Mucho antes de que Roma fuera algo más que un puñado de aldeas sobre siete colinas, la península itálica ya estaba habitada por pueblos de notable refinamiento. En el centro, entre el Arno y el Tíber, floreció desde el siglo VIII a.C. la civilización de los etruscos, la más avanzada de la Italia antigua. Organizados en una confederación de ciudades-Estado —Tarquinia, Cerveteri, Veyes, Vulci, Chiusi—, los etruscos dominaron la metalurgia, el comercio marítimo y el urbanismo; nos legaron el arco de medio punto, los sistemas de drenaje, la adivinación por las entrañas de los animales y las tumbas pintadas que aún hoy asombran por su vitalidad. Su lengua, escrita en un alfabeto derivado del griego, sigue sin descifrarse del todo. Los primeros reyes de Roma fueron etruscos, y de ellos los romanos tomaron los símbolos del poder, como los fasces —el haz de varas con el hacha— que dos milenios después darían nombre al fascismo.
Según la tradición, Roma fue fundada en el 753 a.C. Tras un periodo de reyes, en el 509 a.C. los romanos expulsaron al último monarca etrusco y fundaron la República, un régimen de cónsules, Senado y asambleas que combinaba el gobierno aristocrático con la participación del pueblo. Durante cinco siglos la República se expandió: sometió a los demás pueblos itálicos, derrotó a Cartago en las tres guerras púnicas (264-146 a.C.) —con Aníbal cruzando los Alpes y Escipión venciendo en Zama—, conquistó Grecia, Hispania, la Galia de la mano de Julio César y buena parte del Mediterráneo, que los romanos llamaron mare nostrum.
El éxito trajo la crisis. Las guerras civiles del siglo I a.C. —Mario contra Sila, César contra Pompeyo, y finalmente Octavio contra Marco Antonio y Cleopatra— desangraron la República. El asesinato de Julio César en los idus de marzo del 44 a.C. no salvó al viejo régimen: su sobrino Octavio venció en Accio (31 a.C.) y en el 27 a.C. recibió el título de Augusto, inaugurando el Imperio. Comenzaba la pax romana, dos siglos de relativa paz y prosperidad en los que el Imperio alcanzó su máxima extensión, del muro de Adriano en Britania al Éufrates, y Roma llegó a albergar un millón de habitantes.
El Imperio dejó una impronta imborrable: el latín, el derecho romano, la red de calzadas y acueductos, el hormigón, la organización administrativa y, desde el siglo I, una nueva religión nacida en Judea, el cristianismo, primero perseguida y luego oficializada por el emperador Constantino con el Edicto de Milán (313) y convertida en religión del Estado por Teodosio (380). En el 395, a la muerte de Teodosio, el Imperio se dividió definitivamente en dos mitades, la de Occidente y la de Oriente, que seguirían caminos separados.
El Imperio de Occidente se derrumbó a lo largo del siglo V bajo la presión de los pueblos germánicos. Roma, que llevaba siglos sin ser tomada, fue saqueada por los visigodos de Alarico en el 410 y por los vándalos de Genserico en el 455, un trauma que resonó en todo el mundo antiguo. El final formal llegó en el 476, cuando el jefe germano Odoacro depuso al último emperador, el adolescente Rómulo Augústulo, y envió las insignias imperiales a Constantinopla. Convencionalmente, esa fecha marca el fin de la Antigüedad y el comienzo de la Edad Media.
Sobre las ruinas del Imperio surgió, a fines del siglo V, el reino ostrogodo de Teodorico, con capital en Rávena, que intentó fundir la tradición romana con el poder germánico. Pero el emperador de Oriente, Justiniano, quiso reconquistar Italia: entre 535 y 553, sus generales Belisario y Narsés libraron la larga y devastadora guerra gótica, que arruinó buena parte de la península y devolvió Italia a la órbita de Constantinopla. El dominio bizantino dejó su joya en Rávena, con los mosaicos dorados de San Vitale y Sant'Apollinare, cumbre del arte de la Antigüedad tardía.
El equilibrio duró poco. En el 568 los lombardos, otro pueblo germánico, invadieron el norte y crearon un reino con capital en Pavía, además de los ducados de Spoleto y Benevento en el centro y el sur. Italia quedó así partida durante siglos: los lombardos en gran parte del interior; los bizantinos en Rávena, Roma, el sur y las islas; y, en medio, el papa de Roma, que empezaba a asumir un poder temporal. Esa fragmentación —lombarda, bizantina y pontificia— fue la matriz de la Italia dividida que perduraría más de mil años.
En medio del vacío de poder que dejó la caída de Roma, el obispo de la ciudad —el papa— fue asumiendo cada vez más autoridad, no solo espiritual sino también política, como protector de la población frente a lombardos y bizantinos. El giro decisivo llegó en el siglo VIII: acosado por los lombardos, el papa Esteban II buscó la protección del rey de los francos, Pipino el Breve, que en 756 derrotó a aquellos y entregó al pontífice un conjunto de territorios en el centro de Italia. Nacía así el Estado Pontificio, un poder temporal que el papa gobernaría como soberano durante más de mil cien años. En el año 800, el papa León III coronó emperador a Carlomagno en Roma, sellando la alianza entre el trono y el altar y fundando lo que sería el Sacro Imperio Romano Germánico.
Durante la Edad Media, el papado fue una potencia política de primer orden, enfrentada a menudo con los emperadores por la supremacía —la célebre querella de las investiduras, con la humillación del emperador Enrique IV ante Gregorio VII en Canossa (1077)—. Esa pugna dividió a las ciudades italianas en güelfos (partidarios del papa) y gibelinos (partidarios del emperador), una fractura que marcó la política de la península durante siglos. El poder de la Iglesia conoció crisis profundas, como el traslado de los papas a Aviñón (1309-1377) y el posterior Cisma de Occidente.
Los Estados Pontificios sobrevivieron a todas las tormentas de la historia italiana y solo desaparecieron con la unificación: en 1860 el nuevo Reino de Italia les arrebató gran parte del territorio, y en 1870 tomó la propia Roma, poniendo fin al poder temporal de los papas. La "cuestión romana" —el conflicto entre el Estado italiano y el papado, que se declaró "prisionero en el Vaticano"— no se resolvió hasta los Pactos de Letrán de 1929, que crearon el minúsculo Estado de la Ciudad del Vaticano, el país más pequeño del mundo y último vestigio de aquel poder milenario.
Mientras el interior de Italia se debatía entre papas y emperadores, en las costas surgieron potencias de otra naturaleza: las repúblicas marítimas, ciudades-Estado que hicieron del comercio y del mar su razón de ser. Aprovechando la debilidad de bizantinos y lombardos, Venecia, Génova, Pisa y Amalfi se lanzaron al Mediterráneo, construyeron flotas formidables y tejieron redes comerciales que unían Europa con Bizancio, el mundo islámico y Oriente. De ellas nació buena parte de la banca, los seguros marítimos, la contabilidad de partida doble y la diplomacia modernas.
