Palermo no se parece a ninguna otra ciudad italiana. En una misma cuadra podés pasar de una iglesia normanda con cúpulas rojas a un mercado donde los vendedores cantan los precios a los gritos, y de ahí a un palacio barroco con la fachada descascarada. Es caótica y no lo disimula, pero detrás de ese desorden hay más de 2.500 años de historia apilada: fenicios, árabes, normandos y españoles dejaron su marca en piedras, mosaicos y recetas.
Para quien viaja con presupuesto ajustado, Palermo rinde mucho. Varias de sus iglesias se visitan por pocos euros, los mercados de Ballarò, Capo y Vucciria se recorren gratis, y comer en la calle (una arancina, un pan con panelle, un cannolo) sale bastante menos que sentarse en un restaurante. El primer domingo de cada mes varios museos y monumentos regionales abren sin cargo, y la playa de Mondello está a un colectivo de distancia.
Lo que más cuesta es elegir. La Capilla Palatina y la catedral de Monreale, con sus mosaicos dorados del siglo XII, justifican el viaje por sí solas. Sumale la catedral, las catacumbas con sus miles de momias, el Teatro Massimo, los oratorios de estuco de Serpotta y el atardecer desde el Monte Pellegrino. Con tres o cuatro días ves lo esencial, y si te quedás más, Palermo es la base perfecta para salir a Cefalú, Erice o el Zingaro.
Los fenicios fundaron el asentamiento en el siglo VIII a. C. con el nombre de Ziz; los griegos la llamaron Panormos, 'todo puerto', por su bahía protegida. Fue una plaza fuerte cartaginesa hasta que Roma la conquistó en el 254 a. C., durante la Primera Guerra Púnica. Tras siglos bajo Roma y Bizancio, los árabes la tomaron en 831 después de un largo asedio y la convirtieron en capital del emirato de Sicilia: llegaron los cítricos, el azúcar, los sistemas de riego y una ciudad que crecía con mezquitas y jardines. En 1072 capituló ante los normandos, que en lugar de borrar lo anterior lo absorbieron. Palermo fue capital del Reino de Sicilia desde 1130, y Roger II mandó construir la Capilla Palatina (encargada en 1132) con mosaicos bizantinos y un techo de madera de tradición islámica. Su nieto Guillermo II levantó Monreale. Con Federico II, rey de Sicilia desde 1198 y emperador desde 1220, la corte palermitana fue un centro de poesía y ciencia. En 1282 la revuelta de las Vísperas Sicilianas expulsó a los franceses y abrió paso a los aragoneses. España gobernó de 1479 a 1713: de esa época son los Quattro Canti, la Fontana Pretoria y buena parte del barroco. Los Borbones unieron Sicilia a Nápoles en 1734. En mayo de 1860 Garibaldi entró con la Expedición de los Mil y en 1861 la ciudad pasó al Reino de Italia. Los bombardeos aliados de 1943 destrozaron el puerto y barrios enteros, y el 'Sacco di Palermo' de las décadas siguientes demolió palacios y jardines. Hoy el centro histórico vive una recuperación lenta, impulsada por el turismo y por la declaración de la Unesco de 2015.
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