Mucho antes del petróleo, esta tierra ya exportaba un recurso que el mundo antiguo codiciaba: el cobre. Los textos cuneiformes de Mesopotamia hablan del país de Magan (o Makkan), la región que los arqueólogos identifican con el sudeste de Arabia —los actuales Emiratos y el norte de Omán— como el gran proveedor de cobre de Sumeria y Acad. Los barcos de Magan cargaban lingotes, diorita y madera y cruzaban el golfo hacia las ciudades del Éufrates ya en el tercer milenio antes de nuestra era.
El esplendor de esa época tiene nombre arqueológico: la cultura de Umm an-Nar, llamada así por la pequeña isla frente a Abu Dabi donde se excavó por primera vez en 1959. Entre el 2600 y el 2000 a. C., esta sociedad de la Edad del Bronce construyó tumbas circulares monumentales de piedra bien tallada, algunas de más de doce metros de diámetro, en las que se enterraba a decenas de personas. En Hili, cerca de Al Ain, se conservan varias de esas tumbas, hoy Patrimonio de la Humanidad. La etapa anterior, la cultura de Hafit (hacia 3200-2600 a. C.), había dejado ya miles de tumbas colmena en las laderas del Jebel Hafeet.
Aquella gente dominaba la fundición del cobre, el comercio a larga distancia con Mesopotamia y con la civilización del valle del Indo, y sistemas de riego que hacían florecer los oasis. Sitios posteriores como Tell Abraq o Ed-Dur —este último ya de época preislámica tardía, con templos y monedas de los siglos I a. C. a I d. C.— muestran que esta costa nunca fue un vacío: fue, durante milenios, un nudo de rutas entre India, Arabia y el Mediterráneo.
La región entró en la historia del islam muy temprano. Según la tradición, hacia el año 630-632, en vida del profeta Mahoma, llegaron enviados que predicaron la nueva fe y varias comunidades de la costa se convirtieron. A la muerte de Mahoma en 632 estalló la resistencia de algunas tribus árabes contra el poder de Medina: fueron las guerras de la Ridda (la apostasía). Una de sus batallas decisivas se libró en Dibba, en la costa oriental de los actuales Emiratos, donde las fuerzas del califato derrotaron a los rebeldes liderados por Laqit bin Malik. La victoria selló el triunfo del islam en el sudeste de Arabia.
Integrada al mundo musulmán, la costa vivió durante siglos del comercio marítimo. Su gran protagonista medieval fue Julfar, cerca de la actual Ras al-Jaima, uno de los puertos más importantes del golfo entre los siglos XIII y XVI. Desde Julfar zarpaban barcos que comerciaban con la India, África oriental y hasta China, cargados de perlas, dátiles y caballos. De aquí, según la tradición marinera árabe, era originario Ahmad ibn Majid, el célebre navegante y cartógrafo del siglo XV.
La llegada de los portugueses a comienzos del siglo XVI cambió el tablero. Buscando controlar la ruta de las especias, Portugal se apoderó de puertos estratégicos del golfo y de Omán y levantó fortalezas en la costa, incluida la zona de Julfar. El dominio portugués fue duro pero no eterno: a lo largo del siglo XVII, la potencia omaní y las tribus locales fueron desalojando a los europeos, y el control del golfo volvió a manos árabes y persas.
En los siglos XVIII y XIX, la vida de esta costa giraba en torno a dos ejes: las tribus y las perlas. Dos grandes confederaciones dominaban la escena. Los Bani Yas, una alianza de clanes del interior con capital espiritual en el oasis de Liwa, en el borde del gran desierto; de ellos descienden las familias gobernantes de Abu Dabi (los Al Nahyan) y, más tarde, de Dubái (los Al Maktoum). Y los Qawasim (Al Qasimi), una poderosa dinastía marítima asentada en Sharjah y Ras al-Jaima, con una flota que dominaba el estrecho de Ormuz y ambas orillas del golfo.
