Martha's Vineyard es una de esas islas que parecen hechas para el verano. Situada frente a la costa sur de Cape Cod, en Massachusetts, es la mayor isla de Nueva Inglaterra y un destino que combina playas de arena, faros blancos, acantilados de arcilla de colores, casas de tablones grises curtidos por la sal y pueblos con un encanto clásico de Nueva Inglaterra. Aquí veranearon presidentes —Barack Obama eligió la isla en varias ocasiones— y celebridades, pero también es un lugar de comunidades de pescadores, granjeros y familias que vuelven generación tras generación.
La isla tiene dos mitades de carácter distinto. El 'Down-Island', con los pueblos de Edgartown, Oak Bluffs y Vineyard Haven, es la zona más animada y turística: Edgartown deslumbra con sus mansiones blancas de capitanes balleneros y su faro; Oak Bluffs sorprende con su barrio de coloridas casitas de madera con remates de encaje, los famosos 'gingerbread cottages', su carrusel histórico y su animado puerto. El 'Up-Island', con West Tisbury, Chilmark y Aquinnah, es más rural y tranquilo, de granjas, bosques, estanques y los espectaculares acantilados de arcilla de Aquinnah (Gay Head), territorio del pueblo wampanoag.
Esta guía recorre Martha's Vineyard con mirada práctica y cálida: cómo llegar en ferry y moverse por la isla, qué pueblos y faros visitar, dónde están las mejores playas, cómo recorrerla en bicicleta y dónde comer la langosta y las ostras frescas. La isla se disfruta sin auto si uno se organiza, combinando bici, bus y ferry, y regala días tranquilos de mar, paisaje y pueblos de postal.
Mucho antes de la llegada de los europeos, Martha's Vineyard era territorio del pueblo wampanoag, que la llamaba 'Noepe' (a veces traducido como 'tierra en medio de las corrientes') y vivía de la pesca, el marisqueo, la caza y el cultivo. En 1602, el explorador inglés Bartholomew Gosnold recorrió estas aguas y dio a la isla el nombre de 'Martha's Vineyard', según la tradición en honor a una Martha de su familia (posiblemente su hija o su suegra) y por los viñedos silvestres que encontró. La colonización inglesa comenzó hacia 1642 con Thomas Mayhew, cuya familia gobernó la isla durante generaciones y mantuvo, a diferencia de otras zonas, relaciones relativamente menos violentas con los wampanoag, muchos de los cuales se convirtieron al cristianismo. En los siglos XVIII y XIX, la isla prosperó con la pesca y, sobre todo, con la caza de ballenas, que enriqueció a Edgartown y llenó sus calles de mansiones de capitanes. A mediados del siglo XIX, Oak Bluffs nació como sede de multitudinarios campamentos religiosos metodistas al aire libre, cuyas carpas se transformaron con el tiempo en las célebres casitas de madera 'gingerbread'. Con la decadencia de la caza de ballenas, la isla se reinventó como destino de veraneo, papel que conserva hasta hoy. El pueblo wampanoag de Aquinnah (Gay Head) mantiene su identidad y su tierra en el extremo oeste de la isla. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La cuna de la nación: tierra wampanoag donde desembarcaron los peregrinos del Mayflower, escenario de la Revolución en Boston, hogar de Harvard y del veraneo de Cape Cod y Martha's Vineyard.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de que ningún europeo le pusiera nombre, la isla que hoy llamamos Martha's Vineyard era 'Noepe' para sus habitantes, el pueblo wampanoag, de lengua algonquina. El topónimo 'Noepe' suele traducirse como 'tierra en medio de las corrientes' o 'tierra rodeada de aguas', en referencia a las fuertes corrientes que rodean la isla. Los wampanoag habitaban también la vecina Cape Cod, las islas Elizabeth y Nantucket, formando una red de comunidades emparentadas a lo largo del sureste de la actual Massachusetts.
En la isla, los wampanoag vivían de una combinación de pesca, marisqueo, caza y agricultura. Aprovechaban la abundancia del mar —peces, almejas, ostras— y cultivaban maíz, porotos y calabaza, además de recolectar frutos y plantas. Su vida estaba organizada en torno a los ciclos de las estaciones y a un profundo conocimiento del entorno marino y terrestre, transmitido de generación en generación a través de la tradición oral.
