Ciudad de Yibuti es una de esas capitales que sorprenden por su mezcla: arcadas blancas de aire árabe y persianas europeas, minaretes, mercados que huelen a especias y pescado, marineros de medio mundo y un puerto que mueve casi todo el comercio de Etiopía. Sentada al fondo del golfo de Tadjoura, en el estrecho de Bab el-Mandeb, es un cruce de caminos entre África, Arabia y el océano Índico, y por eso concentra bases militares de Francia, Estados Unidos, China y Japón: pocas ciudades tan chicas tienen semejante peso geopolítico.
Como atractivo turístico en sí misma, la capital es modesta: se recorre en un día entre el bullicioso mercado central, la elegante plaza Menelik del barrio europeo, la histórica mezquita Hamoudi y el paseo marítimo. Su verdadero papel es el de base logística: aquí se arma todo el viaje por Yibuti, se contratan los 4x4 y los barcos, y se sale de excursión a las islas de coral, a la playa de los tiburones ballena o a los lagos de sal del Gran Rift.
Esta guía recorre la capital con mirada práctica —qué ver en un día, cómo moverse con el calor, dónde comer buen pescado y langosta del golfo, y cómo usarla de campamento base— y sirve de puerta de entrada al resto del país. Porque el gran espectáculo de Yibuti no está tanto en la ciudad como en lo que se ve desde ella: el mar turquesa, el desierto volcánico y uno de los paisajes más extraños del planeta.
La Ciudad de Yibuti es joven: nació en 1888, cuando Francia decidió trasladar aquí, a la orilla sur del golfo, la capital de su pequeña colonia de la Costa Somalí Francesa, que hasta entonces tenía su cabecera en Obock. La elección de este punto —una lengua de coral con buen fondeadero frente a Bab el-Mandeb— fue puramente estratégica: crear un puerto que compitiera con el británico Adén y sirviera de salida al mar para Etiopía. Con la llegada del ferrocarril a Adís Abeba a principios del siglo XX, la ciudad despegó como puerto colonial, capital del Territorio Francés de los Afars y los Issas y, desde la independencia de 1977, capital de la República de Yibuti. Su historia completa se cuenta en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓De un promontorio de coral casi vacío nació en 1888 la capital-puerto de Yibuti, hoy nudo del comercio del mar Rojo y base para las islas y playas del golfo.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Antes de que existiera la Ciudad de Yibuti, este rincón del Cuerno de África era una tierra de pastores nómadas afares e issa-somalíes, de pequeños sultanatos costeros y de rutas de caravanas que unían el interior etíope con los puertos del mar Rojo. La costa del golfo de Tadjoura estaba salpicada de puertos antiguos —Tadjoura, Obock, Zeila algo más al sur— por donde salían la sal, el marfil, el café y, durante siglos, también los esclavos que llegaban desde las tierras altas de Abisinia.
El punto donde hoy se levanta la capital era entonces poco más que una lengua de coral y arena frente a un buen fondeadero, sin población fija. La zona era calurosísima y árida, con poca agua dulce, y no invitaba a fundar ninguna ciudad. La vida se concentraba en los puertos históricos de la orilla norte del golfo, sobre todo en Tadjoura, sede de un sultanato afar que controlaba el comercio con el interior.
Toda esta región formaba parte del vasto mundo comercial del mar Rojo y del océano Índico, en la órbita del islam desde hacía más de mil años y en contacto permanente con Arabia, sobre todo con Yemen, al otro lado del estrecho de Bab el-Mandeb. Ese estrecho —la 'puerta de las lágrimas'— sería, siglos después, la razón de que una potencia europea decidiera fundar aquí un puerto.
La historia moderna empieza en 1862, cuando Francia compró a sultanes afares el puerto de Obock, en la orilla norte del golfo, como estación de carbón para sus barcos de vapor en la ruta hacia Indochina. En plena era del reparto de África y tras la apertura del canal de Suez en 1869, el mar Rojo se volvió una autopista estratégica, y las potencias europeas se disputaban cada puerto. Los británicos tenían Adén, al otro lado del estrecho; Francia quería su propia base.
Obock, sin embargo, resultó un mal emplazamiento: poca agua, fondeadero limitado y difícil comunicación con el interior. Por eso, en 1888, el gobernador Léonce Lagarde decidió trasladar la capital de la colonia a la orilla sur del golfo, a aquella lengua de coral con mejor puerto natural frente a Bab el-Mandeb. Allí se trazó desde cero una ciudad nueva: Yibuti. El nombre, de origen afar, se aplicaría tanto a la ciudad como, con el tiempo, a todo el país.
