Mucho antes de que existiera Hungría, la mitad occidental de su territorio actual —la Transdanubia, al oeste del Danubio— fue la provincia romana de Panonia. Roma la conquistó bajo Augusto y Tiberio a comienzos del siglo I y la convirtió en una tierra de frontera fuertemente militarizada: por la orilla del Danubio corría el limes, la línea de fortalezas que separaba al Imperio de los pueblos "bárbaros" del este. La capital de la Panonia Inferior fue Aquincum, sobre el actual barrio de Óbuda en Budapest, con sus legiones, sus termas, sus anfiteatros y su acueducto, cuyas ruinas todavía pueden visitarse. Sopron (Scarbantia) y Pécs (Sopianae) fueron también ciudades romanas de importancia.
Con la crisis del Imperio, la llanura del medio Danubio se volvió corredor y campamento de los grandes pueblos de las estepas. En el siglo V se instalaron aquí los hunos: fue en la cuenca de los Cárpatos donde Atila, el más célebre de sus reyes, tuvo el centro de su efímero imperio, antes de su derrota en los Campos Cataláunicos (451) y de su muerte en el 453. La memoria de Atila pesó tanto en la imaginación húngara posterior que durante siglos las crónicas medievales quisieron ver en los hunos a los antepasados directos de los magiares —de ahí el nombre "Hungría"—, un parentesco que hoy la historiografía considera legendario más que real.
Tras los hunos llegaron otros pueblos —godos, gépidos, lombardos— y sobre todo los ávaros, un pueblo de jinetes de origen centroasiático que hacia el 568 fundó en la llanura panónica un poderoso jaganato que duró más de dos siglos. Los ávaros dominaron la región hasta que, a fines del siglo VIII, fueron aplastados por las campañas de Carlomagno (hacia 791-803), que incorporó parte de la Transdanubia al mundo franco. Cuando los magiares llegaron, un siglo después, encontraron una tierra habitada por poblaciones eslavas y restos de ávaros, sin un poder fuerte que se les opusiera.
El hecho fundacional de la nación húngara es la honfoglalás, la "toma de la patria": la migración por la cual, hacia los años 895-896, los magiares cruzaron los pasos de los Cárpatos y se establecieron en la cuenca panónica. Eran una confederación de siete tribus (a las que se sumó un grupo de kabaros), pueblos seminómadas de jinetes y arqueros que venían de las estepas del norte del mar Negro, empujados por otros pueblos de la estepa, los pechenegos. Los condujo, según la tradición, el príncipe Árpád, cuya casa reinaría en Hungría durante los cuatro siglos siguientes. Un pacto de sangre entre los jefes de las tribus, el llamado "pacto de Vérszerződés", habría sellado la unión bajo el linaje de Árpád.
El dato más singular de este pueblo es su lengua. El húngaro no es indoeuropeo: no está emparentado con el alemán, el eslavo, el latín ni ninguna de las lenguas que lo rodean. Pertenece a la rama ugria de la familia finougria (o urálica), lo que lo vincula lejanamente con el finés y el estonio, y de manera más estrecha con dos pequeñas lenguas de Siberia occidental, el janti y el mansi, habladas hoy por unos pocos miles de personas en la región del río Ob. La patria originaria de los magiares se rastrea por eso mucho más al este, en los bosques y estepas al oriente de los montes Urales. Esta filiación insólita —una isla lingüística finougria en medio de un mar indoeuropeo— es uno de los rasgos que los húngaros sienten como más propios y de los que hacen bandera identitaria.
Durante medio siglo, los magiares fueron el terror de Europa: sus jinetes lanzaron incursiones (kalandozások) que asolaron Italia, Alemania, Francia y hasta la Península Ibérica, saqueando y cobrando tributos. La cabalgata se cortó en seco el 10 de agosto de 955 en la batalla de Lechfeld, cerca de Augsburgo, donde el rey germano Otón I les infligió una derrota decisiva. Frenados por el oeste, los magiares giraron hacia el asentamiento y la organización de un Estado, un proceso que desembocaría, una generación después, en la fundación del reino cristiano de Hungría.
El paso de los magiares paganos al reino cristiano fue obra de la casa de Árpád. El príncipe Géza, hacia fines del siglo X, comprendió que la supervivencia de su pueblo pasaba por integrarse a la Europa cristiana y latina, y abrió el país a los misioneros. Pero fue su hijo, bautizado con el nombre de Esteban (István), quien completó la transformación. A la muerte de Géza, Esteban tuvo que imponerse por las armas sobre jefes paganos que le disputaban el poder, en particular su pariente Koppány, a quien derrotó apoyándose en caballeros cristianos.
En la Navidad del año 1000 o el 1 de enero del 1001, Esteban fue coronado primer rey de Hungría con una corona que, según la tradición, le envió el papa Silvestre II. Con él nació el Estado húngaro medieval. Esteban organizó el reino a la manera europea: lo dividió en condados (vármegye) gobernados por un ispán, fundó diez diócesis con el arzobispado de Esztergom a la cabeza, levantó iglesias y monasterios, promulgó leyes escritas y obligó a la conversión al cristianismo, reprimiendo con dureza las rebeliones paganas. Convirtió a los magiares seminómadas en un pueblo sedentario, cristiano y feudal, plenamente inserto en la cristiandad occidental y no en la ortodoxia bizantina, una elección de enorme peso para el futuro del país.
Esteban fue canonizado en 1083 y se convirtió en San Esteban, patrono de Hungría; su fiesta, el 20 de agosto, es la fiesta nacional. La "Santa Corona" (Szent Korona) asociada a su nombre pasó a ser el símbolo mismo de la soberanía y del Estado húngaros —la doctrina de la Santa Corona sostenía que el poder residía en la corona antes que en la persona del rey—, y todavía hoy se conserva y se venera en Budapest. La dinastía de los Árpád reinó hasta 1301 y dio otros santos y figuras célebres, como el rey Ladislao I y Santa Isabel de Hungría.
En la primavera de 1241, Hungría sufrió una de las mayores catástrofes de su historia. Los ejércitos mongoles, que habían arrasado la Rus de Kiev y avanzaban hacia el corazón de Europa bajo el mando del general Subotai y del kan Batu, nieto de Gengis Kan, penetraron en la cuenca de los Cárpatos. El rey Béla IV reunió a sus tropas, pero el 11 de abril de 1241, en la batalla de Muhi, junto al río Sajó, el ejército húngaro fue aniquilado. Béla IV escapó a duras penas y tuvo que huir hasta la costa dálmata, perseguido por los jinetes mongoles, refugiándose finalmente en una isla del Adriático.
Durante casi un año, los mongoles saquearon el país a sangre y fuego. La destrucción fue espantosa: se calcula que buena parte de la población de la Gran Llanura pereció por las matanzas, el hambre y las epidemias, con estimaciones que hablan de la pérdida de una fracción muy alta de los habitantes de las tierras bajas, más castigadas que las regiones montañosas y fortificadas. Pueblos enteros desaparecieron. La retirada mongola, a comienzos de 1242, no se debió a una derrota militar sino a la muerte del gran kan Ogodei en Mongolia, que obligó a los príncipes a regresar para la sucesión: Europa central se salvó casi por azar.