La región de los acantilados de Gay Head (Aquinnah), en el extremo oeste de la isla, fue y sigue siendo un lugar central para los wampanoag, cargado de significado espiritual. Pese a siglos de colonización, enfermedades, despojo de tierras y presiones para la asimilación, el pueblo wampanoag de Aquinnah (Gay Head) no desapareció: hoy es una de las comunidades tribales reconocidas, mantiene su tierra e identidad en la isla y conserva viva la memoria de Noepe, recordando que la historia de Martha's Vineyard empieza mucho antes de la llegada de los barcos europeos.
El nombre actual de la isla nació en 1602, cuando el explorador inglés Bartholomew Gosnold recorrió estas aguas a bordo del barco Concord, en el mismo viaje en que bautizó Cape Cod por la abundancia de bacalao. Al desembarcar en la isla, Gosnold encontró abundantes vides silvestres y, según la tradición, le dio el nombre de 'Martha's Vineyard': el 'viñedo de Martha'. La parte de 'Vineyard' (viñedo) alude a esas vides; la de 'Martha', a una mujer de su familia.
Existe cierta discusión histórica sobre a qué Martha se refería el nombre. La explicación más difundida sostiene que fue en honor a su hija pequeña, llamada Martha; otra versión propone que honraba a su suegra (o a otra familiar) del mismo nombre. Lo cierto es que el topónimo se fijó y, con el tiempo, terminó imponiéndose sobre el nombre indígena Noepe en el uso oficial, aunque este último nunca se olvidó del todo.
Gosnold no fundó ningún asentamiento permanente; su viaje fue de exploración y reconocimiento. Pero, al igual que con Cape Cod, sus nombres quedaron grabados en el mapa. Curiosamente, durante un tiempo el nombre estuvo a punto de perder su apóstrofo y su forma exacta varió en los documentos, hasta consolidarse como 'Martha's Vineyard'. Hoy, el nombre evoca tanto aquella exploración isabelina como las vides silvestres que sorprendieron a los marinos ingleses hace más de cuatro siglos.
La colonización inglesa permanente de Martha's Vineyard comenzó hacia 1642, cuando Thomas Mayhew, un comerciante inglés que había obtenido los derechos sobre la isla (y sobre Nantucket y las islas Elizabeth), estableció un asentamiento en lo que hoy es Edgartown, entonces llamado Great Harbor. La familia Mayhew gobernaría la isla como una suerte de señorío durante varias generaciones.
Un rasgo distintivo de la colonización de la isla, frente a la de otras zonas de Nueva Inglaterra, fue que las relaciones entre los Mayhew y los wampanoag fueron, en términos comparativos, menos violentas. Thomas Mayhew hijo y otros misioneros dedicaron esfuerzos a la evangelización de los wampanoag, y muchos de ellos se convirtieron al cristianismo, formando comunidades de 'indios oradores' (praying Indians). Esto no evitó, sin embargo, la pérdida progresiva de tierras y autonomía de los pueblos originarios, ni el impacto devastador de las enfermedades europeas. Notablemente, durante la guerra del Rey Felipe (King Philip's War, 1675-1676), que asoló el continente, la isla se mantuvo relativamente al margen del conflicto armado.
Durante los siglos siguientes, la población inglesa fue creciendo y la isla se organizó en los towns que hoy conocemos. La economía se asentó sobre la pesca, la agricultura y la actividad marítima, sentando las bases de la próspera era ballenera que vendría después. La huella de aquel período colonial sigue visible en los nombres de los pueblos, en la traza de Edgartown y en la persistencia de la comunidad wampanoag de Aquinnah, que mantuvo su identidad a lo largo de toda la colonización.
Entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX, Martha's Vineyard vivió su época de mayor prosperidad económica gracias a la caza de ballenas, la gran industria de la región junto con la vecina Nantucket y el puerto continental de New Bedford. Los balleneros zarpaban en viajes de meses o años hacia los océanos del mundo en busca de ballenas, cuyo aceite era un producto valiosísimo, usado para iluminación y como lubricante, en una época en que aún no existía el petróleo industrial.
