Pocas capitales del mundo condensan tanto poder, historia y escala como Pekín. Durante más de siete siglos fue el corazón del imperio más poblado de la Tierra, la ciudad desde la que los emperadores 'Hijos del Cielo' gobernaban 'todo bajo el cielo'. Hoy sigue siendo el centro de gravedad de China: el lugar donde conviven la Ciudad Prohibida y sus tejados dorados, la inmensa plaza de Tiananmén, los templos de altar circular, los callejones de casas de patio (los hutongs) y, a pocas horas, la Gran Muralla trepando por las montañas. Caminar Pekín es viajar por la China imperial, la revolucionaria y la superpotencia del siglo XXI, muchas veces en la misma cuadra.
Pero Pekín no es solo monumentos: es una ciudad vibrante, moderna y sorprendentemente cómoda de recorrer. Tiene uno de los mejores metros del mundo, una gastronomía que va del legendario pato laqueado a la comida callejera de los mercados, barrios de arte contemporáneo en viejas fábricas, casas de té centenarias y una energía de capital que no se detiene. Es también una ciudad de contrastes: rascacielos junto a templos, autos eléctricos silenciosos junto a triciclos, y una vida cotidiana que al viajero occidental le resulta a la vez fascinante y desconcertante.
Esta guía recorre lo esencial de Pekín con mirada práctica y cálida: cómo organizar la visita a la Gran Muralla y a la Ciudad Prohibida (que exigen reservar con pasaporte y anticipación), qué ver sin agotarse, cómo moverse en metro, cómo pagar con el celular y qué necesitás saber sobre la VPN y el idioma antes de llegar. Pekín puede abrumar al principio por su tamaño y por la barrera idiomática, pero con un poco de preparación regala algunos de los días más impresionantes de cualquier viaje por Asia.
Aunque hubo asentamientos en la zona desde hace más de tres mil años (la ciudad de Ji, y más tarde Yanjing), Pekín ganó protagonismo cuando el mongol Kublai Kan, nieto de Gengis Kan, la convirtió en Dadu, capital de la dinastía Yuan, a fines del siglo XIII; el propio Marco Polo la describió deslumbrado. Con la dinastía Ming, el emperador Yongle trasladó allí la capital a comienzos del siglo XV y mandó construir la Ciudad Prohibida, el Templo del Cielo y buena parte de la muralla que hoy conocemos. Bajo la dinastía Qing, de origen manchú, Pekín alcanzó su apogeo imperial con emperadores como Kangxi y Qianlong, y se levantaron los grandes palacios de verano. El siglo XIX y comienzos del XX fueron de humillación y decadencia: las Guerras del Opio, el saqueo del Antiguo Palacio de Verano por tropas anglofrancesas en 1860 y la rebelión de los bóxers. En 1912 cayó el último emperador, el niño Puyi. El 1 de octubre de 1949, Mao Zedong proclamó la República Popular China desde la Puerta de Tiananmén, y Pekín volvió a ser capital. Desde entonces la ciudad se transformó por completo: se derribaron murallas y hutongs, se construyeron avenidas y rascacielos, y con los Juegos Olímpicos de 2008 Pekín se presentó al mundo como capital de una nueva potencia global. La historia completa, de Kublai Kan a hoy, está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El corazón histórico del país, cuna de la civilización a orillas del Río Amarillo: las capitales imperiales, la Gran Muralla, las grutas budistas y la ciudad amurallada Ming de Pingyao.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de convertirse en la capital del mayor imperio de Asia, el lugar donde hoy se levanta Pekín era una encrucijada estratégica en el borde de la gran llanura del norte de China, allí donde el terreno fértil se topa con las montañas y con las estepas de los pueblos nómadas. Los primeros asentamientos importantes se remontan a más de tres mil años: durante la dinastía Zhou existió la ciudad de Ji, capital del pequeño reino de Yan, uno de los estados que se disputaban China antes de la unificación imperial en el siglo III a.C. De aquel reino de Yan deriva uno de los nombres poéticos de la ciudad, Yanjing, la 'capital de Yan'.
Durante más de un milenio, la ciudad fue una plaza militar y comercial de segundo orden, importante por su posición: era la puerta entre el mundo chino agrícola del sur y el mundo nómada del norte, y por sus cercanías pasaban las rutas que llevaban hacia Manchuria y Mongolia. Los pasos de montaña próximos —los mismos que siglos después vigilaría la Gran Muralla— la convertían en un punto de defensa clave frente a las incursiones de los pueblos de la estepa.
A partir del siglo X, la ciudad empezó a ganar rango cuando pueblos venidos del norte tomaron el control de la región. Los kitán de la dinastía Liao la hicieron una de sus capitales secundarias, y más tarde los yurchen de la dinastía Jin la convirtieron en Zhongdu, la 'capital central', dotándola de murallas y palacios. Esa creciente importancia bajo dinastías de origen nómada anticipaba lo que vendría: Pekín estaba destinada a ser la capital desde la que los conquistadores del norte gobernarían toda China.