Béla IV volvió a un país devastado y emprendió su reconstrucción, por lo que se lo conoce como el "segundo fundador" del reino. Sacó una lección clara del desastre: contra la caballería de la estepa hacían falta fortalezas de piedra. Impulsó entonces la construcción de castillos en alto —como los de Visegrád o Buda—, amuralló ciudades, favoreció la llegada de colonos (los "hospites", alemanes y otros) y otorgó privilegios urbanos. También asentó en la llanura a los cumanos, un pueblo de la estepa que huía asimismo de los mongoles. La red de castillos que nació tras 1241 sería decisiva, siglos más tarde, frente a otra amenaza venida del este: los otomanos.
Tras la extinción de la casa de Árpád en 1301, reinaron en Hungría dinastías extranjeras que llevaron al país a su apogeo medieval: los Angevinos (Carlos Roberto y Luis I el Grande, que sumó la corona de Polonia) y luego Segismundo de Luxemburgo, que fue además emperador. Fue también la época en que empezó a asomar la amenaza turca por el sur. Contra ella se destacó un noble transilvano de origen valaco, János Hunyadi, gran capitán cristiano que en 1456 rompió el sitio otomano de Belgrado, victoria en cuyo recuerdo, dicen, se tocan aún hoy las campanas del mediodía en la cristiandad.
El hijo de aquel héroe fue el rey más brillante de la historia húngara: Matías I Hunyadi, apodado Corvino por el cuervo (corvus) de su escudo, que reinó entre 1458 y 1490. Elegido rey siendo muy joven, Matías creó un Estado moderno y centralizado: reformó la justicia y los impuestos, sometió a la alta nobleza y formó un ejército profesional y permanente, el temible "Ejército Negro" (Fekete sereg), uno de los primeros de Europa, con el que combatió a turcos, bohemios y austríacos y llegó a ocupar Viena, donde instaló su corte en 1485.
Matías fue sobre todo un gran mecenas del Renacimiento. Casado con Beatriz de Nápoles, atrajo a Hungría a humanistas, artistas y arquitectos italianos, e hizo de su corte de Buda y de su palacio de Visegrád centros de cultura comparables a los de Italia. Reunió la Bibliotheca Corviniana, una de las mayores y más famosas bibliotecas de la Europa de su tiempo, con manuscritos miniados de lujo extraordinario. Bajo su reinado, Hungría fue una gran potencia y un foco cultural de primer orden. Pero su obra no le sobrevivió: murió sin heredero legítimo reconocido en 1490, el Ejército Negro se disolvió, la nobleza recuperó su poder y el reino entró en una decadencia que, apenas una generación después, lo dejaría inerme frente a los otomanos. La memoria popular guardó de él la imagen del "rey justo": "murió Matías, murió la justicia", dice el refrán.
El 29 de agosto de 1526, en la llanura de Mohács, junto al Danubio, el ejército húngaro se enfrentó al del sultán Solimán el Magnífico. Fue un desastre absoluto: en apenas un par de horas, la caballería y la infantería húngaras fueron aplastadas por la artillería y los jenízaros otomanos. Cayeron miles de soldados, buena parte de la nobleza y del alto clero, y el propio rey, Luis II (Lajos II), de veinte años, murió ahogado en un arroyo durante la huida. Mohács es la fecha-símbolo del hundimiento del reino medieval húngaro y una herida que el idioma conserva en la expresión "más se perdió en Mohács".
La derrota abrió una lucha por el trono entre Fernando de Habsburgo y el noble Juan Zápolya, y en las décadas siguientes el reino se partió en tres. Tras la toma de Buda por los otomanos en 1541, el país quedó dividido: la Hungría Real, la franja del norte y del oeste, bajo los Habsburgo, con capital efectiva en Pozsony (la actual Bratislava); la Hungría central y meridional, convertida en provincia otomana gobernada desde Buda; y, al este, el Principado de Transilvania, un Estado húngaro autónomo vasallo del sultán, que se volvió refugio del protestantismo y de cierta libertad húngara. Esta triple partición duró alrededor de siglo y medio.
Los aproximadamente 150 años de dominación otomana (1541-1699 en el grueso del territorio) marcaron profundamente al país. Las tierras centrales quedaron despobladas y devastadas por las guerras continuas de frontera; muchas ciudades se turquizaron parcialmente, con mezquitas, baños y minaretes de los que aún quedan restos en Pécs, Eger o Buda. La resistencia húngara se hizo leyenda en episodios como el sitio de Eger de 1552. El fin de la ocupación llegó con la gran contraofensiva cristiana de la Liga Santa tras el fracasado sitio otomano de Viena de 1683: Buda fue reconquistada en 1686 y, por la paz de Karlowitz de 1699, los otomanos abandonaron casi toda Hungría, que pasó entera a manos de los Habsburgo.
Expulsados los turcos, Hungría quedó bajo el dominio de los Habsburgo de Viena, que la trataron menos como un reino asociado que como un territorio conquistado a reorganizar. El absolutismo centralizador de la corte, la Contrarreforma católica impuesta a un país con fuerte presencia protestante, los impuestos, el acantonamiento de tropas imperiales y la desconfianza hacia la nobleza húngara alimentaron una larga serie de rebeliones (las kuruc) a lo largo del siglo XVII y comienzos del XVIII.
La mayor de todas fue la guerra de independencia dirigida por Ferenc Rákóczi II, un aristócrata transilvano que entre 1703 y 1711 encabezó un levantamiento generalizado contra los Habsburgo, aprovechando que Viena estaba enredada en la Guerra de Sucesión española. Los kuruc de Rákóczi llegaron a controlar buena parte del país y la Dieta lo proclamó príncipe gobernante de Hungría, pero carecían de un ejército regular capaz de sostener la guerra frente al poder imperial. Agotada la resistencia, la Paz de Szatmár de 1711 puso fin al conflicto: se prometió una amnistía y el respeto de ciertas libertades y de la constitución húngara, mientras Rákóczi, que no aceptó el acuerdo, partía al exilio, primero a Francia y finalmente a Turquía, donde murió.
Durante el resto del siglo XVIII, ya pacificado, el reino se recuperó demográfica y económicamente bajo la larga soberana Habsburgo María Teresa y su hijo José II. Se repobló la Gran Llanura, devastada por las guerras, con colonos húngaros, alemanes (los "suabos del Danubio"), serbios, rumanos y eslovacos, lo que acentuó el carácter multiétnico del país. José II, déspota ilustrado, intentó reformas radicales —abolió la servidumbre personal, decretó la tolerancia religiosa— pero también quiso imponer el alemán como lengua administrativa, lo que provocó una reacción nacional húngara. De ese despertar identitario, y del recuerdo idealizado de Rákóczi, nacería el nacionalismo del siglo XIX.
