Ciudad de la Paz es una de las historias urbanas más extrañas de África: una capital construida desde cero en medio de la selva, con avenidas de seis carriles, torres de vidrio, campo de golf de 18 hoyos y un hotel de lujo, para una población que todavía se cuenta por miles. La empezaron en 2008 con el nombre de Oyala, la rebautizaron Ciudad de la Paz en 2017 y el 2 de enero de 2026 pasó a ser, por decreto, la capital oficial del país, en lugar de Malabo.
El motivo del traslado no es solo administrativo. Después del intento de golpe de 2004, el gobierno buscó un emplazamiento interior, lejos de la costa y de un desembarco por mar, con clima más templado y acceso por carretera desde todo Río Muni. Sobre ese razonamiento se montó un discurso de reequilibrio territorial: descomprimir Malabo y Bata y llevar el Estado al centro geográfico del continente. El proyecto lo firmó el estudio portugués FAT – Future Architecture Thinking y lo construyeron sobre todo empresas chinas, con participación polaca, brasileña y norcoreana.
Esta guía la cuenta como es, sin postal ni panfleto: qué se puede ver realmente, qué está terminado y qué sigue vacío, cómo llegar, dónde dormir y comer, y —muy importante— dónde no conviene apuntar la cámara. Es un destino fascinante para quien le interesa la arquitectura, la política y las ciudades planificadas, pero no es un destino de servicios: prácticamente toda la infraestructura turística de la zona es un único hotel.
En 2008, el gobierno de Teodoro Obiang Nguema empezó a levantar en la selva del interior de Río Muni, junto al pueblo de Mengomeyén, una ciudad nueva llamada Oyala. La idea era mudar la capital del país lejos de la vulnerable Malabo insular —el intento de golpe de 2004 pesó mucho en la decisión— hacia un punto interior, más fresco y accesible por carretera desde todo el continente. En 2013 ya estaban listos el campo de golf y la autopista de seis carriles; en 2015 se creó el distrito urbano y en 2017 la provincia de Djibloho, y la ciudad pasó a llamarse Ciudad de la Paz. La Universidad Afro-Americana de África Central inauguró su campus en 2019 y recibió alumnos desde enero de 2020. El 2 de enero de 2026, un decreto-ley presidencial la declaró capital de la República de Guinea Ecuatorial y dio un año a las instituciones para mudarse. En abril de 2026, durante su viaje apostólico al país, el papa León XIV bendijo la primera piedra de la futura catedral de Ciudad de la Paz.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Antes de que hubiera avenidas de seis carriles, acá había selva. El interior de Río Muni —la parte continental de Guinea Ecuatorial— es territorio fang desde la gran migración que llevó a este pueblo desde el norte hacia el sur del Camerún actual, Gabón y la Guinea española entre los siglos XVIII y XIX. Los fang son hoy la etnia mayoritaria del país y la lengua fang es la que se escucha en cualquier mercado del continente.
España ejerció una soberanía nominal sobre la costa desde el Tratado de El Pardo de 1778, pero la ocupación efectiva del interior fue muy tardía: la administración colonial se dirigía desde la isla de Fernando Poo y desde enclaves insulares diminutos como Elobey Chico, y no completó el control del interior de Río Muni hasta bien entrado el siglo XX. Estas colinas a 450 metros de altitud, con sus 2.100 mm de lluvia al año y su bosque húmedo, quedaron durante generaciones al margen de cualquier plan urbano.
El asentamiento de referencia de la zona es Mengomeyén, un pueblo del distrito de lo que después sería la provincia de Djibloho, dentro del área histórica de Wele-Nzas. Es un lugar de casas bajas, huertas y carretera, del tipo que se repite por todo el interior continental. Su nombre, sin embargo, terminaría en los mapas aeronáuticos del mundo: allí se construyó, en 2012, el aeropuerto internacional que hoy sirve a la capital del país.
El otro elemento decisivo del paisaje es el río Wele, el curso de agua más importante del continente ecuatoguineano, que atraviesa Río Muni de este a oeste y desemboca en el Atlántico cerca de Mbini. Sobre el Wele se construyó la presa de Djibloho, de 120 MW, y son los puentes sobre ese río los que conectan la ciudad nueva con la red vial del país. Sin esa energía y sin esos puentes, el proyecto directamente no era viable.
