La historia registrada de Georgia empieza en el oeste, en la llanura fértil que se abre entre el Cáucaso y el Mar Negro: la Cólquida. Para los griegos antiguos, esta era la tierra del confín del mundo conocido, un reino legendario de riquezas al que Jasón y los argonautas navegaron en busca del vellocino de oro. Detrás del mito hay un fondo real: los colcos eran famosos por su orfebrería, y se cree que la leyenda del vellocino podría reflejar la vieja técnica de usar pieles de oveja para atrapar las partículas de oro que arrastraban los ríos de montaña.
El reino de Cólquida, atestiguado desde alrededor del siglo XIII a. C. y consolidado hacia el siglo VI a. C., fue una de las primeras formaciones estatales del suelo georgiano. Mantuvo intensos contactos con el mundo griego: los milesios fundaron colonias comerciales en su costa, como Fasis (la actual Poti) y Dioscurias (cerca de la actual Sujumi). A través de esos puertos, la Cólquida exportaba lino, cáñamo, cera, madera y metales, e importaba la cultura del Mediterráneo.
Los colcos hablaban una lengua emparentada con el georgiano moderno y son considerados uno de los troncos ancestrales de la nación georgiana. Con el tiempo, la Cólquida quedó bajo la influencia del reino del Ponto y después de Roma, mientras que en el este del país iba surgiendo otro reino que sería aún más decisivo para la formación de Georgia: el de Iberia.
Mientras la Cólquida dominaba el oeste, en las tierras del este centradas en el valle del río Mtkvari (Kura) surgió hacia el siglo IV o III a. C. el reino de Iberia, también llamado Kartli, con su capital en Mtsjeta. Conviene aclarar de entrada una confusión frecuente: esta Iberia caucásica no tiene relación alguna con la península ibérica de España y Portugal; el nombre se lo dieron griegos y romanos, y es pura coincidencia.
La tradición georgiana atribuye la fundación del reino al rey Parnavaz I, a quien también se le acredita, de forma legendaria, la organización del Estado y la promoción del alfabeto georgiano. Iberia se convirtió en el núcleo político y cultural del que nacería Georgia: allí se forjó el nombre local del país, Sakartvelo, la 'tierra de los kartvelianos'.
Ubicada entre dos imperios en pugna, Roma al oeste y Partia y luego la Persia sasánida al este, Iberia aprendió pronto el difícil arte de sobrevivir maniobrando entre potencias. A veces vasalla de Roma, a veces de Persia, supo conservar su dinastía y su carácter. Ese equilibrio precario definiría gran parte de la historia georgiana, y estaba a punto de dar un giro trascendental con la llegada del cristianismo.
Uno de los hechos fundacionales de la identidad georgiana ocurrió en la primera mitad del siglo IV, cuando el reino de Iberia adoptó el cristianismo como religión oficial. Georgia se convirtió así en una de las naciones cristianas más antiguas del mundo, apenas por detrás de Armenia y a la par de los primeros pasos del Imperio romano en esa dirección.
La tradición atribuye la conversión a Santa Nino, una mujer llegada de Capadocia que predicó en Iberia y, según el relato, curó a la reina Nana y luego al rey Mirian III. Se cuenta que el rey, perdido en la oscuridad durante una cacería, invocó al Dios de Nino, recuperó la vista y decidió bautizar a su reino. La conversión oficial se suele datar alrededor del año 337. A Santa Nino se la representa con una cruz hecha de sarmientos de vid atados con su propio cabello, símbolo que une desde el origen dos elementos centrales de Georgia: la fe cristiana y la cultura del vino.
Como corresponde a un relato transmitido por fuentes hagiográficas, la historiografía distingue entre el núcleo verificable —la adopción temprana del cristianismo como religión de Estado, hacia mediados del siglo IV— y los detalles milagrosos, que pertenecen al terreno de la tradición devocional. Lo indiscutible es la consecuencia: la Iglesia georgiana desarrolló su propia liturgia, contribuyó a fijar el alfabeto para traducir las Escrituras y se volvió, a lo largo de los siglos siguientes, el gran refugio de la identidad nacional cuando el Estado desaparecía bajo el dominio extranjero.
Tras siglos de fragmentación, invasiones árabes y luchas internas, Georgia vivió su período de mayor esplendor entre finales del siglo XI y comienzos del XIII, la llamada edad de oro. El artífice de ese renacimiento fue el rey David IV, apodado 'el Constructor' (Aghmashenebeli), que reinó entre 1089 y 1125. David reorganizó el ejército y el Estado, expulsó a los turcos selyúcidas y, en la batalla de Didgori de 1121, aplastó a una coalición musulmana muy superior en número, un triunfo que los georgianos recuerdan como 'la victoria milagrosa'. Al año siguiente recuperó Tiflis y la convirtió en capital del reino unificado.