Amalfi, en la costa de Campania, fue la primera en brillar, en los siglos IX y X, con sus mercaderes en Constantinopla y El Cairo y su célebre código marítimo. Pisa dominó el Tirreno y llegó a controlar Cerdeña y Córcega, hasta que Génova la aplastó en la batalla naval de la Meloria (1284). Génova, "la Superba", tejió un imperio comercial desde el mar Negro hasta el estrecho de Gibraltar y financió a medio continente; de ella salió Cristóbal Colón. Pero fue Venecia, la Serenísima, la más duradera y poderosa: gobernada por su dux y su oligarquía mercantil, controló el Adriático, colonias en Grecia y el Egeo, y desvió en 1204 la Cuarta Cruzada para saquear la propia Constantinopla, apoderándose de un imperio marítimo que la hizo la ciudad más rica de Europa.
Las repúblicas marítimas encarnaron una Italia próspera, urbana y burguesa, distinta del mundo feudal del norte de Europa. Su rivalidad fue feroz —Venecia y Génova se enfrentaron en guerras que duraron siglos—, pero su legado es inmenso: no solo la riqueza que financió el Renacimiento, sino toda una cultura del comercio, del riesgo y de la ciudad libre que está en la raíz de la Europa moderna. Sus cuatro escudos figuran todavía hoy en la bandera de la Marina italiana.
A partir del siglo XI, aprovechando la lejanía del emperador y la debilidad del papa, las ciudades del centro y norte de Italia se dieron a sí mismas un gobierno autónomo: nacieron las comunas, repúblicas urbanas regidas por cónsules y consejos de ciudadanos, con sus propias leyes, milicias y política exterior. Florencia, Milán, Bolonia, Siena, Pisa, Padua o Génova se convirtieron en Estados independientes de hecho, celosos de sus libertades. Cuando el emperador Federico Barbarroja intentó someterlas, las ciudades lombardas se unieron en la Liga Lombarda y lo derrotaron en la batalla de Legnano (1176), un hito que la Italia del siglo XIX convertiría en símbolo patriótico.
Aquellas comunas fueron laboratorios de una civilización urbana extraordinaria, pero también escenarios de una violencia política crónica: las luchas entre güelfos y gibelinos, entre familias rivales y entre facciones populares y aristocráticas llenaron las ciudades de torres, venganzas y destierros —el más ilustre de los desterrados fue Dante Alighieri, expulsado de Florencia en 1302, que escribió la Divina Comedia en el exilio—. Para poner fin a esas guerras internas, muchas comunas terminaron entregando el poder a un hombre fuerte.
Así, entre los siglos XIII y XV, las repúblicas comunales fueron dando paso a los señoríos: dinastías que se hicieron con el poder personal y hereditario de las ciudades. Los Visconti y luego los Sforza en Milán, los Della Scala (Scaligeri) en Verona, los Este en Ferrara, los Gonzaga en Mantua y, sobre todo, los Medici en Florencia transformaron las viejas comunas en principados. Algunos de esos señores fueron mecenas espléndidos, y bajo su patrocinio, en las cortes y las ciudades italianas, estaba a punto de estallar el mayor florecimiento artístico de la historia de Occidente.
Entre los siglos XV y XVI, Italia dio al mundo el Renacimiento, el renacer del arte y del pensamiento clásicos que cambió para siempre la manera de ver al ser humano y al universo. Su cuna fue Florencia. Enriquecida por la banca y el comercio de la lana, gobernada de hecho por la familia Medici —Cosme el Viejo y, sobre todo, su nieto Lorenzo el Magnífico—, la ciudad se convirtió en un hervidero de genios: Brunelleschi levantó la cúpula del Duomo, la más grande desde la Antigüedad; Masaccio, Botticelli, Donatello y Ghiberti revolucionaron la pintura y la escultura; y un joven llamado Leonardo da Vinci empezaba a asombrar a sus maestros. El humanismo, que recuperaba a los autores griegos y latinos y ponía al hombre en el centro, se irradió desde las academias florentinas a toda Europa.
El foco se desplazó luego a Roma, donde los papas del Renacimiento —Julio II, León X— convirtieron a la Iglesia en el gran mecenas del arte. Miguel Ángel pintó la bóveda de la Capilla Sixtina (1508-1512) y esculpió el Moisés; Rafael decoró las estancias vaticanas; Bramante y luego Miguel Ángel proyectaron la nueva basílica de San Pedro. Venecia, por su parte, desarrolló una escuela propia, deslumbrante en el color y la luz, con Bellini, Giorgione, Tiziano, Tintoretto y Veronese. Fue también la época de Maquiavelo y su Príncipe, de la imprenta veneciana de Aldo Manuzio y de Galileo Galilei, que en Padua y Florencia sentó las bases de la ciencia moderna —y fue por ello condenado por la Inquisición en 1633—.
El Renacimiento fue posible por la riqueza y la competencia entre los Estados italianos, pero esa misma fragmentación fue su perdición política: a partir de 1494 Italia se convirtió en el campo de batalla de las grandes potencias. El saqueo de Roma por las tropas del emperador Carlos V en 1527 —los lansquenetes protestantes profanando la ciudad de los papas— suele señalarse como el fin simbólico del Alto Renacimiento. El esplendor artístico continuó, pero la iniciativa política de Italia se había perdido, y la península entraba en un largo periodo de dominación extranjera.
En 1494 el rey de Francia Carlos VIII invadió Italia para reclamar el reino de Nápoles, y con ello desató las guerras de Italia, medio siglo de conflictos (1494-1559) en que Francia y la España de los Habsburgo se disputaron la península. El resultado fue una aplastante hegemonía española: por la paz de Cateau-Cambrésis (1559), España controlaba directamente Milán, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, y ejercía influencia sobre casi todos los demás Estados. Durante más de un siglo y medio, buena parte de Italia fue una provincia del imperio español, con virreyes en Nápoles, Palermo y Milán.
El relevo lo tomó Austria. Tras la Guerra de Sucesión española (1701-1714), los Habsburgo de Viena reemplazaron a los españoles como potencia dominante: Milán, Nápoles (hasta 1734) y luego la Toscana pasaron a su órbita. El mapa italiano del siglo XVIII quedó repartido entre el Milanesado y la Toscana austríacos, el reino de Nápoles y Sicilia bajo una rama de los Borbones españoles, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la de Génova y el reino de Cerdeña-Piamonte de la Casa de Saboya, único Estado plenamente italiano e independiente.
Pese al dominio extranjero, el siglo XVIII trajo el aire renovador de la Ilustración. En Milán, los hermanos Verri y Cesare Beccaria —cuyo tratado De los delitos y de las penas (1764) fundó el derecho penal moderno y condenó la tortura y la pena de muerte— animaron un ambiente reformista; en Nápoles enseñó el filósofo Giambattista Vico y economistas como Antonio Genovesi; en la Toscana de los Habsburgo-Lorena se abolió, por primera vez en el mundo, la pena de muerte (1786). Cuando la Revolución Francesa y luego Napoleón irrumpieron en Italia (1796), reorganizando la península en repúblicas y reinos satélites, sembraron —junto al expolio y la ocupación— las ideas de nación, constitución y ciudadanía que alimentarían el movimiento por la unidad italiana.
