Ayacucho fue cuna del imperio Wari (siglos VI-XI), el primer gran Estado expansivo de los Andes. Su capital homónima, cerca de la actual ciudad, llegó a albergar decenas de miles de habitantes en un vasto conjunto de murallas, plazas y recintos de piedra. Los Wari desarrollaron una avanzada organización urbana y administrativa, una red de caminos y de centros provinciales, y un sistema de colonias y almacenes que, siglos después, heredarían y perfeccionarían los incas.
Su influencia iconográfica y política se extendió por gran parte del Perú antiguo, difundiendo estilos de cerámica, textiles y culto religioso ligado al dios de los báculos, compartido con Tiwanaku. El sitio arqueológico de Wari, con sus imponentes muros, es uno de los conjuntos urbanos prehispánicos más extensos del país.
Antes y después de ellos, la sierra sur-central estuvo poblada por pueblos como los chancas —que a comienzos del siglo XV llegaron a amenazar al Cusco antes de ser derrotados por Pachacútec— y los pocras, sobre cuyos territorios se organizaría después la administración inca y luego la colonial.
El 9 de diciembre de 1824, en la pampa de la Quinua, a las afueras de la ciudad, el ejército patriota al mando del mariscal Antonio José de Sucre derrotó de manera definitiva al ejército realista del virrey José de la Serna en la batalla de Ayacucho. La Capitulación firmada tras el combate puso fin a casi tres siglos de dominio español y selló la independencia no solo del Perú, sino de toda la América del Sur continental.
En honor a esa gesta, la ciudad —fundada por los españoles en 1540 como San Juan de la Frontera de Huamanga— recibió en 1825 su nombre actual de Ayacucho, que en quechua suele traducirse como 'rincón de los muertos'. Un obelisco monumental recuerda hoy en la pampa de la Quinua a los vencedores de la última gran batalla de la independencia americana, cuyo bicentenario se conmemoró en 2024.
Aquel campo de batalla, a más de 3.300 metros de altura, quedó como uno de los grandes lugares de memoria de la emancipación hispanoamericana.
Ayacucho es célebre por sus más de treinta iglesias coloniales —de ahí su apodo de 'ciudad de las iglesias'— y por su Semana Santa, una de las más fervorosas, multitudinarias y bellas de América, que llena sus calles de procesiones, alfombras de flores y música durante toda una semana. Es una de las festividades religiosas más importantes del continente y atrae a miles de visitantes.
La región es también capital del arte popular peruano: los retablos ayacuchanos —cajas portátiles con escenas religiosas y costumbristas—, las tablas pintadas de Sarhua, los tejidos, las tallas en piedra de Huamanga y la fina platería y filigrana son reconocidos en todo el mundo. Artistas como Joaquín López Antay, primer artesano en recibir el Premio Nacional de Cultura, dieron prestigio nacional a esta tradición, y el propio retablo se convirtió después en vehículo para narrar la memoria del conflicto armado.
Esa densidad de fe, historia y arte hace de Huamanga una de las ciudades con más carácter y patrimonio de la sierra peruana.
Ayacucho cargó con el capítulo más trágico del Perú reciente. El 17 de mayo de 1980, en el distrito de Chuschi, el grupo maoísta Sendero Luminoso, nacido en la Universidad de Huamanga en torno al profesor Abimael Guzmán, quemó ánforas electorales e inició su 'guerra popular', dando comienzo al conflicto armado interno, el período más violento de toda la historia republicana.
Las comunidades campesinas quechuahablantes de Ayacucho fueron, según la Comisión de la Verdad y Reconciliación, las más golpeadas: más del 40% de los muertos y desaparecidos de todo el conflicto se concentraron en este departamento, atrapado entre la brutalidad senderista y la dura respuesta de las fuerzas del orden. Pueblos enteros fueron arrasados, y episodios como los de Accomarca o la desaparición de estudiantes marcaron a fuego la región.
Hoy Ayacucho reconstruye su memoria con espacios como el santuario de La Hoyada y el Museo de la Memoria 'Para que no se repita', y honra a sus víctimas mientras proyecta al mundo su enorme riqueza cultural y arqueológica.
Superadas las décadas de violencia, Ayacucho ha vuelto a florecer como uno de los grandes destinos culturales del Perú. Su Semana Santa, su carnaval, su artesanía y su patrimonio arqueológico —Wari, Vilcashuamán con su ushnu piramidal, el valle del Sondondo con sus andenes— atraen a viajeros de todo el mundo, y la ciudad de Huamanga se ha consolidado como un vivo centro turístico y universitario.
La economía regional se sostiene en la agricultura andina, la ganadería —con la vicuña y los grandes 'chaccus' o esquilas comunitarias en la Reserva Nacional Pampa Galeras, referente mundial de la recuperación de este camélido—, la artesanía y un turismo en crecimiento. La región sigue, sin embargo, entre las de mayores desafíos sociales y de pobreza del país.
Entre su gloria fundacional como cuna de los Wari y sede de la independencia, su extraordinario arte popular y la memoria de su tragedia reciente, Ayacucho es una de las regiones más profundas y conmovedoras del Perú.