El siglo XIX húngaro fue el de la "Era de las Reformas": una generación de políticos y escritores —el conde Széchenyi, apodado "el más grande de los húngaros", que impulsó la modernización, el Puente de las Cadenas y la Academia; el radical Lajos Kossuth; el poeta Sándor Petőfi— trabajó por modernizar el país, abolir la servidumbre y hacer del húngaro la lengua nacional. La chispa saltó el 15 de marzo de 1848, cuando, al calor de la ola revolucionaria que sacudía Europa, Pest se sublevó pacíficamente: Petőfi recitó su "Canto Nacional" y se proclamaron los "12 puntos" con las demandas de libertad. Viena tuvo que ceder y aceptar un gobierno húngaro responsable, presidido por Lajos Batthyány, que aprobó las "leyes de abril" con reformas liberales profundas.
La revolución derivó pronto en guerra de independencia. Los Habsburgo, ayudados por las minorías nacionales del reino (croatas, serbios, rumanos) que temían el nacionalismo húngaro, trataron de someter a Hungría por las armas. El ejército húngaro, mandado por generales como Görgei, resistió con notable éxito, y el 14 de abril de 1849, reunida la Dieta en Debrecen, Kossuth hizo declarar la independencia de Hungría y destronar a los Habsburgo, asumiendo él como gobernador-presidente. Fue una victoria efímera: el joven emperador Francisco José pidió ayuda al zar Nicolás I de Rusia, y la intervención de un enorme ejército ruso decidió la guerra. El 13 de agosto de 1849, en Világos, las fuerzas húngaras capitularon. La represión fue durísima: el 6 de octubre fueron fusilados o ahorcados en Arad trece generales (los "trece mártires de Arad") y, en Pest, el primer ministro Batthyány.
Siguieron años de absolutismo y de represión (la "era Bach"), pero la derrota de Austria frente a Prusia en 1866 obligó a Viena a pactar con los húngaros. En 1867, gracias sobre todo a la habilidad del político Ferenc Deák, se firmó el Compromiso (Kiegyezés, Ausgleich) que creó la monarquía dual de Austria-Hungría: dos Estados iguales, con parlamentos y gobiernos propios, unidos por la persona del soberano —Francisco José, coronado ese año rey de Hungría— y por los asuntos comunes de defensa, exteriores y finanzas. Comenzó así medio siglo de crecimiento y modernización: Budapest, unificada en 1873, se convirtió en una de las grandes capitales de Europa, y en 1896 el país celebró con fasto el milenio de la llegada de los magiares.
Austria-Hungría entró en la Primera Guerra Mundial en 1914 junto a Alemania y las Potencias Centrales. Cuatro años de guerra total agotaron al imperio, y su derrota en 1918 provocó la desintegración de la monarquía dual. En Budapest, la "Revolución de los Astros" (Aster) de octubre de 1918 llevó al poder al conde Mihály Károlyi y proclamó la República; pero en marzo de 1919, en medio del caos, el comunista Béla Kun instauró una efímera y violenta República Soviética Húngara, derrocada meses después por la intervención del ejército rumano, que llegó a ocupar Budapest. De ese torbellino de revolución, contrarrevolución y "terror rojo" y "terror blanco" salió el país destrozado y a merced de los vencedores.
El 4 de junio de 1920, en el palacio de Trianon de Versalles, Hungría firmó el tratado de paz que definiría el resto de su siglo XX. Sus términos fueron devastadores: el reino histórico perdió alrededor de dos tercios de su territorio y de su población. Transilvania pasó a Rumania; el norte (la actual Eslovaquia y la Rutenia subcarpática), a Checoslovaquia; el sur (Croacia, la Voivodina), al nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos; y una franja occidental, el Burgenland, a Austria. La población del país se redujo de unos 20,8 millones a alrededor de 7 millones.
Lo más doloroso, y lo que hace de Trianon una herida que sigue abierta, es que fuera de las nuevas fronteras quedaron cerca de 3,3 millones de húngaros étnicos —según algunas cuentas, en torno a un tercio de todos los magiares—, muchos de ellos en zonas compactas justo al otro lado de la línea, en el sur de Eslovaquia, en Transilvania o en la Voivodina. Trianon se vivió como una mutilación nacional y su recuerdo dominó la política del período de entreguerras, con la consigna "Nem, nem, soha" ("No, no, jamás"). Ese trauma es real y explica mucho de la sensibilidad húngara. Al mismo tiempo, ha sido y sigue siendo instrumentalizado políticamente: la reivindicación de los húngaros de allende las fronteras —a los que desde 2011 se concede la ciudadanía— es hoy una bandera de los gobiernos nacionalistas, que la usan tanto para tender lazos culturales legítimos como para movilizar un discurso identitario y de agravio. Historiar Trianon exige reconocer a la vez la magnitud del golpe y el uso político que de él se hace, sin convertir el duelo en programa irredentista ni minimizar el peso emocional que tiene para millones de personas.
El régimen que salió del trauma de Trianon fue una peculiar "monarquía sin rey". En 1920, el almirante Miklós Horthy —antiguo comandante de la flota austrohúngara— fue nombrado regente del reino de Hungría, cargo que ocupó hasta 1944. Hungría siguió siendo formalmente un reino, pero el trono quedó vacante: cuando el ex emperador Carlos I intentó dos veces en 1921 recuperar la corona húngara, el propio Horthy y las potencias vecinas se lo impidieron. El régimen fue conservador, autoritario y nacionalista, obsesionado por la revisión de Trianon y la recuperación de los territorios perdidos, y marcado desde el comienzo por el "terror blanco" contra izquierdistas y por una legislación antisemita temprana: la "ley del numerus clausus" de 1920, que limitó el acceso de los judíos a la universidad, fue una de las primeras leyes antijudías de la Europa de entreguerras.
La aspiración revisionista empujó a Hungría hacia la Alemania nazi y la Italia fascista, las únicas potencias dispuestas a rediscutir las fronteras. La política dio frutos aparentes: gracias a los dos "Arbitrajes de Viena" (1938 y 1940), apadrinados por Berlín y Roma, Hungría recuperó territorios de Eslovaquia y la mitad norte de Transilvania, y en 1941 ocupó zonas de la Yugoslavia invadida. El precio fue el alineamiento total con el Eje. Hungría adhirió al Pacto Tripartito y en junio de 1941 entró en la guerra contra la Unión Soviética junto a Alemania.
La aventura terminó en catástrofe militar. El Segundo Ejército húngaro, enviado al frente oriental, fue prácticamente destruido en enero de 1943 en la batalla del río Don, cerca de Voronezh, con decenas de miles de muertos y prisioneros. A partir de ahí, Horthy buscó en secreto una salida de la guerra y contactos con los Aliados occidentales, consciente de que Alemania perdía. Hitler, que lo sospechaba, decidió adelantarse. El 19 de marzo de 1944, las tropas alemanas ocuparon Hungría (Operación Margarethe) para asegurarse el control del país y de su aliado vacilante. Fue el comienzo del capítulo más negro.
La ocupación alemana de marzo de 1944 desencadenó uno de los episodios más rápidos y masivos del Holocausto. Adolf Eichmann llegó a Budapest con un pequeño comando de las SS e instaló su cuartel para organizar la deportación de los judíos húngaros, la mayor comunidad judía que aún quedaba con vida en Europa. Todo se hizo con una celeridad terrible y, lo que agrava el hecho, con la participación decisiva de la administración húngara: fueron la gendarmería y la burocracia húngaras las que registraron, marcaron con la estrella amarilla, concentraron en guetos y embarcaron en los trenes a sus propios conciudadanos.