Tras la caída de Napoleón, el Congreso de Viena (1815) restauró en Italia a los viejos soberanos y devolvió el norte al control austríaco. Pero las ideas de libertad y nación ya no podían borrarse. Comenzó entonces el Risorgimento —el "resurgimiento"—, el movimiento por la independencia y la unidad de Italia. Sociedades secretas como los carbonarios protagonizaron levantamientos fracasados en 1820-21 y 1831; el genovés Giuseppe Mazzini, desde el exilio, fundó la Joven Italia y predicó una república italiana unida, inspirando a una generación entera de patriotas. Las revoluciones de 1848 llevaron a la Primera Guerra de Independencia contra Austria, que terminó en derrota, y a episodios heroicos como la efímera República Romana de 1849, defendida por Garibaldi y aplastada por tropas francesas.
La unidad la forjó, finalmente, el reino de Cerdeña-Piamonte. Su primer ministro, el conde Camillo di Cavour, un liberal hábil y pragmático, modernizó el Estado y buscó aliados internacionales: con el apoyo de la Francia de Napoleón III, Piamonte derrotó a Austria en 1859 (Segunda Guerra de Independencia) y anexó Lombardía y, mediante plebiscitos, los ducados centrales y la Toscana. Entonces entró en escena Giuseppe Garibaldi: en 1860, al frente de sus mil voluntarios de camisa roja, desembarcó en Sicilia, derribó al reino borbónico de las Dos Sicilias y entró triunfante en Nápoles, para luego entregar sus conquistas al rey de Piamonte, Víctor Manuel II. El 17 de marzo de 1861, un parlamento reunido en Turín proclamó el Reino de Italia, con Víctor Manuel II como primer rey.
Faltaban dos piezas. El Véneto se incorporó en 1866, tras la Tercera Guerra de Independencia, en el marco de la guerra austro-prusiana. Y Roma, protegida por una guarnición francesa, cayó por fin el 20 de septiembre de 1870: aprovechando que Francia estaba en guerra con Prusia, las tropas italianas abrieron una brecha en la muralla junto a la Porta Pia y entraron en la ciudad, poniendo fin a los Estados Pontificios. Roma fue proclamada capital del reino. Italia estaba, al cabo de trece siglos, unificada; pero, como resumió amargamente uno de sus artífices, "hecha Italia, faltaba hacer a los italianos".
La unidad se hizo bajo el signo del norte: la monarquía, la capital, el ejército, las leyes y los impuestos del nuevo reino se modelaron sobre el Piamonte, y el sur —el antiguo reino de las Dos Sicilias— fue en la práctica anexado más que integrado. El resultado fue la "cuestión meridional" (questione meridionale): un Mezzogiorno empobrecido, con latifundios, analfabetismo y atraso industrial, que se sintió tratado como una colonia interna. En los primeros años tras la unificación estalló en el sur un fenómeno mitad rebelión social, mitad bandolerismo —el brigantaggio— que el Estado reprimió con una guerra feroz que costó miles de vidas. La brecha entre el norte industrial y el sur agrario marcaría la historia italiana hasta hoy.
De esa miseria nació una de las mayores emigraciones de la historia. Entre 1876 y las primeras décadas del siglo XX, más de catorce millones de italianos abandonaron el país, primero del norte y luego, masivamente, del sur —Calabria, Campania, Sicilia, Basilicata—. Fueron a Estados Unidos, a Brasil y, sobre todo, a la Argentina y al Uruguay, que necesitaban brazos para poblar y trabajar la pampa. Se calcula que solo a la Argentina llegaron unos tres millones y medio de italianos, cerca de la mitad de toda la inmigración europea al país.
El impacto en el Río de la Plata fue tan profundo que hoy la mayoría de los argentinos y muchísimos uruguayos tienen ascendencia italiana. De aquella corriente vienen apellidos, gestos y palabras cotidianas: el lunfardo porteño está lleno de italianismos, el "che", la pizza y las pastas de los domingos, la tonada misma del habla rioplatense. Los genoveses fundaron el barrio de La Boca; los napolitanos, calabreses y sicilianos poblaron los conventillos y las fábricas. Para un lector del Río de la Plata, la historia de la emigración italiana no es un capítulo ajeno: es, muy probablemente, la historia de sus propios bisabuelos.
Italia entró en la Primera Guerra Mundial en 1915, del lado de la Entente, con la esperanza de completar la unidad nacional a costa de Austria. Fue una guerra durísima, librada en las montañas del Isonzo y los Alpes, con más de seiscientos mil muertos y el desastre de Caporetto (1917); la victoria final de Vittorio Veneto (1918) le dio Trento y Trieste, pero dejó al país empobrecido, dividido y frustrado por lo que la propaganda llamó la "victoria mutilada". En ese clima de crisis social, huelgas y miedo a la revolución, un antiguo socialista, Benito Mussolini, fundó en 1919 los Fasci di Combattimento, milicias nacionalistas y anticomunistas que sembraron el terror contra sindicatos y partidos de izquierda.
El 28 de octubre de 1922, tras la Marcha sobre Roma, el rey Víctor Manuel III encargó a Mussolini formar gobierno: el fascismo llegaba al poder por la vía legal, respaldado por la violencia. En 1924, el diputado socialista Giacomo Matteotti, que había denunciado en el Parlamento el fraude y la violencia fascistas, fue secuestrado y asesinado por escuadristas; la crisis estuvo a punto de derribar a Mussolini, pero este asumió la responsabilidad política del crimen en enero de 1925 y convirtió el régimen en una dictadura abierta, suprimiendo los partidos, la prensa libre y las libertades. Firmó los Pactos de Letrán con la Iglesia (1929), montó un Estado totalitario y un culto al Duce, y lanzó a Italia a aventuras imperiales: la brutal conquista de Etiopía (1935-36) y la intervención junto a Franco en la Guerra Civil española.
En 1938, imitando a la Alemania nazi con la que se había aliado, el régimen promulgó las leyes raciales, que expulsaron a los judíos italianos de las escuelas, las profesiones y la vida pública y prepararon el terreno para su persecución. En 1940 Mussolini arrastró a Italia a la Segunda Guerra Mundial junto a Hitler, con resultados catastróficos. En julio de 1943, tras el desembarco aliado en Sicilia, el propio régimen lo destituyó; el nuevo gobierno firmó el armisticio en septiembre, pero los alemanes ocuparon el norte y el centro y repusieron a Mussolini al frente de la República Social Italiana, la llamada República de Salò, un Estado títere de los nazis. Bajo la ocupación alemana se deportó a miles de judíos italianos a Auschwitz. Contra los ocupantes y los fascistas se alzó la Resistencia, los partisanos, que combatieron dos años en las montañas y las ciudades. El 25 de abril de 1945 —hoy fiesta nacional de la Liberación— los partisanos y los aliados liberaron el norte; días después, el 28 de abril, Mussolini fue capturado y fusilado mientras intentaba huir. La aventura fascista terminaba en la ruina.
El 2 de junio de 1946, en un referéndum en el que por primera vez votaron las mujeres, los italianos eligieron entre monarquía y república: ganó la república, y la Casa de Saboya, comprometida con el fascismo, marchó al exilio. Una Asamblea Constituyente redactó la Constitución republicana, en vigor desde enero de 1948, una de las más avanzadas de su tiempo. La vida política quedó dominada durante décadas por la Democracia Cristiana, que gobernó de manera casi ininterrumpida enfrentada al Partido Comunista Italiano, el mayor de Occidente, en el marco de la Guerra Fría.
