Manila desconcierta a primera vista: es enorme, caótica, ruidosa y a veces dura, pero también intensa, cálida y llena de capas de historia como pocas capitales de Asia. Fundada por los españoles en 1571 sobre un asentamiento musulmán a orillas del río Pásig, fue durante tres siglos y medio la 'Perla de Oriente', el extremo asiático del imperio español y el punto donde el Galeón de Manila unía Asia con América. Esa herencia hispánica —única en el sudeste asiático— convive hoy con la impronta estadounidense del siglo XX, la modernidad de los rascacielos de Makati y la vitalidad desbordante de una de las metrópolis más pobladas del planeta.
Para la mayoría de los viajeros, Manila es la puerta de entrada a Filipinas y una escala casi obligada antes de volar a las playas de Palawan, las Bisayas o las montañas del norte. Pero quien le da una oportunidad descubre una ciudad con alma: la ciudad amurallada de Intramuros, donde todavía resuenan los pasos de los conquistadores y del héroe nacional José Rizal; las iglesias barrocas Patrimonio de la Humanidad; el barrio chino de Binondo, el más antiguo del mundo, con su comida increíble; los museos nacionales gratuitos que guardan las grandes obras del arte filipino; y esos atardeceres anaranjados sobre la bahía que son marca registrada de la ciudad.
Esta guía ordena el caos de Manila con mirada práctica y cálida: qué ver en Intramuros y cómo recorrerla, cómo moverse esquivando el tránsito legendario, dónde comer bien y barato, cuánto cuestan las entradas y cómo aprovechar una escala corta. Manila premia al viajero curioso y sin prejuicios: quien mira más allá del tráfico y el desorden encuentra una historia riquísima, una gente entre las más amables y sonrientes de Asia y un cruce fascinante entre Oriente y Occidente.
Aunque a orillas del río Pásig ya existía el asentamiento fortificado de Maynila, gobernado por rajás musulmanes vinculados al sultanato de Brunéi, la Manila que conocemos nació en 1571, cuando el conquistador Miguel López de Legazpi la tomó y la fundó como capital española de las islas Filipinas, bautizadas así en honor al rey Felipe II. Durante 333 años Manila fue el corazón del dominio español en Asia y el puerto asiático del célebre Galeón de Manila, que durante 250 años cruzó el Pacífico hasta Acapulco cargando seda y porcelana china rumbo a América y plata mexicana de vuelta. La ciudad amurallada de Intramuros fue el núcleo de ese poder colonial y religioso. En el siglo XIX, Manila fue cuna del movimiento nacionalista: aquí escribió y murió fusilado en 1896 el héroe José Rizal. En 1898, tras la guerra hispano-estadounidense, España cedió Filipinas a Estados Unidos, que la gobernó hasta 1946 (con el brutal paréntesis de la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial, cuando la batalla de Manila de 1945 arrasó la ciudad y mató a más de 100.000 civiles). Desde la independencia, Manila creció hasta convertirse en la megaciudad de hoy. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El norte grande de Filipinas: la caótica capital, Manila, las terrazas de arroz milenarias de los ifugao, los pueblos de la Cordillera y la Vigan colonial que el tiempo no tocó.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de que llegaran los españoles, en la desembocadura del río Pásig ya latía una ciudad. Se llamaba Maynila, y su nombre probablemente derive de 'may nilad', una expresión tagala que alude a una planta de flores blancas (el nilad) que crecía en las orillas del río y de la bahía. No era una aldea de pescadores cualquiera: era un asentamiento fortificado, un centro de comercio próspero que controlaba el tráfico fluvial y marítimo de la zona.
Hacia el siglo XVI, Maynila estaba gobernada por una élite musulmana emparentada con el poderoso sultanato de Brunéi, que había extendido su influencia y el islam por buena parte del archipiélago. Al frente estaban jefes con el título de rajá: el rajá Sulayman, el rajá Matanda y, en la orilla norte del río, en Tondo, el rajá Lakandula. Comerciaban con China, Borneo, Malaca y el resto del sudeste asiático, intercambiando oro, cera, algodón y esclavos por porcelana, seda y objetos de lujo. En la punta donde el Pásig se encuentra con la bahía se alzaba un fuerte de troncos y estacas, protegido por cañones de bronce, que custodiaba la entrada al río.
Esa Manila indígena, musulmana y comercial, es la que encontraron los conquistadores cuando remontaron la bahía. Su historia quedó casi sepultada bajo tres siglos y medio de dominación española, pero su nombre —transformado en 'Manila'— y su emplazamiento estratégico sobrevivieron a todo. La ciudad que hoy conocemos se levantó, literalmente, sobre las cenizas de aquel reino del río.