Entre el 15 de mayo y el 9 de julio de 1944, en apenas dos meses, fueron deportados desde la provincia húngara alrededor de 437.000 judíos, en unos 147 trenes que iban en su inmensa mayoría a Auschwitz-Birkenau, donde cerca del 80 % era asesinado en las cámaras de gas nada más llegar. La afluencia fue tal que ese verano los crematorios del campo no daban abasto. Bajo la presión internacional —y de figuras como el rey de Suecia, el papa y el propio Roosevelt—, el regente Horthy ordenó detener las deportaciones a comienzos de julio de 1944, lo que salvó de momento a los cerca de 200.000 judíos de Budapest. Pero el 15 de octubre de 1944, cuando Horthy intentó por fin abandonar la guerra, los alemanes lo derrocaron y entregaron el poder a Ferenc Szálasi y su partido fascista de la Cruz Flechada (Nyilas).
Los meses de la Cruz Flechada fueron de terror abierto contra los judíos de Budapest: marchas de la muerte hacia la frontera austríaca, un gueto hacinado y matanzas a orillas del Danubio, donde miles de personas fueron fusiladas y arrojadas al río —los "zapatos a la orilla del Danubio" son hoy su monumento. En medio del horror, diplomáticos como el sueco Raoul Wallenberg o el suizo Carl Lutz salvaron a decenas de miles con salvoconductos y "casas protegidas". En total, se estima que perecieron entre 500.000 y 565.000 judíos húngaros, más de la mitad de la comunidad de preguerra. Mientras tanto, la guerra llegaba a la capital: el Ejército Rojo cercó Budapest a fines de 1944 y libró un asedio brutal, casa por casa, que duró hasta el 13 de febrero de 1945 y dejó la ciudad en ruinas, con todos sus puentes sobre el Danubio volados por los alemanes en retirada.
Ocupada por el Ejército Rojo, Hungría cayó en la órbita soviética. Tras unos años de fachada democrática, el Partido Comunista, dirigido por Mátyás Rákosi, se hizo con todo el poder mediante lo que él mismo llamó la "táctica del salami": eliminar a los rivales rebanada a rebanada. Hacia 1949 se implantó una dictadura estalinista total: colectivización forzada del campo, industrialización pesada, culto a Stalin, una policía política omnipresente (la ÁVH) y una ola de terror con procesos amañados —como el que llevó al patíbulo al propio dirigente comunista László Rajk—, torturas, encarcelamientos masivos y campos de trabajo e internamiento, como el de Recsk o los de deportación de "enemigos de clase" a la puszta de Hortobágy.
La asfixia estalló el 23 de octubre de 1956. Lo que empezó como una manifestación estudiantil de solidaridad con la Polonia reformista se convirtió en pocas horas en una revolución nacional: se derribó la gran estatua de Stalin, se combatió a la ÁVH y a los tanques soviéticos, y el comunista reformista Imre Nagy asumió el gobierno, prometió elecciones libres, el fin del sistema de partido único y la neutralidad de Hungría, anunciando su salida del Pacto de Varsovia. Moscú no lo toleró: el 4 de noviembre de 1956, el Ejército Rojo lanzó una ofensiva masiva sobre Budapest y aplastó la revolución. Murieron unas 2.500 personas, unos 200.000 húngaros huyeron al exilio, y siguió una dura represión: Imre Nagy, tras ser engañado con un salvoconducto, fue juzgado en secreto y ejecutado en 1958. Se convirtió en el mártir de 1956.
El hombre que Moscú puso al frente tras el aplastamiento, János Kádár, gobernó el país durante más de tres décadas y, paradójicamente, lo condujo hacia una versión más llevadera del socialismo. Tras los primeros años de represión, Kádár lanzó en 1968 el "Nuevo Mecanismo Económico", que introdujo elementos de mercado, cierta iniciativa privada y bienes de consumo. Nació así el "comunismo gulash" (gulyáskommunizmus): a cambio de no cuestionar el régimen ni el vínculo con la URSS, los húngaros gozaban de un nivel de vida y una libertad cotidiana mayores que los de sus vecinos del bloque, lo que valió a Hungría el apodo del "barracón más alegre" del campo socialista. Ese relativo bienestar convivía con el endeudamiento externo y la ausencia de libertades políticas.
El sistema se descompuso a fines de los años ochenta. El 19 de agosto de 1989, cerca de Sopron, se celebró el Pícnic Paneuropeo, una manifestación pacífica durante la cual se abrió por unas horas un tramo de la frontera con Austria y cientos de alemanes del este que veraneaban en Hungría cruzaron hacia Occidente: fue la primera brecha en el Telón de Acero, semanas antes de la caída del Muro de Berlín. Hungría abrió por completo su frontera en septiembre, se negoció una "transición pactada" en la mesa redonda entre el partido y la oposición, y el 23 de octubre de 1989 se proclamó la nueva República de Hungría, democrática. Siguieron elecciones libres en 1990, la retirada de las tropas soviéticas en 1991 y la integración en las estructuras occidentales: Hungría entró en la OTAN en 1999 y en la Unión Europea en 2004. Desde 2010, el país es gobernado por Viktor Orbán y su partido Fidesz, cuya "democracia iliberal", su enfrentamiento con Bruselas y su discurso nacional —muy centrado, entre otras cosas, en la memoria de Trianon— marcan la Hungría contemporánea.
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Antes de que existiera Budapest, en la orilla derecha del Danubio se levantaba Aquincum, capital de la provincia romana de Panonia Inferior. Fundada en el siglo I sobre un campamento militar, llegó a ser una ciudad de decenas de miles de habitantes, con su fortaleza legionaria, su ciudad civil, dos anfiteatros —uno militar y uno civil—, termas, templos y un sistema de acueductos. Marco Aurelio, el emperador filósofo, pasó temporadas en esta frontera del imperio combatiendo a los pueblos germánicos, y aquí, según se cree, redactó parte de sus "Meditaciones".
El Danubio era el limes, la línea fortificada que marcaba el borde del mundo romano frente a los "bárbaros" del este. Aquincum era, por tanto, una plaza militar de primer orden, punto de contacto y de choque entre Roma y las estepas. Sus ruinas —el museo y el parque arqueológico de Aquincum, los restos del anfiteatro militar— se conservan hoy en el barrio de Óbuda, en el norte de Budapest.
Óbuda (literalmente "Buda Vieja") heredó ese emplazamiento a lo largo de la Edad Media. La continuidad es notable: sobre la vieja capital panónica de Roma se asentaron después los magiares, y de aquel núcleo antiguo, sumado a la fortaleza medieval de Buda y a la ciudad comercial de Pest en la orilla opuesta, nacería con el tiempo la capital de Hungría.
