El Perú es una de las pocas regiones del mundo donde la civilización surgió de manera originaria, sin influencia de ningún foco anterior. En los valles costeros de Supe, Pativilca y Fortaleza, al norte de Lima, la cultura Caral-Supe —o Norte Chico— levantó hacia el 3000-2600 a.C. la ciudad sagrada de Caral, considerada la más antigua de América y contemporánea de las primeras urbes de Egipto, Mesopotamia, la India y China. Sus siete pirámides monumentales, sus plazas circulares hundidas, sus anfiteatros y su templo del altar del fuego revelan una sociedad estatal, jerárquica y planificada, mil quinientos años antes que los olmecas de Mesoamérica.
Lo notable de Caral es que floreció sin cerámica ni metalurgia, sostenida por una economía de agricultura de algodón y pesca intercambiados entre la costa y el interior. Allí se hallaron quipus —cuerdas anudadas para registrar información— unos cuatro mil años anteriores a los incas, así como flautas hechas de hueso de cóndor y pelícano. La investigadora Ruth Shady, que la excava desde 1994, la definió como la 'civilización madre' de los Andes. Caral fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2009.
Sobre esa raíz milenaria se construyó todo lo que vino después. Las técnicas de manejo del agua en el desierto, la organización del trabajo colectivo y la centralidad de lo religioso que caracterizan a Caral reaparecen, transformadas, en cada una de las culturas andinas posteriores, hasta el propio Tahuantinsuyo.
Tras Caral, los Andes vivieron un largo desfile de culturas que perfeccionaron el arte, la ingeniería y la religión. Hacia el 1200 a.C., en la sierra de Áncash, Chavín de Huántar se convirtió en el primer gran centro ceremonial panandino: su culto, presidido por deidades felinas talladas en el Lanzón y las cabezas clavas, irradió una iconografía común por gran parte del Perú antiguo durante el llamado Horizonte Temprano. Chavín es hoy Patrimonio de la Humanidad.
En la costa sur, la cultura Paracas (siglos VIII a.C. - II d.C.) legó los mantos funerarios más finos del mundo antiguo y practicó complejas trepanaciones craneanas. Sus herederos, los Nazca (100 a.C. - 800 d.C.), trazaron en la pampa las célebres Líneas de Nazca —enormes geoglifos de animales y figuras visibles solo desde el aire— y excavaron acueductos subterráneos, los puquios, que aún funcionan. En la costa norte, los Moche o Mochica (siglos I-VIII) alcanzaron una cumbre artística con su cerámica retrato y su orfebrería: las Tumbas Reales del Señor de Sipán, halladas intactas en 1987, se comparan con el hallazgo de Tutankamón.
Estas sociedades no conocían la escritura tal como la entendemos, pero dejaron un registro visual y técnico extraordinario. Su dominio del riego, del textil y del metal preparó el terreno para los grandes Estados expansivos que vendrían después, los Wari y los incas.
Entre los siglos VI y XI, mientras las culturas regionales declinaban, dos grandes potencias reorganizaron el mundo andino. Desde el altiplano del Titicaca, Tiwanaku extendió su influencia religiosa y comercial por el sur, con su Puerta del Sol y su culto al dios de los báculos. Y desde Ayacucho, en la sierra central, el imperio Wari (c. 600-1100 d.C.) construyó el primer gran Estado expansivo de los Andes: ciudades planificadas, una red de caminos, depósitos administrativos y un sistema de colonias que, siglos después, heredarían y perfeccionarían los incas. Enclaves como Cerro Baúl, en Moquegua, muestran el encuentro —a veces tenso, a veces pacífico— entre Wari y Tiwanaku.
Tras el colapso de Wari, hacia el año 1000, resurgieron los señoríos regionales durante el llamado Periodo Intermedio Tardío. En la costa norte, el reino Chimú o Chimor construyó Chan Chan, la mayor ciudad de barro de toda América, capital de un Estado que dominó unos mil kilómetros de litoral desde el año 900. Sus artesanos fueron maestros orfebres, y su poder solo cedió cuando los incas, hacia 1470, lo conquistaron y trasladaron a sus mejores artífices al Cusco.
