Mucho antes de que existiera Lima, la costa central peruana fue cuna de la civilización americana. En el valle de Supe, al norte de la actual región, se levantó Caral hacia el 3000 a.C., la ciudad más antigua de América, con sus pirámides y plazas circulares construidas sin cerámica y sostenidas por la pesca y el cultivo de algodón. Es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 2009.
Siglos después, en los valles del Rímac, Chillón y Lurín florecieron señoríos y grandes santuarios. El más importante fue Pachacámac, gran oráculo de la costa venerado por peregrinos de todos los Andes durante más de mil años, cuya voz —según se creía— predecía el futuro y provocaba temblores. Culturas costeras como la Lima y los ichma aprovecharon los tres ríos que bajan de la sierra para regar el desierto y sostener ciudades y templos de barro (huacas), muchos de los cuales aún se levantan entre los edificios de la actual metrópoli.
Francisco Pizarro fundó Lima el 18 de enero de 1535 con el nombre de Ciudad de los Reyes, y la eligió como capital del Virreinato del Perú por su clima benigno y su cercanía al puerto del Callao. Durante casi tres siglos, Lima fue la sede del poder español en Sudamérica y una de las ciudades más opulentas de América: su Universidad de San Marcos (1551) es la más antigua del continente, y su centro histórico —con la Plaza Mayor, la Catedral, el convento de San Francisco y sus balcones tallados de cedro— es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.
Aquí gobernaron los virreyes, aquí funcionó el Tribunal de la Inquisición y aquí San Martín proclamó la Independencia el 28 de julio de 1821. Tras la emancipación, la ciudad fue sede de los gobiernos republicanos, sufrió la ocupación chilena de 1881 a 1883 durante la Guerra del Pacífico y, ya en el siglo XIX, vio nacer balnearios de la élite como Barranco, con su bohemia y sus casonas frente al mar, y Miraflores, sobre los acantilados de la Costa Verde.
Desde mediados del siglo XX, Lima creció de manera explosiva con la migración de millones de peruanos del ande y la selva, que huían de la pobreza y, más tarde, de la violencia del conflicto armado. Levantaron nuevos distritos y 'pueblos jóvenes' en los arenales, y transformaron la ciudad en una metrópoli de más de diez millones de habitantes, la más poblada del país y una de las mayores de América Latina. Ese mestizaje masivo hizo de la antigua ciudad criolla una capital plenamente andina y popular.
De esa mezcla nació también su fama gastronómica: Lima es hoy reconocida como capital culinaria de América Latina, donde conviven la cocina criolla, el ceviche, la comida nikkei —fusión japonesa-peruana— y el chifa de raíz china. Varios de sus restaurantes figuran entre los mejores del mundo, y su vida cultural, sus museos y su bohemia la consolidaron como uno de los grandes centros de la región.
Más allá de la capital, la región de Lima despliega paisajes sorprendentes. En pleno desierto costero surgen las lomas, oasis de niebla que reverdecen en invierno, como las Lomas de Lachay, refugio de flora y fauna. Al sur se abren balnearios y playas como Cerro Azul, mientras que valles del interior, como Lunahuaná, se han convertido en destinos de aventura por sus rápidos, viñedos y bodegas de pisco.
Trepando hacia los Andes, la región guarda tesoros como la meseta de Marcahuasi, con sus enigmáticas formaciones de piedra; la Reserva Paisajística Nor Yauyos-Cochas, de lagunas turquesa y cascadas escalonadas; y las alturas del nevado Pariacaca, antiguo apu de la mitología andina cantado en los mitos de Huarochirí. Así, en un radio de pocas horas, la región de Lima reúne el mar, el desierto, los valles y la alta montaña que resumen la geografía del Perú.