Guinea Ecuatorial se independizó de España el 12 de octubre de 1968. Tras la dictadura de Francisco Macías Nguema y el golpe de agosto de 1979 que llevó al poder a su sobrino Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, el país entró en una etapa de estabilidad autoritaria prolongada. El descubrimiento de grandes yacimientos de petróleo y gas en el golfo de Guinea, con fuerza a partir de mediados de los años noventa, le dio al Estado una capacidad de gasto que no había tenido nunca.
En marzo de 2004 se frustró un intento de golpe de Estado que buscaba derrocar a Obiang y que involucraba a mercenarios extranjeros. El episodio dejó una lección estratégica que se cita sistemáticamente como origen del proyecto: la capital, Malabo, está en una isla, Bioko, a más de 200 kilómetros del territorio continental, expuesta a un desembarco por mar o a la toma de un único aeropuerto. Un gobierno concentrado allí es, en términos de seguridad, un blanco fácil.
A eso se sumaron argumentos de otro orden. Malabo y Bata concentraban población, servicios y actividad económica mientras el interior continental quedaba rezagado; una capital en el centro geográfico de Río Muni, accesible por carretera desde Bata, Mongomo, Ebebiyín y Evinayong, prometía reequilibrar el territorio. El emplazamiento elegido tenía además una ventaja concreta y comprobable: a 454 metros de altitud, el clima es notoriamente más templado que en la costa, con una media anual de 22,5 °C.
La combinación de miedo, dinero petrolero y voluntad de legado produjo lo que produce esa combinación en muchos lugares del mundo: una capital construida desde cero. Guinea Ecuatorial no inventó el género —Brasilia, Abuya, Yamusukro, Naipyidó y Nursultán son antecedentes evidentes, y Yamusukro, en Costa de Marfil, incluso comparte con este país la idea de coronar la capital nueva con una basílica descomunal—, pero lo llevó a una escala insólita en relación con el tamaño de su población.
Las obras arrancaron en 2008 con el nombre de Oyala. El plan urbano lo firmó el estudio portugués FAT – Future Architecture Thinking, con apoyo de la agencia AICEP Portugal Global, y el grueso de la construcción quedó en manos de empresas chinas, con China State Construction Engineering Corporation (CSCEC) como contratista principal; también participaron compañías polacas, brasileñas y norcoreanas. Los materiales combinaron componentes especializados importados con piedra y áridos de canteras del propio país.
El orden de las obras dice mucho del proyecto. Para 2013 ya estaban terminados el campo de golf de 18 hoyos y la autopista de seis carriles, junto con tres puentes y la conexión con el aeropuerto de Mengomeyén, inaugurado el 12 de octubre de 2012 —fecha de la independencia— con una pista de 3.000 metros apta para aviones del tamaño de un Boeing 747-400 y un costo declarado en torno a los 375 millones de dólares. Los edificios de gobierno, el parlamento y el palacio presidencial llegaron después, y algunos siguen inconclusos.
El Grand Hotel Djibloho, el gran complejo hotelero de cinco estrellas que domina la ciudad, se convirtió en su pieza más visible y en su único servicio realmente operativo para el visitante: mármol, spa, cuatro restaurantes, piletas, discoteca y once salas de convenciones para hasta 1.200 personas. En sus jardines viven tres chimpancés habituados a la presencia humana que los huéspedes visitan a primera hora de la mañana, una de esas escenas que resumen lo insólito del lugar.
La apuesta educativa llegó en paralelo. La Universidad Afro-Americana de África Central (AAUCA) se creó por decreto el 2 de diciembre de 2015 como segunda universidad pública del país; su campus de torres de vidrio se inauguró el 2 de agosto de 2019 y abrió las puertas a estudiantes nacionales e internacionales el 27 de enero de 2020. Es, junto con el hotel, el edificio que mejor funciona de la ciudad y el que le da algo parecido a una población estable.
La energía la resolvió la presa de Djibloho, de 120 MW, sobre el Wele, en el distrito de Djibloho-Evinayong. Sin ella, una ciudad de 8.150 hectáreas en medio de la selva habría sido inviable. La escala total del plan es de 81,5 km² y una población objetivo de entre 160.000 y 200.000 habitantes.
