Nadie sabe con certeza quiénes fueron los primeros habitantes de las Maldivas, pero la evidencia arqueológica y lingüística apunta a oleadas de colonos llegados desde el sur de la India y desde Ceilán (la actual Sri Lanka) hace más de dos milenios. Una primera población de raíz dravídica, emparentada con los tamiles, habría poblado los atolones, seguida por migraciones indoarias procedentes del subcontinente y de Ceilán que terminaron dando forma a la lengua nacional, el dhivehi, la lengua indoaria más meridional del mundo, hermana del cingalés y escrita hoy en el alfabeto thaana.
Durante muchos siglos, aproximadamente desde el siglo III a.C. hasta 1153 d.C., las Maldivas fueron una tierra budista. De aquella época sobreviven en muchos atolones montículos llamados hawitta o ustubu: los restos derruidos de estupas y monasterios budistas, junto con esculturas de coral que representaban a Buda y a diversos bodhisattvas. El explorador noruego Thor Heyerdahl popularizó en los años ochenta la idea de un pueblo anterior, unos misteriosos adoradores del sol a los que llamó los "Redin", pero los historiadores maldivos aclararon que "redin" era simplemente el nombre con que los musulmanes recordaban a los antiguos budistas "infieles", y su teoría de un contacto con la civilización del valle del Indo no fue aceptada.
Más allá de las polémicas, lo cierto es que aquellas islas budistas no eran un rincón perdido: su posición en mitad del Índico las convirtió muy pronto en una escala obligada para los navegantes que unían Arabia, Persia, la India y el sudeste asiático. De sus aguas salía además el cauri, la pequeña caracola que durante siglos funcionó como moneda desde África hasta Bengala, y de aquel comercio vivieron los reyes de los atolones mucho antes de la llegada del islam.
El año 1153 marca la gran bisagra de la historia maldiva. Según la tradición, el último rey budista, Dhovemi, se convirtió al islam y adoptó el título y el nombre musulmán de sultán Muhammad al-Adil, inaugurando una línea de seis dinastías que reunió a lo largo de los siglos a decenas de sultanes y algunas sultanas. Con él, todo el archipiélago abrazó la nueva fe, que desde entonces sería el corazón mismo de la identidad nacional: aún hoy la Constitución exige que todos los ciudadanos sean musulmanes.
La leyenda atribuye la conversión a un viajero llegado del mar, Abu al-Barakat Yusuf al-Barbari, recordado como un santo cuyo origen los historiadores discuten entre el Magreb (Marruecos) y África oriental. El relato popular lo entrelaza con el mito de Rannamaari, un demonio marino al que los isleños debían entregar cada mes a una joven virgen. La noche del sacrificio, Abu al-Barakat habría ocupado el lugar de la muchacha y pasado las horas recitando el Corán; el demonio, incapaz de acercarse a la palabra sagrada, no volvió a aparecer, y el rey, convencido, se convirtió al islam.
Detrás de la hermosa leyenda, la islamización fue también un proceso desigual y a veces violento. Un documento en planchas de cobre, el Dhanbidhoo Loamaafaanu, conserva la memoria de la dura supresión del budismo en el atolón sureño de Haddhunmathi, que había sido un gran centro monástico: describe monjes llevados a Malé y decapitados, y estupas y estatuas destruidas o mutiladas. En 1343 y 1344 el célebre viajero marroquí Ibn Battuta pasó por las islas y llegó a ejercer como qadi (juez islámico); sus crónicas son una de las fuentes más vívidas sobre la vida, la economía del cauri y las costumbres de aquel sultanato temprano.
Durante siglos, el Sultanato de las Islas Maldivas se sostuvo como un Estado independiente y comerciante, gobernado desde Malé y organizado en atolones que rendían tributo en cauríes, cocos, pescado seco y cuerda de coco. Ese equilibrio se quebró con la llegada de los europeos al Índico. Tras instalarse en Goa y en Ceilán, los portugueses pusieron los ojos en las islas, y en 1558, después del asesinato del sultán Ali VI —recordado como mártir—, ocuparon Malé e impusieron sobre el archipiélago un régimen de quince años marcado por la rapiña, la persecución de los musulmanes y los intentos de imponer el cristianismo.