Durante siglos, lo que hoy es Budapest fueron tres ciudades distintas a orillas del Danubio: Buda, encaramada en la colina de la orilla oeste, con su castillo real y el barrio del Palacio; Óbuda, más al norte; y Pest, la ciudad comercial y llana de la orilla este. Buda se convirtió en capital real tras la invasión mongola, cuando Béla IV mandó fortificar la colina, y alcanzó su esplendor con la corte renacentista de Matías Corvino en el siglo XV. Con la conquista otomana de 1541, Buda fue durante siglo y medio la sede del bajá turco, y sólo fue reconquistada por los cristianos en 1686, tras un sangriento asedio que la dejó arrasada.
El gran salto llegó en el siglo XIX. La construcción del Puente de las Cadenas (Széchenyi lánchíd), inaugurado en 1849 —el primer puente permanente sobre el Danubio en la zona—, unió físicamente Buda y Pest. En 1873, las tres ciudades se fusionaron oficialmente en una sola: Budapest. En las décadas siguientes, al calor del crecimiento de la monarquía dual y de las celebraciones del milenio de 1896, la capital vivió una explosión urbanística que le dio su rostro actual: el imponente Parlamento neogótico a orillas del río, la avenida Andrássy, la primera línea de metro del continente europeo (1896), la Ópera, los grandes bulevares y los balnearios termales.
El siglo XX golpeó duramente a la ciudad: el asedio soviético del invierno de 1944-45 la dejó en ruinas y con todos sus puentes volados, y en 1956 sus calles fueron escenario de la revolución. Reconstruida, Budapest es hoy una de las capitales más bellas de Europa, con su casco histórico y las orillas del Danubio declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Aguas arriba de Budapest, allí donde el Danubio hace su gran recodo y marca hoy la frontera con Eslovaquia, se levanta Esztergom, la ciudad más cargada de simbolismo del cristianismo húngaro. Aquí, en la colina del castillo, nació hacia el año 975 el príncipe Vajk, que sería bautizado y coronado como Esteban I, el primer rey cristiano de Hungría. Esztergom fue la primera capital del reino y el lugar donde, en el año 1000, se puso en marcha el Estado húngaro.
Esteban hizo de Esztergom la sede del arzobispado principal del país. Desde entonces, el arzobispo de Esztergom es el primado de Hungría, la máxima autoridad de la Iglesia católica húngara, y la ciudad ha sido durante mil años el centro religioso de la nación. Ese papel la marcó también en los tiempos difíciles: en el siglo XX, el cardenal József Mindszenty, arzobispo de Esztergom, encarnó la resistencia de la Iglesia frente al comunismo, fue encarcelado y torturado por el régimen estalinista y se refugió durante quince años en la embajada de Estados Unidos tras la revolución de 1956.
El monumento que corona la ciudad es la Basílica de Esztergom, la iglesia más grande de Hungría, un enorme templo neoclásico del siglo XIX levantado sobre los cimientos de catedrales medievales. Su cúpula domina el paisaje del recodo del Danubio y es visible desde la orilla eslovaca. Esztergom conserva así, en piedra, la memoria del nacimiento del reino y de su vínculo milenario con la cristiandad latina.
En pleno recodo del Danubio, donde el río se estrecha entre montañas, se alza Visegrád, dominada por las ruinas de su castillo en alto y por la llamada Torre de Salomón. La fortaleza fue construida tras la invasión mongola de 1241 como parte de la nueva red de castillos de piedra, y en el siglo XIV, bajo los reyes de la casa de Anjou, Visegrád se convirtió durante décadas en residencia real y capital del reino.
Aquí tuvo lugar uno de los grandes acontecimientos diplomáticos de la Europa medieval: el Congreso de Visegrád de 1335, en el que el rey húngaro Carlos I Roberto reunió al rey Juan de Bohemia y a Casimiro III de Polonia para zanjar disputas, sellar una alianza y fomentar rutas comerciales que evitaran a la rival Viena. Aquel encuentro de los tres reyes centroeuropeos es tan recordado que en 1991, al caer el comunismo, Hungría, Polonia y Checoslovaquia (luego Chequia y Eslovaquia) bautizaron su cooperación regional como "Grupo de Visegrád" en homenaje directo a la cumbre medieval.
El mayor esplendor de Visegrád llegó en el siglo XV con Matías Corvino, que transformó el palacio real gótico en una fastuosa residencia renacentista, con fuentes de mármol, jardines colgantes y decoración a la italiana que los cronistas de la época describieron con asombro como un "paraíso terrenal". Aquel palacio, sepultado y olvidado durante siglos tras las guerras turcas, fue redescubierto por la arqueología en el siglo XX y hoy puede visitarse, evocando el momento en que este rincón del Danubio fue uno de los centros del Renacimiento europeo.
A pocos kilómetros de Budapest, en la orilla del Danubio, Szentendre es una pequeña ciudad de calles empedradas, casas de colores e iglesias de campanarios barrocos que le dan un aire mediterráneo insólito en Hungría. Ese carácter tiene un origen histórico preciso: la llegada de refugiados serbios que huían del avance otomano en los Balcanes.
El episodio decisivo fue la "Gran Migración de los Serbios" de 1690, cuando, tras el fracaso de un levantamiento antiotomano, decenas de miles de serbios ortodoxos encabezados por el patriarca Arsenije III Čarnojević cruzaron hacia los territorios de los Habsburgo. Muchos se instalaron en Szentendre, que se convirtió en un próspero centro comercial y en la sede de una importante comunidad ortodoxa serbia. Ellos levantaron las iglesias barrocas de la ciudad y su catedral ortodoxa, y le dieron su fisonomía característica. Con el tiempo, la comunidad serbia se fue reduciendo, pero su huella arquitectónica y espiritual permanece.
Desde comienzos del siglo XX, Szentendre se transformó además en una célebre colonia de artistas: pintores y escultores húngaros se instalaron en ella atraídos por su luz y su ambiente, y la ciudad se llenó de talleres, galerías y museos. Hoy, a un paso de la capital y en la puerta del recodo del Danubio, Szentendre combina su herencia serbia y barroca con su vocación artística, y es uno de los destinos de escapada favoritos desde Budapest.
El lago Balaton, en la Transdanubia, es el mayor lago de Europa central: unos 77 kilómetros de largo y hasta 14 de ancho, pero de aguas poco profundas y templadas, ideales para el baño. En un país sin mar, encerrado en el centro del continente desde que Trianon lo dejó sin costa, el Balaton hace las veces de litoral y por eso los húngaros lo llaman con cariño "el mar húngaro" (magyar tenger). Su orilla norte, más abrupta y volcánica, alberga viñedos, colinas y aguas termales; la orilla sur, de playas llanas y arena, concentra los grandes balnearios.
La presencia humana en torno al lago es antiquísima. Los romanos, que llamaron a la región Pannonia, cultivaron aquí la vid y dejaron villas y calzadas; la abadía medieval de Tihany, en el siglo XI, marcó el arraigo cristiano; y durante las guerras turcas la zona fue frontera disputada. Los viñedos de las laderas volcánicas del norte, como los del monte Badacsony, producen vinos apreciados desde hace siglos.
