Batumi es la ciudad más excéntrica y sorprendente de Georgia: un balneario del Mar Negro donde conviven, en pocas cuadras, rascacielos con formas imposibles, un casino dentro de una torre giratoria, una estatua de acero de dos amantes que se atraviesan cada noche, palmeras, playas de piedritas y un casco antiguo de patios tranquilos y balcones de madera. Después de años de olvido soviético, se reinventó a partir de los 2000 como la gran vidriera turística del país, y hoy es una mezcla vibrante y algo kitsch de Riviera, Las Vegas y ciudad caucásica que no se parece a ningún otro lugar de Georgia.
El corazón de la ciudad es el bulevar de Batumi, un paseo marítimo de siete kilómetros lleno de fuentes, esculturas, cafés, jardines y bicicletas, perfecto para caminar al atardecer con el mar de un lado y la ciudad iluminada del otro. Alrededor se despliegan sus íconos: la Torre del Alfabeto que celebra las 33 letras georgianas, la escultura móvil de Alí y Nino, la Plaza de Europa, la Piazza de aire italiano y el teleférico Argo que sube a un mirador con toda la costa a los pies. Y a las afueras, uno de los jardines botánicos más grandes y hermosos del mundo, colgado sobre el Mar Negro.
Pero Batumi es también Adjaria: una región de identidad propia, con siglos de historia bajo el Imperio otomano, una cocina espectacular (acá nació el achma y el famoso khachapuri adjaruli, ese bote de masa con queso, manteca y huevo) y unas montañas verdes y lluviosas llenas de cascadas, puentes de piedra medievales y pueblos con mezquitas de madera. Esta guía te ayuda a moverte por la ciudad, entender qué ver y cuánto cuesta, aprovechar la playa y animarte a subir a la Adjaria alta, para descubrir que detrás del brillo de los casinos hay una tierra vieja, sabrosa y fascinante.
Batumi tiene raíces antiquísimas: en la zona estuvo la colonia griega de Batus y, muy cerca, la fortaleza romana de Apsaros (Gonio), un puesto del Imperio en la frontera del Cáucaso. Durante siglos, Adjaria fue tierra de frontera entre imperios: cayó bajo dominio otomano en el siglo XVII, lo que islamizó a buena parte de sus habitantes, los adjarios, georgianos de fe musulmana. En 1878, tras la guerra ruso-turca, Batumi pasó al Imperio Ruso y vivió un boom espectacular como puerto petrolero: por acá salía el petróleo de Bakú, y aquí trabajó de joven un tal Iósif Stalin, que organizó una célebre huelga en 1902. Fue después un balneario soviético algo decaído, hasta que en el siglo XXI se reinventó como la gran ciudad-espectáculo del turismo georgiano. Toda esa historia de griegos, romanos, otomanos, petróleo y renacimiento está contada en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de que Batumi tuviera rascacielos y casinos, esta franja de costa era el borde de un mundo legendario. La antigua Cólquida —la Georgia occidental de hoy— era, para los griegos, el confín del mundo conocido, una tierra rica en oro adonde Jasón y los argonautas navegaron en busca del vellocino de oro, custodiado por el rey Eetes y su hija, la hechicera Medea. No es casualidad que hoy una estatua de Medea alzando el vellocino presida la Plaza de Europa de Batumi, ni que el teleférico de la ciudad se llame Argo, como el barco de aquella expedición: la ciudad reivindica con orgullo su lugar en uno de los mitos fundadores de Europa.
Detrás de la leyenda hay historia real. Ya en época clásica hubo colonias griegas en esta costa, y una de ellas, Batus (de la palabra griega 'bathys', profundo, por su bahía honda y protegida), dio origen al nombre de Batumi. Pero el gran vestigio antiguo está unos kilómetros al sur, en Gonio: allí los romanos levantaron en el siglo I d.C. la fortaleza de Apsaros, un bastión en la frontera oriental del imperio para vigilar la costa del Ponto Euxino (el Mar Negro) y las rutas hacia el Cáucaso. Sus murallas y torres, reforzadas luego por los bizantinos, todavía se pueden recorrer.