La gran historia de la posguerra fue el "milagro económico": entre finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, Italia se transformó de país agrario y pobre en una de las mayores potencias industriales del mundo. Fiat, Olivetti, Pirelli y la moda y el diseño italianos conquistaron los mercados; millones de meridionales emigraron a las fábricas del norte —Turín, Milán— en una migración interna que reconfiguró el país. El Vespa, el Fiat 600, el cine de Fellini y Antonioni, la dolce vita, fueron los símbolos de aquella Italia que se modernizaba a toda velocidad.
El reverso llegó en los "años de plomo" (fines de los sesenta a comienzos de los ochenta), un periodo de terrorismo político de extrema izquierda y de extrema derecha, con atentados, secuestros y masacres. Las Brigadas Rojas secuestraron y asesinaron en 1978 al líder democristiano Aldo Moro; bombas neofascistas, como la de la estación de Bolonia en 1980 (85 muertos), ensangrentaron el país en el marco de la turbia "estrategia de la tensión". Italia superó aquella prueba sin quebrar su democracia, pero arrastró males persistentes: la corrupción de los partidos, destapada por la operación judicial Mani pulite (1992), que hizo colapsar a toda la clase política de la posguerra, y el poder de las mafias. La Italia contemporánea —fundadora de la Unión Europea, séptima economía mundial, cuna de un patrimonio artístico sin igual— sigue lidiando con el viejo desequilibrio entre norte y sur, con una demografía envejecida y con los debates sobre la memoria del fascismo y la Resistencia que su historia dejó abiertos.
Las 4 historias, una detrás de la otra. Usá los botones de arriba para saltar a la que buscás.
El centro de Italia es el escenario del acontecimiento decisivo de toda su historia: el nacimiento de Roma. Sobre las colinas del Lazio, junto al Tíber, la tradición sitúa la fundación de la ciudad en el 753 a.C. De un puñado de aldeas latinas y sabinas, dominadas primero por reyes etruscos, surgió una república que en cinco siglos conquistó primero el Lacio, luego toda Italia y finalmente el Mediterráneo entero. La región conserva por doquier las huellas de aquel origen: las antiguas ciudades latinas, la Vía Apia, los acueductos que llevaban agua a la capital.
Roma imperial fue la mayor ciudad de la Antigüedad, con cerca de un millón de habitantes, un prodigio urbano de foros, templos, termas y espectáculos. El Coliseo, inaugurado en el año 80, acogía a cincuenta mil espectadores; el Panteón de Adriano sigue coronado por la mayor cúpula de hormigón no armado del mundo; el Foro fue el centro político del Imperio. Cuando el Imperio de Occidente cayó en el 476, Roma quedó reducida a una fracción de su tamaño, pero nunca dejó de ser un símbolo.
El Lazio que rodea a Roma —de los lagos volcánicos de los Castelli Romani a la campiña de las villas imperiales de Tívoli, Villa Adriana y Villa d'Este— fue durante siglos el núcleo del poder de la ciudad, primero como territorio de la Roma antigua y después como corazón de los Estados Pontificios. Recorrerlo es caminar sobre dos mil quinientos años de historia superpuesta, del mundo latino al de los papas.
Tras la caída del Imperio, el obispo de Roma —el papa— fue asumiendo el poder político sobre la ciudad y su entorno. En el siglo VIII, la donación de Pipino el Breve creó los Estados Pontificios, que hicieron del centro de Italia —Lazio, Umbría, las Marcas, la Romaña— un Estado gobernado por el papa durante más de mil cien años. Roma se convirtió en la capital de la cristiandad católica, meta de peregrinos, y en la Edad Moderna, con los papas del Renacimiento y el Barroco, en uno de los grandes centros artísticos del mundo: la basílica de San Pedro, la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, las fuentes y plazas de Bernini.
Ese poder temporal terminó con la unificación. El 20 de septiembre de 1870, las tropas del reino de Italia abrieron una brecha junto a la Porta Pia y entraron en Roma, poniendo fin a los Estados Pontificios. Roma fue proclamada capital de Italia, y el papa se declaró "prisionero en el Vaticano", abriendo la llamada cuestión romana, que no se resolvería hasta los Pactos de Letrán de 1929 y la creación del Estado de la Ciudad del Vaticano.
Como capital del reino y luego de la República, Roma vivió transformaciones profundas: la apertura de nuevas avenidas, el urbanismo monumental del fascismo —que soñaba con una "tercera Roma" imperial y levantó barrios como el EUR—, y la enorme expansión de la posguerra. Hoy conviven en la ciudad el Estado italiano, con el Quirinal y Montecitorio, y el Vaticano, capital espiritual de mil trescientos millones de católicos: dos poderes, el civil y el religioso, herederos ambos de la vieja Roma.
La Toscana debe su nombre a los etruscos, el pueblo más refinado de la Italia preromana, que entre los siglos VIII y IV a.C. desarrolló aquí, entre el Arno y el Tíber, una brillante civilización de ciudades como Volterra, Arezzo, Cortona o Chiusi. De ellos vienen el arte de las tumbas pintadas, la orfebrería, el urbanismo y buena parte de las técnicas que Roma heredó. Tras la conquista romana, la región —la Etruria antigua— se romanizó por completo, y ciudades como Florencia (la Florentia romana) nacieron como colonias.
En la Edad Media, la Toscana se convirtió en una de las regiones más urbanizadas y prósperas de Europa. Sus ciudades se dieron gobiernos comunales autónomos y se enriquecieron con el comercio, la banca y la manufactura de la lana: Florencia, Siena, Pisa, Lucca, Arezzo. El florín de oro florentino, acuñado desde 1252, se convirtió en la moneda de referencia del comercio europeo, y los banqueros toscanos financiaron a reyes y papas de medio continente.
Esa riqueza tuvo su reverso en una intensa rivalidad. Las ciudades toscanas guerrearon entre sí durante siglos —Florencia contra Siena, contra Pisa, contra Lucca— y se desgarraron en luchas internas entre güelfos y gibelinos. De aquellas comunas mercantiles, cultas y turbulentas, y de la competencia entre ellas, saldría el ambiente que hizo posible el mayor de los milagros culturales de la historia: el Renacimiento.
Florencia fue la cuna del Renacimiento. Enriquecida por la banca y el comercio de la lana, la ciudad vivió a lo largo del siglo XV una explosión de creatividad sin igual. Brunelleschi levantó la cúpula del Duomo, la mayor desde la Antigüedad; Ghiberti fundió las puertas del Baptisterio que Miguel Ángel llamó "las puertas del Paraíso"; Donatello y Masaccio revolucionaron la escultura y la pintura; y las academias humanistas recuperaron a los clásicos griegos y latinos, poniendo al ser humano en el centro del pensamiento.