En el altiplano y la sierra sur florecieron a la vez los reinos aimaras —collas y lupacas— y otros señoríos como los chachapoyas del nororiente o los chancas de Ayacucho, todos los cuales serían absorbidos, uno tras otro, por la vertiginosa expansión inca del siglo XV.
Hacia comienzos del siglo XV, el Cusco era apenas uno más de los muchos señoríos de la sierra sur. Todo cambió alrededor de 1438, cuando el joven príncipe Cusi Yupanqui derrotó a la temible confederación chanca que amenazaba la ciudad y, tras su victoria, se hizo coronar con el nombre de Pachacútec, 'el que transforma el mundo'. Bajo su impulso y el de sus sucesores Túpac Yupanqui y Huayna Cápac, el pequeño reino se convirtió en menos de un siglo en el Tahuantinsuyo, 'las cuatro regiones unidas', el imperio más extenso de la América prehispánica.
En su apogeo, el Tahuantinsuyo abarcó cerca de dos millones de kilómetros cuadrados, desde el sur de Colombia hasta el centro de Chile y el noroeste argentino, articulados por el Qhapaq Ñan, una red de caminos de más de treinta mil kilómetros con tambos, depósitos y puentes colgantes. El Estado organizaba el trabajo mediante la mita —turnos rotativos al servicio del imperio— y la reciprocidad (el ayni); impuso el quechua como lengua general; y sostuvo una religión solar centrada en el Inti, el Sapa Inca como su hijo, y el culto a la Pachamama.
El Cusco, reconstruido por Pachacútec con planta de puma, era el 'ombligo del mundo': allí se alzaba el Coricancha, templo del Sol recubierto de láminas de oro. Ciudadelas como Machu Picchu, Ollantaytambo, Písac o Sacsayhuamán muestran una ingeniería en piedra que aún hoy asombra. Pero a la muerte de Huayna Cápac, hacia 1527 —probablemente por una epidemia de viruela llegada desde el Caribe—, estalló una guerra civil entre sus hijos Huáscar y Atahualpa que dividió el imperio justo cuando aparecían los españoles.
En 1532, Francisco Pizarro remontó los Andes desde la costa norte con menos de doscientos hombres y sesenta y dos caballos, en busca del inca. El 16 de noviembre, en la plaza de Cajamarca, tendió una emboscada a Atahualpa: en apenas media hora, la caballería y la artillería españolas masacraron a su séquito desarmado y capturaron al soberano. Preso, Atahualpa ofreció llenar un cuarto de oro y dos de plata a cambio de su libertad —el 'Cuarto del Rescate', el mayor botín de la historia—; pero, tras cobrarlo, los españoles lo ejecutaron en julio de 1533, acusándolo de conspiración.
Aprovechando la guerra civil y las alianzas con pueblos hartos del dominio cusqueño, los españoles tomaron el Cusco ese mismo año y entronizaron a incas títere. La conquista, sin embargo, no fue instantánea. Manco Inca, al principio aliado, se rebeló en 1536 y sitió el Cusco y Lima; derrotado, fundó en la selva el Estado neoinca de Vilcabamba, que resistió hasta 1572, cuando el virrey Francisco de Toledo hizo capturar y decapitar en la plaza del Cusco al último soberano, Túpac Amaru I.
Mientras tanto, los propios conquistadores se destrozaban entre sí. Las guerras civiles entre pizarristas y almagristas, por el reparto del inmenso botín, se prolongaron desde 1537 hasta 1554 y costaron la vida a casi todos sus protagonistas: Diego de Almagro fue ejecutado en 1538, y el propio Francisco Pizarro asesinado en su palacio de Lima en 1541. Las epidemias europeas —viruela, sarampión, tifus—, contra las que la población nativa carecía de defensas, mataron a millones y consumaron el derrumbe de un mundo milenario.
El Perú fue la joya de la corona española en Sudamérica. Fundada Lima por Pizarro el 18 de enero de 1535 como 'Ciudad de los Reyes', se convirtió en la capital del Virreinato del Perú, el más rico y poderoso del imperio, que en su apogeo abarcó casi toda la América del Sur española. El motor de esa riqueza fue la plata: el Cerro Rico de Potosí —entonces parte del virreinato, hoy en Bolivia— fue la mina más productiva del mundo y llegó a proveer, junto con Zacatecas, la mayor parte de la plata que circulaba por el planeta, financiando guerras europeas y el comercio con Asia.
