Después del caos de Katmandú, Pokhara es un suspiro de alivio. La segunda ciudad de Nepal se recuesta a orillas del lago Phewa, tranquila y verde, a menos altura y con mejor clima, y con el macizo del Annapurna y la afilada cumbre del Machapuchare recortándose al fondo en los días claros. Es el gran centro de descanso y de aventura del país: la puerta de los treks más famosos del Himalaya, la capital nepalí del parapente y un lugar donde, simplemente, apetece quedarse a no hacer nada mirando las montañas reflejadas en el agua.
El corazón turístico es Lakeside, la larga franja junto al lago llena de hoteles, cafés, restaurantes, tiendas de trekking y agencias, desde donde se organizan las expediciones al Annapurna. Pero Pokhara es mucho más que su orilla: un paseo en barco de remo hasta el templo isla de Tal Barahi, la subida a la blanca Estupa de la Paz Mundial, el amanecer sobre el Annapurna desde la colina de Sarangkot, un vuelo en parapente sobre el lago, las cascadas y cuevas de Devi's Fall, y los lagos y colinas de alrededor conforman un destino que combina naturaleza, aventura y relax como pocos.
Esta guía te ayuda a exprimir Pokhara: qué ver y hacer, cuánto cuestan el barco, el parapente y las entradas, cómo usarla de base para los grandes treks del Annapurna (y qué permisos hacen falta), cómo llegar desde Katmandú y por qué conviene reservarle unos días extra. Ya vengas a caminar por el Himalaya, a volar sobre el lago o simplemente a descansar con las montañas de fondo, Pokhara es una de esas paradas que todos los viajeros recuerdan con cariño.
Pokhara fue durante siglos un importante enclave comercial en las rutas de caravanas entre India y el Tíbet: por su valle pasaban la sal, la lana y las mercancías que cruzaban el Himalaya, y su población es una mezcla de pueblos (gurung, magar, thakali, newar, bahun) que refleja ese cruce de caminos. Los gurung y magar de estas colinas son, además, la cuna de muchos de los legendarios soldados gurkha. Hasta mediados del siglo XX, Pokhara era un valle agrícola aislado, sin apenas carreteras; su transformación llegó con la construcción de las rutas que la unieron a Katmandú y a India en los años sesenta y setenta, y sobre todo con el auge del trekking en el Himalaya, que la convirtió en la gran base de la región del Annapurna. Del pueblo tranquilo de comerciantes y campesinos a la capital de la aventura de hoy, su historia está contada en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El Nepal de los lagos y la alta montaña: Pokhara al pie de los Annapurnas, la garganta del Kali Gandaki y, al norte, el antiguo reino budista de Lo en Mustang.
Leer la historia de Región de Annapurna y Pokhara (lagos y trekking) →Si reservás desde acá nos queda una comisión y a vos no te cuesta más. Precios y disponibilidad los pone Civitatis.
Sin precios exactos: escala de $ (económico) a $$$$$ (lujo), con 2-3 opciones por categoría.
Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de que fuera la capital nepalí de la aventura, Pokhara era un valle de lagos, arrozales y caravanas. Situada en una depresión templada a los pies del macizo del Annapurna, a solo 820 metros de altura, la zona goza de un clima suave y una tierra fértil, regada por el río Seti y salpicada de lagos como el Phewa, el Begnas y el Rupa. Ese entorno privilegiado la convirtió, desde tiempos antiguos, en un lugar de asentamiento y de paso.
La clave de su historia es el comercio. Pokhara se encontraba en una de las rutas de caravanas que unían las llanuras de India con las mesetas del Tíbet a través del Himalaya, siguiendo el valle del río Kali Gandaki, uno de los pocos corredores que atraviesan la cordillera. Por aquí subía y bajaba durante siglos un tráfico constante de mercancías: la sal del Tíbet, la lana, los granos, las especias, los enseres. Los mercaderes thakali del alto valle del Kali Gandaki, en particular, se hicieron célebres como comerciantes y posaderos de esta ruta.
Ese papel de encrucijada explica la mezcla de pueblos que caracteriza a Pokhara: gurung y magar de las colinas, thakali del norte, newar comerciantes venidos del valle de Katmandú, bahun y chhetri, y comunidades tibetanas. Cada uno aportó su cultura, su religión y sus oficios, y esa diversidad sigue siendo una seña de identidad de la ciudad. Pokhara nació, en esencia, del encuentro entre las montañas y las llanuras, del ir y venir por los senderos del Himalaya.
Las colinas que rodean Pokhara son la tierra de los gurung y los magar, dos de los pueblos originarios de la región, de raíces tibeto-birmanas, agricultores y pastores de las laderas del Annapurna. Su cultura, sus aldeas de piedra encaramadas en las montañas y sus tradiciones forman parte esencial del paisaje humano de la región, y muchos de los treks del Annapurna atraviesan precisamente sus pueblos.
Estos pueblos de las montañas centrales de Nepal son, además, la cuna de una de las tradiciones militares más famosas del mundo: la de los soldados gurkha. Desde comienzos del siglo XIX, tras la guerra entre Nepal y la Compañía Británica de las Indias Orientales, los británicos, impresionados por el coraje de los guerreros nepalíes, empezaron a reclutar soldados en estas colinas para su ejército. Generaciones de gurung y magar de la región de Pokhara se enrolaron en los regimientos gurkha, que combatieron en las dos guerras mundiales y en innumerables conflictos, y que siguen sirviendo hoy en los ejércitos británico e indio.