La nueva capital creció rápido gracias a su función portuaria. Francia la concibió como el gran puerto de salida al mar de Etiopía y como rival del Adén británico. Se trazaron el barrio europeo con sus arcadas, el puerto y las primeras infraestructuras. En 1896, el conjunto de posesiones francesas de la zona quedó organizado bajo el nombre de Costa Francesa de los Somalíes (Côte française des Somalis), con Yibuti como capital.
Lo que consolidó definitivamente a la Ciudad de Yibuti fue el ferrocarril. A partir de 1897 se empezó a construir una línea que uniría el puerto con Adís Abeba, la capital del Imperio etíope de Menelik II, a más de 700 kilómetros a través del desierto y de las montañas. La obra, franco-etíope, fue lentísima y costosísima, pero cambió la historia de la ciudad: el tren llegó a Dire Dawa en 1902 y a Adís Abeba en 1917.
Con el ferrocarril, Yibuti se convirtió en la puerta de entrada y salida de Etiopía, un imperio enorme y sin costa propia. Por el puerto empezó a pasar el café, las pieles y los productos etíopes hacia el mundo, y por él entraban las importaciones. La ciudad se llenó de comerciantes —franceses, griegos, árabes yemeníes, indios— y de trabajadores somalíes y afares. La plaza Menelik, bautizada así en honor al emperador etíope socio del proyecto, quedó como corazón de aquel Yibuti comercial y colonial.
Durante la primera mitad del siglo XX, la colonia vivió al ritmo del puerto y del tren, con altibajos según la coyuntura mundial. En la Segunda Guerra Mundial, la Costa Francesa de los Somalíes quedó bajo control del régimen de Vichy y sufrió un bloqueo británico que causó hambre, hasta que en 1942 se unió a la Francia Libre. Terminada la guerra, la ciudad retomó su papel de gran puerto regional.
Tras la Segunda Guerra Mundial, mientras el resto de África avanzaba hacia la descolonización, Yibuti siguió un camino más lento y complicado por su equilibrio étnico. La población se dividía sobre todo entre los afares (vinculados a Etiopía) y los issa, de etnia somalí (vinculados a la Somalia vecina, que soñaba con una 'Gran Somalia'). Francia jugó con esas tensiones para conservar su base estratégica.
En dos referendos, en 1958 y 1967, ganó por poco la opción de seguir vinculados a Francia, en votaciones cuestionadas por irregularidades y por la expulsión de muchos somalíes. Tras el de 1967, la colonia cambió de nombre y pasó a llamarse Territorio Francés de los Afars y los Issas, un intento de dar un aire más neutral a la administración. Pero la presión por la independencia crecía, alentada por la ONU y por los países africanos.
Finalmente, en un tercer referéndum, el 8 de mayo de 1977, la población votó de forma abrumadora (un 98,8 %) a favor de la independencia. El 27 de junio de 1977 nació la República de Yibuti, con la Ciudad de Yibuti como capital y Hassan Gouled Aptidon, un líder issa, como primer presidente. Francia mantuvo, por acuerdo, una importante base militar en el país, que sigue existiendo.
Desde la independencia, la Ciudad de Yibuti ha vivido las tensiones y las oportunidades de su posición única. En los años noventa sufrió una guerra civil entre el gobierno, dominado por los issa, y una guerrilla afar (el FRUD), que terminó con acuerdos de reparto de poder. Pero lo que ha marcado su destino reciente es, sobre todo, su geografía: está sentada sobre el estrecho de Bab el-Mandeb, por donde pasa buena parte del comercio y del petróleo entre Asia, Europa y el mundo.
Esa posición ha convertido a la ciudad en una de las mayores concentraciones de bases militares extranjeras del planeta. Francia mantuvo la suya tras 1977; Estados Unidos instaló en 2002 su gran base de Camp Lemonnier, la única permanente de su ejército en África; y después llegaron Japón, Italia y, en 2017, China, que abrió aquí su primera base militar en el extranjero. A cambio del alquiler de esas bases y del negocio portuario, Yibuti obtiene buena parte de sus ingresos.
En paralelo, la ciudad ha modernizado su gran activo económico: el puerto. Los nuevos muelles de contenedores de Doraleh y el moderno ferrocarril eléctrico a Adís Abeba, inaugurado en 2017, refuerzan su papel de puerta de salida al mar de Etiopía, un país de más de 120 millones de habitantes sin costa propia. Así, la Ciudad de Yibuti —nacida hace poco más de un siglo como un puerto colonial en una lengua de coral— sigue viviendo hoy de lo mismo que le dio origen: su posición en uno de los cruces marítimos más codiciados del mundo.