Puerto Princesa es la puerta grande de Palawan, la 'última frontera' de Filipinas, y una ciudad que sorprende por su tranquilidad, su verde y su limpieza en un país de urbes caóticas. Pero la mayoría de los viajeros no viene por la ciudad en sí, sino por lo que esconde a un par de horas al norte: el Río Subterráneo de Puerto Princesa, un río navegable que se interna en la oscuridad de una montaña de piedra caliza, entre estalactitas colosales, cúpulas catedralicias y colonias de murciélagos. Es Patrimonio de la Humanidad y fue elegido una de las 'Nuevas 7 Maravillas de la Naturaleza', y navegarlo en una pequeña barca, con el guía iluminando las formaciones, es una experiencia inolvidable.
Más allá del Río, Puerto Princesa es una base cómoda y agradable para descubrir el corazón de Palawan: el island hopping de la bahía de Honda, con sus islotes y su snorkel; los manglares para recorrer en bote entre la selva; playas tranquilas; y una ciudad con buenos restaurantes de marisco, mercados y una fuerte identidad ecológica (Puerto Princesa presume de ser una de las ciudades más limpias y verdes del país). Es el punto de partida y de reabastecimiento antes de lanzarse a los grandes destinos del norte, como El Nido y Coron.
Esta guía te ayuda a organizar tu paso por Puerto Princesa: cómo visitar el Río Subterráneo (con su permiso y su reserva anticipada), qué otras excursiones vale la pena hacer, cómo moverte y cómo usar la ciudad de trampolín hacia el resto de Palawan. Puerto Princesa quizás no tenga la fama fotogénica de El Nido, pero es la llave de una de las islas más asombrosas del planeta y, en sí misma, un lugar amable donde empezar o cerrar una aventura por la última frontera de Filipinas.
Palawan, la larga isla donde se asienta Puerto Princesa, está habitada desde tiempos remotísimos: en las cuevas de Tabon, más al sur, se hallaron restos humanos de decenas de miles de años, entre los más antiguos de Filipinas, lo que hace de la isla una 'cuna' del poblamiento humano del archipiélago. Los pueblos indígenas —tagbanua, palawan, batak y otros— habitaron la región mucho antes de cualquier contacto colonial. Puerto Princesa como ciudad, en cambio, es relativamente joven: fue fundada por los españoles en 1872, hacia el final de su dominio en Filipinas, como puesto administrativo y militar en el centro de Palawan, y su nombre (que evoca a una princesa) tiene varias leyendas de origen. Bajo el dominio estadounidense del siglo XX, Palawan siguió siendo una frontera remota; Puerto Princesa incluso albergó una colonia penal. Durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad fue escenario de una tragedia: la masacre de prisioneros de guerra estadounidenses por las fuerzas japonesas en 1944. Tras la independencia, Puerto Princesa creció como capital de Palawan y, sobre todo en las últimas décadas, se transformó en la base del turismo de la provincia, impulsada por la fama mundial del Río Subterráneo, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1999. La historia completa de Palawan y de Puerto Princesa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La última frontera de Filipinas: una isla larga y salvaje que guarda los restos humanos más antiguos del país, los pecios de la Segunda Guerra en Coron y los paisajes kársticos de El Nido.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Puerto Princesa es la capital de Palawan, la larga y estrecha isla que se extiende hacia el suroeste de Filipinas, apuntando hacia Borneo, y a la que se conoce como 'la última frontera' del país. El apodo no es casual: por su lejanía, su naturaleza salvaje y su baja densidad de población, Palawan fue durante siglos —y en buena medida sigue siendo— un territorio de fronteras, de selvas casi vírgenes, arrecifes intactos y una biodiversidad que la convierte en la provincia con mayor riqueza natural de Filipinas.
