, las fuentes pintadas del siglo XVI cuentan historias; y en lo alto, la Zytglogge, la antigua torre del reloj astronómico, despliega su mecánica de figuras cada hora. Aquí vivió Albert Einstein el año en que formuló su teoría de la relatividad; aquí gobierna Suiza desde el imponente Parlamento; y aquí, en un foso junto al río, viven los osos que dan nombre y símbolo a la ciudad.
Esta guía recorre lo esencial de Berna con mirada práctica y cálida: su casco antiguo Patrimonio de la Humanidad, su catedral, sus museos, el río donde se bañan los locales en verano y cómo usarla de base para descubrir los Alpes Berneses. Es una capital tranquila, segura y muy disfrutable a pie, perfecta para una visita pausada o como punto de partida hacia las montañas más famosas de Suiza.
Según la tradición, Berna fue fundada en 1191 por el duque Bertoldo V de Zähringen, en un meandro del río Aar fácil de defender. La leyenda cuenta que el duque decidió poner a la ciudad el nombre del primer animal que cazara en los bosques de la zona, y que ese animal fue un oso ('Bär' en alemán): de ahí el nombre 'Bern' y el oso como símbolo eterno de la ciudad, presente en su escudo, sus fuentes y sus famosos fosos. Berna creció como ciudad imperial libre y se expandió por etapas hacia el oeste, lo que explica la regularidad de su trazado medieval. En 1353 se unió a la Confederación Helvética, convirtiéndose en uno de sus miembros más poderosos: a lo largo de los siglos, la 'República de Berna' llegó a ser el mayor estado-ciudad al norte de los Alpes, dominando un vasto territorio. En 1528 adoptó la Reforma protestante. Un gran incendio en 1405 destruyó buena parte de la ciudad de madera, que fue reconstruida en la piedra arenisca que hoy le da su aspecto uniforme y noble. Con la creación del Estado federal suizo moderno en 1848, Berna fue elegida como ciudad federal, sede del Gobierno y el Parlamento, por su posición central y su carácter de compromiso entre las distintas regiones lingüísticas. En 1903, un joven empleado de la oficina de patentes llamado Albert Einstein vivía en la Kramgasse cuando desarrolló las ideas que cambiarían la física. El casco antiguo fue declarado Patrimonio Mundial de la Unesco en 1983. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El corazón de la Suiza alemana y su meseta urbana: Zúrich, la ciudad de Zwinglio convertida en capital financiera; Berna, la ciudad-Estado de los Zähringen que hoy es capital federal; Basilea, cuna del humanismo y de Erasmo sobre el Rin; y Lucerna, la primera ciudad que se sumó al Pacto.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Berna nació como una ciudad-fortaleza en el recodo de un río. Hacia 1191, el duque Berchtold V de Zähringen fundó la ciudad en una península estrecha y elevada que el río Aar rodea casi por completo, formando una defensa natural casi perfecta. Esa posición —un promontorio abrazado por el agua en tres de sus cuatro lados— explica buena parte de la historia de Berna: era fácil de defender y permitía crecer de forma ordenada y compacta a lo largo del espolón rocoso.
La fundación se inscribe en la política de los duques de Zähringen, una poderosa familia que en los siglos XII y XIII fundó o desarrolló varias ciudades en la región que hoy es Suiza occidental, como Friburgo y la propia Berna, para afianzar su poder territorial. Berna fue concebida desde el principio con un trazado urbano racional: una calle principal ancha que recorría el espolón y calles secundarias paralelas, un esquema que todavía hoy se reconoce en el casco antiguo.
El nombre y el símbolo de la ciudad están envueltos en leyenda. La tradición cuenta que el duque Berchtold V prometió bautizar la nueva ciudad con el nombre del primer animal que cazara en los bosques cercanos, y que ese animal fue un oso ('Bär' en alemán). De ahí derivaría el nombre 'Bern' y el oso como emblema heráldico, presente en el escudo de la ciudad y del cantón. Aunque los historiadores discuten el origen real del topónimo, el oso quedó indisolublemente ligado a la identidad bernesa, hasta el punto de que la ciudad mantiene un foso (y hoy un parque) de osos como atracción tradicional.
Tras la extinción de la dinastía Zähringen en 1218, Berna pasó a ser una ciudad imperial libre, dependiente directamente del Sacro Imperio Romano Germánico, lo que le dio una notable autonomía. A lo largo de los siglos XIII y XIV, la ciudad fue ampliando su territorio y su influencia sobre las tierras y señoríos vecinos, en un proceso de expansión que la convertiría en una de las potencias más importantes de la región.
En 1353, Berna se incorporó como octavo miembro a la Confederación Helvética (la antigua Eidgenossenschaft), la alianza de cantones que había surgido en 1291 en torno a los cantones de los Bosques (Uri, Schwyz y Unterwalden). El ingreso de Berna fue decisivo: aportó a la joven confederación una ciudad rica, militarmente poderosa y con una amplia base territorial, reforzando el peso de los cantones urbanos frente a los rurales.
Durante la baja Edad Media y la temprana Edad Moderna, Berna se transformó en la mayor ciudad-estado al norte de los Alpes. Su gobierno patricio extendió su dominio sobre vastos territorios, llegando a controlar buena parte de la actual Suiza occidental, incluida la región del Vaud, tomada en 1536. Esta expansión hizo de Berna una potencia regional con un patriciado aristocrático que gobernaba la república con mano firme. La prosperidad de aquellos siglos quedó grabada en piedra en su casco antiguo, con sus fuentes monumentales y sus soportales.
