En el extremo sur del Perú, sobre el desierto costero regado por el río Caplina y el sistema de canales del Uchusuma, Tacna fue tierra de pueblos aimaras y punto de paso entre la costa, el altiplano y el actual norte de Chile. Su nombre se vincularía a un antiguo curaca de la zona, y su valle albergó geoglifos y petroglifos como los de Miculla, testimonio de una larga ocupación prehispánica.
Durante la colonia, la región formó parte del área de influencia de Arequipa y prosperó con la agricultura de sus valles, la vid, el olivo y el comercio con el Alto Perú y el puerto de Arica, su salida natural al mar. Esa vocación de tierra de frontera y de paso definiría toda su historia.
A comienzos del siglo XIX, Tacna fue escenario de tempranos gritos de libertad: el levantamiento de Francisco Antonio de Zela en 1811 es recordado como uno de los primeros pronunciamientos por la independencia en el sur peruano, lo que le valió a la ciudad, ya entonces, un lugar en la historia patriótica del país.
Tacna fue escenario y víctima de la Guerra del Pacífico (1879-1883), que enfrentó a Chile con Perú y Bolivia por el salitre del desierto. En sus cercanías, en el alto de la Alianza, se libró el 26 de mayo de 1880 la sangrienta batalla de Tacna, en la que el ejército aliado peruano-boliviano fue derrotado; tras ella, Bolivia se retiró de la contienda y la ciudad quedó ocupada por Chile.
Por el Tratado de Ancón de 1883, que puso fin a la guerra, Tacna y Arica pasaron a administración chilena por un plazo de diez años, tras los cuales un plebiscito debía decidir su destino. Pero la consulta nunca se realizó, y el 'cautiverio' de Tacna se prolongó durante casi medio siglo, convirtiéndose en una herida abierta y en un símbolo nacional.
Aquella ocupación marcó a fuego la memoria peruana y transformó a Tacna en el emblema del irredentismo y del patriotismo del país.
Durante las décadas del cautiverio, Chile impulsó una intensa política de 'chilenización' —cambio de autoridades, escuelas, clero y símbolos, expulsión de sacerdotes peruanos, presión sobre la población— para asimilar el territorio. Sin embargo, los tacneños mantuvieron viva, muchas veces en la clandestinidad, su identidad y su lealtad al Perú, en un episodio de resistencia cívica que quedó grabado en la historia nacional.
Recién en 1929, tras largas negociaciones y la mediación de Estados Unidos, el Tratado de Lima dispuso la devolución de Tacna al Perú, mientras Arica quedaba definitivamente en Chile. El 28 de agosto de 1929, medio siglo después de su ocupación, Tacna volvió a la soberanía peruana en medio de una emoción inmensa.
Por esa resistencia y ese retorno, Tacna es llamada la 'Ciudad Heroica', y su reincorporación se conmemora cada 28 de agosto con la solemne Procesión de la Bandera, una de las ceremonias cívicas más sentidas del Perú.
Tacna conserva un fuerte sentimiento cívico, expresado en sus monumentos —el Arco Parabólico dedicado a los héroes de la guerra, la Alameda Bolognesi, el Paseo Cívico, la locomotora histórica del ferrocarril Tacna-Arica— y en la veneración a las figuras del 79, como Grau y Bolognesi. Sus museos y su calendario cívico mantienen viva la memoria de la guerra y del cautiverio.
Su cercanía a la ciudad chilena de Arica, a pocos kilómetros de la frontera más transitada del país, la convirtió en un dinámico centro de comercio fronterizo, turismo de compras y servicios de salud para visitantes del país vecino, con un ir y venir cotidiano de miles de personas a través del complejo fronterizo de Santa Rosa y Chacalluta.
Esa condición de ciudad-frontera, cargada de historia pero volcada al intercambio con Chile, define buena parte de la vida tacneña actual.
Hoy Tacna es una ciudad próspera, ordenada y soleada, capital comercial del extremo sur peruano. Su economía combina el comercio fronterizo, los servicios, una agricultura de valles y campiña —olivos, orégano, vid y frutales— y una importante minería del cobre, con el gran yacimiento de Toquepala, una de las minas más antiguas y productivas del país, en la cuenca vecina.
Su entorno ofrece los valles vitivinícolas y de olivos de la campiña de Pocollay y Calana, los petroglifos de Miculla, los baños termales y los paisajes del altiplano hacia el volcán Tacora y la laguna de Aricota, en una región que combina historia, patriotismo y desarrollo. La ciudad es también un importante centro universitario del sur.
Entre su gloria heroica, su vocación de puerta fronteriza y su pujanza comercial y minera, Tacna encarna, como ninguna otra, el patriotismo peruano forjado en la adversidad y el retorno.