Mucho antes de que Roma fuera algo más que un puñado de aldeas sobre siete colinas, la península itálica ya estaba habitada por pueblos de notable refinamiento. En el centro, entre el Arno y el Tíber, floreció desde el siglo VIII a.C. la civilización de los etruscos, la más avanzada de la Italia antigua. Organizados en una confederación de ciudades-Estado —Tarquinia, Cerveteri, Veyes, Vulci, Chiusi—, los etruscos dominaron la metalurgia, el comercio marítimo y el urbanismo; nos legaron el arco de medio punto, los sistemas de drenaje, la adivinación por las entrañas de los animales y las tumbas pintadas que aún hoy asombran por su vitalidad. Su lengua, escrita en un alfabeto derivado del griego, sigue sin descifrarse del todo. Los primeros reyes de Roma fueron etruscos, y de ellos los romanos tomaron los símbolos del poder, como los fasces —el haz de varas con el hacha— que dos milenios después darían nombre al fascismo.
Según la tradición, Roma fue fundada en el 753 a.C. Tras un periodo de reyes, en el 509 a.C. los romanos expulsaron al último monarca etrusco y fundaron la República, un régimen de cónsules, Senado y asambleas que combinaba el gobierno aristocrático con la participación del pueblo. Durante cinco siglos la República se expandió: sometió a los demás pueblos itálicos, derrotó a Cartago en las tres guerras púnicas (264-146 a.C.) —con Aníbal cruzando los Alpes y Escipión venciendo en Zama—, conquistó Grecia, Hispania, la Galia de la mano de Julio César y buena parte del Mediterráneo, que los romanos llamaron mare nostrum.
El éxito trajo la crisis. Las guerras civiles del siglo I a.C. —Mario contra Sila, César contra Pompeyo, y finalmente Octavio contra Marco Antonio y Cleopatra— desangraron la República. El asesinato de Julio César en los idus de marzo del 44 a.C. no salvó al viejo régimen: su sobrino Octavio venció en Accio (31 a.C.) y en el 27 a.C. recibió el título de Augusto, inaugurando el Imperio. Comenzaba la pax romana, dos siglos de relativa paz y prosperidad en los que el Imperio alcanzó su máxima extensión, del muro de Adriano en Britania al Éufrates, y Roma llegó a albergar un millón de habitantes.
El Imperio dejó una impronta imborrable: el latín, el derecho romano, la red de calzadas y acueductos, el hormigón, la organización administrativa y, desde el siglo I, una nueva religión nacida en Judea, el cristianismo, primero perseguida y luego oficializada por el emperador Constantino con el Edicto de Milán (313) y convertida en religión del Estado por Teodosio (380). En el 395, a la muerte de Teodosio, el Imperio se dividió definitivamente en dos mitades, la de Occidente y la de Oriente, que seguirían caminos separados.
El Imperio de Occidente se derrumbó a lo largo del siglo V bajo la presión de los pueblos germánicos. Roma, que llevaba siglos sin ser tomada, fue saqueada por los visigodos de Alarico en el 410 y por los vándalos de Genserico en el 455, un trauma que resonó en todo el mundo antiguo. El final formal llegó en el 476, cuando el jefe germano Odoacro depuso al último emperador, el adolescente Rómulo Augústulo, y envió las insignias imperiales a Constantinopla. Convencionalmente, esa fecha marca el fin de la Antigüedad y el comienzo de la Edad Media.
Sobre las ruinas del Imperio surgió, a fines del siglo V, el reino ostrogodo de Teodorico, con capital en Rávena, que intentó fundir la tradición romana con el poder germánico. Pero el emperador de Oriente, Justiniano, quiso reconquistar Italia: entre 535 y 553, sus generales Belisario y Narsés libraron la larga y devastadora guerra gótica, que arruinó buena parte de la península y devolvió Italia a la órbita de Constantinopla. El dominio bizantino dejó su joya en Rávena, con los mosaicos dorados de San Vitale y Sant'Apollinare, cumbre del arte de la Antigüedad tardía.
