El Lago Abbé es, sin discusión, uno de los paisajes más extraños y hermosos de África. Alrededor de un lago salino en la frontera con Etiopía se levanta un bosque de chimeneas de caliza de hasta cincuenta metros de altura, que al amanecer y al atardecer exhalan columnas de vapor por sus grietas. El humo, la luz rasante, el silencio absoluto y las siluetas de los camellos entre las torres crean una escena tan irreal que parece de ciencia ficción.
Durante décadas se dijo que aquí se había rodado 'El planeta de los simios' (1968). En realidad es un mito —la película se filmó en el oeste de Estados Unidos—, pero el paisaje es tan marciano que la leyenda se entiende y sigue viva en boca de guías y viajeros. Lo cierto es que este rincón del Triángulo de Afar, donde el río Awash muere en una serie de lagos, es uno de los grandes espectáculos geológicos del continente, hogar de flamencos, pastores afar y de las mismas fuerzas tectónicas que modelan todo Yibuti.
Esta guía te cuenta cómo visitar el Lago Abbé: el largo viaje en 4x4 desde la capital vía Dikhil, cómo son las chimeneas y por qué humean, cuándo ir para ver el amanecer y el atardecer en su mejor momento, cómo es dormir en un campamento afar en medio de la nada y cómo combinarlo con el Lago Assal en el gran circuito natural del sur de Yibuti.
El Lago Abbé es el último de una cadena de lagos donde muere el río Awash, en pleno Triángulo de Afar. Sus famosas chimeneas de caliza se formaron bajo el agua, cuando el lago era mucho más grande: fuentes hidrotermales precipitaban carbonato de calcio (travertino) que se fue acumulando en torres. Al retirarse el agua —en parte por el clima, en parte por el uso del Awash para riego en Etiopía—, las chimeneas quedaron al descubierto, humeando por la actividad geotermal del rift. El lugar es sagrado y vital para los pastores afar. La historia geológica y humana completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓Chimeneas de vapor en un paisaje lunar, planicies infinitas y ciudades de encrucijada junto a Etiopía: el sur de Yibuti es su rincón más desértico y cinematográfico.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El Lago Abbé es el punto final de un largo viaje: el del río Awash, que nace en las tierras altas de Etiopía y, en lugar de llegar al mar, se pierde en el desierto del Triángulo de Afar. El Awash desagua en una cadena de lagos salinos —los lagos Abhe o Abbé— sin salida al océano, en una de las depresiones más bajas y calurosas del planeta. Es un río endorreico, condenado a evaporarse, y el Lago Abbé es su tumba: un gran espejo de agua salada de fondo llano, a caballo entre Yibuti y Etiopía.
Esta región forma parte del Triángulo de Afar, el punto triple donde se separan las placas africana, somalí y arábiga y donde la corteza terrestre se adelgaza y se fractura. Esa dinámica tectónica explica dos rasgos clave del Lago Abbé: por un lado, la depresión hundida donde se acumula el agua; por otro, el intenso calor geotermal del subsuelo, que calienta manantiales y alimenta las fuentes hidrotermales responsables del paisaje más famoso del lugar.
A lo largo de milenios, el nivel del lago ha subido y bajado enormemente. En épocas más húmedas fue un enorme mar interior; en las secas, como la actual, se ha reducido a una fracción de su tamaño. Ese vaivén, sumado al agua caliente cargada de minerales que brota del subsuelo, es la clave que modeló las chimeneas de caliza que hoy asombran a los viajeros.
Las torres humeantes que hacen célebre al Lago Abbé son chimeneas de travertino, una forma de caliza (carbonato de calcio). Se formaron bajo el agua, cuando el lago era mucho más grande y profundo que hoy. En el fondo, fuentes hidrotermales —surgencias de agua caliente cargada de calcio— precipitaban el carbonato al entrar en contacto con el agua del lago, y ese mineral se fue depositando alrededor de las bocas de las fuentes, capa sobre capa, construyendo columnas que crecieron hacia arriba durante milenios. Algunas alcanzan los cincuenta metros de altura.
Cuando el nivel del lago descendió —por el clima más seco y, en tiempos modernos, por el desvío de agua del Awash para el riego en Etiopía—, aquellas chimeneas que se habían formado sumergidas quedaron al descubierto, plantadas en el desierto como un bosque de piedra. El calor geotermal del rift sigue calentando el agua del subsuelo, que se filtra por las grietas de las chimeneas y escapa en forma de vapor. Por eso, sobre todo al amanecer, cuando el aire está frío, las columnas humean y crean esa atmósfera de otro mundo.
El proceso no está del todo detenido: junto a las chimeneas siguen brotando fuentes termales y manantiales, y el paisaje es un testimonio vivo de la geología del rift. Es un fenómeno emparentado con el de otros campos de travertino del mundo, pero la escala, la altura de las torres y el entorno desértico y fronterizo hacen del Lago Abbé un caso singular y espectacular.
Pocos paisajes africanos arrastran una leyenda tan tenaz como la del Lago Abbé. Desde hace décadas, guías de viaje, blogs, periódicos y sobre todo los propios guías yibutianos repiten que aquí se rodó 'El planeta de los simios', la película de 1968. La verdad es que se trata de un mito: los productores del film nunca salieron del oeste de Estados Unidos, donde se filmaron todas las escenas. No hay ningún vínculo real entre la película y Yibuti.
El origen de la confusión es fácil de entender: el paisaje del Lago Abbé, con sus chimeneas humeantes, su suelo agrietado y su aspecto mineral, se parece asombrosamente a como el cine ha imaginado siempre un planeta alienígena o un mundo posapocalíptico. La comparación con 'otro planeta' es tan natural que la anécdota del rodaje prendió y se volvió parte del relato turístico, aunque sea falsa. Sí es cierto que el lugar ha servido de escenario para documentales y producciones que buscan paisajes extraterrestres.
Más allá del mito, la fama del Lago Abbé está plenamente justificada. Es, junto con el Lago Assal, el gran ícono natural de Yibuti, y aparece en casi todas las campañas turísticas del país. Su combinación de rareza geológica, luz, silencio y vida —flamencos, camellos, pastores afar— lo convierte en una de esas visiones que los viajeros recuerdan toda la vida, con o sin simios de por medio.
El Lago Abbé no es un desierto vacío: es territorio del pueblo afar, pastores nómadas que desde tiempos inmemoriales recorren estas tierras extremas con sus rebaños de camellos y cabras. Para ellos, los manantiales y los pastos escasos de la zona son recursos vitales, y el lugar tiene un valor cultural profundo. Los campamentos de cabañas afar (toukoul) que hoy alojan a los pocos turistas que llegan son, a la vez, una forma de vida tradicional y una modesta fuente de ingresos para las familias.
El equilibrio del Lago Abbé es frágil y está bajo presión. La reducción del caudal del río Awash, muy explotado aguas arriba en Etiopía para la agricultura, ha hecho descender el nivel del lago y amenaza su ecosistema, del que dependen los flamencos y otras aves, los peces de sus orillas y el ganado de los afar. El cambio climático y las sequías recurrentes agravan la situación en una de las regiones más áridas y calurosas del mundo.
El turismo, todavía muy incipiente, se presenta como una oportunidad y un riesgo. Bien gestionado, puede dar valor económico a la conservación del paisaje y beneficiar a las comunidades afar; mal gestionado, puede dañar un entorno delicado. Las autoridades yibutianas promueven el Lago Abbé como joya natural del país y piden a los visitantes respeto: no dejar basura, no dañar las chimeneas y tratar con dignidad a las familias que habitan este extraordinario rincón donde la Tierra parece todavía en construcción.