Hay pocas imágenes tan instantáneamente reconocibles como la Torre Inclinada de Pisa. Esa silueta blanca de mármol que se desvía de la vertical, desafiando a la gravedad desde hace más de ocho siglos, es uno de esos monumentos que casi todo el mundo ha visto en fotos antes de pisar Italia. Pero quien llega a Pisa descubre que la torre no está sola: forma parte de un conjunto deslumbrante, la Piazza dei Miracoli (la Plaza de los Milagros), donde la catedral, el baptisterio, el camposanto y la propia torre se alzan en mármol blanco sobre un césped verde, en una de las estampas más perfectas de la Edad Media italiana.
Pisa fue mucho más que su torre. Entre los siglos XI y XIII fue una de las cuatro grandes repúblicas marítimas de Italia —junto con Génova, Venecia y Amalfi—, una potencia naval y comercial que dominó el Mediterráneo occidental y acumuló la riqueza con la que levantó esos monumentos. De aquí también es Galileo Galilei, el padre de la ciencia moderna, y todavía hoy la ciudad late al ritmo de su antigua y prestigiosa universidad, llena de estudiantes, bares y vida.
Esta guía recorre Pisa con mirada práctica y cálida: cómo visitar la Piazza dei Miracoli y subir a la torre, qué más ver en el casco histórico más allá del cliché de la foto sosteniendo la torre, cómo llegar desde el aeropuerto o en tren, dónde comer una buena cecina o un plato toscano, y cómo aprovecharla sola o combinada con Lucca y el resto de la Toscana. Vale la pena darle algo más que la media hora de la foto: Pisa tiene una historia y un encanto que sorprenden.
El origen de Pisa se pierde en la antigüedad: hubo un asentamiento etrusco y, sobre todo, una colonia romana que aprovechó su posición junto al Arno, cerca del mar, como puerto. Pero su gran momento llegó en la Edad Media. Entre los siglos XI y XIII, Pisa se convirtió en una de las grandes repúblicas marítimas de Italia, una potencia naval que llegó a dominar buena parte del Mediterráneo occidental, con colonias y rutas comerciales por Cerdeña, Córcega, las Baleares y hasta el norte de África y Tierra Santa. Con la riqueza de ese comercio y de las victorias militares, los pisanos levantaron, a partir de 1063, el extraordinario conjunto de la Piazza dei Miracoli: la catedral, el baptisterio, el camposanto y el famoso campanario, que empezó a inclinarse durante su propia construcción, en 1173, a causa de un suelo blando y arcilloso. El declive de la república llegó con la derrota naval frente a Génova en la batalla de Meloria (1284), un golpe del que Pisa ya no se recuperó. En 1406 cayó bajo el dominio de Florencia, su gran rival toscana, y pasó a ser una ciudad sometida. Bajo los Médici, sin embargo, vivió un renacimiento cultural: en 1564 nació aquí Galileo Galilei, y la Universidad de Pisa se consolidó como uno de los centros de saber más importantes de Italia. Tras siglos como ciudad provincial del Gran Ducado de Toscana y luego de la Italia unificada, Pisa sufrió bombardeos en la Segunda Guerra Mundial, pero la Piazza dei Miracoli sobrevivió. En 1987 la Unesco la declaró Patrimonio Mundial, y entre 1990 y 2001 una compleja obra de ingeniería estabilizó la torre, que dejó de caer y quedó asegurada por siglos. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Los orígenes de Pisa son antiguos y, en parte, brumosos. La tradición y algunas fuentes clásicas le atribuyen una fundación muy remota, e incluso leyendas que la vinculan a colonos griegos. Lo que la arqueología confirma es que en la zona hubo un asentamiento ligado a los etruscos, el pueblo que dominó esta parte de Italia central antes del auge de Roma, y que la posición de Pisa —junto al río Arno, cerca de la desembocadura en el mar Tirreno y en el cruce de rutas— la hizo valiosa como punto portuario y comercial desde muy temprano.
Con la expansión de Roma, Pisa quedó integrada en el mundo romano y, hacia el siglo II a.C., se convirtió en colonia. Bajo Roma fue una ciudad próspera y un puerto militar y comercial de cierta importancia en el Tirreno, conectada por calzadas con el resto de la península. Conviene recordar que, en la antigüedad, Pisa estaba mucho más cerca del mar que hoy: con los siglos, los sedimentos arrastrados por el Arno y el Serchio fueron rellenando la zona y alejando la línea de costa varios kilómetros, de modo que la actual Pisa quedó tierra adentro.
