Cruzar la puerta de Bhaktapur es cruzar hacia atrás en el tiempo. Mientras Katmandú es puro caos y ruido, Bhaktapur es una ciudad medieval casi intacta: calles empedradas sin autos, casas de ladrillo rojo con ventanas de madera tallada, plazas monumentales donde los alfareros hacen girar el barro al sol y templos de pagoda que se recortan contra el cielo. Es la mejor conservada de las tres capitales reales del valle y, para muchos viajeros, el rincón más hermoso y auténtico de todo Nepal.
Bhaktapur —Khwopa para los newar— fue la capital del valle entre los siglos XIV y XV, y su casco histórico concentra un patrimonio asombroso repartido en tres grandes plazas: la Durbar Square, con su palacio de las 55 ventanas y la exquisita Puerta Dorada; la plaza de Taumadhi, presidida por la Nyatapola, la pagoda más alta de Nepal; y la de Dattatreya, en el barrio de los alfareros, con la célebre Ventana del Pavo Real. Entre plaza y plaza, un laberinto de callejones, patios, fuentes y templos donde la vida newar sigue su curso.
Esta guía te ayuda a exprimir Bhaktapur: qué ver en cada plaza, por qué conviene quedarse a dormir para vivir la ciudad sin los tours del día, cuánto cuesta la entrada (de las más caras del valle, pero que financia la conservación), cómo llegar desde Katmandú y combinarla con Nagarkot, y qué probar (empezando por el juju dhau, el yogur 'del rey'). Bhaktapur sufrió mucho en el terremoto de 2015 —perdió varios monumentos—, pero ha sido restaurada con esmero y sigue siendo un viaje al corazón de la cultura newar.
Bhaktapur, la 'ciudad de los devotos', fue durante siglos la más poderosa de las tres ciudades reales del valle de Katmandú. Fundada, según la tradición, en el siglo IX, alcanzó su cénit bajo la dinastía malla: entre los siglos XIV y XV fue la capital de todo el valle, y cuando este se dividió en tres reinos, siguió siendo una corte esplendorosa hasta el siglo XVIII. Sus reyes malla, sobre todo Yaksha Malla y más tarde Bhupatindra Malla (que reinó a comienzos del siglo XVIII), levantaron sus grandes monumentos: el palacio de las 55 ventanas, la Puerta Dorada y la altísima pagoda Nyatapola. En 1769 fue la última de las tres capitales en caer ante Prithvi Narayan Shah, el rey de Gorkha que unificó Nepal. Menos modernizada que Katmandú, conservó su carácter medieval; el terremoto de 1934 y sobre todo el de 2015 la dañaron gravemente, pero ha sido restaurada. Su historia, de los reyes malla y los artesanos newar a hoy, está contada en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El corazón histórico de Nepal: las tres ciudades reales del valle —Katmandú, Patan y Bhaktapur— con sus plazas Durbar, sus pagodas newar y una religiosidad que funde hinduismo y budismo.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Antes de ser Bhaktapur, fue Khwopa, su nombre en newari. Y antes de ser una de las tres capitales rivales del valle de Katmandú, fue la más poderosa de todas. Su nombre en sánscrito, Bhaktapur, significa 'la ciudad de los devotos', y toda su historia gira en torno a la devoción: templos, fiestas, rituales y una comunidad newar que ha mantenido vivas sus tradiciones con una fidelidad asombrosa hasta hoy.
La tradición sitúa la fundación de la ciudad en el siglo IX, atribuida al rey Ananda Malla, aunque el poblamiento del valle es mucho más antiguo. Como toda la región, Bhaktapur se benefició de su posición en las rutas comerciales entre India y el Tíbet: por aquí pasaban mercancías, ideas y peregrinos, y la ciudad prosperó con el comercio y la agricultura de su fértil entorno. Sus habitantes, los newar, desarrollaron una cultura urbana sofisticada, con su lengua, su arquitectura de ladrillo y madera, su cocina y su calendario de festivales.
A diferencia de Katmandú, que con los siglos se convirtió en una gran capital moderna, Bhaktapur quedó algo al margen de las grandes transformaciones, y eso —que en su momento pudo parecer atraso— es hoy su mayor tesoro: la ciudad conservó su trazado medieval, sus casas tradicionales y su modo de vida comunitario mejor que ninguna otra del valle. Caminar por Bhaktapur es caminar por una ciudad newar tal como eran hace siglos.
El momento de mayor gloria de Bhaktapur llegó bajo la dinastía malla, entre los siglos XIV y XV, cuando la ciudad fue la capital de todo el valle de Katmandú y la corte más poderosa de la región. Su rey más célebre de aquella época, Yaksha Malla, que reinó en el siglo XV, extendió su dominio y embelleció la ciudad. A su muerte, sin embargo, el reino se repartió entre sus herederos, y el valle quedó dividido en los tres reinos independientes y rivales de Bhaktapur, Katmandú y Patan, que competirían durante siglos.
Lejos de decaer, Bhaktapur siguió siendo una corte esplendorosa como reino propio. Y fue precisamente esa rivalidad entre las tres ciudades la que impulsó una extraordinaria carrera de mecenazgo artístico: cada rey quería que su plaza real y sus templos superaran a los de sus vecinos. En Bhaktapur, esa competencia dio frutos deslumbrantes, sobre todo bajo el reinado de Bhupatindra Malla, a comienzos del siglo XVIII, uno de los grandes reyes constructores del valle.