El motor de ese esplendor fue la familia Medici. Banqueros del papa y los hombres más ricos de Europa, los Medici gobernaron Florencia de hecho durante generaciones sin ostentar títulos: Cosme el Viejo y, sobre todo, su nieto Lorenzo el Magnífico (1449-1492) fueron mecenas espléndidos que protegieron a Botticelli, a Leonardo da Vinci y al joven Miguel Ángel. La familia dio además cuatro papas y dos reinas de Francia. Fue también la Florencia de Maquiavelo, cuyo Príncipe fundó la ciencia política moderna, y del predicador Savonarola, que en 1497 encabezó las célebres "hogueras de las vanidades" antes de morir en la pira.
Los Medici convirtieron después la ciudad en capital de un ducado —el Gran Ducado de Toscana— que gobernaron hasta su extinción en 1737, cuando la Toscana pasó a la Casa de Habsburgo-Lorena. Bajo estos ilustrados se abolió por primera vez en el mundo la pena de muerte (1786). El legado artístico de Florencia —los Uffizi, el David, el Ponte Vecchio, los palacios y las iglesias— la convirtió en una de las ciudades más visitadas del planeta y en un museo vivo del genio renacentista.
No toda la Toscana fue Florencia. Durante siglos, Siena fue su gran rival. República próspera gracias a la banca y al comercio, la Siena medieval alcanzó su apogeo en los siglos XIII y XIV, cuando construyó su catedral y su singular Piazza del Campo en forma de concha, sede desde entonces del Palio, la célebre carrera de caballos entre las contrade de la ciudad. En 1260 los sieneses derrotaron a los florentinos en la batalla de Montaperti, pero la peste negra de 1348 —que se llevó a más de la mitad de la población— y la presión de Florencia minaron su fuerza. En 1555, tras un asedio terrible, Siena cayó y fue anexada al dominio florentino, lo que congeló su casco medieval y lo conservó casi intacto hasta hoy.
Pisa, en la costa, fue una de las cuatro grandes repúblicas marítimas. Entre los siglos XI y XIII dominó el mar Tirreno, controló Cerdeña y Córcega y comerció con todo el Mediterráneo; su riqueza levantó el extraordinario conjunto de la Piazza dei Miracoli, con la catedral, el baptisterio y el célebre campanario que empezó a inclinarse ya durante su construcción, la Torre Inclinada. Pero la derrota naval frente a Génova en la batalla de la Meloria (1284) inició su decadencia, y en 1406 Pisa fue conquistada por Florencia.
Ambas ciudades encarnan el destino de la Toscana comunal: repúblicas orgullosas y creativas que terminaron absorbidas por Florencia y su ducado. Pisa aportó además a la historia universal a Galileo Galilei, nacido allí en 1564, padre de la ciencia moderna, del que la leyenda cuenta —probablemente sin fundamento— que experimentó con la caída de los cuerpos desde su torre inclinada. Siena y Pisa, con sus centros históricos declarados Patrimonio de la Humanidad, conservan intacto el esplendor de la Toscana medieval.
Por su posición en el centro del Mediterráneo, Sicilia fue durante tres mil años un cruce de civilizaciones y un premio disputado por todas las potencias. Los primeros grandes protagonistas fueron los griegos: a partir del siglo VIII a.C. fundaron en la isla ciudades espléndidas —Siracusa, Agrigento, Selinunte, Segesta, Gela— que se contaron entre las más ricas del mundo helénico. Siracusa llegó a rivalizar con la propia Atenas, a la que derrotó en el 413 a.C. en un desastroso asedio, y fue patria del mayor científico de la Antigüedad, Arquímedes, muerto durante la toma romana de la ciudad en el 212 a.C.
Junto a los griegos, el occidente de la isla estuvo bajo la influencia de los fenicios y luego de Cartago, y Sicilia fue escenario de las guerras entre griegos y cartagineses. Su enorme riqueza cerealera la convirtió después en el primer botín de la expansión romana: las guerras púnicas comenzaron por Sicilia, que en el 241 a.C. se convirtió en la primera provincia de Roma y en su "granero".
De aquella Sicilia griega quedan algunos de los conjuntos arqueológicos más impresionantes del mundo: el Valle de los Templos de Agrigento, el teatro griego de Siracusa —donde todavía se representan tragedias clásicas—, los templos de Segesta y Selinunte. Patrimonio de la Humanidad, dan testimonio de una época en que la isla fue uno de los focos de la civilización mediterránea, siglos antes de las capas árabe, normanda y española que se superpondrían después.
Tras el dominio romano y bizantino, Sicilia vivió una de sus etapas más brillantes bajo el islam. A partir del 827, los árabes conquistaron progresivamente la isla y la gobernaron durante más de dos siglos, con Palermo como capital: introdujeron nuevos cultivos —los cítricos, la caña de azúcar, el algodón—, técnicas de regadío, un notable desarrollo urbano y una convivencia relativamente tolerante entre musulmanes, cristianos y judíos. Palermo se convirtió en una de las grandes ciudades del Mediterráneo.
En el siglo XI llegaron los normandos: aventureros del norte de Europa que, al mando de Roger de Hauteville, arrebataron la isla a los árabes entre 1061 y 1091. Lejos de destruir el mundo islámico que encontraron, los reyes normandos —culminando en Roger II, coronado rey de Sicilia en 1130— crearon un Estado extraordinario que fundía las tres culturas: árabe, griega bizantina y latina. De aquella síntesis única nacieron joyas como la Capilla Palatina de Palermo, la catedral de Monreale y la de Cefalú, con sus mosaicos dorados bizantinos, sus inscripciones árabes y sus arcos normandos, hoy Patrimonio de la Humanidad.
El reino pasó luego a la dinastía sueva de los Hohenstaufen y alcanzó nuevo esplendor bajo Federico II (siglo XIII), el "stupor mundi", que hizo de Palermo una capital cosmopolita y culta. Aquella Sicilia multicultural, encrucijada de Oriente y Occidente, dejó una impronta imborrable en la lengua, la arquitectura, la cocina y la identidad de la isla, que todavía hoy se reconoce heredera de griegos, árabes y normandos.
Al extinguirse la dinastía sueva, el papa entregó Sicilia a Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia, cuyo gobierno se hizo pronto odioso por los impuestos y los abusos. El 30 de marzo de 1282, en Palermo, un incidente durante las vísperas de Pascua desató una revuelta popular contra los franceses: las Vísperas Sicilianas, una insurrección que en pocos días exterminó a los angevinos de la isla. Los sicilianos ofrecieron la corona a Pedro III de Aragón, y Sicilia quedó así ligada a la Corona de Aragón, iniciando siglos de dominio catalano-aragonés y luego español.
Durante la Edad Moderna, Sicilia fue un reino gobernado por virreyes en nombre de la Corona española, y más tarde, en el siglo XVIII, quedó unida al reino de Nápoles bajo los Borbones, formando el Reino de las Dos Sicilias. Fue una época de dominio feudal, de grandes latifundios y de una nobleza terrateniente poderosa, con una capital brillante y un campo empobrecido, tensión que recorrería la historia de la isla hasta el siglo XX.
