La región de Madre de Dios, en el sureste amazónico, debe su nombre al gran río que la atraviesa, afluente del Amazonas por la cuenca del Madeira. Ha sido durante milenios territorio de pueblos indígenas como los ese eja, harakbut, matsigenka, yine y amahuaca, así como de grupos en aislamiento voluntario —los llamados pueblos no contactados, como los mashco piro— que aún viven sin contacto con la sociedad nacional en lo más profundo de la selva, cuya protección constituye uno de los grandes desafíos éticos del país.
Sus ríos, sus lagos en herradura o 'cochas' —antiguos meandros abandonados por el cauce, como el Sandoval o el Valencia— y sus collpas —barrancos de arcilla donde cada amanecer se congregan cientos de loros y guacamayos para ingerir minerales— hacen de esta una de las regiones de mayor biodiversidad del planeta.
Fue una de las últimas zonas incorporadas plenamente al Perú, permaneciendo casi inexplorada hasta bien entrado el siglo XX y conservando hasta hoy un carácter de frontera amazónica.
Como en el resto de la Amazonía, el caucho llevó a los primeros colonos —y las primeras tragedias— a Madre de Dios a comienzos del siglo XX. La figura legendaria de la región fue el cauchero Carlos Fermín Fitzcarrald, que abrió rutas fluviales entre cuencas de ríos y llegó a arrastrar por tierra un barco desmontado a través de un istmo entre dos cuencas, hazaña que inspiraría la célebre película 'Fitzcarraldo' de Werner Herzog.
Puerto Maldonado, fundada en 1902 en la confluencia de los ríos Madre de Dios y Tambopata, se convirtió en la capital de la región, que fue creada como departamento en 1912. La apertura de la carretera Interoceánica, que la conecta con Cusco y con el Brasil, aceleró en el siglo XXI la colonización, el comercio y también la presión sobre el bosque.
Esa larga historia de fronteras, caucheros y colonos dejó una sociedad mestiza y diversa, marcada por las oleadas migratorias andinas y por la constante tensión entre el aprovechamiento de la selva y su conservación.
Madre de Dios alberga dos de las áreas naturales más valiosas del planeta. El Parque Nacional del Manu, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1987, desciende de las punas andinas por encima de los cuatro mil metros hasta la selva baja, y protege una biodiversidad récord: más de mil especies de aves y una fauna que incluye jaguares, otorongos, monos, el oso de anteojos y el gallito de las rocas, ave nacional del Perú.
A su lado, la Reserva Nacional Tambopata y el Parque Nacional Bahuaja-Sonene resguardan las mayores collpas de guacamayos conocidas y lagos como el Sandoval y el Valencia, poblados de caimanes, nutrias gigantes, aves y una asombrosa vida silvestre. Por esta riqueza, el Perú declaró a Madre de Dios 'capital de la biodiversidad'.
El ecoturismo, con sus albergues (lodges) en plena selva a orillas de los ríos, ofrece al viajero uno de los últimos grandes refugios de vida silvestre del mundo, y se ha convertido en una de las principales apuestas de desarrollo sostenible de la región.
El reverso oscuro de esa riqueza natural es la minería aurífera. Atraídos por el oro aluvial de sus ríos, decenas de miles de mineros llegaron en las últimas décadas a Madre de Dios, sobre todo a la zona conocida como La Pampa, en la frontera de la Reserva de Tambopata. La minería ilegal e informal ha arrasado grandes extensiones de selva —del orden de cientos de miles de hectáreas devastadas— y contaminado con mercurio ríos, peces y a la propia población, en uno de los mayores desastres ambientales del Perú.
Ese mercurio, empleado para amalgamar el oro, ha elevado los niveles del tóxico en la sangre de muchos habitantes y comunidades indígenas por encima de los límites permitidos. En 2019, el Estado lanzó la 'Operación Mercurio' para desalojar a los mineros de La Pampa y recuperar la zona, con resultados parciales y focos que reaparecen.
La lucha por frenar la minería ilegal, restaurar el bosque y proteger a las comunidades y a los pueblos en aislamiento marca hoy la vida de la región y es uno de los grandes dilemas ambientales del país.
Hoy Madre de Dios vive una tensión permanente entre dos modelos: el de la conservación y el ecoturismo, que hacen de ella un destino de fama mundial para amantes de la naturaleza, y el de la extracción de oro y madera, que amenaza sus bosques y sus ríos. La carretera Interoceánica, que la unió con el Brasil y el Pacífico, ha sido a la vez motor de desarrollo y vía de expansión de las actividades ilegales.
Puerto Maldonado, su capital, es la base para explorar Tambopata y el Manu, con una vida amazónica cálida, su gastronomía de patarashca, motelo y frutos del bosque como el aguaje y el castaña —la nuez amazónica que da nombre a toda una economía forestal de la región—. La recolección de castaña es, de hecho, una de las actividades sostenibles emblemáticas de Madre de Dios.
Minúscula en población pero inmensa en naturaleza, Madre de Dios concentra buena parte de la biodiversidad del Perú y encarna, como pocas regiones, el desafío de conciliar desarrollo y conservación en la Amazonía.