Mucho antes de que existiera un país llamado Yibuti, estas tierras áridas de la costa suroeste del mar Rojo estaban habitadas por dos pueblos cushíticos, pastores nómadas y musulmanes, que siguen siendo hoy el corazón de la nación: los afar (o danakil) en el norte y el oeste, y los issa, del gran tronco somalí, en el sur. Ambos son pueblos de lengua cushítica, criadores de camellos, cabras y ovejas, adaptados a uno de los ambientes más duros del planeta, donde las temperaturas superan con holgura los 40 grados y el agua es un tesoro.
Ese desierto no era, sin embargo, un mundo aislado. Desde la Antigüedad, la costa que hoy es Yibuti formó parte de las rutas comerciales del mar Rojo y del golfo de Adén que conectaban el interior de Abisinia (la actual Etiopía) con Arabia, la India y el mundo mediterráneo. La región se ubica en el área que las fuentes egipcias y clásicas asociaban con el legendario País de Punt, de donde llegaban incienso, mirra, marfil y oro.
El gran motor de esa economía fue durante siglos la sal. En el lago Assal, la depresión salada más baja de África, y en las salinas de la región, los afar extraían bloques de sal —la llamada "oro blanco"— que cargaban en interminables caravanas de camellos y burros y llevaban hasta las tierras altas etíopes, donde la sal escaseaba y se usaba incluso como moneda. A cambio bajaban café, pieles, marfil y, en un capítulo sombrío que conviene nombrar sin eufemismos, personas esclavizadas. De ese intercambio milenario entre el desierto costero y las montañas del interior nació la vocación comercial que definiría para siempre a Yibuti.
La costa de Yibuti fue una de las primeras tierras de África en recibir el islam. Según la tradición, ya en el siglo VII, poco después de la Hégira, seguidores del profeta Mahoma cruzaron el estrecho de Bab el-Mandeb buscando refugio, y el islam echó raíces tempranas entre los pueblos de la costa a través del comercio con Arabia. Puertos como Zeila (hoy en Somalilandia, pero centro de toda esta región) y Tadjoura se convirtieron en cabezas de puente de la fe y del comercio.
Con los siglos, estas tierras quedaron integradas en la órbita de los grandes sultanatos musulmanes del Cuerno de África. Primero el Sultanato de Ifat (siglos XIII-XV) y luego, sobre todo, el poderoso Sultanato de Adal, con capital en Harar y Zeila, que en el siglo XVI llegó a librar una guerra devastadora contra el Imperio cristiano de Abisinia bajo el liderazgo del imán Ahmad ibn Ibrahim al-Ghazi, apodado "Gragn" (el zurdo). Aquellas guerras marcaron a fuego la memoria religiosa de todo el Cuerno de África.
En la propia costa yibutiana, el poder se organizó en pequeños sultanatos afar que controlaban el tráfico de caravanas hacia el interior. El más importante fue el Sultanato de Tadjoura, una ciudad-puerto encalada que ya en las crónicas medievales figuraba entre los pequeños estados que gobernaban el comercio con Abisinia. Su gobernante llevaba el título de dardar, y a mediados del siglo XIX Tadjoura prosperaba como terminal de caravanas de sal, café, marfil y esclavos, mientras los otros sultanatos afar de la costa languidecían. Sus siete mezquitas, algunas de origen antiguo, todavía recuerdan aquella larga vida islámica.
La irrupción europea llegó a mediados del siglo XIX, empujada por la geopolítica del mar Rojo. Francia, que buscaba una escala carbonera y una posición estratégica en la ruta hacia sus posesiones de Indochina —y anticipando la apertura del canal de Suez en 1869—, puso sus ojos en esta costa. En 1862, mediante un tratado firmado con sultanes afar locales, Francia compró el fondeadero de Obock, en la orilla norte del golfo de Tadjoura. Fue el primer pie francés en el Cuerno de África.
Durante unas dos décadas, Obock siguió siendo poco más que un puesto casi desierto. Pero la fiebre colonial europea —el llamado "reparto de África", que se aceleró tras la apertura de Suez y la Conferencia de Berlín de 1884-85— empujó a Francia a consolidar su dominio. Entre 1883 y 1887, agentes franceses firmaron una serie de tratados con los sultanes issa-somalíes y afar de la región, extendiendo el protectorado a ambas orillas del golfo de Tadjoura, incluida la propia ciudad de Tadjoura.