El equilibrio duró poco. En el 568 los lombardos, otro pueblo germánico, invadieron el norte y crearon un reino con capital en Pavía, además de los ducados de Spoleto y Benevento en el centro y el sur. Italia quedó así partida durante siglos: los lombardos en gran parte del interior; los bizantinos en Rávena, Roma, el sur y las islas; y, en medio, el papa de Roma, que empezaba a asumir un poder temporal. Esa fragmentación —lombarda, bizantina y pontificia— fue la matriz de la Italia dividida que perduraría más de mil años.
En medio del vacío de poder que dejó la caída de Roma, el obispo de la ciudad —el papa— fue asumiendo cada vez más autoridad, no solo espiritual sino también política, como protector de la población frente a lombardos y bizantinos. El giro decisivo llegó en el siglo VIII: acosado por los lombardos, el papa Esteban II buscó la protección del rey de los francos, Pipino el Breve, que en 756 derrotó a aquellos y entregó al pontífice un conjunto de territorios en el centro de Italia. Nacía así el Estado Pontificio, un poder temporal que el papa gobernaría como soberano durante más de mil cien años. En el año 800, el papa León III coronó emperador a Carlomagno en Roma, sellando la alianza entre el trono y el altar y fundando lo que sería el Sacro Imperio Romano Germánico.
Durante la Edad Media, el papado fue una potencia política de primer orden, enfrentada a menudo con los emperadores por la supremacía —la célebre querella de las investiduras, con la humillación del emperador Enrique IV ante Gregorio VII en Canossa (1077)—. Esa pugna dividió a las ciudades italianas en güelfos (partidarios del papa) y gibelinos (partidarios del emperador), una fractura que marcó la política de la península durante siglos. El poder de la Iglesia conoció crisis profundas, como el traslado de los papas a Aviñón (1309-1377) y el posterior Cisma de Occidente.
Los Estados Pontificios sobrevivieron a todas las tormentas de la historia italiana y solo desaparecieron con la unificación: en 1860 el nuevo Reino de Italia les arrebató gran parte del territorio, y en 1870 tomó la propia Roma, poniendo fin al poder temporal de los papas. La "cuestión romana" —el conflicto entre el Estado italiano y el papado, que se declaró "prisionero en el Vaticano"— no se resolvió hasta los Pactos de Letrán de 1929, que crearon el minúsculo Estado de la Ciudad del Vaticano, el país más pequeño del mundo y último vestigio de aquel poder milenario.
Mientras el interior de Italia se debatía entre papas y emperadores, en las costas surgieron potencias de otra naturaleza: las repúblicas marítimas, ciudades-Estado que hicieron del comercio y del mar su razón de ser. Aprovechando la debilidad de bizantinos y lombardos, Venecia, Génova, Pisa y Amalfi se lanzaron al Mediterráneo, construyeron flotas formidables y tejieron redes comerciales que unían Europa con Bizancio, el mundo islámico y Oriente. De ellas nació buena parte de la banca, los seguros marítimos, la contabilidad de partida doble y la diplomacia modernas.
Amalfi, en la costa de Campania, fue la primera en brillar, en los siglos IX y X, con sus mercaderes en Constantinopla y El Cairo y su célebre código marítimo. Pisa dominó el Tirreno y llegó a controlar Cerdeña y Córcega, hasta que Génova la aplastó en la batalla naval de la Meloria (1284). Génova, "la Superba", tejió un imperio comercial desde el mar Negro hasta el estrecho de Gibraltar y financió a medio continente; de ella salió Cristóbal Colón. Pero fue Venecia, la Serenísima, la más duradera y poderosa: gobernada por su dux y su oligarquía mercantil, controló el Adriático, colonias en Grecia y el Egeo, y desvió en 1204 la Cuarta Cruzada para saquear la propia Constantinopla, apoderándose de un imperio marítimo que la hizo la ciudad más rica de Europa.