El Balaton se convirtió en destino turístico masivo desde fines del siglo XIX, con la llegada del ferrocarril, y sobre todo en el siglo XX. Sus aguas tibias, sus pueblos de veraneo, sus termas —como las del cercano lago Hévíz, el mayor lago termal apto para el baño del mundo— y sus viñedos hicieron de él el gran lugar de vacaciones de los húngaros. Bajo el socialismo y hasta hoy, el Balaton es sinónimo de verano, descanso y ocio popular.
Sobre una península que se adentra en el lago y casi lo parte en dos se alza Tihany, coronada por su abadía benedictina de dos torres, una de las estampas más famosas del Balaton. El monasterio fue fundado en 1055 por el rey Andrés I (András I), que está enterrado en su cripta románica, la única sala real de esa época que se conserva intacta en Hungría.
Lo que hace de Tihany un lugar único en la historia cultural húngara es su acta de fundación. El documento de 1055, que enumera las tierras y bienes donados por el rey a la abadía, está redactado en latín, como era habitual, pero intercala decenas de palabras y nombres en húngaro. Es el texto más antiguo conocido que contiene palabras escritas en lengua húngara: en total unas 58 palabras magiares, entre ellas la célebre frase "feheruuaru rea meneh hodu utu rea", que en húngaro moderno sería "Fehérvárra menő hadi útra" ("hacia el camino militar que va a Fehérvár"). Ese puñado de palabras es la primera huella escrita de una lengua que llevaba siglos hablándose pero que aún no se ponía por escrito.
Por eso el acta de fundación de Tihany es una reliquia lingüística de valor incalculable: permite a los estudiosos asomarse al húngaro del siglo XI, con formas y sonidos que después evolucionaron. El documento original se conserva en el archivo de la archiabadía de Pannonhalma. La abadía barroca que hoy corona la península fue reconstruida en el siglo XVIII, pero bajo ella siguen la cripta románica del rey Andrés y la memoria del texto que inauguró la historia escrita del idioma húngaro.
Durante las décadas del socialismo, el Balaton fue mucho más que el balneario de los húngaros: se convirtió en uno de los pocos lugares de todo el bloque del Este donde podían encontrarse, cara a cara, ciudadanos de la Alemania Oriental (RDA) y de la Alemania Occidental (RFA). La razón era geográfica y política. Los alemanes del este tenían prohibido viajar a Occidente, y los del oeste no podían visitar libremente el este; pero ambos podían pasar sus vacaciones en la Hungría "amiga" y relativamente abierta del comunismo gulash. Y el destino de vacaciones por excelencia era el Balaton.
Así, año tras año, familias divididas por el Muro de Berlín concertaban citas en los campings y las playas del lago para poder verse: abuelos que conocían a sus nietos, hermanos separados, novios de uno y otro lado. El Balaton se transformó en un punto de encuentro emocional para el pueblo alemán partido en dos, un lugar donde el Telón de Acero se volvía, por unas semanas de verano, un poco más permeable. La policía política de la RDA, la Stasi, vigilaba estos contactos, consciente de su carga política.
No es casual que fuera precisamente en Hungría, y en aquel verano de encuentros junto al Balaton, donde en 1989 se abriera la primera grieta del Telón de Acero. Miles de alemanes del este que veraneaban en Hungría aprovecharon la apertura de la frontera con Austria —el Pícnic Paneuropeo de agosto y la apertura total de septiembre— para huir a Occidente. El Balaton, escenario de tantos reencuentros clandestinos, fue también antesala de la caída del Muro y de la reunificación alemana.
En el extremo occidental del Balaton se encuentra Keszthely, la ciudad más antigua de la orilla del lago y una de las de mayor peso histórico. Su monumento principal es el Palacio Festetics, una imponente residencia barroca de la aristocrática familia Festetics, cuyos salones, jardines y biblioteca —la célebre Helikon, con decenas de miles de volúmenes— la convierten en uno de los palacios más bellos de Hungría.
El nombre de los Festetics está ligado a un hito de la historia europea. En 1797, el conde György Festetics fundó en Keszthely el Georgikon, considerado el primer establecimiento de enseñanza agrícola superior de Europa. En una época en que la agricultura seguía anclada en prácticas tradicionales, el Georgikon impartía formación científica en agronomía, ganadería y silvicultura, y fue pionero en la modernización del campo. La institución perduró y hoy la ciudad conserva un museo del Georgikon que recuerda aquella aventura ilustrada.
Keszthely, con su palacio, su universidad heredera del Georgikon, su ambiente cultural —los conciertos "Helikon"— y su cercanía al lago termal de Hévíz, es un centro histórico y educativo del oeste del Balaton, muy distinto del bullicio balneario de la orilla sur. Representa la cara ilustrada y aristocrática de la región lacustre.
En la orilla sur del Balaton, Siófok es la mayor ciudad del lago y su gran capital veraniega. Sus orígenes se remontan a la época romana: el emperador Galerio mandó excavar aquí, hacia el año 292, un canal para regular el nivel de las aguas del Balaton y desaguar hacia el Danubio a través del río Sió, obra que dio nombre y razón de ser al lugar. Durante siglos Siófok fue un modesto pueblo de esclusas y pesca.
Su transformación llegó con el ferrocarril y el turismo. A partir de fines del siglo XIX, con la llegada del tren, la orilla sur del Balaton —de playas de arena llana y aguas que se calientan pronto— se llenó de villas, balnearios y hoteles, y Siófok se convirtió en el principal centro de veraneo del lago. En Siófok nació además, en 1882, el compositor Imre Kálmán, uno de los grandes maestros de la opereta vienesa y húngara.
Bajo el socialismo, Siófok fue el epicentro del turismo popular y masivo del Balaton, con sus campings, sus casas de vacaciones sindicales y sus multitudes de veraneantes húngaros y del resto del bloque del Este. Hoy sigue siendo la localidad más animada del lago, conocida por sus playas, su vida nocturna y su ambiente estival. Encarna la vocación popular y turística de la orilla sur, la cara más bulliciosa y democrática del "mar húngaro".
El norte y el este de Hungría reúnen dos paisajes muy distintos. Al norte se extienden las Tierras Altas, las estribaciones de los Cárpatos, con macizos como el Mátra y el Bükk, valles vinícolas, viejas ciudades mineras y una hilera de castillos de frontera. Al este se abre la Gran Llanura (Alföld), la vasta planicie que baja hacia el Tisza, tierra de ganadería, agricultura y horizontes sin fin. Es una región de contrastes que ha jugado papeles clave en la historia húngara.
Durante los 150 años de dominación otomana, esta franja fue una tierra de frontera y de guerra permanente. Las fortalezas del norte —Eger la primera— fueron el dique que contuvo o retrasó el avance turco hacia el corazón de Europa, y de sus asedios nacieron las mayores leyendas heroicas del país. Más al este, la Gran Llanura quedó en buena parte bajo administración otomana o expuesta a sus incursiones, lo que despobló extensas comarcas.
En los siglos siguientes, la región se distinguió también por su fuerte impronta protestante: mientras la corte de los Habsburgo empujaba la Contrarreforma católica, el este húngaro, con Debrecen a la cabeza, se convirtió en un bastión del calvinismo. Viñas de fama mundial, castillos de leyenda, la pradera de los pastores y un protestantismo tenaz componen la personalidad de estas tierras del norte y el este.