El gran salto en la historia de Pekín llegó con los mongoles. Tras las conquistas de Gengis Kan, su nieto Kublai Kan completó la conquista de China y fundó la dinastía Yuan (1271-1368), la primera dinastía de origen extranjero que gobernó toda China. Kublai eligió el emplazamiento de Pekín para levantar una capital enteramente nueva, a la que llamó Dadu (la 'gran capital'; Khanbaliq, la 'ciudad del kan', para los mongoles). Fue una decisión trascendental: por primera vez, el centro del poder de China se trasladaba al norte, cerca de las estepas de donde venían sus nuevos amos.
Dadu fue una ciudad planificada según los principios cosmológicos chinos, con un trazado regular de calles en cuadrícula orientadas a los puntos cardinales, murallas de tierra apisonada, grandes avenidas y un palacio imperial rodeado de lagos. Ese trazado ordenado, con su eje norte-sur, es el esqueleto sobre el que crecería el Pekín de los siglos siguientes; muchas de las calles y los lagos del centro actual siguen aquel diseño mongol. La ciudad se convirtió en el extremo oriental de un imperio que se extendía por media Asia, y por ella pasaban las rutas comerciales de la Ruta de la Seda.
Fue en esta época cuando, según su famoso relato, el veneciano Marco Polo habría visitado la corte de Kublai Kan y quedado deslumbrado por la riqueza y el tamaño de la ciudad, que describió como superior a cualquier urbe europea. Más allá de las dudas sobre su viaje, el testimonio refleja el prestigio que Dadu tenía en el mundo medieval. La dinastía Yuan, sin embargo, duró menos de un siglo: las rebeliones, las hambrunas y las luchas internas la debilitaron, y en 1368 un levantamiento popular chino la derrocó y fundó una nueva dinastía nativa, la Ming.
La dinastía Ming (1368-1644) instaló al principio su capital en Nankín, en el sur, pero fue el tercer emperador Ming, Yongle, quien devolvió a Pekín su papel de centro del imperio y le dio la forma monumental que en gran medida conserva hoy. Entre 1406 y 1420, Yongle movilizó a cientos de miles de obreros para reconstruir la ciudad y levantar sus grandes monumentos: la Ciudad Prohibida, el inmenso palacio imperial de tejados dorados donde vivirían los emperadores durante los cinco siglos siguientes; el Templo del Cielo, donde el 'Hijo del Cielo' oficiaba los ritos por las buenas cosechas; y las murallas que definieron el trazado de la capital. El nombre 'Beijing', la 'capital del norte', se consolidó en esta época en contraposición a Nankín, la 'capital del sur'.
El Pekín Ming se organizaba en un sistema de ciudades concéntricas y ejes rituales: en el corazón, la Ciudad Prohibida, prohibida al pueblo; alrededor, la Ciudad Imperial; luego la Ciudad Interior o tártara y la Ciudad Exterior o china, cada una con sus murallas y sus puertas. Todo estaba dispuesto según un orden cósmico y jerárquico riguroso, con el gran eje norte-sur que atravesaba la ciudad de punta a punta pasando por el trono del emperador. Era una de las mayores y más pobladas ciudades del mundo.
Los Ming también fueron los grandes constructores de la Gran Muralla tal como la conocemos: los tramos de ladrillo y piedra con torres de vigilancia que hoy visitan los turistas cerca de Pekín (Badaling, Mutianyu, Jinshanling) datan sobre todo de esta dinastía, que reforzó la frontera norte para defenderse de los mongoles. Pese a su esplendor, la dinastía se fue debilitando por las crisis económicas, las revueltas campesinas y la presión de los manchúes del noreste. En 1644, un ejército rebelde tomó Pekín y el último emperador Ming se ahorcó en la colina de Jingshan, justo detrás de la Ciudad Prohibida; poco después, los manchúes entraban en la ciudad y fundaban una nueva dinastía.
Los manchúes, un pueblo del noreste de China, fundaron la dinastía Qing (1644-1912), la última dinastía imperial, y mantuvieron a Pekín como capital. Bajo los emperadores Kangxi y Qianlong, en los siglos XVII y XVIII, el imperio alcanzó su máxima extensión y una época de esplendor cultural y prosperidad. Se ampliaron los palacios, se construyeron los grandes jardines imperiales de las afueras —entre ellos el Antiguo Palacio de Verano (Yuanmingyuan) y el actual Palacio de Verano (Yiheyuan)— y Pekín se llenó de templos, lamaserías y residencias nobles. La corte Qing, aunque manchú, adoptó la cultura y la administración chinas, y la ciudad vivió uno de sus momentos más brillantes.
