Ninguna ciudad de China mira tanto al futuro como Shanghái. Al caer la tarde, cuando se encienden las luces de los rascacielos de Pudong y se reflejan en el río Huangpu, uno tiene la sensación de estar en el decorado de una película de ciencia ficción: la Torre de Shanghái retorciéndose hacia el cielo, la Perla de Oriente con sus esferas rosadas, el Jin Mao iluminado. Y sin embargo, girando 180 grados, en la otra orilla se alinean los edificios señoriales del Bund, con sus fachadas de banco europeo de los años veinte. Ese contraste entre el Shanghái colonial y el Shanghái del siglo XXI, separados apenas por un río, es la esencia de la ciudad.
Shanghái no tiene la carga imperial de Pekín ni los monumentos milenarios de Xi'an, pero tiene algo que ninguna otra ciudad china ofrece: una energía urbana vertiginosa, moderna y cosmopolita, mezclada con rincones de nostalgia. Es la China de los cafés de la Concesión Francesa a la sombra de los plátanos, de los callejones (los lilong) donde cuelga la ropa entre edificios art déco, del jardín clásico de Yuyuan escondido en la Ciudad Vieja, de los mercados de comida y las casas de té. Y es también la China de las tiendas de lujo, las galerías de arte contemporáneo y una vida nocturna que no se detiene.
Esta guía recorre lo mejor de Shanghái con mirada práctica: cómo organizar los días entre el Bund y Pudong, qué ver en la Ciudad Vieja y las concesiones, cómo aprovechar el metro más grande del mundo, cómo pagar con el celular y qué necesitás saber sobre la VPN antes de llegar. Shanghái es la puerta de entrada más cómoda a China para muchos viajeros: moderna, comunicada y sorprendentemente fácil de recorrer, además de una base perfecta para conocer las joyas del delta del Yangtsé como Suzhou y Hangzhou.
Aunque hubo pescadores y una pequeña villa amurallada desde hace siglos, Shanghái era un puerto secundario hasta que la Primera Guerra del Opio y el Tratado de Nankín de 1842 la abrieron por la fuerza al comercio extranjero. En pocas décadas se convirtió en el gran puerto de China y en una ciudad partida en concesiones: la británica y estadounidense (unidas en el Asentamiento Internacional) y la francesa, cada una con sus propias leyes, su policía y su arquitectura. A comienzos del siglo XX, Shanghái era el 'París de Oriente' y la 'puta de Asia': una metrópolis de banqueros, gánsteres, revolucionarios y refugiados, donde en 1921 se fundó clandestinamente el Partido Comunista Chino. La ocupación japonesa, la Segunda Guerra Mundial y la llegada del comunismo en 1949 apagaron ese esplendor cosmopolita durante décadas. Recién con las reformas de Deng Xiaoping y, sobre todo, con el desarrollo del nuevo distrito de Pudong desde los años noventa, Shanghái renació como capital financiera de la nueva China. La historia completa, del pueblo de pescadores al 'París de Oriente' y a la megaciudad global, está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El motor económico de China desde hace mil años: el delta fértil del Yangtsé, con la Hangzhou de los Song, la Suzhou de la seda y los jardines, y la Shanghái de las concesiones y los rascacielos.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Cuesta imaginarlo hoy, contemplando el bosque de rascacielos de Pudong, pero durante casi toda su historia Shanghái fue un lugar sin importancia. La región del delta del Yangtsé, donde el gran río se derrama en el mar, estuvo habitada desde tiempos remotos, pero el asentamiento que daría origen a la ciudad no aparece con claridad hasta la Edad Media. El propio nombre, Shanghái ('sobre el mar'), se documenta a partir del siglo XI, cuando en la zona existía una modesta aldea de pescadores y comerciantes junto al río Huangpu, un afluente del Yangtsé.