Las repúblicas marítimas encarnaron una Italia próspera, urbana y burguesa, distinta del mundo feudal del norte de Europa. Su rivalidad fue feroz —Venecia y Génova se enfrentaron en guerras que duraron siglos—, pero su legado es inmenso: no solo la riqueza que financió el Renacimiento, sino toda una cultura del comercio, del riesgo y de la ciudad libre que está en la raíz de la Europa moderna. Sus cuatro escudos figuran todavía hoy en la bandera de la Marina italiana.
A partir del siglo XI, aprovechando la lejanía del emperador y la debilidad del papa, las ciudades del centro y norte de Italia se dieron a sí mismas un gobierno autónomo: nacieron las comunas, repúblicas urbanas regidas por cónsules y consejos de ciudadanos, con sus propias leyes, milicias y política exterior. Florencia, Milán, Bolonia, Siena, Pisa, Padua o Génova se convirtieron en Estados independientes de hecho, celosos de sus libertades. Cuando el emperador Federico Barbarroja intentó someterlas, las ciudades lombardas se unieron en la Liga Lombarda y lo derrotaron en la batalla de Legnano (1176), un hito que la Italia del siglo XIX convertiría en símbolo patriótico.
Aquellas comunas fueron laboratorios de una civilización urbana extraordinaria, pero también escenarios de una violencia política crónica: las luchas entre güelfos y gibelinos, entre familias rivales y entre facciones populares y aristocráticas llenaron las ciudades de torres, venganzas y destierros —el más ilustre de los desterrados fue Dante Alighieri, expulsado de Florencia en 1302, que escribió la Divina Comedia en el exilio—. Para poner fin a esas guerras internas, muchas comunas terminaron entregando el poder a un hombre fuerte.
Así, entre los siglos XIII y XV, las repúblicas comunales fueron dando paso a los señoríos: dinastías que se hicieron con el poder personal y hereditario de las ciudades. Los Visconti y luego los Sforza en Milán, los Della Scala (Scaligeri) en Verona, los Este en Ferrara, los Gonzaga en Mantua y, sobre todo, los Medici en Florencia transformaron las viejas comunas en principados. Algunos de esos señores fueron mecenas espléndidos, y bajo su patrocinio, en las cortes y las ciudades italianas, estaba a punto de estallar el mayor florecimiento artístico de la historia de Occidente.
Entre los siglos XV y XVI, Italia dio al mundo el Renacimiento, el renacer del arte y del pensamiento clásicos que cambió para siempre la manera de ver al ser humano y al universo. Su cuna fue Florencia. Enriquecida por la banca y el comercio de la lana, gobernada de hecho por la familia Medici —Cosme el Viejo y, sobre todo, su nieto Lorenzo el Magnífico—, la ciudad se convirtió en un hervidero de genios: Brunelleschi levantó la cúpula del Duomo, la más grande desde la Antigüedad; Masaccio, Botticelli, Donatello y Ghiberti revolucionaron la pintura y la escultura; y un joven llamado Leonardo da Vinci empezaba a asombrar a sus maestros. El humanismo, que recuperaba a los autores griegos y latinos y ponía al hombre en el centro, se irradió desde las academias florentinas a toda Europa.
El foco se desplazó luego a Roma, donde los papas del Renacimiento —Julio II, León X— convirtieron a la Iglesia en el gran mecenas del arte. Miguel Ángel pintó la bóveda de la Capilla Sixtina (1508-1512) y esculpió el Moisés; Rafael decoró las estancias vaticanas; Bramante y luego Miguel Ángel proyectaron la nueva basílica de San Pedro. Venecia, por su parte, desarrolló una escuela propia, deslumbrante en el color y la luz, con Bellini, Giorgione, Tiziano, Tintoretto y Veronese. Fue también la época de Maquiavelo y su Príncipe, de la imprenta veneciana de Aldo Manuzio y de Galileo Galilei, que en Padua y Florencia sentó las bases de la ciencia moderna —y fue por ello condenado por la Inquisición en 1633—.
