A casi 3.812 metros de altura, en torno al lago Titicaca —el lago navegable más alto del mundo, compartido con Bolivia—, se desarrollaron algunas de las culturas más antiguas del altiplano andino. La cultura Pucará (siglos IV a.C. - IV d.C.), en el norte del Titicaca, dejó una notable escultura lítica y cerámica, y sentó las bases de una larga tradición de sociedades altiplánicas. Sobre esa raíz se levantaría después, ya del lado boliviano, el gran centro de Tiwanaku, cuya influencia se extendió por toda la cuenca.
Tras el ocaso de Tiwanaku surgieron los reinos aimaras collas y lupacas, que construyeron las imponentes chullpas o torres funerarias de Sillustani y Cutimbo, cilindros de piedra finamente labrada donde enterraban a sus élites mirando al lago y a las lagunas sagradas. Estos señoríos, ricos en rebaños de camélidos, fueron incorporados al Tahuantinsuyo en el siglo XV tras duras campañas.
Según la mitología inca, fue de las aguas del Titicaca —o de la Isla del Sol— de donde emergieron Manco Cápac y Mama Ocllo, enviados por el dios Sol para fundar el Cusco, lo que convierte al lago en un lugar sagrado ligado al propio origen del imperio. En sus aguas, el pueblo uro construyó y aún mantiene sus célebres islas flotantes de totora, mientras que las islas de Taquile y Amantaní conservan un modo de vida ancestral y una textilería reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Durante la colonia, el altiplano fue una zona de paso estratégica entre el Cusco y la riqueza argentífera de Potosí, y sus tierras y minas fueron centro de encomiendas y trabajo forzado bajo la mita. La ciudad de Puno se fundó en 1668 como San Carlos de Puno, a raíz de la explotación de la mina de plata de Laykakota, cuyo control desató sangrientos conflictos entre bandos de mineros que obligaron al virrey a intervenir. El fervor religioso hispano se fundió con el mundo andino y aimara, dando origen a una de las culturas festivas más ricas del país.
El siglo XVIII vio en el altiplano el eco de las grandes rebeliones: junto a la de Túpac Amaru II en el Cusco, el líder aimara Túpac Katari (Julián Apaza) sitió La Paz y sus fuerzas tomaron y ocuparon la ciudad de Puno en 1781, en uno de los episodios más intensos de la gran insurrección andina, antes de ser aplastada por las tropas coloniales.
Su ubicación fronteriza, junto a Bolivia, marcó a Puno como una región profundamente bicultural, quechua y aimara, con fuertes lazos familiares, comerciales y culturales a ambos lados del Titicaca. Durante la república, el altiplano vivió también intensas luchas por la tierra entre comunidades indígenas y gamonales, que alimentaron el pensamiento indigenista del siglo XX y a autores puneños como Gamaliel Churata y José Antonio Encinas.
Puno es conocida como la capital del folclore peruano por la Festividad de la Virgen de la Candelaria, cada febrero: durante casi tres semanas, cerca de 170 conjuntos y unos 40.000 danzarines y músicos llenan la ciudad con la Diablada, la Morenada, los Caporales, la Llamerada y más de un centenar de danzas, en una de las mayores celebraciones religiosas y culturales de América. La Unesco la declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2014.
Esta explosión de color y devoción, que mezcla lo católico, lo quechua y lo aimara, refleja la vitalidad de una cultura viva y de una identidad orgullosa. Las danzas se dividen entre las 'autóctonas', de raíz campesina, y las 'de trajes de luces', de máscaras y bordados fastuosos, y su concurso convierte a la ciudad en un enorme escenario a cielo abierto bajo la luz intensa del altiplano.
A esta gran fiesta se suman decenas de celebraciones patronales en pueblos y comunidades a lo largo del año, que hacen del calendario puneño uno de los más ricos y densos del Perú, con su música de sikuris, pinquillos y bandas.
El gran atractivo de la región es el propio lago Titicaca y su mundo de islas. Las islas flotantes de los Uros, tejidas enteramente con totora que se renueva de continuo, permiten conocer un modo de vida único sobre el agua; Taquile, con su famosa textilería masculina; y Amantaní, con su turismo comunitario y sus templos prehispánicos en las cumbres de Pachatata y Pachamama, ofrecen una inmersión en la vida altiplánica. Desde Puno o desde Copacabana, en Bolivia, se accede a este universo lacustre.
En tierra firme, las chullpas de Sillustani, sobre la laguna Umayo, y las de Cutimbo son visitas imprescindibles para entender el mundo funerario aimara. La puna que rodea el lago, poblada de vicuñas, alpacas y aves, se extiende hasta reservas como la de Titicaca, que protege los totorales y su fauna.
El viajero encuentra aquí uno de los paisajes más luminosos y espirituales de los Andes: el azul profundo del lago más alto del mundo, los rebaños en la orilla y el cielo inmenso del altiplano, escenario de una cultura milenaria que sigue plenamente viva.
La economía de Puno se sostiene en una ganadería altoandina de camélidos —es la mayor región alpaquera del Perú y una de las principales del mundo, con una fibra muy cotizada—, en la agricultura de la papa, la quinua y otros cultivos de altura, y en un intenso comercio fronterizo con Bolivia, articulado sobre todo por Juliaca, la pujante capital comercial e industrial del altiplano y sede de su aeropuerto. Ese comercio convive con altos niveles de informalidad y con el contrabando, del que Puno es uno de los principales puntos de entrada del país.
La minería tiene también un peso creciente: la región produce oro, plata, estaño, plomo y zinc, con enclaves como La Rinconada, una ciudad de minería aurífera informal situada por encima de los 5.000 metros, considerada uno de los asentamientos permanentes más altos del planeta, y foco de graves problemas sociales y ambientales por el uso de mercurio.
Entre la riqueza de su cultura viva, la belleza del Titicaca y los desafíos de la informalidad, el contrabando y la minería, Puno afronta el siglo XXI buscando un desarrollo que preserve su extraordinario patrimonio y su identidad altiplánica.