La economía se sostenía sobre el banco de perlas. Cada verano, miles de hombres se embarcaban durante meses en el 'ghaus', la temporada de buceo. Los buzos descendían decenas de veces al día, sin equipo, con una pinza en la nariz y una piedra atada al pie, para arrancar las ostras del fondo. Era un trabajo brutal y endeudado —el buzo solía deber al capitán y este al comerciante—, pero las perlas del golfo eran famosas en la India y Europa, y durante generaciones fueron la principal fuente de riqueza de la región. Alrededor de ellas se organizaba todo: el crédito, el calendario, las canciones de trabajo, la propia jerarquía social.
Entre el mar y el desierto había una segunda economía, la del oasis y el beduino: dátiles en Liwa y Al Ain, pastoreo de camellos y cabras, caravanas. Las tribus se movían según la estación, del interior a la costa y de vuelta. No existía todavía nada parecido a un Estado moderno: había jeques, lealtades tribales, pactos y guerras. Sobre ese mundo iba a caer, a comienzos del siglo XIX, la sombra del Imperio británico.
Para la Compañía Británica de las Indias Orientales, que controlaba el comercio con la India, los Qawasim eran un problema. Sus barcos atacaban a los navíos bajo bandera británica, y Londres los tachó de piratas: bautizó a este litoral la 'Pirate Coast', la Costa de los Piratas. (Los historiadores discuten hoy hasta qué punto se trataba de piratería o de una lucha legítima por el control del comercio marítimo frente a la expansión británica; los Qawasim la ven como resistencia, no como bandidaje.) En 1819, una expedición punitiva británica arrasó Ras al-Jaima y destruyó la flota qasimi.
El resultado fue el Tratado Marítimo General de 1820, firmado por los jeques de la costa, que se comprometían a abandonar el 'saqueo y la piratería en el mar'. A ese primer acuerdo siguieron otros cada vez más amplios: una tregua durante la temporada de perlas en 1835, la Tregua Marítima Perpetua de 1853 —que prohibía para siempre las hostilidades en el mar— y, sobre todo, el Acuerdo Exclusivo de 1892, por el cual los jeques cedían a Gran Bretaña el manejo de sus relaciones exteriores a cambio de protección. De ahí el nombre con que se conoció a estos siete emiratos durante más de un siglo: los Estados de la Tregua (Trucial States).
Fue un protectorado, no una colonia formal: los británicos no gobernaban el interior ni cobraban impuestos, pero controlaban el mar, la política exterior y, en la práctica, quién mandaba. La paz que impusieron permitió que floreciera el comercio perlero, y la costa vivió su época dorada de las perlas entre finales del siglo XIX y los años veinte del XX. Nadie imaginaba lo cerca que estaba el desastre.
El derrumbe llegó de golpe y desde dos frentes. Por un lado, la Gran Depresión mundial de 1929 hundió la demanda de artículos de lujo como las perlas. Por otro, y de forma decisiva, el empresario japonés Kokichi Mikimoto había perfeccionado la perla cultivada: un producto casi idéntico al natural, disponible en cantidad y a una fracción del precio. A comienzos de los años treinta, el mercado de la perla natural del golfo simplemente se desplomó. Para una economía que dependía casi por entero del buceo, fue una catástrofe.
Los años treinta y cuarenta fueron de miseria profunda en la Costa de la Tregua. Sin las perlas, muchas familias pasaron hambre; hubo emigración, deudas impagables y una pobreza que hoy cuesta imaginar. En ese fondo de crisis apareció la promesa que lo cambiaría todo: el petróleo. Las compañías occidentales llevaban años prospectando, pero el primer hallazgo comercial tardó. En Abu Dabi, el petróleo se descubrió en 1958 —primero en el yacimiento marino de Umm Shaif y luego en el terrestre de Bab— y las primeras exportaciones salieron en 1962. Dubái encontró su petróleo, más modesto, en 1966.
