Giethoorn es una de esas postales que parecen demasiado bonitas para ser reales: una aldea sin calles, donde las casas de techo de junco se reparten sobre islotes verdes unidos por más de 180 puentecitos de madera, y donde el silencio solo se rompe por el chapoteo del agua y el zumbido apenas audible de los botes eléctricos. La llaman la 'Venecia holandesa' o 'el pueblo sin carreteras', y en su casco antiguo no hay autos: se llega a muchas casas únicamente a pie o navegando. Está en el norte del país, en el corazón del Parque Nacional Weerribben-Wieden, la mayor turbera de Europa noroccidental.
El encanto de Giethoorn no es un decorado: es el resultado directo de su historia. El laberinto de canales que hoy hechiza a los visitantes lo excavaron, sin quererlo, los campesinos que durante siglos sacaron turba de estas ciénagas para usarla como combustible. Al abrir zanjas para transportar el material, fueron trazando la red de agua que dio forma al pueblo, mientras la tierra que quedaba entre canal y canal se convertía en islas. Con paciencia, madera y juncos, sus habitantes construyeron encima uno de los paisajes rurales más singulares de los Países Bajos.
Esta guía recorre Giethoorn con mirada práctica y honesta: cómo llegar (que tiene su truco, porque no hay tren), cómo navegar sus canales en bote susurrante, qué ver y qué museo visitar, y —muy importante— cómo evitar la trampa de la saturación turística que en temporada alta puede arruinar la experiencia. Porque Giethoorn, visitado con calma y a la hora adecuada, sigue siendo uno de los rincones más mágicos de Holanda; visitado a mediodía en pleno agosto, puede ser un desfile de lanchas. Acá te contamos cómo hacer para verlo bien.
Giethoorn nació, según la tradición, hacia el año 1230, cuando un grupo de colonos —recordados como flagelantes, una secta penitencial medieval, llegados según la leyenda desde el sur de Europa— se estableció en esta zona de ciénagas y turba. Al cavar la tierra encontraron grandes cantidades de cuernos de cabras salvajes, restos probablemente arrastrados por una gran inundación en 1170; por eso llamaron al lugar 'Geytenhoren' ('cuerno de cabra' en neerlandés antiguo), que con el tiempo se transformó en Giethoorn. El pueblo vivió durante siglos de la extracción de turba (el 'combustible' de la época): al abrir zanjas para sacar y transportar la turba, los pobladores fueron creando la red de canales, y la tierra que quedaba entre ellos se convirtió en islotes. Las grandes excavaciones dieron origen también a los lagos de la zona. Fue, además, tierra de comunidades menonitas (anabaptistas), que dejaron su huella en el carácter sobrio y trabajador del lugar. Giethoorn era un pueblo pobre y aislado hasta que, en 1958, el cineasta neerlandés Bert Haanstra rodó allí su célebre comedia 'Fanfare', que mostró su paisaje de canales al país entero y lanzó su fama turística. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓Los extremos de los Países Bajos: Maastricht, ciudad romana del sur donde se firmó en 1992 el tratado que creó la Unión Europea; la aldea lacustre de Giethoorn; Groninga, la ciudad hanseática del norte transformada por el gas; y Frisia, con su lengua propia, y las islas Wadden, patrimonio natural de la humanidad.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El nombre de Giethoorn esconde una de las historias de origen más curiosas de los Países Bajos, mitad leyenda y mitad geología. Según la tradición, hacia el año 1230 un grupo de colonos se estableció en esta zona pantanosa del norte de lo que hoy es la provincia de Overijssel. Se los recuerda como flagelantes —una secta penitencial de la Europa medieval, cuyos miembros se azotaban como forma de devoción— que, según la leyenda, habrían llegado desde tierras del sur del continente huyendo de persecuciones.