De la resistencia a esa ocupación nació el mayor héroe nacional de Maldivas: Muhammad Thakurufaanu, hijo de una familia principal de la isla de Utheemu, en el norteño atolón de Thiladhunmathi. Junto a sus hermanos Ali y Hassan, y a bordo de una embarcación llamada Kalhuoffummi, Thakurufaanu libró una guerra de guerrillas nocturna: desembarcaba al amparo de la oscuridad en las islas ocupadas, atacaba a los portugueses y volvía a hacerse a la mar antes del amanecer. Contó además con el apoyo de embarcaciones malabares de la costa india.
La victoria llegó el 1 de julio de 1573, cuando sus fuerzas tomaron Malé tras dar muerte al gobernador portugués, conocido en las crónicas maldivas como Andiri Andirin. Thakurufaanu gobernó como sultán entre 1573 y 1585, reorganizó el ejército y sentó las bases de la independencia recuperada. Su gesta se conmemora cada año como el Qaumee Dhuvas, el Día Nacional de Maldivas, y su palacio de madera en Utheemu es hoy uno de los lugares más venerados del país.
Tras expulsar a los portugueses, el sultanato conservó su independencia durante casi tres siglos más, aunque siempre bajo la sombra de las grandes potencias del Índico. Los holandeses, dueños de Ceilán, ejercieron cierta influencia comercial, y cuando los británicos les arrebataron la isla en 1796, las Maldivas quedaron dentro de su órbita. La relación se formalizó el 16 de diciembre de 1887, cuando el sultán firmó con el gobernador británico de Ceilán un acuerdo que convirtió al archipiélago en un Estado protegido: el Reino Unido se hacía cargo de la defensa y la política exterior a cambio de un tributo anual, pero las islas conservaban su gobierno interno y sus instituciones islámicas.
El siglo XX trajo cambios profundos. En 1932 se sancionó la primera Constitución escrita, y en 1953 se proclamó brevemente una primera república, presidida por Mohamed Amin Didi, que cayó pocos meses después y dio paso a la restauración del sultanato. La presencia militar británica se concentró en el extremo sur: en la Segunda Guerra Mundial se estableció la base aérea de la RAF en la isla de Gan, en el atolón de Addu, que siguió operando durante la Guerra Fría. Esa base fue también el origen de una crisis interna: entre 1959 y 1963, los atolones del sur, que prosperaban con el empleo y el comercio que generaba Gan, se separaron y formaron la efímera República Unida de Suvadive, presidida por Abdullah Afeef, hasta ser reintegrados al gobierno de Malé.
En el marco de la descolonización británica, la independencia plena llegó el 26 de julio de 1965: el acuerdo se firmó en Ceilán entre el primer ministro maldivo Ibrahim Nasir y el representante de la corona británica, Sir Michael Walker. El Reino Unido, sin embargo, mantuvo el arriendo de la base de Gan hasta 1976. Cada 26 de julio, Maldivas celebra desde entonces su Día de la Independencia.
Poco después de la independencia, un referéndum abolió definitivamente el sultanato, y el 11 de noviembre de 1968 se proclamó la segunda República de Maldivas, con Ibrahim Nasir como primer presidente. Nasir modernizó el Estado, trasladó a la lengua nacional la administración e impulsó la incipiente industria del turismo, pero su gobierno, cada vez más autoritario y cuestionado, terminó en 1978 con su retiro y su exilio a Singapur.
Lo sucedió Maumoon Abdul Gayoom, que gobernaría durante treinta años —de 1978 a 2008—, reelegido en seis referendos de candidato único: el mandato más largo de la historia del país y uno de los más prolongados de Asia. Bajo Gayoom, Maldivas se abrió al mundo como destino turístico de lujo y elevó notablemente su nivel de vida, pero también consolidó un régimen personalista, con la oposición reprimida y las libertades restringidas. Su gobierno sobrevivió a varios intentos de golpe; el más grave, en noviembre de 1988, cuando un grupo de mercenarios tamiles del PLOTE, contratados por empresarios maldivos, estuvo a punto de tomar Malé. El presidente pidió ayuda a la India, y el gobierno de Rajiv Gandhi lanzó la Operación Cactus, que sofocó la asonada en pocas horas y selló durante décadas la estrecha alianza entre Nueva Delhi y Malé.