El Renacimiento fue posible por la riqueza y la competencia entre los Estados italianos, pero esa misma fragmentación fue su perdición política: a partir de 1494 Italia se convirtió en el campo de batalla de las grandes potencias. El saqueo de Roma por las tropas del emperador Carlos V en 1527 —los lansquenetes protestantes profanando la ciudad de los papas— suele señalarse como el fin simbólico del Alto Renacimiento. El esplendor artístico continuó, pero la iniciativa política de Italia se había perdido, y la península entraba en un largo periodo de dominación extranjera.
En 1494 el rey de Francia Carlos VIII invadió Italia para reclamar el reino de Nápoles, y con ello desató las guerras de Italia, medio siglo de conflictos (1494-1559) en que Francia y la España de los Habsburgo se disputaron la península. El resultado fue una aplastante hegemonía española: por la paz de Cateau-Cambrésis (1559), España controlaba directamente Milán, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, y ejercía influencia sobre casi todos los demás Estados. Durante más de un siglo y medio, buena parte de Italia fue una provincia del imperio español, con virreyes en Nápoles, Palermo y Milán.
El relevo lo tomó Austria. Tras la Guerra de Sucesión española (1701-1714), los Habsburgo de Viena reemplazaron a los españoles como potencia dominante: Milán, Nápoles (hasta 1734) y luego la Toscana pasaron a su órbita. El mapa italiano del siglo XVIII quedó repartido entre el Milanesado y la Toscana austríacos, el reino de Nápoles y Sicilia bajo una rama de los Borbones españoles, los Estados Pontificios, la República de Venecia, la de Génova y el reino de Cerdeña-Piamonte de la Casa de Saboya, único Estado plenamente italiano e independiente.
Pese al dominio extranjero, el siglo XVIII trajo el aire renovador de la Ilustración. En Milán, los hermanos Verri y Cesare Beccaria —cuyo tratado De los delitos y de las penas (1764) fundó el derecho penal moderno y condenó la tortura y la pena de muerte— animaron un ambiente reformista; en Nápoles enseñó el filósofo Giambattista Vico y economistas como Antonio Genovesi; en la Toscana de los Habsburgo-Lorena se abolió, por primera vez en el mundo, la pena de muerte (1786). Cuando la Revolución Francesa y luego Napoleón irrumpieron en Italia (1796), reorganizando la península en repúblicas y reinos satélites, sembraron —junto al expolio y la ocupación— las ideas de nación, constitución y ciudadanía que alimentarían el movimiento por la unidad italiana.
Tras la caída de Napoleón, el Congreso de Viena (1815) restauró en Italia a los viejos soberanos y devolvió el norte al control austríaco. Pero las ideas de libertad y nación ya no podían borrarse. Comenzó entonces el Risorgimento —el "resurgimiento"—, el movimiento por la independencia y la unidad de Italia. Sociedades secretas como los carbonarios protagonizaron levantamientos fracasados en 1820-21 y 1831; el genovés Giuseppe Mazzini, desde el exilio, fundó la Joven Italia y predicó una república italiana unida, inspirando a una generación entera de patriotas. Las revoluciones de 1848 llevaron a la Primera Guerra de Independencia contra Austria, que terminó en derrota, y a episodios heroicos como la efímera República Romana de 1849, defendida por Garibaldi y aplastada por tropas francesas.
La unidad la forjó, finalmente, el reino de Cerdeña-Piamonte. Su primer ministro, el conde Camillo di Cavour, un liberal hábil y pragmático, modernizó el Estado y buscó aliados internacionales: con el apoyo de la Francia de Napoleón III, Piamonte derrotó a Austria en 1859 (Segunda Guerra de Independencia) y anexó Lombardía y, mediante plebiscitos, los ducados centrales y la Toscana. Entonces entró en escena Giuseppe Garibaldi: en 1860, al frente de sus mil voluntarios de camisa roja, desembarcó en Sicilia, derribó al reino borbónico de las Dos Sicilias y entró triunfante en Nápoles, para luego entregar sus conquistas al rey de Piamonte, Víctor Manuel II. El 17 de marzo de 1861, un parlamento reunido en Turín proclamó el Reino de Italia, con Víctor Manuel II como primer rey.