David fue también un gran mecenas: fundó la academia y el monasterio de Gelati, cerca de Kutaisi, un centro de saber que llegó a llamarse 'la nueva Atenas'. Su obra alcanzó la cumbre bajo su bisnieta, la reina Tamar, que gobernó entre 1184 y 1213 y a quien los cronistas dan el título masculino de 'rey de reyes' en señal de respeto. Fue la primera mujer en gobernar Georgia por derecho propio, sorteó las conspiraciones de la nobleza y extendió la influencia del reino desde el Mar Negro hasta el Caspio, con Estados vasallos a su alrededor.
Bajo Tamar, Georgia fue una potencia regional y un foco cultural de primer orden. Es la época del poeta Shota Rustaveli, autor de 'El caballero en la piel de tigre', el gran poema épico nacional, compuesto hacia el año 1200 y considerado una obra maestra de la literatura medieval. La arquitectura de iglesias, los frescos y la orfebrería florecieron. Aquel apogeo dejó una huella tan honda que la figura de Tamar quedó semilegendaria; la Iglesia la canonizó como santa. Pero el esplendor sería breve: apenas unas décadas después de su muerte, una tormenta llegaría desde el este.
El final de la edad de oro llegó con las oleadas de invasores que arrasaron Asia Central y el Cáucaso en el siglo XIII. Los mongoles aparecieron por primera vez hacia 1220 y, en las décadas siguientes, sometieron a Georgia, que quedó reducida a Estado tributario del Ilkanato. Las cargas fiscales, las levas de soldados y las represalias vaciaron el reino de recursos y provocaron revueltas y desgobierno. Hubo un intento de recuperación bajo el rey Jorge V 'el Brillante', a comienzos del siglo XIV, que logró sacudirse el yugo mongol y reunificar el país por un tiempo.
Ese respiro fue efímero. Entre 1386 y 1403, el conquistador turcomongol Tamerlán (Timur) invadió Georgia hasta ocho veces con una violencia devastadora. Sus campañas dejaron ciudades saqueadas, iglesias destruidas y poblaciones enteras masacradas o deportadas; el reino quedó demográfica y económicamente destrozado. A diferencia de otros pueblos, Georgia no se convirtió al islam ni desapareció, pero salió de esas invasiones profundamente debilitada.
A lo largo del siglo XV, el reino unificado que habían construido David y Tamar se desmoronó de manera definitiva. Hacia 1490 se fragmentó en varios reinos y principados rivales —Kartli, Kajetia e Imericia como los principales, más señoríos como Samtsje— que competían entre sí y buscaban protectores externos. Esa división interna, sumada a la caída de Constantinopla en 1453, que dejó a los georgianos cristianos aislados y rodeados de potencias musulmanas, marcaría los siglos más sombríos de su historia.
Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, la Georgia fragmentada quedó atrapada entre dos imperios musulmanes en expansión: la Persia safávida al este y el Imperio otomano al oeste. En 1555, y de nuevo en 1639, ambas potencias se repartieron formalmente la región por tratado: el occidente georgiano —Imericia, Guria, Adjaria— cayó en la esfera otomana, mientras que el oriente —Kartli y Kajetia— pasó a la órbita persa. Los reyes locales conservaban a menudo el trono, pero como vasallos que pagaban tributo y, en muchos casos, debían convertirse al islam o mandar rehenes a la corte del sha.
Fueron siglos brutales. El sha Abás I de Persia, a comienzos del siglo XVII, respondió a las rebeliones georgianas con campañas de tierra arrasada: se calcula que en Kajetia decenas de miles de personas fueron muertas y otras tantas —cifras que las fuentes sitúan en el orden de los cientos de miles a lo largo de sus deportaciones— fueron llevadas por la fuerza a Persia, donde formaron comunidades georgianas que aún existen. La trata de esclavos hacia los mercados otomanos y persas desangró también a la población. Georgia quedó despoblada, empobrecida y culturalmente cercada.
Aun así, la resistencia no cesó. Reyes como Teimuraz I y, más tarde, Erekle II (Heraclio II) de Kartli-Kajetia, en el siglo XVIII, lograron por momentos reunificar el oriente y defenderlo. Erekle II, un gobernante hábil, consiguió cierta estabilidad e incluso rechazó incursiones, pero comprendió que un pequeño reino cristiano aislado no podía sostenerse solo entre imperios musulmanes. Esa convicción lo empujó a buscar la protección de una potencia cristiana emergente en el norte: la Rusia de los zares.
En 1783, el rey Erekle II firmó con la emperatriz Catalina la Grande el Tratado de Gueórguievsk, por el cual Kartli-Kajetia se ponía bajo protectorado ruso a cambio de garantías de defensa e integridad. La promesa no se cumplió cuando más falta hizo: en 1795, el sha persa Aga Mohammad Khan invadió Georgia y saqueó e incendió Tiflis, masacrando y esclavizando a buena parte de su población, sin que Rusia acudiera a tiempo.