El fin de la era Gayoom estuvo precedido por dos sacudidas. El 26 de diciembre de 2004, el tsunami del Índico barrió los atolones bajos, dejó decenas de muertos, arrasó islas enteras y desplazó a miles de personas, recordando al mundo la extrema fragilidad del país frente al mar. Y en paralelo crecía un movimiento democrático, encabezado por el activista Mohamed Nasheed y su Partido Democrático de Maldivas (MDP), que desde el exilio y la cárcel presionaba por elecciones libres. Acorralado, Gayoom aceptó reformar la Constitución en 2008 y convocar los primeros comicios multipartidistas de la historia maldiva.
En octubre y noviembre de 2008, Maldivas celebró su primera elección presidencial multipartidista. En la segunda vuelta, el opositor Mohamed Nasheed, un antiguo preso político, derrotó a Gayoom con alrededor del 54 por ciento de los votos y se convirtió en el primer presidente democráticamente electo del país. Su llegada al poder, tras tres décadas de gobierno unipersonal, despertó enormes expectativas dentro y fuera de las islas, y Nasheed se transformó rápidamente en una figura mundial por su cruzada contra el cambio climático.
La democracia maldiva, sin embargo, resultó tan luminosa como inestable. El 7 de febrero de 2012, Nasheed renunció a la presidencia en circunstancias confusas, en medio de protestas y de un motín policial; él y su partido denunciaron que había sido derrocado por un golpe de Estado encubierto. En 2013 llegó al poder Abdulla Yameen, medio hermano del veterano Gayoom, cuyo gobierno estrechó lazos con China en el marco de la Nueva Ruta de la Seda y fue acusado de encarcelar a rivales políticos, entre ellos el propio Nasheed, condenado en 2015 por cargos de terrorismo antes de marchar al exilio.
El péndulo siguió oscilando. En 2018, una coalición opositora liderada por Ibrahim Mohamed Solih derrotó a Yameen en las urnas y aplicó una política de acercamiento a la India. En 2023, el ciclo volvió a girar con la victoria de Mohamed Muizzu, de perfil más cercano a Pekín y abanderado de la consigna "India Out", que reavivó la tensión geopolítica en la que Maldivas quedó atrapada, disputada entre los dos gigantes asiáticos. Detrás de esos vaivenes, la joven democracia maldiva sigue buscando su equilibrio.
El 3 de octubre de 1972 abrió sus puertas el resort Kurumba, el primero de las Maldivas, levantado con muros de piedra coralina, madera de cocotero y techos de palma por un grupo de jóvenes emprendedores locales. Aquel modesto experimento inauguró la industria que transformaría al país. Nació entonces la fórmula que haría célebres a las islas: "una isla, un resort", que reserva cada islote para un único hotel de lujo, garantizando privacidad y postales de ensueño, y mantiene a los visitantes separados de las islas habitadas por maldivos. Durante décadas, ese esquema exclusivo convirtió a Maldivas en sinónimo de luna de miel cara y agua turquesa.
Un cambio legal de 2009, que levantó la vieja prohibición de alojar turistas en las islas locales, democratizó el destino: florecieron cientos de guesthouses en islas como Maafushi, y por primera vez mochileros, familias y viajeros de presupuesto acotado pudieron conocer las Maldivas por una fracción del precio de un resort. El turismo pasó a ser el motor absoluto de la economía —junto con la pesca—, y sostiene hoy a los algo más de 380.000 ciudadanos del país (más de medio millón de residentes contando a los trabajadores extranjeros).