Faltaban dos piezas. El Véneto se incorporó en 1866, tras la Tercera Guerra de Independencia, en el marco de la guerra austro-prusiana. Y Roma, protegida por una guarnición francesa, cayó por fin el 20 de septiembre de 1870: aprovechando que Francia estaba en guerra con Prusia, las tropas italianas abrieron una brecha en la muralla junto a la Porta Pia y entraron en la ciudad, poniendo fin a los Estados Pontificios. Roma fue proclamada capital del reino. Italia estaba, al cabo de trece siglos, unificada; pero, como resumió amargamente uno de sus artífices, "hecha Italia, faltaba hacer a los italianos".
La unidad se hizo bajo el signo del norte: la monarquía, la capital, el ejército, las leyes y los impuestos del nuevo reino se modelaron sobre el Piamonte, y el sur —el antiguo reino de las Dos Sicilias— fue en la práctica anexado más que integrado. El resultado fue la "cuestión meridional" (questione meridionale): un Mezzogiorno empobrecido, con latifundios, analfabetismo y atraso industrial, que se sintió tratado como una colonia interna. En los primeros años tras la unificación estalló en el sur un fenómeno mitad rebelión social, mitad bandolerismo —el brigantaggio— que el Estado reprimió con una guerra feroz que costó miles de vidas. La brecha entre el norte industrial y el sur agrario marcaría la historia italiana hasta hoy.
De esa miseria nació una de las mayores emigraciones de la historia. Entre 1876 y las primeras décadas del siglo XX, más de catorce millones de italianos abandonaron el país, primero del norte y luego, masivamente, del sur —Calabria, Campania, Sicilia, Basilicata—. Fueron a Estados Unidos, a Brasil y, sobre todo, a la Argentina y al Uruguay, que necesitaban brazos para poblar y trabajar la pampa. Se calcula que solo a la Argentina llegaron unos tres millones y medio de italianos, cerca de la mitad de toda la inmigración europea al país.
El impacto en el Río de la Plata fue tan profundo que hoy la mayoría de los argentinos y muchísimos uruguayos tienen ascendencia italiana. De aquella corriente vienen apellidos, gestos y palabras cotidianas: el lunfardo porteño está lleno de italianismos, el "che", la pizza y las pastas de los domingos, la tonada misma del habla rioplatense. Los genoveses fundaron el barrio de La Boca; los napolitanos, calabreses y sicilianos poblaron los conventillos y las fábricas. Para un lector del Río de la Plata, la historia de la emigración italiana no es un capítulo ajeno: es, muy probablemente, la historia de sus propios bisabuelos.
Italia entró en la Primera Guerra Mundial en 1915, del lado de la Entente, con la esperanza de completar la unidad nacional a costa de Austria. Fue una guerra durísima, librada en las montañas del Isonzo y los Alpes, con más de seiscientos mil muertos y el desastre de Caporetto (1917); la victoria final de Vittorio Veneto (1918) le dio Trento y Trieste, pero dejó al país empobrecido, dividido y frustrado por lo que la propaganda llamó la "victoria mutilada". En ese clima de crisis social, huelgas y miedo a la revolución, un antiguo socialista, Benito Mussolini, fundó en 1919 los Fasci di Combattimento, milicias nacionalistas y anticomunistas que sembraron el terror contra sindicatos y partidos de izquierda.