Debilitado el reino, Rusia optó por una solución más drástica que la protección: la absorción. En 1801, el zar Alejandro I abolió el reino de Kartli-Kajetia y lo anexó directamente al Imperio ruso, deponiendo a la dinastía Bagrationi que había reinado durante más de mil años. En las décadas siguientes, Rusia fue incorporando por la fuerza o por tratado el resto de los territorios georgianos —Imericia en 1810, y los demás principados a lo largo del siglo XIX—, completando la anexión de toda Georgia.
El dominio ruso fue ambivalente. Por un lado, trajo paz frente a las incursiones persas y otomanas, cierta modernización, ferrocarriles, la abolición de la servidumbre en 1864-1871 y el crecimiento de Tiflis como gran ciudad cosmopolita del Cáucaso. Por otro, impuso una intensa rusificación: se recortó la autonomía de la Iglesia georgiana, se relegó el idioma en la administración y la enseñanza, y se aplastaron las revueltas campesinas. Esa tensión entre modernización y opresión alimentó, hacia fines del siglo XIX, un fuerte movimiento nacional y, con él, las ideas socialistas que harían de Georgia un semillero de revolucionarios.
El derrumbe del Imperio ruso en la Revolución de 1917 abrió una ventana histórica. Tras un efímero intento de federación transcaucásica junto con Armenia y Azerbaiyán, el 26 de mayo de 1918 Georgia proclamó su independencia y nació la República Democrática de Georgia. Fue un experimento notable: gobernada por los mencheviques (socialdemócratas), aprobó una constitución avanzada para su época, con sufragio femenino, reforma agraria y amplios derechos sociales. Varios países europeos y la propia Rusia soviética reconocieron su independencia; en el Tratado de Moscú de mayo de 1920, la Rusia bolchevique reconoció expresamente la soberanía georgiana.
La independencia duró apenas tres años. En febrero de 1921, el Ejército Rojo invadió Georgia pese a aquel tratado. Tras semanas de combates desiguales, Tiflis cayó el 25 de febrero y el gobierno menchevique se exilió. Georgia fue incorporada a la naciente Unión Soviética.
La resistencia, sin embargo, no se apagó de inmediato. En agosto de 1924 estalló una gran insurrección nacional contra el poder soviético, que fue reprimida con extrema dureza: miles de personas fueron ejecutadas o deportadas en represalia. La breve República de 1918-1921 quedó como un símbolo poderoso para el nacionalismo georgiano, la prueba de que la independencia era posible, y su bandera y su memoria reaparecerían con fuerza siete décadas más tarde.
Durante casi setenta años, Georgia fue una de las repúblicas de la Unión Soviética. La etapa está marcada por una paradoja incómoda: el hombre que llegó a encarnar el poder soviético total, Iósif Stalin, había nacido en la ciudad georgiana de Gori en 1878, con el nombre de Ioseb Dzhugashvili, y se había formado en el seminario ortodoxo de Tiflis. También era georgiano Lavrenti Beria, el temido jefe de la policía secreta. Tratar esto exige sobriedad: que Stalin fuera georgiano no hizo a Georgia un país privilegiado ni menos golpeado por el terror.
Al contrario, Georgia sufrió de lleno la represión estalinista. La colectivización forzada de los años treinta y las Grandes Purgas de 1936-1938 costaron decenas de miles de vidas entre fusilados, deportados y encarcelados, incluida buena parte de la vieja intelligentsia y de los cuadros comunistas locales. En 1956, cuando Nikita Jrushchov denunció los crímenes de Stalin, hubo en Tiflis protestas —en parte de signo nacionalista— que el ejército reprimió a tiros, con decenas de muertos.
La era soviética también trajo, es cierto, industrialización, alfabetización casi universal, urbanización y una red de salud y educación. Georgia gozaba dentro de la URSS de fama de república próspera, de buen clima, buen vino y cierto espíritu emprendedor, con una notable economía informal. Pero el descontento nacional latía bajo la superficie. En 1978, grandes manifestaciones lograron algo insólito: forzaron a Moscú a mantener el georgiano como lengua oficial de la república en su nueva constitución. Ese orgullo idiomático fue una de las chispas que, en los años ochenta, con la perestroika, reavivaría el reclamo de independencia.
La recuperación de la independencia estuvo precedida de tragedia. El 9 de abril de 1989, una manifestación pacífica por la independencia frente al edificio del gobierno en Tiflis fue disuelta por tropas soviéticas con palas de zapador y gas, dejando veinte muertos, en su mayoría mujeres. La fecha, conocida como la 'tragedia del 9 de abril', selló la ruptura con Moscú. El 9 de abril de 1991, exactamente dos años después, Georgia declaró restaurada su independencia, y el nacionalista Zviad Gamsajurdia fue elegido primer presidente.