Pocas historias condensan tanto el espíritu de la resistencia húngara como el sitio de Eger de 1552. En el otoño de ese año, un enorme ejército otomano, de decenas de miles de hombres al mando de Kara Ahmed Bajá, puso sitio a la fortaleza de Eger, en el norte del país. La defendían apenas unos 2.100 a 2.300 hombres —soldados profesionales, campesinos y hasta unas pocas decenas de mujeres— bajo el mando del capitán István Dobó. La desproporción era abrumadora, cercana a diecisiete contra uno.
Contra todo pronóstico, los defensores resistieron. Durante 39 días soportaron el fuego de artillería —se dice que cayeron dentro de la fortaleza casi 12.000 proyectiles— y rechazaron cinco grandes asaltos. Las mujeres de Eger combatieron junto a los hombres en las murallas, y la moral y la astucia de los sitiados suplieron su inferioridad numérica. Finalmente, agotados y con el invierno encima, los otomanos levantaron el sitio y se retiraron. La victoria de Eger, en un momento en que casi todo el país caía en manos turcas, tuvo un valor moral inmenso.
El episodio se convirtió en símbolo eterno del heroísmo patriótico gracias a la novela "Egri csillagok" ("Las estrellas de Eger", conocida en español como "Eclipse de la luna creciente"), que Géza Gárdonyi publicó en 1899 y que sigue siendo lectura obligada en las escuelas húngaras. Conviene recordar, para no convertir la leyenda en toda la historia, que la gloria de 1552 tuvo su reverso: en 1596 Eger sí cayó en poder otomano y permaneció turca casi un siglo, hasta 1687. De aquel período quedó en la ciudad, hoy famosa también por su vino tinto "Sangre de Toro" (Egri Bikavér), el minarete más septentrional del mundo otomano.
En el nordeste del país, donde los últimos contrafuertes de los Cárpatos se encuentran con las llanuras, se extiende la región vinícola de Tokaj-Hegyalja, una de las más antiguas y prestigiosas del mundo. Su producto emblemático es el Tokaji Aszú, un vino dulce de color dorado elaborado con uvas afectadas por la "podredumbre noble" (Botrytis cinerea), un hongo que, en las condiciones de humedad y sol de los valles del Tisza y el Bodrog, deshidrata y concentra el azúcar de los granos.
El aszú de Tokaj tiene una historia documentada de siglos: ya en el siglo XVII se elaboraba con las técnicas actuales, y su fama recorrió las cortes europeas. Se lo llamó "vinum regum, rex vinorum", el vino de los reyes y el rey de los vinos, expresión que la tradición atribuye a Luis XIV de Francia. Fue el vino favorito de zares, papas y emperadores, y en 1737 la región recibió una de las primeras delimitaciones y clasificaciones de viñedos del mundo, muy anterior a las de Burdeos o Oporto, con lo que Tokaj puede reclamar ser una de las cunas de las denominaciones de origen.
La historia del vino corrió pareja a la del país: los príncipes de Transilvania, como los Rákóczi, tenían aquí sus dominios, y el comercio del tokaji fue una fuente de riqueza y un instrumento diplomático. En el siglo XX, la colectivización comunista uniformó y degradó la producción, pero tras 1989 la región resurgió con inversiones y bodegas de calidad. En 2002, el "paisaje cultural histórico de la región vinícola de Tokaj" fue inscripto en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, en reconocimiento a mil años de una tradición vitícola viva.
Debrecen, la mayor ciudad del este húngaro, es conocida como la "Roma calvinista". Cuando la Reforma protestante se extendió por Europa en el siglo XVI, Debrecen la abrazó con tal firmeza que se convirtió en el gran bastión del calvinismo húngaro, mientras la corte de Viena imponía la Contrarreforma católica en el resto del reino. Su colegio reformado (Református Kollégium), fundado en el siglo XVI, fue durante siglos uno de los principales centros de educación protestante de Europa central, y la Gran Iglesia Reformada, de fachada neoclásica de dos torres, es el mayor templo protestante del país y símbolo de la ciudad.
Ese carácter de reducto de la independencia espiritual húngara hizo de Debrecen dos veces capital del país en momentos de crisis. La primera fue durante la guerra de independencia de 1848-49: cuando el ejército austríaco amenazó Pest, el gobierno revolucionario se trasladó a Debrecen, y fue allí, en la Gran Iglesia Reformada, donde el 14 de abril de 1849 la Dieta húngara, a instancias de Lajos Kossuth, proclamó la independencia de Hungría y el destronamiento de la casa de Habsburgo. Kossuth fue nombrado gobernador-presidente. Aquella independencia duró pocos meses, hasta el aplastamiento de la revolución por los ejércitos austríaco y ruso.
Debrecen volvió a ser capital provisional en el final de la Segunda Guerra Mundial: a fines de 1944, mientras Budapest seguía en manos alemanas y era asediada, se constituyó en la ciudad el Gobierno Provisional Nacional húngaro, bajo control soviético, que firmó el armisticio con los Aliados. Dos veces, en 1849 y en 1944, el destino político del país se decidió en esta capital del calvinismo y de la llanura oriental.
Al oeste de Debrecen se extiende Hortobágy, la mayor pradera continua de la puszta húngara: una llanura interminable de pastos, salinas y horizontes vacíos que es el corazón de la Gran Llanura. Durante siglos fue el reino de los pastores a caballo, los csikós, y de las razas ganaderas autóctonas —el buey gris de largos cuernos, la oveja racka de cuernos en espiral, los cerdos mangalica—, con sus rebaños, sus pozos de balancín y sus posadas de postas (csárda). El Puente de los Nueve Ojos, de piedra, es su imagen más célebre. Su valor natural y cultural, testimonio de una ganadería tradicional pastoril de más de dos milenios, hizo que el Parque Nacional de Hortobágy fuera inscripto en el Patrimonio Mundial de la Unesco en 1999.
Pero la puszta guarda también una memoria sombría del período comunista. En los años más duros del estalinismo de Mátyás Rákosi, entre 1950 y 1953, el régimen deportó por la fuerza a Hortobágy a miles de personas consideradas "enemigos de clase": campesinos acomodados (los llamados kulaks), antiguos terratenientes, oficiales, gente de origen "burgués" o simplemente sospechosa. Se los sacó de sus hogares, muchas veces de noche y con lo puesto, y se los confinó en campos de trabajo forzado repartidos por la llanura, obligándolos a labores agrícolas en condiciones muy duras y bajo vigilancia.
En aquellos campos de internamiento de la puszta —fueron una docena en la zona de Hortobágy— pasaron por privaciones, enfermedades y trabajos forzados miles de deportados, incluidos ancianos y niños, hasta que los campos se disolvieron tras la muerte de Stalin en 1953. Es una historia mucho menos conocida que la de Eger o la del vino, pero forma parte del pasado de esta llanura: bajo la belleza serena de la puszta late también la memoria de la represión comunista.