Al empezar a cavar la turba de estas ciénagas, aquellos primeros pobladores se toparon con una enorme cantidad de cuernos de cabras salvajes enterrados en el suelo. Se cree que eran restos de animales muertos y arrastrados hasta allí por una gran inundación ocurrida en 1170, una de las muchas catástrofes de agua que asolaron las tierras bajas neerlandesas en la Edad Media. Impresionados por el hallazgo, llamaron al lugar 'Geytenhoren' ('cuerno de cabra', en neerlandés antiguo). Con el paso de los siglos, el nombre se fue deformando —Geythorn, Gietho(o)rn— hasta quedar en el actual Giethoorn.
Más allá de cuánto haya de leyenda en la historia de los flagelantes, lo que es seguro es que Giethoorn nació como una humilde comunidad de colonos en un entorno durísimo: un paisaje de agua, juncos y turba, aislado del resto del país, donde la vida dependía por completo de lo que se pudiera sacar de la marisma. Ese entorno, y el trabajo de generaciones sobre él, terminaría dando forma al pueblo único que conocemos hoy.
El rasgo que hace de Giethoorn una maravilla —su laberinto de canales, islotes y puentes, sin una sola calle en el casco viejo— no fue diseñado por nadie. Es, literalmente, el subproducto de siglos de trabajo agotador: la extracción de turba. Y entender eso es entender el pueblo.
La turba (en neerlandés, 'veen' o 'turf') es materia vegetal semidescompuesta que se acumula en los suelos pantanosos y que, seca, arde como combustible. Durante siglos fue el gran combustible de los Países Bajos, en una tierra sin apenas madera ni carbón. Desde el siglo XIII, y con un enorme auge a partir del siglo XVII, la economía de Giethoorn giró en torno a sacar turba de estas ciénagas. Los pobladores cavaban largas zanjas para drenar el terreno, cortaban la turba en bloques y la dejaban secar sobre franjas de tierra elevada antes de venderla.
Para transportar esos bloques hasta los compradores hacían falta vías de agua, así que fueron ensanchando las zanjas y abriendo canales. Al vaciar la turba, el terreno se fue hundiendo y fragmentando: la tierra firme que quedaba entre canal y canal se convirtió en una sucesión de islotes, cada uno lo bastante grande para una casa y su huerta. Así, sin plan previo, nació la estructura del pueblo 'sin calles', donde todo se conecta por agua.
El proceso tuvo también su cara destructiva. Dos grandes inundaciones, en 1776 y en 1825, arrasaron las frágiles franjas donde se secaba la turba y anegaron amplias zonas: de ahí surgieron muchos de los lagos que hoy rodean Giethoorn, como el Bovenwijde, y buena parte del paisaje acuático del actual Parque Nacional Weerribben-Wieden, la mayor turbera continua del noroeste de Europa. La naturaleza y el trabajo humano se combinaron, a lo largo de siglos, para esculpir este territorio anfibio.
Durante siglos, Giethoorn fue un pueblo pobre, aislado y profundamente marcado por el agua. No había carreteras que lo conectaran con el mundo, y toda la vida cotidiana se organizaba alrededor de los canales: la gente iba a la iglesia, al mercado, a la escuela o a un entierro en bote; las mudanzas, el ganado, la leche, la turba y hasta los novios en su boda se trasladaban por agua. El cartero repartía en bote, como todavía hoy en gran parte del pueblo viejo. Esa dependencia total del agua forjó una cultura y unas costumbres muy particulares.
El protagonista silencioso de esa vida fue el 'punter', el bote tradicional de Giethoorn: una embarcación de madera larga y estrecha (de unos 6 metros de largo por poco más de un metro de ancho), de fondo plano, que se impulsaba con una pértiga o una vela y que era el vehículo universal del pueblo. En el punter se llevaba la turba, el heno, las vacas y las personas. Los astilleros artesanales que los construían ('punterwerf') son parte del patrimonio local, y todavía hoy se fabrican y se usan.
