El Cusco (Qosqo, 'ombligo' en quechua) fue el centro del universo inca. Según la leyenda fundacional, lo establecieron Manco Cápac y Mama Ocllo, hijos del Sol emergidos del lago Titicaca, guiados por un bastón de oro que se hundió en su suelo fértil. Pero fue el gran inca Pachacútec quien, tras derrotar a los chancas hacia 1438, reconstruyó la ciudad con planta de puma y la convirtió en la capital monumental del imperio, desde donde se trazaban las cuatro regiones o suyos.
Sus muros de piedra perfectamente ensamblada —como la célebre piedra de los doce ángulos— y templos como el Coricancha, el santuario del Sol cuyos muros estuvieron recubiertos de láminas de oro, hicieron del Cusco la ciudad más impresionante de la América prehispánica. Alrededor de la capital, los incas levantaron la fortaleza ceremonial de Sacsayhuamán, con sus colosales bloques megalíticos, y organizaron el Valle Sagrado del Urubamba como su despensa y jardín imperial, sembrado de andenes, palacios y santuarios.
Los españoles tomaron el Cusco en noviembre de 1533. Sobre los cimientos incas —que aún sostienen media ciudad— levantaron iglesias, conventos y casonas, dando origen a un mestizaje arquitectónico único del que nació la célebre Escuela Cusqueña de pintura, con sus vírgenes de manto triangular y sus ángeles arcabuceros. La resistencia inca, sin embargo, no cesó: en 1536 Manco Inca sitió durante meses la ciudad desde Sacsayhuamán y luego se retiró a Vilcabamba, donde el Estado neoinca sobrevivió hasta 1572.
Dos siglos después, el Cusco fue epicentro de la gran rebelión de Túpac Amaru II en 1780-1781, el mayor levantamiento indígena de la época colonial, cuyo líder fue ejecutado en la plaza mayor de la ciudad. Los terremotos de 1650 y de 1950 marcaron su historia urbana y derribaron buena parte de sus templos, pero la ciudad conservó intacta su alma andina. En 1983, su centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
En lo alto de una montaña sobre el cañón del Urubamba, la ciudadela de Machu Picchu —probablemente una hacienda real y santuario mandado construir por Pachacútec hacia 1450— permaneció oculta a la vista occidental durante siglos, conocida solo por campesinos locales, hasta que el explorador estadounidense Hiram Bingham la dio a conocer al mundo en 1911. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1983 y elegida una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno en 2007, es hoy el ícono absoluto del Perú.
El Camino Inca que conduce hasta ella —tramo del Qhapaq Ñan— serpentea entre pasos de altura y ruinas escondidas en la niebla. En su entorno, el Valle Sagrado despliega joyas incas como Ollantaytambo, el pueblo vivo que conserva su trazado original; Písac y sus andenes; Moray y sus enigmáticas terrazas circulares; y las salineras de Maras, explotadas desde tiempos preincaicos. Todo ello convirtió a la región en la capital turística y arqueológica de Sudamérica.
Más allá de las ruinas, el departamento del Cusco guarda algunos de los paisajes de montaña más espectaculares de los Andes. La cordillera de Vilcanota, coronada por el nevado Ausangate (6.384 m) —el apu o montaña sagrada más venerado de la región—, ofrece caminatas de varios días entre lagunas turquesa, rebaños de alpacas y aguas termales. A sus faldas se encuentra Vinicunca, la 'Montaña de Siete Colores', cuyas franjas minerales se revelaron al derretirse los glaciares y que en la última década se volvió uno de los destinos más fotografiados del país.
La región combina también la aventura de Choquequirao —la ciudadela hermana de Machu Picchu, aún semienterrada en la selva—, los baños termales de Cocalmayo en Santa Teresa, el sitio de Raqchi con su gran templo a Wiracocha, la ingeniería hidráulica inca de Tipón y la puerta a la Amazonía del Parque Nacional del Manu. Del glaciar a la selva, en pocas horas, el Cusco resume la asombrosa diversidad del Perú.