Así nació formalmente lo que se conocería como la Costa Francesa de los Somalíes (Côte française des Somalis). El territorio, todavía informe, quedó bajo la autoridad de un gobernador colonial. El nombramiento en 1884 de Léonce Lagarde como administrador —y luego gobernador— marcó el comienzo de una construcción colonial que, en pocos años, desplazaría el centro de gravedad de la región desde la vieja Tadjoura y desde Obock hacia un punto entonces casi vacío del sur del golfo.
El acto fundacional del Yibuti moderno fue la creación de una nueva ciudad. En 1888, Léonce Lagarde fundó el puerto de Yibuti en la orilla sur del golfo de Tadjoura, sobre un promontorio de arrecifes de coral con una excelente bahía natural. La ubicación era mucho mejor que la de Obock, y en 1892 Lagarde trasladó allí la capital administrativa de la colonia. Yibuti crecería con un trazado colonial de arcadas blancas y un mercado central bullicioso, mezcla de influencias francesas, árabes, afar, somalíes e indias.
Lo que convirtió a Yibuti en algo más que un puerto fue el ferrocarril. Etiopía, un imperio del interior sin salida al mar, necesitaba una vía hacia la costa, y Francia se la ofreció. La construcción del ferrocarril entre Yibuti y Adís Abeba comenzó en 1897; la línea alcanzó Dire Dawa en 1902 y finalmente llegó a la capital etíope, Adís Abeba, en 1917, tras años de obras a través de un terreno desértico y montañoso. El tren atravesaba paradas que hoy son ciudades yibutianas, como Ali Sabieh y Dikhil.
El ferrocarril ató para siempre el destino de Yibuti al de Etiopía y transformó al pequeño puerto en la gran puerta marítima del comercio etíope. Por sus muelles empezaron a pasar el café, las pieles y las mercancías de todo un imperio interior. Yibuti dejó de ser un fondeadero perdido para convertirse en un nudo estratégico del comercio del mar Rojo, una vocación de "puerto de Etiopía" que, un siglo después, sigue siendo la base de su economía.
Durante la primera mitad del siglo XX, la Costa Francesa de los Somalíes vivió a la sombra del puerto y del ferrocarril. En la Segunda Guerra Mundial, la colonia quedó del lado del régimen de Vichy y fue bloqueada por los aliados, hasta que en 1942 se sumó a la Francia Libre. Tras la guerra, la colonia se convirtió en un territorio de ultramar con representación en el parlamento francés.
La gran cuestión política fue siempre la de la independencia, atravesada por la rivalidad entre las dos comunidades. Los issa-somalíes, en general, miraban hacia la unión con la vecina Somalia y empujaban por la independencia; muchos afar, en cambio, temían quedar dominados y preferían la continuidad con Francia. En un primer referéndum en 1958 y luego en el plebiscito de marzo de 1967, el voto se inclinó por seguir asociados a Francia, en comicios marcados por acusaciones de fraude y por la expulsión de miles de somalíes.
Como respuesta a las protestas —la visita del general De Gaulle en 1966 había sido recibida con manifestaciones a favor de la independencia—, Francia rebautizó el territorio en 1967 como Territorio Francés de los Afar y los Issa (Territoire français des Afars et des Issas). El nuevo nombre buscaba, al menos en apariencia, reconocer a las dos comunidades por igual y borrar la referencia a "Somalia". Pero la presión por la independencia siguió creciendo a lo largo de los años setenta, alimentada por la descolonización de todo el continente y por el activismo de los partidos nacionalistas.
La marea independentista se volvió imparable. En un referéndum celebrado en mayo de 1977, alrededor del 98% de los votantes se pronunció por la independencia. El 27 de junio de 1977, el Territorio Francés de los Afar y los Issa se convirtió en la República de Yibuti, un Estado soberano que tomó su nombre de su ciudad-puerto capital. Fue uno de los últimos territorios de África continental en descolonizarse.