Giethoorn fue también tierra de comunidades menonitas (anabaptistas), una corriente protestante surgida en el siglo XVI que predicaba una fe sobria, pacifista y basada en el trabajo y la vida sencilla. Los menonitas dejaron su impronta en el carácter austero, laborioso y comunitario de la zona, y tuvieron aquí una presencia importante durante generaciones. Toda esa vida —la del agricultor y pescador de turbera, con sus casas de techo de junco, sus alcobas-cama y sus aperos— es la que hoy recrea el museo Het Olde Maat Uus, instalado en una auténtica granja del pueblo, para que el visitante entienda que detrás de la postal idílica hubo siglos de trabajo humilde y esfuerzo.
Giethoorn habría podido seguir siendo un rincón perdido y desconocido de los Países Bajos de no ser por una película. En 1958, el cineasta neerlandés Bert Haanstra —uno de los grandes nombres del cine documental y de ficción de su país— eligió el pueblo de los canales como escenario de su comedia 'Fanfare'. En la película, Giethoorn aparece bajo el nombre ficticio de 'Lagerwiede'.
La historia de 'Fanfare' es una comedia costumbrista y coral: en un pequeño pueblo, una disputa entre los dueños de dos cafés rivales termina partiendo en dos la banda de música local (la 'fanfare'), y la rivalidad entre las dos bandas resultantes se va de las manos, con una pareja de novios de bandos opuestos en el medio, en clave casi de Romeo y Julieta pero con final feliz. Rodada en el paisaje inconfundible de canales, puentes y casas de junco de Giethoorn, la película fue un enorme éxito: sigue siendo una de las comedias neerlandesas más queridas y taquilleras de la historia.
El impacto sobre el pueblo fue inmenso. 'Fanfare' mostró a todo el país —y luego al extranjero— aquel lugar mágico donde se andaba en bote en vez de en auto, y disparó la curiosidad y el turismo. Lo que había sido una comunidad pobre de turberos empezó a transformarse, poco a poco, en uno de los destinos más fotografiados de los Países Bajos, la célebre 'Venecia holandesa' o 'Venecia del norte'.
Del pueblo olvidado de turberos al fenómeno global hay apenas unas décadas. En el siglo XXI, Giethoorn se convirtió en un destino de fama mundial, impulsado por las redes sociales, las guías de viaje y, muy especialmente, por una enorme popularidad en Asia: el pueblo se volvió un imán para el turismo chino y de otros países asiáticos, que lo incluyen como parada obligada en sus recorridos por Europa. A ello se suman las multitudes de excursionistas que llegan cada día desde Ámsterdam y otras ciudades.
Esa fama tiene una cara oscura, que conviene contar con honestidad. En temporada alta —los meses de verano y los fines de semana de buen tiempo—, Giethoorn sufre una fuerte saturación turística: un pueblo de menos de 3.000 habitantes recibe a veeces cientos de miles de visitantes al año, y en las horas centrales del día los estrechos canales se congestionan de botes y el sendero peatonal se llena de gente. En esos momentos, buena parte del encanto y la calma que hicieron famoso al lugar simplemente desaparecen, y para los vecinos que viven allí la presión es considerable. Es el clásico dilema del 'overtourism': el mismo turismo que da vida económica al pueblo amenaza con desnaturalizarlo.
La buena noticia es que Giethoorn todavía puede disfrutarse en todo su esplendor, y la clave está en el momento. Visitarlo temprano por la mañana o al final de la tarde, entre semana o fuera de la temporada alta, y animarse a salir en bote hacia los canales y lagos del Parque Nacional Weerribben-Wieden, permite recuperar el pueblo tranquilo, silencioso y mágico de siempre: el de los reflejos en el agua, los puentes de madera, los jardines floridos y el zumbido apenas audible de un bote eléctrico deslizándose entre las casas de junco. Sigue siendo, sin exagerar, uno de los rincones más singulares y bellos de los Países Bajos; solo hay que saber cuándo ir.