Durante la Antigüedad tardía y la Edad Media, esta región formó parte de los reinos georgianos que se iban formando y unificando: primero la Cólquida y la Iberia caucásica, después el reino de Egrisi-Lázica y, ya plenamente cristiana desde el siglo IV, la Georgia medieval que alcanzaría su esplendor bajo el rey David el Constructor y la reina Tamar en los siglos XI-XIII. De aquella época quedan en la Adjaria de montaña puentes de piedra de un solo arco, elegantísimos, que la tradición atribuye al reinado de Tamar.
El destino de Batumi y de toda Adjaria dio un vuelco en el siglo XVI. Tras el desmoronamiento del poder georgiano unificado, la región quedó disputada entre el Imperio otomano y la Persia safávida, y finalmente cayó bajo control otomano, que se consolidó a lo largo del siglo XVII. Durante casi trescientos años, Adjaria fue una provincia fronteriza del imperio de los sultanes, y esa larga pertenencia dejó una huella profunda y particular: buena parte de sus habitantes, los adjarios —georgianos de lengua y origen— se convirtieron al islam.
Esto hizo de Adjaria un caso único en Georgia: una región de mayoría georgiana pero con una fuerte identidad musulmana, mezquitas de madera talladas en los pueblos de montaña y costumbres marcadas por la vecindad con Anatolia. Todavía hoy Adjaria es la parte más musulmana del país (aunque hoy conviven allí la ortodoxia y el islam), y esa mezcla se nota en la cocina, en la arquitectura y en el carácter cosmopolita de la costa. Batumi, mientras tanto, era en esos siglos poco más que un pueblo portuario y una fortaleza otomana sobre su bahía protegida.
La larga etapa otomana explica también por qué Adjaria tiene una historia algo distinta del resto de Georgia y por qué, cuando volvió a manos cristianas y luego rusas, hubo tensiones y movimientos de población. Esa condición de tierra de frontera entre imperios, credos y culturas —cristianos y musulmanes, georgianos y turcos, oriente y occidente— es una clave para entender el alma mestiza de Batumi, tan bien simbolizada por la escultura de Alí y Nino, el musulmán y la cristiana que se aman sin poder unirse del todo.
El gran cambio llegó en 1878. Tras la guerra ruso-turca de 1877-1878 y el Tratado de Berlín, Adjaria y Batumi pasaron del Imperio otomano al Imperio Ruso. Los rusos convirtieron enseguida a Batumi en un puerto libre y en la salida al Mar Negro de una de las mayores riquezas de la época: el petróleo del mar Caspio. En 1883 se terminó el ferrocarril que unía Bakú (en el actual Azerbaiyán) con Batumi, y poco después un oleoducto: desde este puerto, el petróleo de Bakú se cargaba en barcos rumbo a Europa y al mundo.
El resultado fue un boom espectacular. Batumi se llenó de refinerías, depósitos, bancos y compañías —los Rothschild y los Nobel invirtieron aquí—, y de una población variopinta de georgianos, rusos, armenios, griegos, turcos y europeos. En pocas décadas pasó de villorrio a ciudad cosmopolita y próspera, con teatros, hoteles, un bulevar marítimo (inaugurado en 1881) y edificios elegantes de estilo europeo que todavía dan carácter al centro histórico. Fue la primera 'edad de oro' urbana de Batumi.
Ese mundo industrial tuvo también su cara obrera y conflictiva. Entre las refinerías de Batumi trabajó y militó de joven un revolucionario georgiano llamado Iósif Dzhugashvili, que la historia conocería como Stalin. En 1902 organizó en la ciudad una gran huelga y una manifestación obrera que terminó reprimida a tiros, un episodio que lo marcó y que la propaganda soviética recordaría después. Aquella Batumi de petróleo, dinero y agitación social fue el laboratorio de la ciudad moderna.