Ese aparato colonial fue organizado por el virrey Francisco de Toledo (1569-1581), verdadero arquitecto del sistema. Toledo agrupó a la población indígena en 'reducciones', regularizó el tributo, institucionalizó la mita minera —que enviaba por turnos a miles de indígenas a morir en los socavones de Potosí y en la mina de mercurio de Huancavelica, indispensable para refinar la plata— e instaló el Tribunal de la Inquisición en Lima en 1570. La sociedad resultante fue rígidamente jerárquica y estamental, con una élite peninsular y criolla en la cima, y una base de indígenas tributarios y esclavos africanos traídos a la costa.
Lima floreció como corte virreinal: su Universidad de San Marcos, fundada en 1551, es la más antigua de América; sus iglesias barrocas, sus balcones tallados y su Plaza Mayor conforman un centro histórico hoy Patrimonio de la Humanidad. En el Cusco, en Ayacucho o en Arequipa, el arte mestizo fundió lo andino y lo hispano en escuelas de pintura, retablos y una arquitectura inconfundible. Bajo esa fachada opulenta, sin embargo, latía una tensión social que estallaría con fuerza en el siglo XVIII.
El siglo XVIII trajo las reformas borbónicas: la corona española, buscando exprimir más recursos de sus colonias, subió impuestos, creó nuevas aduanas, endureció el reparto forzoso de mercancías (el repartimiento) y desgajó del virreinato peruano los territorios del Río de la Plata (1776), reduciendo su antiguo esplendor. La presión sobre las comunidades andinas, ya agobiadas por la mita y los abusos de los corregidores, se volvió insoportable.
En noviembre de 1780 estalló la mayor insurrección de toda la América colonial. José Gabriel Condorcanqui, cacique de Tinta y descendiente de los incas, adoptó el nombre de Túpac Amaru II y se levantó en armas tras ejecutar al corregidor Antonio de Arriaga. Su rebelión, que reclamaba la abolición de la mita, los repartos y los corregimientos —y llegó a decretar la libertad de los esclavos—, movilizó a decenas de miles de indígenas y mestizos por los Andes del sur. A su lado, su esposa Micaela Bastidas fue estratega, organizadora y jefa logística del movimiento.
Tras sitiar sin éxito el Cusco, Túpac Amaru fue traicionado, capturado y llevado a la ciudad, donde el 18 de mayo de 1781 se lo obligó a presenciar la ejecución de su familia —incluida Micaela— antes de ser descuartizado en la plaza. La represión fue atroz, pero la insurrección continuó en el sur y en el altiplano con Diego Cristóbal Túpac Amaru y con Túpac Katari, hasta 1783. Aunque derrotada, aquella gran rebelión sacudió los cimientos del orden colonial y quedó como antecedente decisivo de la independencia, que llegaría cuarenta años después.
El Perú, corazón del poder español y bastión realista, fue de los últimos territorios en independizarse, y su emancipación llegó empujada desde afuera por las dos grandes corrientes libertadoras del continente. Desde el sur, el argentino José de San Martín, tras cruzar los Andes y liberar Chile, desembarcó con su expedición en Paracas en septiembre de 1820 y, sin grandes batallas, proclamó la Independencia del Perú en Lima el 28 de julio de 1821. Asumió como Protector y convocó el primer Congreso Constituyente, pero no logró doblegar al ejército realista atrincherado en la sierra.
Ante el estancamiento, San Martín se entrevistó con Simón Bolívar en Guayaquil en 1822 y, tras el encuentro, se retiró de la escena, dejando la culminación de la guerra al Libertador venezolano. Bolívar y su lugarteniente Antonio José de Sucre reorganizaron el Ejército Unido Libertador y llevaron la contienda a las alturas andinas. El 6 de agosto de 1824, en la pampa de Junín, la caballería patriota derrotó a los realistas en una batalla librada casi por completo a lanza y sable, sin apenas disparos de fusil.