Tras la caída del Imperio romano de Occidente, Pisa atravesó los siglos oscuros de las invasiones y los cambios de dominio (godos, bizantinos, lombardos, francos) como tantas ciudades italianas, conservando siempre su vocación marinera. Esa vocación sería la base de su gran salto en la Edad Media, cuando se convirtió en una de las potencias navales del Mediterráneo.
El gran momento de Pisa llegó en la plena Edad Media. Entre los siglos XI y XIII, Pisa se transformó en una de las cuatro grandes repúblicas marítimas de Italia —junto con Génova, Venecia y Amalfi—, ciudades-estado que basaron su poder y su riqueza en el comercio y el dominio del mar. Pisa llegó a contar con una poderosa flota y a controlar rutas comerciales por todo el Mediterráneo occidental.
Los pisanos establecieron colonias y bases comerciales, dominaron durante un tiempo Cerdeña y Córcega, comerciaron con el norte de África, España, el sur de Italia y el Levante, y participaron activamente en las Cruzadas, lo que les abrió mercados en Tierra Santa. Sus barcos transportaban especias, tejidos, metales y todo tipo de mercaderías, y la ciudad acumuló una fortuna considerable. Esa potencia naval se tradujo también en victorias militares célebres contra los musulmanes, como la toma de bases en el Mediterráneo, que reforzaron su prestigio y su botín.
Fue con esa riqueza con la que Pisa pudo financiar, a partir de 1063, la construcción del extraordinario conjunto monumental de la actual Piazza dei Miracoli: la gran catedral de mármol, el baptisterio, el campanario y, más tarde, el camposanto. El llamado 'románico pisano', con sus fachadas de galerías de columnas superpuestas, nació aquí y se difundió por toda la Toscana. Pisa vivía su edad de oro, en la que era una de las ciudades más ricas e influyentes del Mediterráneo.
El conjunto de la Piazza dei Miracoli (oficialmente Piazza del Duomo) es la obra cumbre de la Pisa medieval y la razón de su fama mundial. Todo empezó en 1063 con la construcción de la catedral de Santa María Asunta, financiada con el botín de las victorias navales pisanas. La catedral, una imponente basílica de mármol blanco y gris con su característica fachada de galerías de columnas, definió el estilo románico pisano. A su lado se levantaron luego el baptisterio (iniciado en 1152), el campanario y, ya en el siglo XIII, el Camposanto Monumentale, el cementerio monumental cuyo suelo, según la leyenda, se cubrió con tierra traída del Gólgota en Tierra Santa.
El protagonista absoluto, sin embargo, es el campanario, la famosa Torre Inclinada. Su construcción comenzó en 1173. Pero cuando apenas se habían levantado los primeros pisos, la torre empezó a hundirse de un lado: el subsuelo de la zona es blando y arcilloso, incapaz de sostener de forma pareja semejante peso. Las obras se interrumpieron durante casi un siglo, en parte por las guerras de Pisa; esa pausa, paradójicamente, salvó la torre, porque permitió que el terreno se asentara y compactara lo suficiente para que no se derrumbara. Cuando se retomó la construcción, los arquitectos intentaron compensar la inclinación levantando los pisos superiores ligeramente torcidos hacia el lado contrario, de modo que la torre tiene en realidad una leve curva, como una banana. Se completó alrededor de 1372.
Durante los siglos siguientes la torre continuó inclinándose poco a poco, convirtiéndose en una rareza célebre. Su inclinación creciente terminaría amenazando con derribarla, lo que en el siglo XX obligaría a una de las operaciones de ingeniería más famosas del mundo para salvarla.
La edad de oro de Pisa no duró para siempre. Su gran rival en el mar era Génova, la otra gran república marítima del Tirreno, y la competencia comercial y naval entre ambas terminó en guerra abierta. El golpe decisivo llegó en 1284, en la batalla naval de Meloria, frente a las costas pisanas: la flota genovesa infligió una derrota catastrófica a la pisana, hundiendo y capturando buena parte de sus barcos y tomando miles de prisioneros. Se dice que tantos pisanos quedaron cautivos en Génova que surgió el dicho de que 'para ver Pisa había que ir a Génova'.