El fin del viejo orden llegó con Garibaldi. El 11 de mayo de 1860, con sus mil voluntarios de camisa roja, desembarcó en Marsala; en pocas semanas, con el apoyo de los campesinos sicilianos, derrotó al ejército borbónico —victoria decisiva en Calatafimi— y tomó Palermo. Desde Sicilia, la expedición de los Mil cruzó a Nápoles y derribó el Reino de las Dos Sicilias, incorporando todo el sur al nuevo reino de Italia. Pero la unificación defraudó pronto las esperanzas campesinas: las tierras no se repartieron, y la vieja cuestión social del latifundio, sumada a la debilidad del nuevo Estado, abonó el terreno para el nacimiento de la mafia.
La Cosa Nostra, la mafia siciliana, nació en el siglo XIX en el vacío de poder del campo latifundista, como una red de "hombres de honor" que mediaban entre los grandes propietarios y los campesinos ejerciendo la violencia y la extorsión. Con el tiempo se transformó en una organización criminal jerárquica y secreta, ligada por el vínculo de la omertà —la ley del silencio—, que se infiltró en la economía, la construcción, la política y las instituciones, primero en Sicilia y luego, a través de la emigración, en Estados Unidos. El fascismo la reprimió con dureza, pero resurgió tras la Segunda Guerra Mundial con más fuerza aún.
En las décadas de 1970 y 1980, la mafia alcanzó un poder inmenso con el tráfico de heroína y desató una guerra sangrienta, matando a policías, magistrados, políticos y periodistas que se le enfrentaban. La respuesta del Estado tuvo nombres heroicos: los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, que con el llamado "maxiproceso" de Palermo (1986-1987) lograron condenar a cientos de mafiosos. La venganza fue atroz: el 23 de mayo de 1992, la Cosa Nostra asesinó a Falcone, a su esposa y a su escolta con una brutal bomba en la autopista, en la masacre de Capaci; apenas 57 días después, el 19 de julio de 1992, un coche bomba mató a Borsellino y a cinco de sus escoltas en la via d'Amelio de Palermo.
Aquellos atentados, lejos de doblegar a la sociedad, provocaron una reacción cívica sin precedentes contra la mafia. El Estado endureció la ley, detuvo a los grandes capos —el jefe Salvatore Riina cayó en 1993— y nació un movimiento antimafia que reivindica la memoria de las víctimas y la cultura de la legalidad. Falcone y Borsellino se convirtieron en símbolos nacionales; el aeropuerto de Palermo lleva sus nombres. La lucha contra la mafia, lejos de haber terminado, sigue siendo uno de los grandes desafíos de Sicilia y de toda Italia, y se cuenta hoy con el orgullo de una sociedad que decidió no callar.
Cerdeña, la segunda isla del Mediterráneo, tuvo una historia muy distinta de la de Sicilia y una identidad fuertemente propia. Su época más original y misteriosa es la prehistórica: entre el 1800 y el 500 a.C. floreció la civilización nurágica, que cubrió la isla de miles de nuraghi, imponentes torres tronco-cónicas de piedra seca —se conservan unos siete mil— que no tienen equivalente en el mundo. El conjunto de Su Nuraxi de Barumini es Patrimonio de la Humanidad y testimonio de aquel pueblo enigmático de pastores y guerreros. Después llegaron fenicios, cartagineses, romanos, vándalos y bizantinos.
En la Edad Media, aislada y difícil de gobernar desde fuera, Cerdeña se organizó en cuatro reinos autónomos propios, los judicados (giudicati) —Cagliari, Arborea, Torres y Gallura—, gobernados por jueces soberanos, caso único en Europa. El más resistente fue el de Arborea, cuya juezesa Leonor promulgó a fines del siglo XIV la Carta de Logu, un célebre código de leyes. En 1297, el papa concedió Cerdeña a la Corona de Aragón, que a partir de 1323 fue conquistando la isla; el reino de Arborea resistió durante décadas antes de sucumbir, y Cerdeña quedó incorporada al mundo catalano-aragonés y luego español, del que conserva huellas en la lengua —en Alguer todavía se habla catalán— y en la arquitectura.
En 1720, tras la Guerra de Sucesión española, Cerdeña pasó a la Casa de Saboya, que unió la isla a sus territorios del Piamonte formando el Reino de Cerdeña. Ese reino, con capital efectiva en Turín, sería precisamente el Estado que en el siglo XIX encabezaría el Risorgimento y unificaría Italia bajo Víctor Manuel II. La isla, con su lengua propia —el sardo, la lengua romance más conservadora— y su fuerte sentido identitario, conserva hasta hoy playas de aguas turquesas y calas vírgenes que, junto a la glamorosa Costa Esmeralda desarrollada desde los años sesenta, la han convertido en uno de los destinos más deseados del Mediterráneo.
Venecia nació de la huida: en los siglos V y VI, poblaciones del Véneto que escapaban de las invasiones bárbaras se refugiaron en las islas de una laguna insalubre y, sobre pilotes de madera hincados en el barro, levantaron la ciudad más improbable y magnífica del mundo. Bajo la protección nominal de Bizancio, Venecia se dio pronto un gobierno propio encabezado por el dux, y se lanzó al comercio marítimo. Su alianza y su rivalidad con Constantinopla, su control de las rutas de las especias y de la seda hacia Oriente y su formidable arsenal la convirtieron en la mayor potencia comercial del Mediterráneo.
La República de Venecia —la Serenísima— fue un Estado excepcional por su longevidad y su estabilidad: sobrevivió más de mil años, hasta 1797. Gobernada por una oligarquía de familias mercantiles a través de un complejo sistema de consejos que evitaba la tiranía de un solo hombre, tejió un imperio marítimo (el Stato da Mar) con colonias en Dalmacia, Grecia, Creta y Chipre. En 1204 desvió la Cuarta Cruzada para saquear la propia Constantinopla; de allí trajo los caballos de bronce de San Marcos. Su flota derrotó a los turcos en Lepanto (1571), aunque el avance otomano fue reduciendo poco a poco sus dominios de ultramar.
Venecia fue también un foco cultural deslumbrante: la escuela pictórica de Bellini, Giorgione, Tiziano, Tintoretto y Veronese; la imprenta de Aldo Manuzio; la música de Vivaldi; el teatro de Goldoni; el carnaval. Su decadencia política en el siglo XVIII terminó de golpe cuando Napoleón la conquistó en 1797 y puso fin a la República milenaria, entregándola luego a Austria. Recién con la unificación, en 1866, Venecia y el Véneto se incorporaron a Italia. La ciudad sobre el agua, Patrimonio de la Humanidad, sigue siendo uno de los lugares más asombrosos del planeta.
Antes de caer bajo Venecia, el Véneto tuvo sus propios señores. Verona, ciudad de origen romano —conserva una de las mayores arenas de la Antigüedad, todavía usada para la ópera—, fue un importante centro medieval en la ruta entre Italia y los pasos alpinos. En los siglos XIII y XIV la gobernó la familia Della Scala, los Scaligeri, señores gibelinos que la convirtieron en una potencia regional y en refugio de exiliados: entre ellos, el propio Dante Alighieri, acogido por Cangrande della Scala durante su destierro.
