Áncash fue cuna de una de las civilizaciones formativas más importantes de los Andes: Chavín de Huántar, gran centro ceremonial construido hacia el 1200 a.C. en un cruce de caminos entre la costa, la sierra y la selva. Su templo, con galerías subterráneas, el enigmático Lanzón monolítico y las cabezas clavas empotradas en sus muros, difundió un culto y una iconografía —de seres felinos, serpientes y aves de presa— que unificaron simbólicamente buena parte del Perú antiguo durante el Horizonte Temprano. Es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1985.
En la costa de la región, el valle de Casma conserva sitios aún más antiguos, como Sechín, con sus impresionantes relieves de guerreros y cuerpos mutilados tallados en piedra, y las estructuras monumentales de Sechín Bajo, entre las más tempranas de América. En la propia sierra, tras Chavín, floreció la cultura Recuay (siglos I-VII), célebre por su cerámica caolín ricamente decorada y por su escultura lítica, hoy reunida en museos como el de Chavín y el 'parque lítico' de la ciudad.
Así, Áncash combina una profunda raíz andina de milenios con un litoral desértico salpicado de templos antiquísimos, en una de las secuencias culturales más largas y ricas del Perú.
El corazón de Áncash es el Callejón de Huaylas, un fértil valle encajonado entre la Cordillera Blanca —la cadena montañosa tropical más alta del mundo, coronada por el Huascarán (6.768 m), la cumbre más alta del Perú— y la Cordillera Negra. Huaraz es su capital y la base del andinismo peruano. Pero esta belleza convive con la amenaza de la montaña: el 31 de mayo de 1970, un terremoto de magnitud 7,9 desprendió del Huascarán un gigantesco alud de hielo, lodo y roca que sepultó por completo la ciudad de Yungay y el pueblo de Ranrahirca.
Aquella catástrofe, la mayor de la historia peruana y una de las peores del continente, causó del orden de 70.000 muertos y decenas de miles de desaparecidos en todo el Callejón, con daños casi totales desde Recuay hasta Huallanca. En el lugar donde estuvo Yungay solo quedaron en pie unas pocas palmeras y la cima del cementerio; hoy es un campo santo cubierto de rosales, y la nueva Yungay se levantó a un lado, como memoria viva de la fragilidad ante la montaña.
El Parque Nacional Huascarán, creado en 1975 y reconocido por la Unesco, protege sus glaciares, nevados y centenares de lagunas de intenso color turquesa, alimentadas por el deshielo. Joyas como las lagunas de Llanganuco, Parón, Churup o la célebre Laguna 69 atraen a excursionistas de todo el mundo, aunque el retroceso de los glaciares por el cambio climático amenaza hoy este frágil ecosistema.
Por sus más de cincuenta cumbres que superan los 5.700 metros y su acceso relativamente cómodo, Áncash es la capital del montañismo y del trekking en el Perú y uno de los grandes destinos de alta montaña de América. Rutas legendarias como el circuito de la Cordillera Huayhuash —considerado uno de los mejores treks del planeta, inmortalizado por el libro y la película 'Tocando el vacío'— o los senderos de Santa Cruz y en torno al Huascarán atraen cada año a montañistas y excursionistas internacionales.
El glaciar Pastoruri, aunque menguante, sigue siendo una ventana accesible al mundo de los hielos y un símbolo del retroceso glaciar; a su alrededor crecen los bosques de Puyas de Raimondi, la planta de inflorescencia más grande del mundo, que florece una sola vez en su vida. Huaraz, a más de 3.000 metros, es el punto de encuentro de viajeros de todo el mundo y base de expediciones.
Este turismo de naturaleza y aventura, en pleno crecimiento, convive con una fuerte cultura andina de raíz quechua, con sus fiestas patronales y su gastronomía de pachamanca, cuy y jamón serrano, que dan a la región un carácter propio y hospitalario.
Áncash es uno de los grandes distritos mineros del Perú. En sus alturas opera Antamina, una de las mayores minas de cobre y zinc del mundo, cuyo yacimiento polimetálico convierte a la región en una de las principales productoras y aportantes de canon minero del país. La actividad ha traído inversión e infraestructura, pero también tensiones socioambientales y el reto de distribuir de forma justa una riqueza que no siempre se ha traducido en desarrollo para las comunidades altoandinas.
La costa ancashina, en torno a Chimbote —uno de los mayores puertos pesqueros del mundo en la segunda mitad del siglo XX— y Casma, vivió el auge y la crisis de la industria de la harina de pescado y la siderurgia, con la gran acería de Chimbote como emblema de la industrialización peruana. La agricultura de los valles costeros, la pesca y la industria completan el mapa económico de la región.
Entre la puna glacial, los valles interandinos y el desierto costero, Áncash concentra en pocos kilómetros una diversidad geográfica y económica extraordinaria, símbolo de los contrastes del Perú.
Con Chavín de Huántar y el Parque Nacional Huascarán, Áncash reúne dos sitios de Patrimonio Mundial —uno cultural y otro natural— en un mismo territorio, algo poco común en el Perú. A ellos se suman los complejos arqueológicos de Wilcahuaín, cerca de Huaraz, de época Wari, y numerosos sitios menores dispersos por el Callejón, que hacen de la región un museo al aire libre.
La memoria del terremoto de 1970 sigue muy presente en la vida ancashina y ha convertido a Huaraz y al Callejón en un referente de la cultura de la prevención sísmica en el Perú. Cada 31 de mayo, la región recuerda a sus miles de víctimas y renueva su conciencia frente a los riesgos de vivir al pie de la montaña más alta del país.
Hoy Áncash proyecta al mundo la imagen de sus nevados y lagunas turquesa, se afianza como capital del andinismo sudamericano y busca equilibrar su gran riqueza minera y natural con un desarrollo más justo y sostenible para sus pueblos de altura.