En 2015 el asentamiento fue constituido formalmente como distrito urbano dentro de la provincia de Wele-Nzas, y en 2017 se creó para él una provincia propia, Djibloho, la más nueva del país. Ese mismo año 2017 la ciudad pasó a llamarse oficialmente Ciudad de la Paz, un nombre programático que reemplazó al topónimo local Oyala. En la práctica conviven los tres nombres: los documentos oficiales dicen Ciudad de la Paz, los mapas y las reservas de hotel siguen diciendo Djibloho u Oyala, y la gente del lugar dice Djibloho.
El traslado de la administración empezó a comienzos de 2017, de manera gradual y sin gran publicidad. Durante casi una década la ciudad vivió una situación anómala: infraestructura de capital, funciones de capital a medias, y una población que en 2022 se estimaba en unos 2.000 habitantes para una ciudad diseñada para cien veces más. Los relatos de los pocos viajeros que llegaron hasta acá coinciden en la misma imagen: bulevares impecables sin autos, torres de oficinas vacías y militares vigilando el perímetro institucional.
El paso definitivo llegó el 2 de enero de 2026. Un decreto-ley firmado por el presidente Teodoro Obiang Nguema Mbasogo declaró a Ciudad de la Paz, Djibloho, capital de la República de Guinea Ecuatorial, desplazando a Malabo después de más de un siglo de capitalidad insular —Santa Isabel primero, Malabo después—. La norma establece que la Presidencia de la República, los poderes del Estado, los órganos constitucionales, los organismos gubernamentales y las empresas públicas disponen de un año desde la entrada en vigor para adoptar las medidas necesarias de traslado e instalación efectiva en la nueva capital.
El gobierno presentó la decisión como una operación de reequilibrio territorial: descomprimir Malabo y Bata, modernizar la administración pública y llevar el Estado al centro del continente. Los críticos ven sobre todo una obra de prestigio y de seguridad personal financiada con renta petrolera en un país señalado de forma constante por su opacidad y por su historial de derechos humanos. Las dos lecturas describen el mismo lugar.
El 2026 encuentra a Ciudad de la Paz en pleno traspaso. Los ministerios se mudan, las embajadas evalúan qué hacer, y buena parte de la vida institucional sigue repartida entre Malabo —donde está el aeropuerto internacional principal y el cuerpo diplomático— y Bata, que continúa siendo la mayor ciudad y el motor económico del país. La capital nueva funciona todavía a medio gas, con el Grand Hotel Djibloho como centro de gravedad y la universidad como su comunidad más estable.
El 21 de abril de 2026, el papa León XIV llegó a Guinea Ecuatorial en la última etapa de su viaje apostólico por África, después de Argelia, Camerún y Angola. Al día siguiente, el 22 de abril, celebró misa en la basílica de la Inmaculada Concepción de Mongomo y, a la entrada del templo, bendijo la primera piedra de lo que será la catedral de Ciudad de la Paz. Fue el gesto simbólico más importante recibido por la ciudad desde su fundación: la nueva capital tendrá catedral propia y su propio lugar en la geografía eclesiástica del país.
Para el viajero, la ciudad plantea una experiencia particular. No hay casco histórico, ni mercado antiguo, ni patrimonio: hay una idea de ciudad ejecutada en hormigón, vidrio y asfalto en medio de la selva ecuatorial, con un campo de golf terminado antes que el parlamento y tres chimpancés en el jardín del hotel. Es un destino para quien se interesa por la arquitectura del poder, las ciudades planificadas y la política africana contemporánea, no para quien busca playas, ruinas o vida callejera.
Y exige respetar reglas que acá no son un detalle. Esta es la zona más sensible del país en materia de seguridad: hay vigilancia militar permanente, no se fotografían edificios oficiales, palacios, residencias, garitas ni personal uniformado, y no conviene recorrer el área institucional a pie ni por cuenta propia. Los operadores locales tramitan permisos de fotografía para sus clientes; usar uno de ellos es, además de práctico, la forma sensata de visitar la capital más nueva de África sin sobresaltos.