La gesta se selló el 9 de diciembre de 1824 en la pampa de la Quinua, cerca de Ayacucho: allí Sucre venció definitivamente al ejército del virrey José de la Serna y firmó la Capitulación de Ayacucho, que puso fin a casi tres siglos de dominio español en Sudamérica. De aquellos años surgió también, en 1825, la República de Bolívar —la actual Bolivia—, creada sobre el antiguo Alto Perú. La joven república peruana nacía libre, pero endeudada, dividida y sin un Estado consolidado.
Las primeras décadas de la república fueron un torbellino de inestabilidad. Caudillos militares —Gamarra, Santa Cruz, Orbegoso, Salaverry— se disputaron el poder a golpe de cuartelazo, y entre 1836 y 1839 el mariscal Andrés de Santa Cruz llegó a unir a Perú y Bolivia en la efímera Confederación Perú-Boliviana, disuelta tras la intervención chilena. En medio del caos, sin embargo, llegó una bonanza inesperada.
Desde la década de 1840, el guano de las islas —el excremento acumulado de aves marinas, el fertilizante más codiciado del mundo antes de los abonos químicos— generó una fortuna colosal. Bajo el gobierno de Ramón Castilla, el Estado consolidó su hacienda, abolió el tributo indígena y, por decreto del 3 de diciembre de 1854, la esclavitud, indemnizando a los propietarios con dinero del guano. También llegaron a la costa miles de trabajadores chinos (culíes) contratados en condiciones de semiesclavitud, cuya descendencia marcaría para siempre la cultura y la cocina peruanas.
Pero aquella riqueza, explotada mediante el sistema de consignaciones a manos de comerciantes privados, se despilfarró en gran medida en burocracia, deuda y consumo suntuario. El historiador Jorge Basadre acuñó para este período el nombre de 'prosperidad falaz': el guano no cimentó un desarrollo sólido y, cuando comenzó a agotarse, dejó al país endeudado y frágil, justo antes de la mayor catástrofe de su historia republicana.
La tragedia mayor del siglo XIX fue la Guerra del Pacífico, que enfrentó a Chile con la alianza de Perú y Bolivia por el control de los riquísimos yacimientos de salitre del desierto de Atacama. El conflicto estalló en 1879, cuando Chile ocupó el litoral boliviano y luego declaró la guerra al Perú, ligado a Bolivia por un tratado secreto de alianza. El poder naval sería decisivo, y allí surgió la figura más venerada de la historia peruana: el almirante Miguel Grau, 'el Caballero de los Mares', que al mando del monitor Huáscar mantuvo en jaque a la escuadra chilena durante meses hasta caer heroicamente en el combate de Angamos, en octubre de 1879.
Perdido el dominio del mar, la guerra se trasladó a tierra. Los ejércitos chilenos avanzaron por el sur, tomaron Tarapacá y Arica —donde murió Francisco Bolognesi resistiendo hasta 'quemar el último cartucho'— y en enero de 1881 ocuparon Lima tras las batallas de San Juan y Miraflores. La resistencia continuó dos años más en la sierra, encabezada por Andrés Avelino Cáceres y sus montoneras en la célebre Campaña de la Breña, hasta que la extenuación forzó la paz.
Por el Tratado de Ancón (1883), el Perú cedió a perpetuidad la provincia de Tarapacá, y Tacna y Arica quedaron bajo administración chilena, con un plebiscito que nunca se realizó. Tacna solo regresó a la patria en 1929, mientras que Arica quedó definitivamente en Chile. La guerra dejó al país ocupado, arruinado y humillado, y marcó a fuego la memoria y el patriotismo peruanos durante generaciones.
Tras la reconstrucción de posguerra, el Perú entró en el siglo XX con la 'República Aristocrática', dominada por una oligarquía civilista ligada a la exportación de azúcar, algodón y minerales, y con el auge del caucho en la Amazonía, que enriqueció a Iquitos pero también provocó atrocidades contra los pueblos indígenas del Putumayo. Entre 1919 y 1930, el 'Oncenio' de Augusto B. Leguía modernizó el Estado y las ciudades, pero de forma autoritaria y endeudada.
El gran fenómeno del siglo fue la irrupción de las masas y de nuevas ideologías. En 1924, Víctor Raúl Haya de la Torre fundó el APRA, movimiento antiimperialista y popular; y en 1928 José Carlos Mariátegui, el pensador marxista más influyente de América Latina, publicó sus 'Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana' y fundó el Partido Socialista. El debate entre ambos definió buena parte de la política peruana. Desde mediados de siglo, millones de campesinos andinos migraron a Lima y a la costa, transformando para siempre la demografía, el mapa social y la cultura del país.