En 1565, el conquistador Miguel López de Legazpi había establecido el primer asentamiento español permanente en Filipinas, en Cebú, cerrando el círculo abierto por Fernando de Magallanes, que había llegado (y muerto) en el archipiélago en 1521. Las islas fueron bautizadas 'Filipinas' en honor al rey Felipe II. Pero Legazpi pronto puso los ojos en Maynila, cuya posición sobre la bahía y el río la hacían ideal como capital.
En 1570 una expedición española al mando de Martín de Goiti chocó con las fuerzas del rajá Sulayman; hubo combate y la vieja Maynila quedó incendiada. Al año siguiente, en 1571, el propio Legazpi llegó, negoció y sometió a los jefes locales, y el 24 de junio de 1571 proclamó formalmente la ciudad de Manila como capital de las Filipinas españolas, otorgándole el título de 'Insigne y Siempre Leal Ciudad'. Sobre el emplazamiento del antiguo fuerte indígena empezó a levantarse la ciudadela española.
Así nació Intramuros, la ciudad amurallada: un recinto de piedra rodeado de murallas, baluartes y fosos, construido a lo largo de las décadas siguientes con trabajo forzado indígena y chino. Dentro se concentraron el poder político, la guarnición militar y, sobre todo, la Iglesia: catedral, conventos de agustinos, dominicos, franciscanos y jesuitas, y las primeras universidades de Asia, como la Universidad de Santo Tomás (1611). Intramuros era la Manila 'española'; fuera de los muros, en arrabales como Binondo —el barrio chino más antiguo del mundo, fundado en 1594— vivían los chinos, los mestizos y los indígenas. Esa Manila colonial se convirtió en el corazón del imperio español en Asia.
Durante dos siglos y medio, Manila fue mucho más que una capital colonial: fue una de las bisagras del primer comercio verdaderamente global de la historia. Entre 1565 y 1815, el célebre Galeón de Manila (también llamado 'la Nao de China') cruzó el océano Pacífico una o dos veces por año, uniendo Manila con el puerto de Acapulco, en la Nueva España (el actual México).
El mecanismo era tan simple como colosal. A Manila llegaban juncos chinos cargados de seda, porcelana, marfil, especias, jade y lacas de China y del resto de Asia. Todo eso se embarcaba en enormes galeones que zarpaban rumbo a Acapulco, donde las mercancías se vendían y se distribuían por América y, desde allí, hasta Europa. De vuelta, los galeones traían de América sobre todo una cosa: plata mexicana y peruana, que era la moneda con la que China quería comerciar. Manila era el punto donde la plata americana se convertía en seda china. Durante generaciones, la vida y la fortuna de la ciudad dependieron de la llegada del galeón: cuando el barco naufragaba —y varios se hundieron con cargas fabulosas—, la economía entera de Manila entraba en crisis.
Ese tráfico transpacífico convirtió a Manila en una ciudad cosmopolita y a la vez vulnerable. Fue atacada por piratas chinos, por corsarios holandeses e ingleses, y en 1762 llegó a ser ocupada durante casi dos años por las tropas británicas, en el marco de la Guerra de los Siete Años, antes de ser devuelta a España. La comunidad china (los 'sangleyes'), imprescindible para el comercio y los oficios, fue tolerada y perseguida por turnos, con matanzas y expulsiones periódicas. La apertura del Canal de Suez en 1869 y el fin del galeón décadas antes reorientaron el comercio, pero la huella de aquellos siglos —el mestizaje, la comida, el catolicismo, el propio trazado de la ciudad— quedó grabada para siempre en Manila.
En el siglo XIX, Manila fue el escenario del nacimiento de la conciencia nacional filipina. La ciudad crecía, tenía imprentas, universidades y una clase mestiza e ilustrada que empezó a mirar con ojos críticos el dominio español y, sobre todo, el enorme poder de las órdenes religiosas. De ese ambiente surgió José Rizal (1861-1896): médico, novelista, poeta y políglota, formado en Manila y en Europa, cuyas novelas 'Noli me tángere' y 'El filibusterismo' —escritas en español— denunciaron con crudeza los abusos del sistema colonial y despertaron el orgullo nacional.
Rizal no era partidario de la revolución armada, sino de las reformas pacíficas, pero sus ideas encendieron la mecha. En 1896 estalló la Revolución filipina, impulsada por la sociedad secreta Katipunan de Andrés Bonifacio. Las autoridades españolas culparon a Rizal de inspirar el levantamiento y lo detuvieron; tras un juicio militar, fue fusilado la mañana del 30 de diciembre de 1896 en el descampado de Bagumbayan, junto a la bahía, el actual Rizal Park. Su ejecución, lejos de apagar la rebelión, lo convirtió en mártir y en héroe nacional, símbolo eterno de la lucha por la libertad.