La Verona de los Scaligeri fue una ciudad rica y culta, con sus tumbas monumentales, sus castillos y sus puentes fortificados. Pero su expansión chocó con Venecia, y en 1405 Verona y buena parte del Véneto pasaron al dominio de la Serenísima, bajo la cual permanecieron casi cuatro siglos, hasta la llegada de Napoleón. La ciudad debe además su fama universal a la literatura: aquí ambientó Shakespeare la tragedia de Romeo y Julieta, y aún hoy multitudes visitan el supuesto balcón de Julieta.
Tras la caída de Venecia, Verona y el Véneto quedaron bajo dominio austríaco, del que solo se liberaron en 1866, al incorporarse al reino de Italia. La región vivió después páginas dramáticas: fue frente de la Primera Guerra Mundial —los Alpes vénetos y el Piave— y escenario, en la Segunda, de la ocupación alemana y de la República de Salò, cuyo gobierno títere tenía su sede a orillas del lago de Garda. Hoy el Véneto es una de las regiones más prósperas y visitadas de Italia.
Milán, capital de la Lombardía, fue durante siglos la gran ciudad del norte de Italia. Ya en la Antigüedad tardía fue capital del Imperio de Occidente —aquí Constantino promulgó en 313 el Edicto de Milán que toleró el cristianismo, y aquí predicó san Ambrosio—. Como comuna medieval, Milán encabezó la Liga Lombarda que derrotó al emperador Barbarroja en Legnano (1176), defendiendo las libertades de las ciudades frente al Imperio.
En el siglo XIV, la familia Visconti se hizo con el poder y convirtió Milán en un poderoso ducado que dominó buena parte del norte; a ellos se debe el inicio de la fastuosa catedral gótica, el Duomo. Al extinguirse los Visconti, tomó el relevo un condotiero, Francesco Sforza, que en 1450 fundó una nueva dinastía. La Milán de los Sforza, sobre todo bajo Ludovico el Moro, fue una de las cortes más brillantes del Renacimiento: allí trabajó durante casi veinte años Leonardo da Vinci, que pintó La última cena en el refectorio de Santa Maria delle Grazie y proyectó máquinas, canales y fortificaciones.
Ese esplendor terminó con las guerras de Italia. A partir de 1499, el ducado de Milán se convirtió en el principal botín disputado entre Francia y España; finalmente quedó bajo dominio español y, tras 1714, austríaco. Bajo los Habsburgo, Milán fue un centro de la Ilustración —la de Beccaria y los hermanos Verri— y luego capital del reino napoleónico de Italia. En el siglo XIX encabezó el sentimiento antiaustríaco, con las heroicas Cinco Jornadas de 1848. Ya en la Italia unida, Milán se convirtió en la capital económica, financiera e industrial del país, y hoy es su centro de la moda, el diseño y los negocios.
En la estrecha franja de costa entre el mar y los Apeninos que forma la Liguria se alzó otra de las grandes repúblicas marítimas: Génova, "la Superba". Desde el siglo XI, los genoveses construyeron una potencia comercial y naval que rivalizó con Pisa —a la que derrotó en la Meloria (1284)— y con Venecia, con la que libró guerras durante siglos. El imperio genovés se extendió por el Mediterráneo occidental y, sobre todo, por el mar Negro, con colonias como Caffa, desde donde traían esclavos, grano y las mercancías de la Ruta de la Seda. Los banqueros genoveses financiaron a la Corona española, y de Génova era Cristóbal Colón.
La República de Génova, gobernada como Venecia por una oligarquía mercantil bajo un dux, conoció su esplendor arquitectónico en el siglo XVI con los palacios de los Rolli, hoy Patrimonio de la Humanidad. Aunque perdió peso frente a las potencias atlánticas, sobrevivió como Estado independiente hasta que Napoleón la anexó; el Congreso de Viena la entregó en 1815 al reino de Cerdeña-Piamonte. De Génova, y de la vecina Niza, era el gran héroe del Risorgimento, Giuseppe Garibaldi, y de aquí zarpó en 1860 la expedición de los Mil.
La costa ligur, abrupta y magnífica, alberga uno de los paisajes más célebres de Italia: las Cinque Terre, cinco pueblos de pescadores —Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore— encaramados sobre acantilados y rodeados de viñas en terrazas construidas a lo largo de siglos de trabajo campesino. Aisladas hasta la llegada del ferrocarril, hoy son Patrimonio de la Humanidad y uno de los destinos más fotografiados del país, testimonio de la dura y bella relación de los ligures con el mar y la montaña.
Al pie de los Apeninos, entre la Lombardía y la Toscana, Bolonia es una de las ciudades más singulares de Italia. Sede de la universidad más antigua del mundo occidental, fundada en 1088, es apodada la "docta"; por sus kilómetros de pórticos medievales —hoy Patrimonio de la Humanidad— y su cocina la llaman también la "gorda"; y por su larga tradición política de izquierda, la "roja". Como comuna medieval fue rica y libre; en 1249 sus milicias capturaron nada menos que al rey Enzo, hijo del emperador Federico II. Más tarde pasó a formar parte de los Estados Pontificios, bajo cuyo dominio permaneció hasta la unificación.
Bolonia es la capital de Emilia-Romaña, una región fértil y emprendedora que fue frontera entre el mundo bizantino de Rávena —capital del Imperio de Oriente en Italia, con sus incomparables mosaicos— y el mundo lombardo y pontificio. En el siglo XX, Emilia-Romaña se convirtió en un ejemplo de desarrollo basado en la pequeña y mediana empresa, las cooperativas y la mecánica de precisión: de sus talleres salieron Ferrari, Lamborghini, Maserati y Ducati, la llamada "tierra de los motores".
El norte de Italia en su conjunto —Lombardía, Piamonte, Véneto, Liguria, Emilia— fue el gran protagonista del milagro económico de la posguerra que transformó a Italia en una potencia industrial. El "triángulo industrial" Milán-Turín-Génova, con la Fiat, la Pirelli, la Olivetti y los astilleros, atrajo a millones de emigrantes del sur. Esa prosperidad, junto a la de los distritos industriales del Véneto y Emilia, hizo del norte el motor económico del país y acentuó, como contraste, la vieja brecha con el Mezzogiorno. Bolonia sufrió además, en 1980, el peor atentado de los años de plomo: una bomba neofascista en su estación mató a 85 personas, herida que la ciudad conmemora cada año.
Mucho antes de Roma, el sur de Italia fue tierra griega. A partir del siglo VIII a.C., colonos llegados de Grecia fundaron a lo largo de las costas del sur y de Sicilia decenas de ciudades tan prósperas y cultas que los romanos llamaron a la región Magna Grecia, la "Gran Grecia". En Campania, los griegos de Eubea fundaron hacia el 740 a.C. Cumas, la colonia griega más antigua del continente italiano, célebre por su Sibila, la profetisa que consultaban desde toda la Antigüedad; y más al sur levantaron Paestum, cuyos tres templos dóricos figuran entre los mejor conservados del mundo griego.
De la misma órbita griega nació la ciudad que daría nombre a la región napolitana: hacia el siglo VI a.C., colonos fundaron Parthénope y luego Neápolis, la "ciudad nueva", origen de la actual Nápoles. Durante siglos, estas ciudades helénicas fueron focos de comercio, filosofía y arte, en contacto y en conflicto con los etruscos del norte y con los pueblos itálicos del interior, como los samnitas.