Esa prosperidad, sin embargo, se levanta sobre un suelo amenazado. Con una altitud media de apenas 1,5 metros sobre el nivel del mar y un punto natural más alto de solo 2,4 metros, Maldivas es el país más plano y de menor altura del mundo, y por eso el más expuesto a la subida del océano: el IPCC ha advertido que, al ritmo actual, buena parte del archipiélago podría volverse inhabitable hacia 2100. Consciente de ese destino, el presidente Nasheed convirtió a su país en la voz de las naciones insulares: el 17 de octubre de 2009, semanas antes de la cumbre climática de Copenhague, encabezó un consejo de ministros bajo el agua —el gabinete, con equipos de buceo, firmó en el fondo del mar un llamado a reducir las emisiones—, una imagen que dio la vuelta al mundo. A esa diplomacia se suman respuestas de ingeniería como la isla artificial y elevada de Hulhumalé, pensada como refugio frente a un mar que sigue subiendo.
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El atolón Ari, uno de los mayores de las Maldivas, se extiende al oeste de Malé y está dividido administrativamente en dos: Alifu Alifu (Ari Norte) y Alifu Dhaalu (Ari Sur). Sus arrecifes exteriores, thilas (montes submarinos) y canales lo convirtieron desde los inicios del turismo en uno de los destinos de buceo más codiciados del país, base clásica de los safaris a bordo de barcos-hotel o liveaboards.
Aquí conviven los resorts de isla privada con islas locales que se abrieron al turismo económico tras 2009, ofreciendo una puerta de entrada más accesible a algunas de las mejores aguas del Índico.
El sur del atolón alberga una rareza natural única en el planeta: la Zona Marina Protegida de Ari Sur (SAMPA), designada en 2009 a lo largo de unos catorce kilómetros de arrecife entre Maamigili y Dhigurah, donde vive la única población conocida de tiburones ballena residentes durante todo el año. A diferencia de otros lugares del mundo, aquí estos gigantes inofensivos —los peces más grandes del océano— no migran estacionalmente, de modo que pueden verse en cualquier mes del año.
Dhigurah, "la isla larga", con casi tres kilómetros de banco de arena y palmeras, es el epicentro para nadar con ellos, junto a las ONG que los estudian y protegen. Es una de las experiencias más buscadas del país y ha hecho de esta isla local un destino de naturaleza imperdible.
En el extremo norte del atolón, Thoddoo es una isla singular: además de una de las mejores playas de bikini del país —verde, ancha y tranquila—, es famosa por sus huertas. Su suelo fértil la convirtió en una de las principales productoras de sandías y papayas de las Maldivas, que abastecen a Malé y a los resorts, un rasgo agrícola poco común en un país de coral y arena.
Thoddoo es también una buena base para el snorkel y el buceo con mantarrayas, que frecuentan sus arrecifes, y ofrece al viajero la mezcla poco habitual de campo, playa y vida local en pleno océano.
El atolón Ari es, ante todo, un templo del buceo. Puntos legendarios como Maaya Thila —un monte submarino donde de noche cazan los tiburones de arrecife— o Fish Head (Mushimasmingili), célebre por sus tiburones grises y sus cardúmenes, figuran entre las inmersiones más famosas del Índico. A ellos se suman Moofushi y otros arrecifes donde se concentran mantarrayas y tiburones.
Esa riqueza convirtió al atolón en la base histórica de los liveaboards, los barcos de buceo que recorren varios puntos en un mismo viaje. Ari resume así el doble atractivo de las Maldivas submarinas: la garantía de grandes pelágicos y la belleza intacta de sus arrecifes coralinos.
En 2011, la Unesco declaró la totalidad del atolón Baa —unas 75 islas en el noroeste del país— Reserva de la Biosfera Mundial, en reconocimiento a la excepcional riqueza de sus ecosistemas coralinos y a un modelo que busca conciliar la conservación con la vida de sus habitantes y el turismo. Es la única reserva de este tipo en las Maldivas junto a los atolones del sur.
El reconocimiento internacional puso a Baa en el centro de los esfuerzos de conservación marina del país, con zonas núcleo estrictamente protegidas y un plan de manejo que involucra al Ministerio de Medio Ambiente y a organizaciones científicas como la Manta Trust.
El corazón de la reserva es Hanifaru Bay, una pequeña bahía en el borde oriental del atolón que se ha vuelto famosa en todo el mundo. Entre mayo y noviembre, cuando las corrientes del monzón concentran grandes masas de plancton en su interior, cientos de mantarrayas acuden a alimentarse en un ballet submarino que puede reunir hasta 250 ejemplares a la vez, a los que en ocasiones se suman tiburones ballena. Es la mayor congregación de mantas conocida del planeta.