En 1968, un golpe militar llevó al poder al general Juan Velasco Alvarado, cuyo 'Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas' impulsó reformas radicales: una reforma agraria que liquidó el viejo sistema de haciendas y repartió la tierra a cooperativas campesinas, la nacionalización del petróleo y la minería, y la oficialización del quechua. Fue un intento nacionalista y estatista de cambiar las estructuras del país que, pese a su fracaso económico, marcó un antes y un después en la sociedad peruana.
El período más doloroso del Perú contemporáneo se abrió en 1980. Ese mismo año en que el país recuperaba la democracia, el grupo maoísta Sendero Luminoso, liderado por el profesor ayacuchano Abimael Guzmán ('presidente Gonzalo'), inició una guerra popular quemando ánforas electorales en Chuschi. A él se sumó, poco después, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). El conflicto armado interno que siguió, con la brutalidad de los subversivos y la dura respuesta de las fuerzas del orden, dejó según la Comisión de la Verdad y Reconciliación unas 69.280 víctimas fatales, la gran mayoría campesinos quechuahablantes de Ayacucho y la sierra sur, los más pobres y olvidados del país.
En medio de la violencia y de una hiperinflación devastadora, en 1990 fue elegido el ingeniero Alberto Fujimori. Su gobierno aplicó un drástico ajuste económico ('el fujishock'), y en abril de 1992 protagonizó un autogolpe: disolvió el Congreso, intervino el poder judicial y concentró el poder. Meses después, en septiembre de 1992, la captura de Abimael Guzmán en Lima por el grupo de inteligencia GEIN asestó el golpe decisivo a Sendero Luminoso. Fujimori derrotó a la subversión y estabilizó la economía, y en 1998 firmó la paz definitiva con Ecuador tras el conflicto del Cenepa.
Pero su régimen se sostuvo en la corrupción y el control de los medios a través de su asesor Vladimiro Montesinos, y cayó estrepitosamente en el año 2000, cuando la difusión de los 'vladivideos' —sobornos filmados— reveló la trama y forzó su huida al Japón. Fujimori sería después condenado por violaciones a los derechos humanos y corrupción. El país entró en el siglo XXI con la difícil tarea de reconstruir su democracia y afrontar las heridas de dos décadas de violencia.
El Perú del nuevo siglo mostró dos rostros contrastantes. Por un lado, un largo ciclo de crecimiento económico —impulsado por la minería, la agroexportación y el consumo interno— redujo la pobreza a menos de la mitad entre 2004 y 2019 y consolidó una amplia clase media urbana. Por otro, una cadena de crisis políticas y escándalos de corrupción, agravados por el caso Lava Jato, que salpicó a casi todos los expresidentes de las últimas décadas.
En lo cultural, el Perú vivió un renacimiento extraordinario. El 'boom gastronómico', liderado por chefs como Gastón Acurio —fundador de Astrid & Gastón en 1994—, convirtió a la cocina peruana en un fenómeno mundial y en motivo de orgullo nacional: el ceviche, la comida nikkei y chifa, los ajíes y los miles de variedades de papa se transformaron en embajadores del país, con Lima consagrada como capital gastronómica de América Latina. A ello se sumaron el prestigio de Machu Picchu, elegido una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno en 2007, y el Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa en 2010.
La política, en cambio, se hundió en una inestabilidad crónica. La pugna entre el Ejecutivo y un Congreso hostil derivó en un carrusel de mandatarios: Pedro Pablo Kuczynski renunció en 2018; Martín Vizcarra disolvió el Congreso en 2019 y fue vacado en 2020; Pedro Castillo, elegido en 2021, intentó un autogolpe y fue destituido y detenido en diciembre de 2022, lo que llevó al poder a Dina Boluarte —primera mujer en presidir el país— en medio de protestas que dejaron decenas de muertos. En este siglo, el Perú ha tenido más presidentes que años de estabilidad, un país próspero y creativo pero atrapado en una fatiga institucional que sigue buscando salida.