La Magna Grecia dejó una huella profunda en toda la civilización posterior: fue a través de estas colonias como Roma —y con ella Europa entera— asimiló buena parte de la cultura, la mitología, el alfabeto y la filosofía griegas. Los templos de Paestum, la acrópolis de Cumas y los tesoros de los museos de Nápoles y Reggio dan testimonio de aquel mundo brillante que floreció en el sur de Italia siglos antes de que Roma dominara el Mediterráneo.
Con la conquista romana, Campania se convirtió en una de las regiones más ricas y codiciadas de Italia. Su clima, sus tierras fértiles y la belleza del golfo de Nápoles la hicieron el lugar de veraneo predilecto de la aristocracia romana, que llenó la bahía de villas de recreo. En sus laderas prosperaban ciudades comerciales como Pompeya y Herculano, y en el emperador Tiberio la isla de Capri encontró un retiro imperial.
El 24 de octubre —o, según la datación más aceptada hoy, el 24 de agosto— del año 79 d.C., el Vesubio entró en una erupción catastrófica. En pocas horas, una lluvia de cenizas y piedra pómez y luego oleadas de gases ardientes sepultaron Pompeya, Herculano y Estabia, matando a miles de personas. El desastre fue narrado en dos célebres cartas por Plinio el Joven, cuyo tío, el naturalista Plinio el Viejo, murió en el intento de socorrer a la población. Las ciudades quedaron enterradas y olvidadas durante siglos.
Su redescubrimiento y excavación, a partir del siglo XVIII, fue una revelación para el mundo: bajo las cenizas se conservaban calles, casas, tiendas, pinturas, mosaicos y hasta los moldes de los cuerpos de las víctimas, una instantánea única de la vida cotidiana romana. Pompeya y Herculano, Patrimonio de la Humanidad, son hoy los yacimientos arqueológicos más famosos del planeta, y el Vesubio —el único volcán activo de la Europa continental, que amenaza a los tres millones de personas que viven a sus pies— sigue vigilando el golfo de Nápoles.
Tras la caída de Roma, Nápoles fue ducado bizantino y luego ciudad autónoma, hasta que en el siglo XII quedó integrada en el reino normando del sur. A partir de entonces, Nápoles y el sur de Italia peninsular formaron un reino que pasó por muchas manos: los normandos, la dinastía sueva de Federico II —uno de los soberanos más fascinantes de la Edad Media, mecenas y hombre de ciencia—, los angevinos franceses, que hicieron de Nápoles su capital, y luego los aragoneses. Bajo Alfonso V de Aragón, en el siglo XV, Nápoles fue una espléndida corte renacentista.
Durante los siglos XVI y XVII, Nápoles fue capital de un virreinato español y una de las mayores ciudades de Europa, un hervidero populoso y creativo que dio pintores como Caravaggio (que trabajó allí) y Ribera, y que protagonizó episodios como la revuelta popular de Masaniello (1647) contra los impuestos españoles. En 1734 la ciudad recuperó su condición de capital de un reino propio bajo una rama de los Borbones, que impulsaron obras como el inmenso palacio de Caserta, el teatro San Carlo y las primeras excavaciones de Pompeya.
Ese reino, unido a Sicilia, tomó el nombre de Reino de las Dos Sicilias, el mayor de los Estados italianos antes de la unificación. Fue un reino de contrastes: una capital brillante y populosa y un vasto interior atrasado y feudal. En 1860, la expedición de Garibaldi lo derribó en pocas semanas: el desembarco en Sicilia, la marcha hacia el norte y la entrada triunfal en Nápoles pusieron fin a la dinastía borbónica y entregaron todo el sur al nuevo reino de Italia. Para el Mezzogiorno, sin embargo, la unificación no trajo prosperidad, sino el comienzo de la larga "cuestión meridional".
En la abrupta costa al sur del golfo de Nápoles, un pequeño puerto encajado entre montañas y mar fue, en los siglos IX, X y XI, la primera de las grandes repúblicas marítimas de Italia: Amalfi. Antes que Venecia o Génova, los mercaderes amalfitanos surcaban el Mediterráneo comerciando con Bizancio, Egipto y el mundo islámico; tenían colonias en Constantinopla y en Tierra Santa, y a ellos se atribuye la difusión —que no la invención— del uso de la brújula en la navegación mediterránea. Sus Tablas Amalfitanas fueron uno de los primeros códigos de derecho marítimo de Europa.
El esplendor de Amalfi fue tan intenso como breve. En 1073 cayó bajo los normandos, y en el siglo XII fue saqueada por su rival Pisa; un maremoto en 1343 arrasó buena parte del puerto. La república desapareció, absorbida por el reino del sur, y Amalfi quedó reducida a un tranquilo pueblo de pescadores, con su catedral bizantino-normanda como recuerdo de la grandeza perdida.
Esa misma costa escarpada, con sus pueblos colgados sobre el mar —Positano, Amalfi, Ravello—, sus limoneros en terrazas y sus panorámicas vertiginosas, se convirtió en la época moderna en la Costa Amalfitana, uno de los paisajes más celebrados del mundo, refugio de artistas, escritores y viajeros desde el Grand Tour y hoy Patrimonio de la Humanidad. La belleza de la costa oculta la memoria de aquella república que, mil años atrás, fue una de las potencias del Mediterráneo.
La unificación de 1861 fue, para el sur, una anexión más que una integración. El nuevo Estado italiano impuso al Mezzogiorno las leyes, los impuestos y el modelo del norte, desmanteló las escasas industrias borbónicas y reprimió con dureza la resistencia rural del brigantaggio. El resultado fue la "cuestión meridional": una brecha profunda entre un norte que se industrializaba y un sur agrario, empobrecido y dominado por el latifundio, que se sintió tratado como una colonia interna. Ese desequilibrio, nunca del todo cerrado, es una de las claves para entender la Italia contemporánea.
De esa pobreza surgió la gran emigración. Entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, millones de campesinos de Campania, Calabria, Sicilia y Basilicata dejaron sus pueblos rumbo a América. Muchísimos llegaron a la Argentina y al Uruguay: napolitanos, calabreses y sicilianos poblaron los conventillos de Buenos Aires y Montevideo, trabajaron en el puerto, en las fábricas y en el campo, y dejaron en el Río de la Plata su cocina, su música y buena parte del vocabulario cotidiano. Para muchos rioplatenses, el sur de Italia es, literalmente, la tierra de sus abuelos.
Sobre ese trasfondo de debilidad estatal y pobreza arraigó también la camorra, la organización criminal napolitana, una de las mafias italianas junto a la Cosa Nostra siciliana y la 'Ndrangheta calabresa. Nacida en los bajos fondos del siglo XIX, la camorra se infiltró en el comercio, la construcción, el tráfico de residuos y la política, y ensangrentó Nápoles y su provincia con guerras entre clanes. El fenómeno, denunciado con valentía por periodistas y magistrados, sigue siendo una herida abierta del sur; conviene mirarlo sin folclore ni sensacionalismo, como lo que es: un problema criminal y social grave que las instituciones italianas combaten desde hace décadas.