El siglo XIX, en cambio, fue de decadencia y humillación. La derrota de China frente a las potencias occidentales en las Guerras del Opio abrió el país a la injerencia extranjera. En 1860, durante la Segunda Guerra del Opio, tropas británicas y francesas entraron en Pekín y saquearon e incendiaron el Antiguo Palacio de Verano, un acto de destrucción cultural cuyas ruinas todavía se conservan como memoria de aquella afrenta. A fines de siglo, la poderosa emperatriz viuda Cixi gobernó de facto durante décadas, resistiéndose a las reformas mientras el imperio se descomponía.
En 1900, el estallido antioccidental y anticristiano de la rebelión de los bóxers llevó al asedio del barrio de las legaciones extranjeras en Pekín; una coalición de ocho potencias tomó la ciudad, la saqueó de nuevo e impuso a China una durísima indemnización. La dinastía, desprestigiada, no pudo sobrevivir mucho más. La revolución de 1911 acabó con más de dos mil años de imperio: en 1912 abdicó el último emperador, un niño llamado Puyi, que seguiría viviendo un tiempo dentro de la Ciudad Prohibida antes de ser expulsado. Terminaba la China imperial.
Con la caída del imperio, Pekín se convirtió en capital de la nueva República de China, pero el país entró en un largo período de caos. En la ciudad, el Movimiento del Cuatro de Mayo de 1919 —una protesta estudiantil en la plaza de Tiananmén contra las cláusulas del Tratado de Versalles que cedían territorios chinos a Japón— marcó el nacimiento del nacionalismo moderno y la política de masas en China; de aquel fermento intelectual surgirían tanto el nacionalismo del Kuomintang como el comunismo chino. Durante la etapa de los 'señores de la guerra' que se disputaron el poder, la capital cambió de manos varias veces.
En 1928, el gobierno nacionalista del Kuomintang trasladó la capital a Nankín y rebautizó la ciudad como Beiping ('paz del norte'), quitándole el rango de capital. Poco después llegó la tragedia de la invasión japonesa: en 1937, tras un incidente en el puente de Marco Polo (Lugouqiao), a las afueras de la ciudad, estalló la guerra abierta entre China y Japón, y Pekín quedó bajo ocupación japonesa durante ocho años, hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945.
Apenas terminada la guerra contra Japón, se reanudó la guerra civil entre los nacionalistas del Kuomintang y los comunistas de Mao Zedong. En enero de 1949, las tropas comunistas entraron pacíficamente en la ciudad, que se rindió sin combatir, preservando así su patrimonio. El desenlace estaba cerca: el Partido Comunista había ganado la guerra y se disponía a refundar el país tomando de nuevo a Pekín como su capital.
El 1 de octubre de 1949, desde lo alto de la Puerta de Tiananmén, Mao Zedong proclamó ante una multitud la fundación de la República Popular China. La ciudad recuperó su nombre y su rango de capital, y se convirtió en el centro de un Estado que transformaría radicalmente el país. Los primeros años trajeron enormes cambios urbanos: se derribaron gran parte de las murallas históricas y muchos hutongs para abrir grandes avenidas, y la plaza de Tiananmén se amplió hasta convertirse en un inmenso espacio para las concentraciones de masas, flanqueado por edificios monumentales de estilo soviético como el Gran Salón del Pueblo.
Pekín fue el escenario central de los grandes convulsiones de la era maoísta: el Gran Salto Adelante y, sobre todo, la Revolución Cultural (1966-1976), que empezó con las movilizaciones de los Guardias Rojos en la capital y dejó una profunda huella de destrucción cultural y violencia política. Tras la muerte de Mao en 1976, las reformas de apertura económica de Deng Xiaoping cambiaron el rumbo del país. En 1989, la plaza de Tiananmén volvió a ser el foco de la atención mundial durante las protestas estudiantiles a favor de reformas democráticas, que terminaron con una dura represión militar en junio de ese año, un episodio que sigue siendo censurado dentro de China y muy presente en la memoria internacional.
En las décadas siguientes, Pekín se transformó a una velocidad vertiginosa al ritmo del auge económico chino: se levantaron bosques de rascacielos, anillos de autopistas, un metro gigantesco y arquitectura espectacular. Los Juegos Olímpicos de 2008, con el estadio del Nido de Pájaro, fueron la gran presentación de la nueva China ante el mundo, y en 2022 la ciudad acogió también los Juegos de Invierno, siendo la primera en organizar ambos. Hoy Pekín es la capital de la segunda potencia mundial, una megaciudad de más de 21 millones de habitantes donde conviven la Ciudad Prohibida y los rascacielos, el poder político de un Estado que aspira a liderar el siglo XXI y el peso de una historia de más de tres mil años.