El sur y el oeste de Hungría corresponden a la Transdanubia (Dunántúl), la región al oeste del Danubio que fue el núcleo de la antigua Panonia romana y la zona más ligada, por geografía e historia, a la Europa central y mediterránea. Es tierra de colinas suaves, viñedos, viejas ciudades episcopales y una densa estratificación histórica: capas romanas, medievales, otomanas y austríacas se superponen en sus ciudades.
Durante las guerras turcas, buena parte del sur de la Transdanubia quedó bajo dominación otomana, con Pécs como una de sus ciudades importantes, mientras el oeste, más cercano a Viena, permaneció bajo control de los Habsburgo y se llenó de población de habla alemana. Esa mezcla —húngaros, alemanes (los "suabos del Danubio"), croatas, serbios— dio a la región un carácter especialmente plural.
El oeste, además, se convirtió en el siglo XX en la primera línea de la Guerra Fría: la frontera con Austria fue durante décadas el borde mismo del Telón de Acero, con su cerca electrificada y sus torres de vigilancia. Fue precisamente aquí, cerca de Sopron, donde en 1989 empezó a caer esa frontera. Ciudades cargadas de historia y una frontera que marcó el destino de Europa definen el sur y el oeste húngaros.
Pécs, la principal ciudad del sur de Hungría, tiene una de las historias más largas y ricas del país. En época romana se llamaba Sopianae y fue un centro importante de la provincia de Panonia; en el siglo IV, cuando el cristianismo se difundió por el Imperio, la ciudad se convirtió en un núcleo de la nueva fe y sus cristianos construyeron un notable conjunto de cámaras y capillas funerarias.
Esa necrópolis paleocristiana de Sopianae es hoy el mayor tesoro arqueológico de Pécs. Se trata de un conjunto de tumbas y cámaras sepulcrales subterráneas de los siglos IV y V, muchas de ellas decoradas con pinturas murales de temas bíblicos —escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento— de gran calidad, que las convierten en uno de los conjuntos funerarios paleocristianos más importantes al norte del Mediterráneo. Por su valor excepcional como testimonio del cristianismo primitivo en esta parte de Europa, la necrópolis paleocristiana de Pécs fue inscripta en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en el año 2000.
La continuidad histórica de Pécs siguió en la Edad Media: aquí se fundó en 1367, por iniciativa del rey Luis I el Grande, la primera universidad de Hungría. Ciudad episcopal y culta, Pécs fue durante siglos un foco de saber y de arte en el sur del reino, antes de que la llegada de los otomanos abriera un capítulo muy distinto de su historia.
Tras el desastre de Mohács —que ocurrió a pocos kilómetros de aquí— y la partición del país, Pécs cayó bajo dominación otomana en 1543 y permaneció turca durante unos 143 años, hasta 1686. Fue una de las ciudades más notables de la Hungría otomana, y de aquel siglo y medio quedaron en ella algunos de los mejores testimonios de la arquitectura islámica del país.
El monumento más emblemático es la antigua mezquita del bajá Qasim (Gazi Kászim pasa), levantada en el siglo XVI sobre una iglesia medieval, en la plaza principal de la ciudad. Es la mayor construcción de época otomana que se conserva en Hungría: un edificio de planta cuadrada coronado por una gran cúpula verde. Tras la reconquista cristiana fue convertida nuevamente en iglesia católica, y hoy sigue siendo templo cristiano, pero conserva claramente su silueta de mezquita, con su cúpula y sus arcos, en un mestizaje arquitectónico único. En su interior conviven símbolos de las dos religiones.
Pécs guarda además la mezquita de Yakováli Hasszán, más pequeña y la única del país que conserva íntegro su minarete, y restos de baños turcos. Esa herencia otomana, superpuesta a la romana y la medieval cristiana, hace de Pécs una de las ciudades más estratificadas y cosmopolitas de Hungría, donde se leen de un vistazo las distintas civilizaciones que pasaron por la cuenca de los Cárpatos. En 2010, esa riqueza cultural le valió ser Capital Europea de la Cultura.
En el extremo noroeste del país, pegada a la frontera austríaca, Sopron —la Scarbantia romana, la Ödenburg de habla alemana— es una de las ciudades que conservan intacto su casco medieval y barroco, porque las guerras del siglo XX apenas la tocaron. Pero su lugar en la memoria húngara se debe sobre todo a un episodio de 1921.
Tras la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Trianon y el de Saint-Germain adjudicaron a Austria una franja del oeste de Hungría, el Burgenland, poblada mayoritariamente por alemanes. Sopron debía pasar también a Austria. Pero la resistencia húngara —incluida una insurrección armada de voluntarios en el verano y otoño de 1921— y las negociaciones desembocaron en el Protocolo de Venecia, que dispuso, excepcionalmente, celebrar un plebiscito. Fue el único referéndum fronterizo autorizado por la Entente en todo el antiguo reino de Hungría.
La votación se celebró el 14 y el 16 de diciembre de 1921. Pese a que cerca de la mitad de la población de la ciudad era de lengua alemana, el 72,8 % de los votantes de Sopron eligió seguir siendo húngara; sumadas las ocho aldeas vecinas, el resultado favorable a Hungría fue del 65 %. Sopron fue así la única revisión territorial significativa a favor de Hungría tras Trianon, un consuelo simbólico en medio del desastre. En reconocimiento a esa lealtad, la ciudad recibió el título de "Civitas Fidelissima", la ciudad más fiel, y el aniversario de la votación se celebra como el "Día de la Fidelidad". En una época en que el país lo perdía casi todo, Sopron se convirtió en emblema de la fidelidad a la patria.
La frontera occidental de Hungría, junto a Sopron, fue durante la Guerra Fría uno de los tramos más cargados de tensión del Telón de Acero: la línea que separaba el bloque soviético del mundo occidental. Desde comienzos de los años cincuenta, el régimen comunista la selló con alambradas, campos minados, franjas aradas para detectar huellas y torres de vigilancia, para impedir que la gente huyera hacia Austria. Cruzarla podía costar la vida.
A fines de los años ochenta, con la Hungría reformista y la URSS de Gorbachov, esa frontera empezó a abrirse. En mayo de 1989, el gobierno húngaro comenzó a desmantelar la alambrada electrificada con Austria, un gesto de enorme carga simbólica. Pero el momento decisivo llegó el 19 de agosto de 1989 con el Pícnic Paneuropeo, una manifestación pacífica organizada cerca de Sopron, en la que se acordó abrir por tres horas un viejo portón fronterizo. La idea partió, entre otros, de Otto de Habsburgo, hijo del último emperador austrohúngaro.
Durante aquel pícnic, cientos de ciudadanos de la Alemania Oriental que veraneaban en Hungría —muchos venidos del Balaton— aprovecharon la apertura para cruzar en masa hacia Austria y el mundo libre: más de 600 personas escaparon aquel día, sin que los guardias húngaros lo impidieran. Fue la primera brecha real en el Telón de Acero, y desencadenó una reacción en cadena. Semanas después, el 10 de septiembre, Hungría abrió por completo su frontera occidental a los alemanes del este, y en noviembre caía el Muro de Berlín. Aquel rincón de la frontera de Sopron, donde en 1921 la ciudad había votado seguir en Hungría, fue en 1989 el lugar donde empezó a desmoronarse el bloque comunista.