La Berna medieval que había crecido desde su fundación era, como casi todas las ciudades de la época, mayoritariamente de madera. Esa fragilidad le costó cara: en 1405, un devastador incendio arrasó gran parte de la ciudad, destruyendo numerosas casas y cobrándose vidas. El fuego fue una catástrofe, pero también marcó un punto de inflexión en la historia urbana de Berna.
La reconstrucción posterior al incendio se hizo en buena medida con piedra, en particular con la característica arenisca verdosa de la región (la 'molasse'), un material más resistente al fuego. A lo largo del siglo XV y los siglos siguientes, la ciudad fue adquiriendo su aspecto sólido y homogéneo de piedra, con fachadas de arenisca y los inconfundibles soportales (los 'Lauben') que cubren las veredas a lo largo de kilómetros, permitiendo caminar y comerciar protegidos de la lluvia y el sol.
Ese conjunto urbano —calles porticadas, fuentes pintadas, la torre del reloj y un trazado medieval excepcionalmente bien conservado— es lo que hace de Berna una de las ciudades históricas más íntegras de Europa. La continuidad de su arquitectura a lo largo de los siglos, sin grandes destrucciones posteriores, permitió que el casco antiguo llegara casi intacto hasta nuestros días, un testimonio vivo de la ciudad medieval que renació de las cenizas.
El siglo XVI trajo a Europa la convulsión de la Reforma protestante, y Berna fue uno de sus grandes escenarios en el espacio suizo. En enero de 1528, tras una célebre disputa religiosa pública (la 'Disputa de Berna'), la ciudad adoptó oficialmente la Reforma, abrazando las ideas reformadas que se difundían desde Zúrich, de la mano de Ulrich Zwinglio, y desde otras ciudades suizas.
La adopción de la Reforma tuvo consecuencias profundas. Berna, como potencia regional, se convirtió en un baluarte del protestantismo y contribuyó a extender la nueva fe por los territorios que controlaba, incluida buena parte de la Suiza occidental francófona. La ciudad transformó sus instituciones religiosas: se secularizaron conventos y propiedades eclesiásticas, y la catedral pasó al culto reformado, despojada de muchas de sus imágenes en el espíritu iconoclasta de la época.
La Reforma reforzó también el carácter austero y disciplinado del gobierno patricio bernés, que combinó poder político, económico y religioso. Berna se mantuvo como república aristocrática protestante hasta finales del siglo XVIII. Esta identidad reformada marcó la cultura, la moral pública y la fisonomía de la ciudad durante siglos, y todavía hoy la imponente Catedral de Berna (el Berner Münster), templo gótico tardío, es uno de los símbolos de aquella época.
El antiguo régimen patricio bernés cayó con la invasión francesa de 1798 y la creación de la efímera República Helvética, en el torbellino revolucionario que sacudió a toda Europa. Tras la caída de Napoleón y la reorganización de Suiza, Berna recuperó parte de su importancia, aunque ya no como la potencia territorial absoluta de antaño: el Vaud y otros territorios se habían emancipado de su dominio.
El momento decisivo de la Berna moderna llegó en 1848. Ese año, tras la breve guerra civil del Sonderbund, Suiza se dotó de una nueva Constitución que transformó la antigua confederación de cantones en un Estado federal moderno. Hacía falta elegir una sede para las instituciones federales, y la decisión recayó sobre Berna, que fue designada como 'ciudad federal' (Bundesstadt), es decir, la sede del gobierno y del Parlamento suizos.
Es importante un matiz que sorprende a muchos visitantes: Berna no es oficialmente la 'capital' de Suiza en el sentido tradicional, sino la 'ciudad federal', sede de las autoridades. Suiza, por su carácter profundamente federalista, evitó conscientemente nombrar una capital única para no dar excesiva preeminencia a una ciudad sobre las demás. Aun así, en la práctica Berna cumple el papel de capital: alberga el Palacio Federal (Bundeshaus), sede del gobierno y de las dos cámaras del Parlamento, y las principales instituciones del Estado. Desde 1848, Berna es el corazón político de la Confederación Suiza.
Berna ocupa un lugar curioso y luminoso en la historia de la ciencia. A comienzos del siglo XX, un joven físico llamado Albert Einstein vivía en la ciudad y trabajaba como examinador en la Oficina Federal de Patentes. Fue precisamente en Berna, en 1905 —su célebre 'annus mirabilis'—, donde Einstein publicó los trabajos que revolucionaron la física, entre ellos la teoría de la relatividad especial. La modesta vivienda donde residía, en plena calle porticada del casco antiguo, es hoy la Einstein-Haus, un museo dedicado al genial científico, y la ciudad recuerda con orgullo ese capítulo de su historia.
El tesoro mayor de Berna, sin embargo, es su casco antiguo medieval. En 1983, la Unesco inscribió la Ciudad Vieja de Berna en la lista del Patrimonio Mundial, reconociéndola como uno de los ejemplos mejor conservados de urbanismo medieval de Europa. La distinción premia la excepcional integridad de su trazado fundacional del siglo XII, sus seis kilómetros de soportales, sus fuentes renacentistas pintadas, la torre del reloj astronómico (el Zytglogge) y el conjunto homogéneo de fachadas de arenisca.
Hoy Berna combina su papel de centro político del país con el encanto de una ciudad histórica a escala humana, rodeada por el verde meandro del Aar —en el que los berneses se bañan en verano, dejándose llevar por la corriente— y con los Alpes recortándose en el horizonte los días claros. Es una capital tranquila y elegante, donde el pasado medieval y el presente conviven con naturalidad.