El siglo XX fue turbulento para Batumi. Tras la caída del Imperio Ruso en 1917, la ciudad y Adjaria vivieron años de caos: fueron ocupadas brevemente por tropas otomanas y luego británicas, y quedaron en el centro de la disputa por el reparto del Cáucaso tras la Primera Guerra Mundial. En 1921, el Ejército Rojo se hizo con Georgia y la incorporó a la Unión Soviética. Para respetar el carácter particular de Adjaria —georgiana pero de mayoría musulmana—, en 1921 se creó la República Autónoma Socialista Soviética de Adjaria, con Batumi como capital, un estatus de autonomía que la región conserva, transformado, hasta hoy.
Durante la época soviética, Batumi fue a la vez puerto industrial y petrolero y balneario de vacaciones para trabajadores de toda la URSS, que venían a tomar sol en el Mar Negro. Se construyeron sanatorios, se mantuvo el bulevar y se levantó el famoso Jardín Botánico (fundado en 1880 y desarrollado en el siglo XX) como orgullo científico. Pero, más allá del turismo estival, la ciudad fue perdiendo brillo: la infraestructura envejeció y, tras la caída de la URSS en 1991, Georgia se sumió en una crisis profunda.
En los años 90, Adjaria quedó bajo el control casi feudal de un líder local, Aslan Abashidze, que gobernó la región de forma autoritaria y semiindependiente del gobierno central, cobrando por su cuenta los ingresos del puerto y la frontera. Batumi era entonces una ciudad decaída, con edificios ruinosos y economía informal. Esa etapa terminó en 2004, cuando, tras la Revolución de las Rosas en Tiflis, el nuevo gobierno georgiano forzó la caída de Abashidze y devolvió Adjaria al control del Estado, abriendo la puerta a la gran transformación que vendría después.
La Batumi que hoy deslumbra a los visitantes nació prácticamente en los últimos veinte años. Tras recuperar el control de Adjaria en 2004, el gobierno georgiano apostó fuerte por convertir a Batumi en la gran vidriera turística del país y en un polo de inversión. A partir de 2007-2010 se lanzó una ola de construcción espectacular: torres de vidrio con formas atrevidas, hoteles de cadenas internacionales, casinos (aprovechando que el juego está prohibido en la vecina Turquía), un bulevar renovado y una colección de monumentos y edificios llamativos, algunos firmados por arquitectos internacionales.
De esa fiebre salieron los íconos actuales: la Torre del Alfabeto (2011) que celebra la escritura georgiana, la escultura móvil de Alí y Nino (2010), la Plaza de Europa con su estatua de Medea, la Piazza de aire italiano, el teleférico Argo, las Fuentes Danzantes y un skyline futurista que le valió a la ciudad apodos como 'el Dubái del Mar Negro' o 'la Las Vegas georgiana'. El contraste entre esos rascacielos y el viejo casco de balcones de madera y edificios del boom petrolero es una de las señas de identidad de la Batumi de hoy.
El turismo se disparó: la ciudad recibe cada verano a multitudes de Georgia, Turquía, Azerbaiyán, Armenia, Rusia, Israel, Ucrania y de toda Europa, atraídas por la playa, los casinos, la vida nocturna y los precios accesibles. Ese crecimiento vertiginoso también trae debates —urbanismo caótico, especulación, tensión entre el brillo turístico y la Adjaria tradicional y musulmana del interior—, pero es innegable que Batumi renació. De colonia griega a fortaleza romana, de provincia otomana a puerto petrolero, de balneario soviético a ciudad-espectáculo, Batumi lleva dos mil años reinventándose sobre la misma bahía profunda del Mar Negro. Y para el viajero, esa mezcla de mito, historia y kitsch contemporáneo es justamente lo que la hace irresistible.