Hanifaru fue declarada Área Marina Protegida el 8 de junio de 2009, y desde entonces solo se permite entrar con snorkel y guía: está prohibido bucear con botella y pescar, y se limita el número de embarcaciones y de visitantes simultáneos para no perturbar a los animales. La escena, en plena temporada, es uno de los grandes espectáculos de la naturaleza en el Índico.
El éxito de Baa reside en el difícil equilibrio entre proteger y mostrar. Las estrictas regulaciones de Hanifaru —cupos de personas y de barcos, horarios acotados, prohibición de tocar a los animales— buscan que el turismo de observación no destruya aquello que atrae a los visitantes. Organizaciones como la Manta Trust estudian y catalogan a las mantarrayas individuales por sus manchas, aportando datos científicos valiosos.
El atolón combina resorts de lujo con islas locales, y se ha convertido en un caso de referencia sobre cómo un país que depende del mar puede intentar preservarlo mientras vive de él.
Más allá de su fama marina, Baa es también un atolón de larga tradición artesanal. La isla de Thulhaadhoo es célebre en todo el país por su liye laa jehun, el fino trabajo de laca sobre madera torneada con que se elaboran cuencos, cajas y adornos, uno de los oficios más emblemáticos de las Maldivas.
Otras islas del atolón conservan el arte del tejido del feyli, la tela tradicional maldiva. Esa herencia cultural, sumada a su patrimonio natural, hace de Baa un atolón donde la riqueza no es solo submarina.
En el extremo septentrional del país, el histórico complejo de Thiladhunmathi está hoy dividido en los atolones administrativos de Haa Alifu y Haa Dhaalu. Alejado de los circuitos turísticos más masivos, es una región de islas pesqueras y agrícolas, con una fuerte identidad y un peso enorme en la historia nacional.
De estas aguas del norte salieron, en el siglo XVI, los hombres que cambiarían el destino de las Maldivas: fue aquí donde se gestó la resistencia contra la ocupación portuguesa.
La isla de Utheemu, en Haa Alifu, es célebre por ser el lugar de nacimiento de Muhammad Thakurufaanu al-Auzam, el mayor héroe de la historia maldiva. Desde aquí, junto a sus hermanos, organizó la guerra de guerrillas nocturna que culminó el 1 de julio de 1573 con la toma de Malé y la expulsión de los portugueses, tras quince años de ocupación. Thakurufaanu gobernaría luego como sultán entre 1573 y 1585.
El corazón de la isla es el Utheemu Ganduvaru, la casa-palacio de madera donde vivió el héroe: una construcción tradicional de columnas talladas, camas de época y patios que se conserva como museo y monumento nacional. Cada 1 de julio, el país celebra en su memoria el Qaumee Dhuvas, el Día Nacional, y Utheemu se convierte en destino de peregrinación patriótica.
Más allá de su valor simbólico, los atolones del norte conservan el ritmo de las Maldivas menos turísticas: la pesca del atún, base histórica de la economía nacional, y una vida de isla apegada a las costumbres. La apertura de aeropuertos regionales y de algunas guesthouses ha empezado a acercar viajeros a esta región remota.
Quien llega hasta aquí encuentra una cara distinta del país: islas de trabajo antes que de postal, donde la historia y la identidad maldiva se sienten con particular intensidad.
El atolón de Laamu, históricamente conocido como Haddhunmathi, fue uno de los grandes centros del budismo maldivo antes de 1153. Sus islas están salpicadas de hawittas —los montículos que ocultan los restos de estupas y monasterios— y en ellas se hallaron esculturas de coral que representaban a Buda y a diversos bodhisattvas, testimonio de la profunda vida religiosa de la época precristiana e preislámica.
Islas como Isdhoo y Gan conservan algunos de los vestigios arqueológicos más importantes del país, que hablan de una civilización insular refinada y conectada con los grandes centros budistas de Sri Lanka y la India.