Pero esa 'frontera' es, paradójicamente, uno de los lugares más antiguos habitados del archipiélago. En las cuevas de Tabon, en el sur de Palawan, los arqueólogos hallaron restos humanos y herramientas de decenas de miles de años de antigüedad, entre los más antiguos jamás encontrados en Filipinas. El 'Hombre de Tabon' convirtió a Palawan en una pieza clave para entender cómo los primeros seres humanos poblaron el sudeste asiático insular, usando la isla como puente natural desde el continente y desde Borneo.
Mucho antes de que existiera ninguna ciudad, Palawan estaba habitada por pueblos indígenas con culturas propias: los tagbanua, los pala'wan, los batak y otros, que vivían de la caza, la pesca, la recolección y una agricultura de subsistencia, en estrecha relación con la selva y el mar. Algunos, como los tagbanua, conservan hasta hoy sus tradiciones e incluso una escritura ancestral. Sobre ese sustrato profundo, milenario e indígena, se levantaría mucho después la joven ciudad de Puerto Princesa.
A diferencia de Manila (1571) o Vigan (1572), fundadas en los primeros años de la conquista, Puerto Princesa es una ciudad joven: nació en 1872, hacia el final del dominio español en Filipinas, apenas un cuarto de siglo antes de que España perdiera el archipiélago. Su fundación respondió a la necesidad de establecer un puesto administrativo y militar español en el centro de Palawan, una isla que hasta entonces había permanecido casi al margen del control colonial efectivo.
Durante casi toda la época colonial, en efecto, Palawan había sido una frontera lejana y difícil, con una presencia española más nominal que real, poblada por comunidades indígenas y musulmanas independientes, sobre todo hacia el sur. La fundación de Puerto Princesa buscaba afianzar la soberanía española sobre la isla, dotarla de una capital y un puerto, y controlar mejor un territorio estratégico frente a otras potencias en la región. Se eligió un buen puerto natural en la costa este, en el centro de la isla, para asentar la nueva ciudad.
El propio nombre, 'Puerto Princesa', evoca a una princesa, y su origen está envuelto en varias leyendas y explicaciones: unas lo vinculan a una princesa española, otras a la hija de un rey, y otras a distintas historias locales. Sea cual sea el origen exacto, el nombre le dio a la joven capital un aire romántico que contrasta con su realidad de puesto fronterizo. Nacida tan tarde en la era española, Puerto Princesa apenas tuvo tiempo de desarrollarse bajo España antes de que, en 1898, el archipiélago entero cambiara de manos.
Con el cambio de siglo, y tras la cesión de Filipinas a Estados Unidos en 1898, Palawan pasó a la administración estadounidense y siguió siendo una provincia remota y poco poblada. Bajo el nuevo régimen, Puerto Princesa adquirió una función particular: la de albergar una colonia penal. A comienzos del siglo XX se estableció en sus cercanías la Iwahig Penal Colony, una prisión sin muros ni rejas, pionera en su concepto, donde los presos vivían y trabajaban la tierra en un régimen de reinserción, en medio de la naturaleza de Palawan. Esa colonia, todavía existente, es una de las particularidades históricas de la zona.
Pero el capítulo más oscuro de la historia de Puerto Princesa llegó con la Segunda Guerra Mundial. Tras la invasión japonesa de Filipinas, la ciudad quedó bajo ocupación, y en ella los japoneses mantenían un campo de prisioneros de guerra estadounidenses. El 14 de diciembre de 1944, ante el avance aliado y temiendo la liberación de los prisioneros, las fuerzas japonesas cometieron una atrocidad: obligaron a unos 150 prisioneros a meterse en refugios antiaéreos subterráneos, los rociaron con combustible y les prendieron fuego, y dispararon a quienes intentaban escapar. Solo un puñado sobrevivió para contarlo. La 'masacre de Palawan' es una de las páginas más terribles de la guerra en Filipinas.
