El fértil valle del Mantaro, en el corazón de los Andes centrales, fue el territorio de los huancas, un pueblo aguerrido y de fuerte identidad que resistió tenazmente a la expansión inca y que, precisamente por ese antiguo enfrentamiento, se alió con los españoles durante la conquista, aportándoles miles de guerreros y provisiones. La región conserva tambos incas y sitios como Wariwillka —santuario ligado a los orígenes míticos de los huancas—.
El Mantaro es hoy uno de los valles culturalmente más vivos del Perú, con una riquísima tradición de ferias, artesanía en mate burilado y platería, y música y danza, como el huaylas, el santiago y la célebre fiesta de los avelinos. Sus comunidades campesinas conservan una fuerte identidad quechua-huanca y una economía de pequeñas parcelas muy productivas.
Alrededor del lago Junín o Chinchaycocha, uno de los mayores del país y hoy reserva nacional, se extiende una puna alta poblada de vicuñas y aves, cuna de una ganadería y una vida altoandina de raíces milenarias.
El nombre de la región quedó grabado en la historia americana el 6 de agosto de 1824, cuando en la pampa de Junín, a más de cuatro mil metros de altura, el Ejército Unido Libertador comandado por Simón Bolívar derrotó a la caballería realista en una batalla singular, librada casi por completo a lanza, sable y a caballo, sin apenas disparos de armas de fuego. La carga final del escuadrón de los 'Húsares del Perú' —que desde entonces se llamaron 'Húsares de Junín'— decidió el combate.
La victoria de Junín, seguida cuatro meses después por la de Ayacucho, abrió el camino a la independencia definitiva del Perú y de Sudamérica. En la pampa se levanta hoy un monumento a los vencedores, y la batalla es recordada cada año como una de las gestas fundacionales de la libertad continental. En 2024 se conmemoró su bicentenario.
Aquel hecho de armas ligó para siempre a esta región de la sierra central con la epopeya de la emancipación americana, y dio nombre al departamento creado en la naciente república.
En los siglos XIX y XX, Junín se convirtió en un gran centro minero —La Oroya, con su complejo metalúrgico fundidor, y las alturas hacia Cerro de Pasco— conectado con la costa por el Ferrocarril Central Andino, una proeza de la ingeniería del siglo XIX diseñada por Ernest Malinowski, que trepa los Andes hasta el paso de Ticlio, a más de 4.800 metros, considerado durante mucho tiempo el ferrocarril más alto del mundo.
La fundición de La Oroya fue emblema de la minería peruana y también, en el siglo XXI, uno de los casos más graves de contaminación por metales pesados del país, con serios efectos en la salud de su población, lo que la convirtió en símbolo de los pasivos ambientales de la minería andina.
Huancayo, la 'Incontrastable', es hoy la gran ciudad de la sierra central, célebre por su Feria Dominical, su artesanía y su cocina de papa a la huancaína, pachamanca y trucha, y nudo comercial de toda la región.
Hacia el este, la región desciende abruptamente a la selva central de Chanchamayo, La Merced, Satipo y Pichanaki, tierra del café, los cítricos, el cacao y las frutas tropicales, colonizada desde el siglo XIX por migrantes andinos y europeos. Es hogar del pueblo asháninka, uno de los más numerosos de la Amazonía peruana, cuyo territorio fue duramente golpeado por la violencia de Sendero Luminoso en las décadas de 1980 y 1990.
Esta selva alta, de clima cálido y paisajes de montaña, cataratas y cafetales, se ha convertido en un destino de turismo de naturaleza y agroturismo, con sus rutas del café y sus reservas comunales. La producción cafetalera de Chanchamayo y Satipo es una de las más reconocidas del país.
Del páramo helado de la puna a la selva tropical, Junín concentra en pocos kilómetros la vertiginosa diversidad del Perú central, articulando sierra y Amazonía en un mismo territorio.
Junín es una de las regiones más dinámicas y pobladas de la sierra peruana, con una economía diversificada que combina la agricultura del Mantaro —papa, alcachofa, maíz, productos de exportación—, la ganadería altoandina, la minería, el café de la selva central y un comercio muy activo en torno a Huancayo. La región es también un importante centro educativo y universitario del centro del país.
Su cultura es una de las más ricas del Perú andino: el carnaval marqueño, la fiesta del Santiago, las orquestas típicas del Mantaro con su arpa, violín y saxofones, y una tradición artesanal —mates burilados de Cochas, tejidos, filigrana de San Jerónimo— reconocida nacionalmente. El tren turístico que sube de Lima a Huancayo mantiene viva la epopeya del ferrocarril central.
Entre la pampa histórica de Junín, el valle fértil del Mantaro, las alturas mineras y la selva del café, la región resume el papel de bisagra de la sierra central en la geografía, la historia y la economía del Perú.