La transición fue caótica y violenta. El estilo autoritario y errático de Gamsajurdia le enajenó a buena parte de la élite y de los grupos armados. A fines de 1991 estalló un golpe y una guerra civil en las calles de Tiflis que lo derrocó en enero de 1992. En su lugar volvió Eduard Shevardnadze, el ex canciller soviético, que gobernaría la década. Gamsajurdia murió en diciembre de 1993 en circunstancias nunca del todo aclaradas.
A la vez, dos regiones se sublevaron contra el gobierno central con apoyo ruso. En Osetia del Sur, el conflicto de 1991-1992 terminó con un alto el fuego y la región fuera del control de Tiflis. Mucho más sangrienta fue la guerra de Abjasia (1992-1993): las fuerzas separatistas abjasias, con respaldo de milicias del norte del Cáucaso y de sectores rusos, derrotaron al ejército georgiano y expulsaron a la mayoría de la población georgiana de la región. Aquella limpieza étnica provocó unos 250.000 desplazados georgianos y miles de muertos. Georgia entró así en su independencia mutilada de dos territorios y sumida en el empobrecimiento y la corrupción.
Hacia 2003, la Georgia de Shevardnadze estaba estancada, con instituciones corruptas, cortes de luz crónicos y un Estado débil. Las elecciones parlamentarias de noviembre, denunciadas como fraudulentas, desataron protestas masivas. El 22 de noviembre, opositores encabezados por el joven jurista Mijaíl Saakashvili irrumpieron en el Parlamento con rosas en la mano, en señal de que la protesta era pacífica. Shevardnadze renunció al día siguiente sin que corriera la sangre. Fue la 'Revolución de las Rosas', un cambio de régimen sin violencia que dio la vuelta al mundo.
Saakashvili, elegido presidente a comienzos de 2004, encaró reformas profundas: combatió la corrupción menuda, reconstruyó la policía, modernizó la administración y orientó al país con decisión hacia Occidente, la Unión Europea y la OTAN. Ese giro prooccidental y el objetivo declarado de recuperar Abjasia y Osetia del Sur tensaron al máximo la relación con la Rusia de Vladímir Putin.
La crisis estalló en agosto de 2008. Tras semanas de escaramuzas en Osetia del Sur, en la noche del 7 al 8 de agosto Georgia lanzó una ofensiva sobre Tsjinvali, y Rusia respondió con una invasión a gran escala que en cinco días penetró en territorio georgiano indiscutido. La guerra duró del 8 al 12 de agosto; hubo varios centenares de muertos entre ambos bandos y civiles, y decenas de miles de nuevos desplazados. Un alto el fuego negociado por la Unión Europea puso fin a los combates, pero el 26 de agosto Rusia reconoció la independencia de Abjasia y Osetia del Sur y mantuvo tropas allí. La mayoría de la comunidad internacional considera esos territorios parte de Georgia bajo ocupación rusa. La guerra de 2008 dejó a Georgia con cerca de un quinto de su territorio fuera de control y una herida abierta con Moscú.
La Georgia del siglo XXI es un país que salió de la miseria de los años noventa y se reinventó. El turismo se disparó: los viajeros descubrieron Tiflis y su casco antiguo de balcones de madera, las montañas del Cáucaso, los monasterios medievales y una hospitalidad legendaria. El vino, del que Georgia se reivindica cuna con más de ocho mil años de historia, volvió a ser bandera nacional y producto de exportación, con el método tradicional de fermentación en tinajas de barro (qvevri) reconocido por la Unesco como patrimonio inmaterial de la humanidad en 2013.
En política exterior, la orientación europea se consolidó como aspiración mayoritaria: en 2014 Georgia firmó un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, y en diciembre de 2023 obtuvo el estatus de país candidato a la adhesión. La integración con Europa, junto con la voluntad de recuperar Abjasia y Osetia del Sur por vías pacíficas, es una constante del discurso oficial y del sentir de buena parte de la población.
No faltan las tensiones internas. En los últimos años, el gobierno del partido Sueño Georgiano fue acusado de deriva autoritaria y de acercamiento a Moscú; leyes controvertidas, como la de 'agentes extranjeros', desataron grandes protestas ciudadanas de signo proeuropeo, sobre todo desde 2024. Georgia sigue así negociando su rumbo entre la vocación europea de su sociedad y las presiones geopolíticas de su vecino ruso. Con todo, para el viajero se ofrece como uno de los destinos más fascinantes de la encrucijada entre Europa y Asia: un país pequeño, montañoso y milenario, orgulloso de su alfabeto único, su fe antigua, su cocina y su vino.