El lugar de aquella tragedia, la Plaza Cuartel —ruinas de una antigua guarnición española en el centro de la ciudad—, es hoy un memorial sobrio y conmovedor que recuerda a las víctimas. Tras la guerra y la independencia de Filipinas en 1946, Puerto Princesa, como el resto del país, se dedicó a la reconstrucción y siguió creciendo lentamente como capital de una provincia todavía apartada, cuya gran riqueza —su naturaleza extraordinaria— aún no había sido descubierta por el mundo.
Si Puerto Princesa es hoy conocida en el mundo entero, se debe sobre todo a un tesoro natural que estuvo ahí, oculto en la selva, durante millones de años: el Río Subterráneo. A unas dos horas al norte de la ciudad, en la zona de Sabang, un río fluye bajo tierra a través de una montaña de piedra caliza durante varios kilómetros antes de desembocar directamente en el mar, formando uno de los ríos subterráneos navegables más largos del planeta, en un entorno de karst y selva de una biodiversidad excepcional.
El reconocimiento de este tesoro fue creciendo con el tiempo. La zona se protegió como parque nacional, y en 1999 la Unesco inscribió el Parque Nacional del Río Subterráneo de Puerto Princesa en la lista del Patrimonio de la Humanidad, valorando tanto la espectacularidad del río y sus cavernas como la riqueza de sus ecosistemas —montaña, selva y mar en un solo lugar—, hogar de numerosas especies. Fue un espaldarazo que empezó a atraer a los primeros visitantes internacionales.
El salto definitivo a la fama global llegó en 2012, cuando el Río Subterráneo fue proclamado una de las 'Nuevas 7 Maravillas de la Naturaleza' en una votación mundial. El impacto fue enorme: Puerto Princesa y Palawan se convirtieron de golpe en un destino de primer orden, y el número de visitantes se disparó. La ciudad, que hasta entonces era sobre todo un tranquilo puesto administrativo, se transformó en la gran puerta de entrada del turismo a Palawan, con su aeropuerto ampliado, hoteles, restaurantes y agencias, y el Río Subterráneo como imán principal. Para gestionar tanta afluencia sin dañar el frágil ecosistema, se implantó un sistema de permisos con cupos limitados, que sigue vigente.
La Puerto Princesa del siglo XXI es la capital y el motor de Palawan, y la principal puerta de entrada de los millones de viajeros que visitan la 'última frontera' de Filipinas. Por su aeropuerto pasa la mayoría de quienes van a descubrir el Río Subterráneo, El Nido, Coron o las playas escondidas de la isla. El turismo transformó la economía de la ciudad y de la provincia, dando trabajo y oportunidades a una población que antes vivía sobre todo de la pesca, la agricultura y la administración.
Un rasgo distingue a Puerto Princesa de otras ciudades filipinas: su fuerte apuesta ambiental. Se ha ganado fama de ser una de las ciudades más limpias, verdes y ordenadas del país, con campañas de reforestación, protección de sus recursos naturales y una conciencia ecológica poco común. Esa identidad de 'ecociudad' tiene todo el sentido en una provincia cuyo mayor capital es, precisamente, su naturaleza extraordinaria, y encaja con la necesidad de conservar aquello que atrae a los visitantes.
Porque ese es, también aquí, el gran desafío. El éxito turístico de Palawan y de su Río Subterráneo trae los riesgos habituales: presión sobre los ecosistemas, sobre el agua y sobre los servicios, y el peligro de que un crecimiento descontrolado degrade la 'última frontera'. Los cupos de visitantes en el Río, las tasas ecológicas y las políticas ambientales de la ciudad son intentos de mantener el equilibrio. Para el viajero, pasar por Puerto Princesa es más que una escala: es entrar por la puerta grande a una de las islas más asombrosas del planeta, y hacerlo con respeto —cuidando su naturaleza, apoyando a las comunidades, valorando su historia, incluidas sus páginas más dolorosas— es la mejor manera de honrar a esta joven ciudad y a la tierra milenaria que la rodea.