A Bhupatindra Malla y a su época se deben los monumentos que hoy definen la ciudad: la Puerta Dorada, el exquisito portal de cobre dorado que da acceso al palacio; el Palacio de las 55 Ventanas, con su larga fachada de madera tallada; y, sobre todo, la Nyatapola, la pagoda de cinco pisos y unos treinta metros que levantó en 1702 y que es la más alta de Nepal. El propio rey se hizo representar en una estatua sobre una columna, arrodillado y contemplando para siempre su palacio. Aquella fue la edad de oro de Bhaktapur, la que dejó el conjunto monumental que asombra hoy.
El reino independiente de Bhaktapur tuvo un final tardío pero inevitable. Mientras las tres capitales del valle se agotaban en rivalidades, el rey Prithvi Narayan Shah, del principado de Gorkha, al oeste, había estado tejiendo durante años su conquista del valle, estrangulando su comercio con bloqueos y tomando una a una las plazas. En 1768 cayó Katmandú, y ese mismo año Patan; Bhaktapur resistió un poco más, pero en 1769 fue la última de las tres en rendirse ante las tropas de Gorkha. Con su caída se completó la unificación del valle y nació el moderno Reino de Nepal.
Hay una anécdota célebre de aquel final: el último rey de Bhaktapur, Ranajit Malla, derrotado, habría pedido como única gracia poder retirarse a Varanasi, la ciudad santa de la India, para pasar allí sus últimos días. La imagen del viejo rey abandonando su ciudad conquistada cerró más de cuatro siglos de dinastía malla en el valle.
La incorporación al reino unificado apartó a Bhaktapur del poder, que se concentró en Katmandú. Paradójicamente, ese declive político fue una bendición para su patrimonio: al quedar al margen del crecimiento y la modernización que transformaron la capital, Bhaktapur conservó su casco medieval, sus casas tradicionales y su vida comunitaria mejor que ninguna otra ciudad del valle. Durante los siglos siguientes siguió siendo una ciudad de agricultores, alfareros, tejedores y artesanos, fiel a sus tradiciones newar.
La historia de Bhaktapur está marcada, como la de todo el valle, por los terremotos. El gran terremoto de 1934, de enorme magnitud, causó una destrucción tremenda en la ciudad: muchos templos y casas se derrumbaron, y la Durbar Square, antes mucho más densa de monumentos, perdió buena parte de sus edificios, lo que explica que hoy sea más abierta y despejada que las plazas de Katmandú y Patan. La ciudad se reconstruyó, pero quedó marcada por aquella catástrofe.
En los años setenta del siglo XX, un ambicioso proyecto de conservación financiado por Alemania (el Bhaktapur Development Project) restauró buena parte del casco histórico, mejoró las infraestructuras y ayudó a preservar el carácter tradicional de la ciudad. Fue entonces cuando Bhaktapur empezó a cobrar entrada a los visitantes extranjeros para financiar su mantenimiento, un modelo pionero que sigue vigente. Gracias a estos esfuerzos, la ciudad se consolidó como el mejor ejemplo conservado de urbanismo newar y se ganó su lugar en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, junto con los demás conjuntos del valle.
El terremoto de abril de 2015, de magnitud 7,8, volvió a golpear a Bhaktapur: varios templos y edificios históricos se derrumbaron y hubo víctimas. Pero, como ya había ocurrido en 1934, monumentos clave como la Nyatapola resistieron en pie, testimonio de la sabiduría constructiva newar. La reconstrucción posterior, apoyada de nuevo en los artesanos locales, ha devuelto a la ciudad gran parte de su esplendor.
Lo que hace única a Bhaktapur no es solo que conserve sus monumentos, sino que siga siendo una ciudad viva y no un decorado para turistas. En sus plazas, los alfareros modelan el barro y lo ponen a secar al sol como hace siglos; en los callejones, los talladores labran la madera, las mujeres secan grano y chiles, la gente reza en pequeños santuarios y los niños juegan al pie de los templos. La cultura newar, con su lengua, su cocina, su artesanía y su calendario ritual, late aquí con una fuerza que se ha perdido en gran parte del valle.
Esa vida comunitaria estalla en los grandes festivales, sobre todo en el Bisket Jatra, el año nuevo newar que se celebra en abril: durante días, la ciudad tira de enormes carros de madera con las imágenes de los dioses por sus calles empinadas, en una fiesta multitudinaria, ruidosa y a veces peligrosa, que reúne a barrios enteros y que es uno de los espectáculos culturales más impresionantes de Nepal. A lo largo del año se suceden otras muchas celebraciones ligadas a los templos y las cofradías.
Para el viajero, Bhaktapur ofrece algo que casi ningún otro lugar del valle puede dar: la posibilidad de dormir dentro de una ciudad medieval y vivirla de verdad. Cuando los tours de un día se marchan al atardecer, la ciudad recupera su ritmo pausado, se encienden las luces en las casas de ladrillo y las plazas quedan para sus habitantes. Recorrer entonces sus callejones empedrados, con la Nyatapola recortada contra el cielo y el olor a incienso en el aire, es viajar de verdad al corazón de la vieja cultura del valle de Katmandú. Bhaktapur, la ciudad de los devotos, sigue siéndolo.