Meloria marcó el principio del fin de Pisa como gran potencia naval. La ciudad perdió el control de sus rutas y colonias, su economía marítima se debilitó y, además, su puerto comenzó a colmarse de sedimentos arrastrados por los ríos, lo que con el tiempo la dejaría alejada del mar y sin su principal fuente de poder. A esto se sumaron las luchas internas y los conflictos con otras ciudades toscanas.
Debilitada, Pisa fue cayendo bajo la órbita de su gran rival terrestre: Florencia. En 1406, tras un asedio, Florencia conquistó Pisa e incorporó la ciudad a sus dominios. Para los orgullosos pisanos fue una humillación, y hubo varios intentos de recuperar la independencia en las décadas siguientes, pero todos fracasaron. Pisa pasó a ser una ciudad sometida, parte primero de la República y luego del Gran Ducado de Toscana gobernado por la poderosa familia Médici. Su época de gloria como república independiente había terminado.
Aunque Pisa había perdido su independencia política, bajo el dominio florentino y especialmente de la familia Médici vivió un notable renacimiento cultural y científico. Los grandes duques de Toscana invirtieron en la ciudad: reorganizaron y potenciaron la antigua Universidad de Pisa (cuyos orígenes se remontan al siglo XIV y que fue refundada y reformada por los Médici), convirtiéndola en uno de los centros de saber más importantes de Italia. Cosme I de Médici, en el siglo XVI, encargó además al artista y arquitecto Giorgio Vasari el rediseño de la Piazza dei Cavalieri como sede de la Orden de los Caballeros de San Esteban, una orden naval y religiosa, dando a la ciudad nuevos edificios renacentistas.
El hijo más ilustre de Pisa nació en este período: Galileo Galilei, considerado el padre de la ciencia moderna, vino al mundo en la ciudad en 1564. Galileo estudió y enseñó en la Universidad de Pisa, y su figura quedó para siempre asociada al lugar, hasta el punto de que el aeropuerto lleva hoy su nombre. Con sus estudios sobre el movimiento, la caída de los cuerpos, el péndulo y, sobre todo, sus observaciones astronómicas con el telescopio, Galileo cambió para siempre la forma en que la humanidad entiende el universo.
Durante los siglos siguientes, Pisa fue una tranquila y prestigiosa ciudad universitaria del Gran Ducado de Toscana, que en el siglo XVIII pasó a la dinastía de los Habsburgo-Lorena. Aunque ya no era una potencia, mantuvo su prestigio cultural y su belleza monumental, esperando un destino que en el siglo XX la convertiría en una de las ciudades más visitadas del mundo.
En la época moderna, Pisa se integró al Reino de Italia con la unificación del país (1861) y siguió siendo una ciudad provincial y universitaria. Su capítulo más dramático del siglo XX llegó con la Segunda Guerra Mundial: en 1944, durante el avance aliado por Italia, Pisa sufrió bombardeos que causaron destrucción en la ciudad. La Piazza dei Miracoli no quedó del todo indemne: un incendio provocado por los combates dañó gravemente el Camposanto Monumentale y sus preciosos frescos medievales, que debieron ser restaurados durante décadas. Por fortuna, los grandes monumentos de mármol —la catedral, el baptisterio y la torre— sobrevivieron.
En 1987, la Unesco reconoció el valor universal del conjunto e inscribió la Piazza del Duomo de Pisa en la lista de Patrimonio Mundial de la Humanidad, consagrando internacionalmente la importancia de este 'campo de los milagros' del arte medieval.
Pero el gran desafío del fin de siglo fue la torre. Su inclinación había seguido creciendo lentamente hasta volverse peligrosa, y en 1990 las autoridades cerraron el campanario al público por riesgo real de colapso. Comenzó entonces una de las operaciones de ingeniería más famosas y delicadas de la historia: un equipo internacional de expertos trabajó durante más de una década, extrayendo cuidadosamente tierra del lado opuesto a la inclinación y usando contrapesos, para conseguir que la torre se enderezara apenas lo necesario y quedara estabilizada, sin perder su característica inclinación (que es, al fin y al cabo, lo que la hace única). En 2001 la torre se reabrió al público, asegurada, según los expertos, por al menos dos siglos. Hoy, paradójicamente, la torre que durante ochocientos años amenazó con caerse es uno de los monumentos más sólidamente cuidados y visitados del planeta.