De Haddhunmathi procede una de las fuentes escritas más preciosas de las Maldivas: el Isdhoo Loamaafaanu, un conjunto de planchas de cobre grabadas que figura entre los documentos más antiguos conservados del país. A él se suma el Dhanbidhoo Loamaafaanu, que relata la dura supresión del budismo en este mismo atolón tras la islamización: monjes trasladados a Malé y decapitados, estupas y estatuas destruidas.
Esos documentos convierten a Laamu en un lugar central para comprender el gran tránsito de la fe budista al islam que definió la identidad maldiva, un capítulo que aquí se vivió con particular intensidad.
En el presente, Laamu es conocido por un rasgo insólito en un país de islas dispersas: varias de sus islas —entre ellas Gan, Fonadhoo y Maandhoo— están unidas por diques y carreteras que forman uno de los tramos viales continuos más largos de las Maldivas, un pequeño lujo terrestre en una nación hecha de mar.
Con algunos resorts, guesthouses y un aeropuerto regional, el atolón combina hoy ese patrimonio arqueológico único con arrecifes poco explorados y olas apreciadas por los surfistas, en una región todavía apartada de las grandes rutas turísticas.
Addu, también llamado Seenu, es el atolón más meridional de las Maldivas, situado al sur del Canal Ecuatorial, a un vuelo interno de Malé. Su forma de herradura y sus islas unidas por diques —que pueden recorrerse en bicicleta— lo distinguen del resto del país, y su ciudad principal, Hithadhoo, es el segundo núcleo urbano de la nación. La lejanía respecto de la capital forjó en el sur una identidad marcada, con dialecto propio y un fuerte sentido de particularidad.
Sus arrecifes, entre los más vírgenes del país, y su naturaleza le valieron ser reconocido, junto con otras islas, dentro de la red de reservas de biosfera del país. Addu es hoy un destino que combina historia, ciclismo entre islas y buceo de primer nivel.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido instaló en la isla de Gan, en Addu, una base de la Royal Air Force que aprovechaba la enorme y resguardada laguna del atolón como fondeadero estratégico en el Índico. La base siguió operando durante la Guerra Fría, y el Reino Unido mantuvo su arriendo hasta 1976, dejando una huella singular en el sur: infraestructura, empleos y una relación especial con los británicos.
De aquellos años queda bajo el agua uno de los pecios más famosos del país: el British Loyalty, un petrolero británico torpedeado durante la guerra que hoy descansa en la laguna, cubierto de coral y convertido en un espectacular sitio de buceo. Las reliquias de la vieja base y este naufragio hacen de Addu un raro destino de turismo histórico en las Maldivas.
La prosperidad que traía la base de Gan alimentó en el sur un sentimiento de agravio hacia el gobierno de Malé. Entre 1959 y 1963, los atolones meridionales —Addu, Huvadhoo y Fuvahmulah— se separaron y proclamaron la República Unida de Suvadive, presidida por Abdullah Afeef, en uno de los episodios más singulares de la historia moderna maldiva.
El efímero Estado, que llegó a tener su propia bandera y administración, fue finalmente disuelto en 1963 y sus islas reintegradas al gobierno central. El episodio dejó una marca duradera en la memoria del sur y es todavía hoy motivo de identidad y de debate en aquellos atolones.
Aislada en pleno océano entre los canales que separan Huvadhoo de Addu, Fuvahmulah es la única isla-atolón del país: un solo cuerpo de tierra, el tercero más grande de las Maldivas, apenas por debajo del ecuador. Su geografía es única: en lugar de la típica laguna, alberga lagos de agua dulce como Bandaara Kilhi y Dhadimagi Kilhi, playas de guijarros y una vegetación exuberante que le valió el apodo de las "Galápagos de las Maldivas".
La isla fue en la época budista un importante centro religioso, como atestigua su Havitta, los restos de una antigua estupa en el barrio de Dhadimagu. Hoy, sin embargo, es célebre por otra cosa: el buceo más salvaje del país. Frente a su puerto se concentra la mayor agrupación conocida de tiburones tigre del mundo —resultado de la vieja costumbre local de descartar allí los restos de pescado—, avistados en la gran mayoría de las inmersiones durante todo el año, junto a zorros marinos y tiburones martillo.