Durante las dinastías Song y Yuan, la localidad fue creciendo como puerto fluvial gracias al comercio de algodón y textiles, y en 1292, bajo la dinastía Yuan, obtuvo el rango administrativo de ciudad. Aun así, seguía siendo un lugar secundario, a la sombra de las grandes ciudades cultas y ricas del delta, como Suzhou o Hangzhou, que eran los verdaderos centros de la región. En el siglo XVI, durante la dinastía Ming, Shanghái se rodeó de una muralla circular para defenderse de los piratas japoneses (los wako) que asolaban la costa; de aquella época data el trazado de la Ciudad Vieja, cuyo perímetro sigue hoy el de las antiguas murallas.
Así llegó Shanghái hasta comienzos del siglo XIX: una ciudad amurallada de tamaño mediano, próspera por el comercio de algodón y por su posición en la desembocadura del Yangtsé, la gran vía fluvial de China, pero sin nada que anticipara el destino extraordinario que le esperaba. Ese destino no lo traería China, sino los cañones de las potencias occidentales.
El giro decisivo en la historia de Shanghái llegó de la mano de la violencia colonial. A comienzos del siglo XIX, Gran Bretaña había desarrollado un lucrativo y devastador comercio: introducía en China enormes cantidades de opio cultivado en la India para equilibrar su balanza comercial y financiar la compra de té y seda. Cuando el gobierno imperial chino trató de frenar ese tráfico que estaba destruyendo a su población, estalló la Primera Guerra del Opio (1839-1842), que terminó con una humillante derrota china frente a la superioridad militar británica.
El Tratado de Nankín de 1842, el primero de los llamados 'tratados desiguales', obligó a China a abrir cinco puertos al comercio extranjero, ceder Hong Kong a Gran Bretaña y pagar una enorme indemnización. Shanghái era uno de esos cinco puertos. A partir de 1843, comerciantes británicos, y enseguida franceses y estadounidenses, se instalaron en la ciudad y obtuvieron el derecho a administrar sus propios barrios, las concesiones, regidos por leyes extranjeras y al margen de la autoridad china. Habían plantado la semilla del Shanghái moderno.
La posición de Shanghái, en la boca del Yangtsé y con acceso al inmenso mercado del interior de China, la convirtió rápidamente en el gran puerto del país. En pocas décadas, la aldea amurallada quedó rodeada y superada por una ciudad nueva, occidental, levantada por los extranjeros a orillas del Huangpu. Sobre el barro de la ribera empezaron a alzarse los primeros edificios de lo que sería el Bund, la fachada monumental de esa Shanghái colonial que crecía sin freno.
En las primeras décadas del siglo XX, Shanghái vivió una época deslumbrante y contradictoria que la convirtió en una de las ciudades más fascinantes del mundo. La urbe estaba dividida en tres partes con administraciones distintas: el Asentamiento Internacional (fusión de las concesiones británica y estadounidense), la Concesión Francesa y la ciudad china propiamente dicha. Cada zona tenía sus propias leyes, su policía, sus tribunales y su arquitectura, lo que creaba un mosaico urbano único y un peculiar limbo legal.
Esa Shanghái cosmopolita fue apodada el 'París de Oriente' por su glamour, su arquitectura art déco, sus grandes almacenes, sus cabarets y su vida nocturna, pero también la 'puta de Asia' por su cara oscura: era una ciudad de enormes desigualdades, de opio, prostitución, casas de juego y poderosas mafias como la temible Banda Verde, que controlaba buena parte del hampa y de la política local. Convivían millonarios extranjeros y chinos, refugiados de medio mundo —incluidos miles de rusos blancos huidos de la revolución y, más tarde, judíos que escapaban del nazismo, para quienes Shanghái fue uno de los pocos refugios sin visado—, obreros explotados en las fábricas y una bulliciosa clase media china.