El 28 de octubre de 1922, tras la Marcha sobre Roma, el rey Víctor Manuel III encargó a Mussolini formar gobierno: el fascismo llegaba al poder por la vía legal, respaldado por la violencia. En 1924, el diputado socialista Giacomo Matteotti, que había denunciado en el Parlamento el fraude y la violencia fascistas, fue secuestrado y asesinado por escuadristas; la crisis estuvo a punto de derribar a Mussolini, pero este asumió la responsabilidad política del crimen en enero de 1925 y convirtió el régimen en una dictadura abierta, suprimiendo los partidos, la prensa libre y las libertades. Firmó los Pactos de Letrán con la Iglesia (1929), montó un Estado totalitario y un culto al Duce, y lanzó a Italia a aventuras imperiales: la brutal conquista de Etiopía (1935-36) y la intervención junto a Franco en la Guerra Civil española.
En 1938, imitando a la Alemania nazi con la que se había aliado, el régimen promulgó las leyes raciales, que expulsaron a los judíos italianos de las escuelas, las profesiones y la vida pública y prepararon el terreno para su persecución. En 1940 Mussolini arrastró a Italia a la Segunda Guerra Mundial junto a Hitler, con resultados catastróficos. En julio de 1943, tras el desembarco aliado en Sicilia, el propio régimen lo destituyó; el nuevo gobierno firmó el armisticio en septiembre, pero los alemanes ocuparon el norte y el centro y repusieron a Mussolini al frente de la República Social Italiana, la llamada República de Salò, un Estado títere de los nazis. Bajo la ocupación alemana se deportó a miles de judíos italianos a Auschwitz. Contra los ocupantes y los fascistas se alzó la Resistencia, los partisanos, que combatieron dos años en las montañas y las ciudades. El 25 de abril de 1945 —hoy fiesta nacional de la Liberación— los partisanos y los aliados liberaron el norte; días después, el 28 de abril, Mussolini fue capturado y fusilado mientras intentaba huir. La aventura fascista terminaba en la ruina.
El 2 de junio de 1946, en un referéndum en el que por primera vez votaron las mujeres, los italianos eligieron entre monarquía y república: ganó la república, y la Casa de Saboya, comprometida con el fascismo, marchó al exilio. Una Asamblea Constituyente redactó la Constitución republicana, en vigor desde enero de 1948, una de las más avanzadas de su tiempo. La vida política quedó dominada durante décadas por la Democracia Cristiana, que gobernó de manera casi ininterrumpida enfrentada al Partido Comunista Italiano, el mayor de Occidente, en el marco de la Guerra Fría.
La gran historia de la posguerra fue el "milagro económico": entre finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, Italia se transformó de país agrario y pobre en una de las mayores potencias industriales del mundo. Fiat, Olivetti, Pirelli y la moda y el diseño italianos conquistaron los mercados; millones de meridionales emigraron a las fábricas del norte —Turín, Milán— en una migración interna que reconfiguró el país. El Vespa, el Fiat 600, el cine de Fellini y Antonioni, la dolce vita, fueron los símbolos de aquella Italia que se modernizaba a toda velocidad.
El reverso llegó en los "años de plomo" (fines de los sesenta a comienzos de los ochenta), un periodo de terrorismo político de extrema izquierda y de extrema derecha, con atentados, secuestros y masacres. Las Brigadas Rojas secuestraron y asesinaron en 1978 al líder democristiano Aldo Moro; bombas neofascistas, como la de la estación de Bolonia en 1980 (85 muertos), ensangrentaron el país en el marco de la turbia "estrategia de la tensión". Italia superó aquella prueba sin quebrar su democracia, pero arrastró males persistentes: la corrupción de los partidos, destapada por la operación judicial Mani pulite (1992), que hizo colapsar a toda la clase política de la posguerra, y el poder de las mafias. La Italia contemporánea —fundadora de la Unión Europea, séptima economía mundial, cuna de un patrimonio artístico sin igual— sigue lidiando con el viejo desequilibrio entre norte y sur, con una demografía envejecida y con los debates sobre la memoria del fascismo y la Resistencia que su historia dejó abiertos.