Hay un momento, al atardecer, en que las paredes de los Dolomitas se ponen rosadas y después rojas, como si la piedra se encendiera desde adentro. Los ladinos lo llaman enrosadira y los alemanes Alpenglühen, y no es un efecto de postal: es la dolomía, la roca de carbonato de calcio y magnesio que forma estas montañas, devolviendo la última luz. Por eso los Dolomitas no se parecen a ningún otro tramo de los Alpes: no son moles de granito sino agujas, torres y murallas verticales que salen de prados verdes sin transición, restos de arrecifes de coral del Triásico levantados tres mil metros por el choque de África contra Europa.
Lo que se visita cabe en una lista corta y muy reconocible: las Tres Cimas de Lavaredo, tres monolitos alineados que son el símbolo del macizo; el Lago di Braies, de agua verde esmeralda al pie de la Croda del Becco; el Alpe di Siusi, la meseta de pastos de altura más extensa de los Alpes; Seceda, con su cresta cortada a cuchillo; Ortisei y la Val Gardena, capital mundial de la escultura en madera; el Passo Sella y el circuito del Sellaronda; y Cortina d'Ampezzo, la reina de las Dolomitas, que en febrero de 2026 fue subsede de los Juegos Olímpicos de invierno.
Esta guía se ocupa de las dos cosas que arruinan viajes por aquí y que casi nadie cuenta antes. Una: los accesos en auto están regulados y cuestan caro —los peajes y las reservas obligatorias, con las cifras oficiales de 2026—. La otra: que no se habla un idioma sino tres, y que los nombres de los lugares cambian según el valle, así que el mapa que descargaste puede no coincidir con el cartel que tenés delante. También verás qué está abierto en cada temporada, y sobre todo qué está cerrado entre una y otra.
Estas montañas fueron, hace unos 250 millones de años, arrecifes de coral de un mar tropical. La roca que quedó lleva el nombre del naturalista francés Déodat de Dolomieu, que a fines del siglo XVIII describió un carbonato doble de calcio y magnesio que no reaccionaba con el ácido como la caliza: la dolomía dio nombre a la roca, y la roca a las montañas. Los valles altos los poblaron pueblos romanizados que conservaron una lengua propia derivada del latín, el ladino, viva todavía en la Val Gardena, la Val Badia, la Val di Fassa, Livinallongo y Ampezzo. Sobre esa base llegaron la colonización bávara y siglos de dominio del Tirol y de los Habsburgo: de ahí viene el alemán. Entre 1915 y 1918 el frente de la Primera Guerra Mundial atravesó estas cumbres: italianos y austrohúngaros pelearon a más de 2.500 metros, excavaron galerías dentro de la roca y una ciudad de hielo bajo el glaciar de la Marmolada, y volaron cimas enteras con minas, como en el Lagazuoi. Muchas vías ferratas de hoy son aquellos caminos de guerra. En 1919 el Tirol del Sur pasó a Italia y el fascismo intentó italianizarlo por decreto. El acuerdo De Gasperi-Gruber de 1946 y el estatuto de autonomía de 1972 devolvieron autogobierno y protección a los tres grupos lingüísticos. El 26 de junio de 2009 los Dolomitas entraron en el Patrimonio Mundial de la UNESCO, como nueve sistemas que suman unas 142.000 hectáreas.
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