Fue también un hervidero político. En 1921, en una casa de la Concesión Francesa, un pequeño grupo de intelectuales fundó clandestinamente el Partido Comunista Chino; entre los presentes estaba un joven Mao Zedong. La ciudad era el gran centro obrero e industrial de China, y por lo tanto un foco de agitación. En 1927, durante la guerra entre nacionalistas y comunistas, el líder del Kuomintang, Chiang Kai-shek, aliado con la Banda Verde, desató en Shanghái una sangrienta purga de comunistas y sindicalistas. La ciudad brillaba y hervía al mismo tiempo, en un equilibrio que la historia estaba a punto de romper.
El esplendor de Shanghái se apagó con la guerra. En 1937, tras el estallido de la Segunda Guerra Sino-Japonesa, la ciudad fue escenario de una de las batallas más feroces del conflicto: la batalla de Shanghái, que duró tres meses y dejó decenas de miles de muertos antes de que las tropas japonesas tomaran la ciudad china. Durante un tiempo, las concesiones extranjeras se mantuvieron como una 'isla solitaria' neutral en medio del territorio ocupado, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, Japón ocupó también los asentamientos internacionales y el sueño cosmopolita terminó de golpe.
Bajo la ocupación japonesa, la población extranjera aliada fue internada en campos y la comunidad judía refugiada, confinada en el gueto de Hongkou. Las viejas potencias occidentales, debilitadas por la guerra mundial, renunciaron en 1943 a sus concesiones y a los privilegios extraterritoriales que habían impuesto un siglo antes: la era de las concesiones, que había hecho de Shanghái lo que era, llegaba formalmente a su fin.
Terminada la guerra mundial en 1945, Shanghái volvió brevemente a manos del gobierno nacionalista chino, pero el país se hundía en la guerra civil entre el Kuomintang y los comunistas. La hiperinflación y la corrupción devastaron la economía de la ciudad. En mayo de 1949, las tropas comunistas entraron en Shanghái. Muchos empresarios, banqueros y extranjeros huyeron, buena parte de ellos a Hong Kong, llevándose consigo capitales y saber hacer. El Shanghái frívolo y cosmopolita de los cabarets y las concesiones desaparecía para siempre.
Bajo la República Popular, Shanghái cambió por completo de rostro. El nuevo régimen comunista clausuró los cabarets, las casas de juego y los burdeles, nacionalizó las empresas y transformó la ciudad frívola en un gran centro industrial y obrero al servicio del Estado. Shanghái, que había sido el símbolo de la penetración extranjera y del capitalismo en China, pasó a ser una ciudad productiva y gris, pero seguía aportando una parte enorme de los ingresos fiscales del país. Durante la Revolución Cultural (1966-1976) fue un bastión de la izquierda radical maoísta: de aquí surgió la llamada 'Banda de los Cuatro', el grupo dirigente que llevó las riendas de aquel período de fanatismo y caos.
El gran renacimiento llegó con las reformas económicas. Aunque Deng Xiaoping abrió China al mundo desde finales de los años setenta, Shanghái tardó en despegar; el impulso decisivo fue la decisión, en 1990, de desarrollar Pudong, la zona de arrozales y almacenes al este del río Huangpu, como nueva zona económica especial. En apenas tres décadas, aquel terreno pantanoso se convirtió en el distrito financiero más espectacular de Asia: se levantaron la Torre de la Perla de Oriente, el Jin Mao, el World Financial Center y, finalmente, la Torre de Shanghái, la más alta de China. La ciudad recuperó su papel de gran capital económica y cosmopolita del país.
Hoy Shanghái es una megaciudad de más de 24 millones de habitantes, el mayor puerto de contenedores del mundo, la bolsa más importante de China continental y un centro global de finanzas, comercio y cultura. En su piel conviven las tres capas de su historia: la Ciudad Vieja amurallada de los pescadores, la Shanghái colonial del Bund y las concesiones, y la Shanghái futurista de Pudong. Pocas ciudades cuentan su pasado, su presente y su ambición de futuro con solo cruzar un río, y esa es, quizá, la mayor fascinación de Shanghái.