El vínculo con los gurkha dejó una huella profunda en Pokhara: durante décadas, las remesas y las pensiones de los soldados retirados fueron una fuente importante de ingresos, y la ciudad tiene museos y monumentos dedicados a esta historia (como el Museo Gurkha). Es una parte de la identidad local que conviene conocer para entender la región: estas montañas hermosas y tranquilas dieron al mundo algunos de sus soldados más legendarios.
Por sorprendente que hoy parezca, hasta mediados del siglo XX Pokhara era un valle profundamente aislado. No había carreteras que lo conectaran con el resto del país: todo entraba y salía a pie o a lomo de animal por los senderos de las caravanas, o, ya en el siglo XX, en pequeños aviones que aterrizaban en pistas de tierra. Era un valle agrícola tranquilo, hermoso pero remoto, al que el mundo moderno tardó en llegar.
La gran transformación empezó en las décadas de 1960 y 1970 con la construcción de carreteras. La ruta que unió Pokhara con Katmandú (la Prithvi Highway) y la que la conectó con la frontera india y con la ciudad de Sunauli abrieron el valle al comercio, al transporte y, sobre todo, a los viajeros. De repente, Pokhara dejaba de ser un lugar de difícil acceso para convertirse en un punto perfectamente comunicado, con clima suave, lagos, montañas espectaculares y una ubicación inmejorable a los pies del Annapurna.
En esos mismos años empezaron a llegar los primeros viajeros de la era hippie, que en su ruta hacia Oriente descubrieron en Pokhara un paraíso tranquilo junto al lago, y sobre todo los primeros montañeros y trekkers atraídos por el Himalaya. La combinación de accesibilidad, belleza y proximidad a las grandes montañas selló el destino de la ciudad. Pokhara estaba a punto de convertirse en lo que es hoy.
La historia moderna de Pokhara es inseparable de la del montañismo en el Annapurna. En 1950, una expedición francesa liderada por Maurice Herzog logró la primera ascensión al Annapurna I (8.091 m), la primera montaña de más de ocho mil metros conquistada en la historia, tres años antes que el Everest. Aquella hazaña puso el macizo del Annapurna —y, con él, Pokhara, su puerta de acceso— en el mapa del alpinismo mundial.
A partir de los años sesenta y setenta, con las carreteras ya abiertas, Pokhara se transformó en la gran base del trekking del Himalaya. Los senderos que rodean el Annapurna, que atraviesan aldeas gurung y magar y que ofrecen algunos de los paisajes de montaña más espectaculares del planeta, se convirtieron en rutas legendarias: el Circuito del Annapurna, el trek al Campo Base del Annapurna, el amanecer de Poon Hill. En 1986 se creó el Área de Conservación del Annapurna (ACAP), la mayor zona protegida de Nepal, para gestionar el turismo y proteger el entorno. Lakeside, la orilla del lago Phewa, se llenó de hoteles, agencias y tiendas de equipo, y Pokhara pasó a vivir en buena medida del turismo de montaña.
Otro capítulo importante fue la llegada de refugiados tibetanos. Tras la ocupación china del Tíbet y el exilio del Dalái Lama en 1959, miles de tibetanos cruzaron el Himalaya, y algunos se asentaron en campamentos en los alrededores de Pokhara, donde aún hoy existen comunidades tibetanas con sus monasterios, sus tradiciones y su artesanía. Su presencia añadió otra capa a la ya rica diversidad cultural de la ciudad.
La Pokhara del siglo XXI es la segunda ciudad de Nepal y su indiscutible capital del turismo de aventura. Cada temporada, miles de trekkers de todo el mundo la usan como base para caminar por el Annapurna; el cielo sobre el lago Phewa se llena de parapentes de colores que despegan desde Sarangkot; y en Lakeside, la larga orilla turística, conviven mochileros, montañeros, familias y viajeros de todo tipo entre cafés, agencias y tiendas. La ciudad ofrece de todo: rafting, kayak, bungee, tirolinas, además del trekking y el parapente que la hicieron famosa.
La modernización ha seguido su curso. En 2023 se inauguró un nuevo aeropuerto internacional en Pokhara, con la ambición de recibir vuelos directos del extranjero y consolidar a la ciudad como puerta turística del país, aunque su desarrollo ha estado rodeado de debate. La ciudad crece, se llena de hoteles y afronta los desafíos de cualquier destino turístico en auge: la presión sobre el entorno, la salud del lago Phewa y la necesidad de equilibrar el desarrollo con la conservación.
Y sin embargo, Pokhara conserva su encanto esencial: el de un valle de clima suave, tendido junto a un lago, con una de las murallas de montañas más impresionantes del mundo asomando al fondo. Ya se venga a caminar durante semanas por el Himalaya, a volar sobre el lago o simplemente a descansar mirando cómo el atardecer enciende el Machapuchare, Pokhara sigue siendo lo que fue desde que las primeras caravanas cruzaron su valle: un lugar de encuentro a los pies de las montañas, donde la aventura empieza y termina con las cumbres reflejadas en el agua.