Edgartown fue el gran beneficiario de aquella bonanza. Los capitanes y armadores balleneros que hacían fortuna invirtieron sus ganancias en construir las imponentes mansiones blancas de estilo federal y griego que todavía hoy bordean sus calles, especialmente las que dan al puerto. Aquellas casas, con sus columnas, sus cercas blancas y sus jardines, son el testimonio visible de la riqueza que el mar trajo a la isla, y dan a Edgartown ese aire elegante y señorial que conserva.
La era ballenera entró en declive hacia mediados del siglo XIX, golpeada por la sobreexplotación de las ballenas, por desastres como naufragios y por la aparición del petróleo (el queroseno empezó a reemplazar al aceite de ballena tras los primeros pozos petroleros de 1859). La isla, como tantos puertos balleneros, tuvo que reinventarse. Pero la herencia de aquella época —las mansiones, los nombres de los capitanes, los museos y la cultura marinera— sigue siendo una parte fundamental de la identidad de Martha's Vineyard.
Una de las historias más singulares de la isla es la del pueblo de Oak Bluffs, nacido de un fenómeno religioso. A partir de mediados del siglo XIX (desde 1835), una congregación metodista comenzó a organizar en este punto de la isla grandes encuentros religiosos de verano al aire libre, los llamados 'camp meetings'. Miles de fieles llegaban cada temporada y acampaban en carpas alrededor de un espacio central de predicación, en jornadas de oración, cantos y sermones que duraban días.
Con el paso de los años, aquellas carpas temporales fueron reemplazadas por pequeñas casas de madera permanentes, construidas en los mismos lotes diminutos que ocupaban las tiendas. Sus dueños las decoraron con elaborados remates de madera calada —filigranas, encajes y motivos que recuerdan el estilo 'Carpenter Gothic'— y las pintaron de colores vivos, dando origen a las célebres casitas conocidas como 'gingerbread cottages' (casitas de pan de jengibre) por su aspecto de dulce decorado. En el centro de este barrio se levantó un gran tabernáculo de hierro que aún hoy preside el conjunto.
El éxito de los encuentros y la belleza del lugar atrajeron a veraneantes laicos, y alrededor del campamento creció una próspera localidad turística que terminó constituyéndose como el town de Oak Bluffs. El barrio de los gingerbread cottages, administrado por el Martha's Vineyard Camp Meeting Association, se conserva hoy como uno de los conjuntos más entrañables y fotografiados de la isla, testimonio de aquel singular origen religioso. Oak Bluffs es además, desde hace más de un siglo, un destacado lugar de veraneo de la comunidad afroamericana, con la playa de Inkwell como uno de sus símbolos.
Con la decadencia de la caza de ballenas y el auge de los encuentros de verano, Martha's Vineyard se transformó a lo largo de los siglos XIX y XX en uno de los destinos de veraneo más célebres de la costa este de Estados Unidos. La llegada de barcos de vapor y, más tarde, la facilidad de los ferries acercaron la isla a las ciudades, y sus playas, faros y pueblos atrajeron a familias acomodadas, artistas, escritores y, con el tiempo, a figuras públicas y celebridades en busca de tranquilidad y discreción.
La isla quedó especialmente ligada a la presidencia de Estados Unidos cuando Barack Obama eligió Martha's Vineyard como lugar de vacaciones de verano en varias ocasiones durante y después de su mandato, sumándose a una larga lista de personalidades que la frecuentaron. Esa fama de refugio veraniego de la élite convive, sin embargo, con la vida cotidiana de pescadores, granjeros y vecinos de todo el año, y con una sólida tradición de comunidades históricas, entre ellas la afroamericana de Oak Bluffs.
La cultura popular también puso a la isla en el mapa mundial: en 1974 el director Steven Spielberg rodó aquí la película 'Tiburón' ('Jaws'), usando los paisajes de la isla —rebautizada en la ficción como 'Amity Island'— y locaciones como la State Beach y el puerto de Menemsha. El film convirtió a Martha's Vineyard en un escenario reconocible para millones de espectadores. Hoy, la isla mantiene su doble alma: la del destino turístico de postal, con sus playas, faros y casitas de colores, y la del lugar con historia y comunidad propia, donde la huella de los wampanoag, los balleneros y los veraneantes se superpone en un mismo paisaje de mar y luz.