La Revolución seguía en marcha cuando estalló, en 1898, la guerra hispano-estadounidense. La flota estadounidense del comodoro George Dewey destruyó a la escuadra española en la batalla de la bahía de Manila el 1 de mayo de 1898. España, derrotada en varios frentes, firmó ese mismo año el Tratado de París y cedió Filipinas (junto con Cuba, Puerto Rico y Guam) a Estados Unidos por veinte millones de dólares. Los filipinos, que habían proclamado su independencia en junio de 1898, se encontraron con un nuevo dueño: el sueño de la libertad se aplazó, y siguió una sangrienta guerra filipino-estadounidense (1899-1902) que costó cientos de miles de vidas.
Bajo el dominio de Estados Unidos (1898-1946), Manila se transformó. Los estadounidenses trazaron avenidas, levantaron edificios de estilo neoclásico, impulsaron un ambicioso plan urbanístico del arquitecto Daniel Burnham, extendieron la educación pública en inglés y modernizaron el puerto y los servicios. La ciudad vivió unas décadas de crecimiento y de vida cultural intensa, con Intramuros todavía en pie como testimonio de su pasado hispánico. En 1935 se estableció la Mancomunidad de Filipinas, un gobierno autónomo camino de la independencia prometida.
Todo se derrumbó con la Segunda Guerra Mundial. En diciembre de 1941, tras el ataque a Pearl Harbor, Japón invadió Filipinas; Manila fue declarada 'ciudad abierta' pero igual ocupada, y siguieron años durísimos de dominación japonesa. La tragedia mayor llegó al final: entre febrero y marzo de 1945, cuando las tropas estadounidenses avanzaban para liberar la ciudad, se libró la batalla de Manila, uno de los combates urbanos más devastadores de toda la guerra en el Pacífico. Las fuerzas japonesas atrincheradas resistieron casa por casa y, en su repliegue, cometieron atrocidades masivas contra la población civil. El resultado fue apocalíptico: gran parte de Manila quedó reducida a escombros, Intramuros fue arrasada casi por completo (solo la iglesia de San Agustín quedó en pie) y murieron más de 100.000 civiles. Manila fue, tras Varsovia, una de las capitales más destruidas de la Segunda Guerra Mundial.
El país obtuvo por fin la independencia el 4 de julio de 1946, pero Manila cargaba con la herida de la destrucción. La reconstrucción fue rápida y a menudo caótica: la ciudad se expandió sin planificación, absorbió oleadas de migrantes del campo y se fundió con las ciudades vecinas hasta formar la enorme Metro Manila de hoy. Intramuros empezó a ser restaurada recién en los años setenta, en un esfuerzo por recuperar la memoria colonial perdida.
La Manila del siglo XXI es una de las grandes megaciudades del planeta: Metro Manila reúne a unos 13-14 millones de personas en un mosaico de ciudades pegadas, y es el motor económico, político y cultural de Filipinas. Conviven en ella realidades extremas: los rascacielos, malls y distritos financieros de Makati y Bonifacio Global City, con su lujo y su vida nocturna, y los barrios populares densísimos, el tráfico legendario, la contaminación y la desigualdad de una urbe que crece sin freno.
A la vez, Manila guarda con orgullo su memoria. Intramuros, restaurada en parte, sigue contando la historia hispánica del país; el Rizal Park mantiene vivo el culto al héroe nacional; los museos nacionales, hoy gratuitos, exhiben las obras maestras del arte filipino, empezando por el 'Spoliarium' de Juan Luna; y el barrio chino de Binondo late con la misma energía comercial de hace cuatro siglos. La religiosidad sigue siendo un rasgo central: Filipinas es uno de los países más católicos del mundo, y en Manila las procesiones, las misas multitudinarias y devociones como la del Nazareno Negro de Quiapo movilizan a millones de personas.
Manila puede resultar abrumadora, dura y agotadora para el visitante desprevenido. Pero es también una ciudad de una calidez humana enorme, con una gente entre las más amables y sonrientes de Asia, una comida que mezcla influencias malayas, chinas, españolas y estadounidenses como en ningún otro lugar, y una historia que la vuelve única: el punto donde Oriente y Occidente llevan cuatro siglos y medio encontrándose. Sigue siendo, con todos sus contrastes, el corazón palpitante de Filipinas.