El primer presidente fue Hassan Gouled Aptidon, un veterano dirigente nacionalista de origen issa que había militado por la independencia durante décadas. Gouled se propuso equilibrar a las dos comunidades, y la fórmula tácita de reparto de poder —presidente issa, primer ministro afar— buscó mantener la paz étnica. Sin embargo, el nuevo país era pobre, dependía casi por completo del puerto y del ferrocarril, y quedó rodeado de vecinos en conflicto: Etiopía y Somalia entraron en guerra por el Ogadén ese mismo año.
Gouled concentró rápidamente el poder. En 1981 declaró a Yibuti un Estado de partido único en torno a su formación, la Agrupación Popular para el Progreso (RPP), dominada por los issa. La creciente marginación política de la comunidad afar y el autoritarismo del régimen fueron sembrando un resentimiento que, a comienzos de los años noventa, estallaría en una guerra civil. La joven república descubría que la difícil convivencia entre afar e issa —la misma que Francia había manipulado durante décadas— seguía siendo su desafío central.
El malestar afar desembocó en un conflicto armado. En 1991 surgió el Frente para la Restauración de la Unidad y la Democracia (FRUD), una guerrilla de base afar que denunciaba la dominación issa y la exclusión política. El FRUD lanzó una insurrección que se extendió por el norte y el oeste del país y llegó a controlar buena parte del territorio afar, en una guerra civil que ensangrentó a Yibuti durante varios años.
Con apoyo militar francés, el gobierno logró frenar la ofensiva rebelde, y en 1994 se firmó un acuerdo de paz que incorporó a una facción del FRUD al gobierno y prometió reformas y una mayor integración de los afar. El país adoptó además un sistema formalmente multipartidista, aunque el poder siguió firmemente en manos del partido oficialista. Los últimos focos de la insurgencia se apagaron con un acuerdo definitivo en 2001.
En 1999, tras dos décadas en el poder, Hassan Gouled Aptidon se retiró y fue sucedido por su sobrino y jefe de gabinete, Ismail Omar Guelleh, quien ganó las elecciones de ese año. Guelleh se convertiría en la figura dominante de la política yibutiana del siglo XXI: reformó la Constitución en 2010 para eliminar el límite de mandatos y se mantuvo en la presidencia elección tras elección, en comicios cuestionados por la oposición y por los observadores. Bajo su gobierno, Yibuti consolidó estabilidad y crecimiento, pero también las críticas por la falta de libertades, la concentración del poder y la persistencia de las tensiones étnicas y sociales.
El gran activo de Yibuti sigue siendo su geografía. El país se asienta junto al estrecho de Bab el-Mandeb, el cuello de botella por donde pasa una porción enorme del comercio marítimo mundial y del petróleo que une el mar Rojo con el golfo de Adén, el canal de Suez con el océano Índico. Esa posición, en la boca de una de las rutas más transitadas del planeta y frente a las costas del convulso Cuerno de África, convirtió al diminuto país en un actor codiciado por las grandes potencias.
Esa vocación se tradujo en dos motores. Por un lado, el puerto: Yibuti modernizó sus terminales y se afianzó como la salida al mar de la vecina Etiopía —un país sin costa de más de cien millones de habitantes—, canalizando la enorme mayoría de su comercio exterior. Por otro, las bases militares extranjeras: Yibuti alberga hoy una concentración de instalaciones militares foráneas sin igual en el mundo. Allí conviven la principal base francesa en África, el Camp Lemonnier estadounidense —la mayor base permanente de Estados Unidos en el continente—, y desde 2017 la primera base militar de China en el exterior, además de contingentes de Japón, Italia y otros países.
El alquiler de esas bases y las tasas del puerto se convirtieron en una fuente vital de ingresos para un país sin apenas recursos naturales ni agricultura. Yibuti hoy juega, con habilidad, la carta de su ubicación: se presenta como un remanso de estabilidad en una región turbulenta y como un punto de apoyo logístico para el comercio y la seguridad globales. Puertas adentro persisten los grandes desafíos —el desempleo, la sequía, la desigualdad, los límites a la democracia y las viejas heridas entre afar e issa—, pero pocas naciones tan pequeñas pesan tanto en el mapa del mundo. Yibuti sigue siendo, como hace mil años, la llave del mar Rojo.