El desierto de Ica fue cuna de dos de las culturas más fascinantes del Perú antiguo. Los Paracas (siglos VIII a.C. - II d.C.) dejaron mantos funerarios de una finura textil incomparable —bordados con hilos teñidos en decenas de colores que aún conservan su viveza— y practicaron complejas trepanaciones craneanas, evidencia de una sofisticada medicina. Sus fardos funerarios, hallados en la península de Paracas, se cuentan entre los tesoros del textil universal.
Sus herederos, los Nazca (100 a.C. - 800 d.C.), trazaron en la pampa las célebres Líneas de Nazca: gigantescos geoglifos de animales —el colibrí, el mono, la araña, el cóndor— y formas geométricas grabadas en el suelo, algunos de cientos de metros, visibles en su plenitud solo desde el aire. Declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1994, siguen siendo uno de los grandes enigmas de la arqueología: se cree que tuvieron un sentido ritual y astronómico, ligado al agua y a la fertilidad.
Estos pueblos del desierto dominaron el recurso más escaso con una ingeniería asombrosa: los puquios, acueductos subterráneos en espiral que aún hoy siguen llevando agua a los campos, testimonio de un conocimiento hidráulico admirable en una de las zonas más áridas del planeta.
Fundada la ciudad de Ica en 1563 como Villa de Valverde, la región prosperó con los viñedos que los españoles plantaron en sus valles soleados y regados. De aquellas uvas nació el pisco, el aguardiente de uva que toma su nombre del puerto y del río de Pisco, y que hoy es la bebida bandera del Perú, base del célebre pisco sour. Las bodegas coloniales y sus grandes tinajas de barro forjaron una tradición vitivinícola que sigue viva.
Por la bahía de Paracas desembarcó en septiembre de 1820 el Ejército Libertador de San Martín, iniciando desde el sur la campaña por la independencia; allí, según la tradición, San Martín concibió los primeros símbolos patrios y se izó por primera vez una bandera peruana. La región quedó así ligada al nacimiento mismo de la república.
Ese pasado se conserva en las haciendas, las bodegas y las fiestas de la vendimia, que cada verano celebran en la ciudad de Ica la herencia del vino y del pisco con concursos, música y la coronación de la reina de la vendimia.
La costa de Ica es uno de los grandes centros de la cultura afroperuana. Durante la colonia, miles de africanos esclavizados fueron traídos a las haciendas de la región, y de su descendencia nació una riquísima tradición musical y dancística. El distrito de El Carmen, en Chincha, es hoy corazón de esa cultura negra: cuna del festejo, la zamacueca, el alcatraz y del cajón peruano —el instrumento de percusión nacido de un simple cajón de madera— y de familias de músicos que la han proyectado al mundo.
Esta herencia forma parte esencial de la identidad de Ica y del Perú, y se celebra en festivales y peñas donde la música afroperuana llena de ritmo las noches del valle. La memoria de la esclavitud y de la libertad late en sus danzas, en sus décimas y en su gastronomía.
Junto a lo afroperuano y lo criollo, la región conserva también la impronta de sus culturas prehispánicas, en un mestizaje profundo que hace de la costa iqueña un mosaico cultural único.
Ica combina paisajes únicos en el Perú. El oasis de Huacachina, una laguna rodeada de palmeras en medio de gigantescas dunas, es hoy meca del sandboard y de los paseos en areneros (buggies) sobre las montañas de arena. Frente a la costa, las islas Ballestas y la Reserva Nacional de Paracas albergan enormes colonias de lobos marinos, pingüinos de Humboldt, aves guaneras y flamencos, lo que les ha valido el apodo de 'las Galápagos peruanas'; en la península se dibuja además el enigmático geoglifo del Candelabro.
A ello se suman el sitio inca de Tambo Colorado, uno de los mejor conservados de la costa por sus muros de adobe que aún guardan restos de pintura; los sobrevuelos sobre las Líneas de Nazca; las lagunas de Huacachina y las dunas de Ocucaje; y una gastronomía y unos vinos que hacen de Ica un destino que une desierto, mar, historia y placer.
Este conjunto de atractivos, a pocas horas de Lima, ha convertido a la región en uno de los destinos turísticos más populares del país, tanto para viajeros peruanos como internacionales.
Hoy la región vive de la agroexportación de uva de mesa, espárragos, páprika, cítricos y paltas —regada por proyectos que aprovechan el agua subterránea y de los ríos—, del pisco, de la pesca y de un turismo en constante crecimiento. Los valles de Ica se han convertido en uno de los grandes polos de la agricultura moderna del Perú, con fuerte demanda de mano de obra y un dinamismo económico notable.
La memoria reciente de la región está marcada por el terremoto del 15 de agosto de 2007, de magnitud cercana a 8, cuyo epicentro frente a Pisco causó cientos de muertos, destruyó gran parte de esa ciudad y de Chincha e Ica, y dañó el patrimonio y la infraestructura de toda la costa sur. La reconstrucción fue larga y dejó lecciones sobre la vulnerabilidad sísmica del país.
Entre sus geoglifos milenarios, su cultura afroperuana, su pisco y su moderna agroindustria, Ica es una de las regiones que mejor sintetiza los contrastes de la costa peruana: desierto extremo y a la vez tierra fértil, pasado enigmático y presente pujante.