Malé es el latido de las Maldivas desde hace siglos. Ya centro de poder en la época budista, se consolidó como capital del sultanato islámico tras la conversión de 1153, y desde entonces concentró a los sultanes, las mezquitas y el comercio del archipiélago. Su joya histórica es la Hukuru Miskiy o Mezquita del Viernes, construida en 1658 con bloques de piedra coralina tallados e interlocked, columnas de coral y paneles de madera lacada, hoy candidata a Patrimonio de la Humanidad de la Unesco por su técnica única de arquitectura en coral.
Encerrada en apenas seis kilómetros cuadrados, Malé es también una de las ciudades más densamente pobladas del mundo: un laberinto vertical de edificios, motos y calles estrechas donde vive una porción enorme de la población nacional. El viejo mercado de pescado, los barrios antiguos y el bullicio portuario conviven con un skyline moderno, y la ciudad funciona como la puerta de entrada y el nudo logístico de todo el país.
Frente a la asfixia de Malé y a la amenaza del océano, Maldivas emprendió una de las obras de ingeniería más ambiciosas del Índico: Hulhumalé, una isla enteramente artificial construida por relleno de arena desde 1997 junto al aeropuerto internacional. Elevada deliberadamente unos dos metros sobre el nivel del mar —más alta que casi cualquier isla natural del país—, fue concebida como una "Ciudad de la Esperanza", un refugio urbano planificado frente a la subida de las aguas.
Hoy Hulhumalé alberga barrios residenciales, playas públicas, cafés y hoteles económicos, y está unida a Malé y al aeropuerto por el puente Sinamalé (el Puente de la Amistad China-Maldivas), inaugurado en 2018. Para el viajero es la parada natural de la primera o la última noche del viaje; para el país, un ensayo a gran escala de cómo podría ser la vida en las Maldivas del futuro.
Durante décadas, conocer las Maldivas fue un privilegio reservado a quienes podían pagar un resort de isla privada. Todo cambió en 2009, cuando el gobierno derogó una vieja ley de 1984 que prohibía alojar turistas en las islas habitadas. La primera en aprovecharlo fue Maafushi, una isla local del atolón Malé Sur (Kaafu): allí brotaron las primeras guesthouses pensadas para viajeros, y con ellas nació el Maldivas económico.
Hoy Maafushi es la isla local más popular del país, con decenas de alojamientos, su "playa de bikini" habilitada para turistas —en una sociedad musulmana donde el resto de las playas exige recato—, y excursiones a bancos de arena, snorkel con tortugas y salidas para nadar con tiburones. Su éxito abrió el camino a un turismo más accesible que hoy también florece en islas cercanas como Gulhi, un pueblo pesquero tranquilo entre Malé y Maafushi para quienes buscan lo económico sin multitudes.
En el atolón Malé Norte, la isla local de Thulusdhoo se ganó un lugar en el mapa del surf mundial. Frente a sus costas rompe Cokes, una potente ola derecha que toma su nombre de la vieja fábrica de Coca-Cola instalada en la isla, y muy cerca está Chickens, otra izquierda célebre entre los surfistas. Entre mayo y octubre, durante el monzón del suroeste, las olas del atolón central atraen a tablistas de todo el planeta.
Más allá del surf, Thulusdhoo mantiene el ritmo de una isla local viva, con guesthouses, arrecifes cercanos para hacer snorkel y un ambiente relajado. Junto a Maafushi, encarna la nueva cara del turismo maldivo: económico, en contacto con la vida cotidiana de la gente y no encerrado en el lujo de un resort.
Al sur de Malé se extiende el atolón de Vaavu (Felidhu), el menos poblado del país, un puñado de islas diminutas en medio del océano. Su joya para el viajero es Fulidhoo, una isla local minúscula de calles de arena y muy pocos visitantes, donde la vida transcurre al ritmo pausado de un pueblo pesquero.
Sus aguas son célebres por la fauna: en la laguna se puede hacer snorkel con rayas, y al caer la noche los tiburones nodriza se acercan al muelle en un espectáculo que se ha vuelto un pequeño ritual para los pocos turistas que llegan hasta aquí. Vaavu ofrece, en miniatura, la esencia de las Maldivas más auténticas y menos concurridas.