El impacto fue inmediato y desigual. Abu Dabi, sentada sobre una de las mayores reservas del mundo, pasó en pocos años de la indigencia a una riqueza inmensa. Su gobernante de entonces, el jeque Shakhbut, desconfiaba del dinero fácil y frenaba el gasto; en 1966, su hermano Zayed bin Sultan Al Nahyan lo reemplazó con apoyo familiar y británico, decidido a volcar la renta petrolera en desarrollo. Ese cambio de mando fue el prólogo de la fundación del país.
El detonante de la unión fue una decisión tomada en Londres. En enero de 1968, el gobierno británico anunció que se retiraría de sus posiciones al este de Suez —incluidos los Estados de la Tregua— antes de finales de 1971. Los siete pequeños emiratos, hasta entonces protegidos, quedaban de pronto expuestos: sin ejércitos propios, con vecinos poderosos como Irán, Arabia Saudita e Irak, y con disputas fronterizas entre ellos. La independencia llegaba, pero sin red.
Los dos hombres que tomaron la iniciativa fueron el jeque Zayed bin Sultan Al Nahyan, de Abu Dabi, y el jeque Rashid bin Saeed Al Maktoum, de Dubái. En un encuentro famoso, en la frontera desértica entre sus dos emiratos en febrero de 1968, sellaron el acuerdo de formar una federación. El proyecto inicial era ambicioso: nueve estados, sumando a Baréin y Qatar. Pero las rivalidades y los cálculos de poder hicieron que ambos optaran por seguir su camino como países independientes.
Finalmente, el 2 de diciembre de 1971 se proclamaron los Emiratos Árabes Unidos con seis miembros: Abu Dabi, Dubái, Sharjah, Ajman, Umm al-Quwain y Fujairah. Zayed fue elegido primer presidente y Rashid, vicepresidente. El séptimo, Ras al-Jaima, se sumó en febrero de 1972. El nacimiento tuvo una sombra: apenas un día antes, el 30 de noviembre de 1971, Irán había ocupado por la fuerza las islas de Abu Musa y las Tunb Mayor y Menor, que reclamaban Sharjah y Ras al-Jaima; el conflicto por esas islas sigue abierto medio siglo después.
El jeque Zayed presidió los Emiratos desde la fundación hasta su muerte, en 2004, y es reconocido como el 'padre de la nación'. Su tarea fue casi de la nada: había que construir un país sin apenas administración previa, con siete gobernantes celosos de su autonomía, una población pequeña y en gran parte analfabeta, y una identidad nacional que no existía. La herramienta fue la renta del petróleo de Abu Dabi, que Zayed decidió repartir en forma de Estado de bienestar.
En pocos años se levantaron escuelas y universidades gratuitas, hospitales modernos, carreteras, redes de agua y electricidad, viviendas. La esperanza de vida se disparó y el analfabetismo se desplomó. A los ciudadanos emiratíes —los nacionales— se les garantizó educación, salud, tierra y empleo público, en un pacto tácito: prosperidad y seguridad a cambio de estabilidad política, en un sistema donde el poder siguió en manos de las familias gobernantes y no de instituciones electas.
El equilibrio entre los siete emiratos fue el otro gran desafío. La Constitución dejó a cada uno amplia autonomía y una parte importante de sus recursos, pero Abu Dabi, con casi todo el petróleo, aportó el grueso del presupuesto federal y sostuvo a los emiratos más pobres del norte. La fórmula —una federación real pero con Abu Dabi como socio dominante y Dubái como segundo motor— dio al país una estabilidad notable en una región convulsa. Sobre esa base, dos ciudades iban a lanzarse a reinventarse por completo.
El petróleo hizo rico al país, pero fue lo que se hizo con el dinero lo que lo convirtió en un fenómeno mundial. Dubái, con reservas de crudo modestas y conciencia de que se agotarían, apostó desde temprano por diversificar: puertos, zonas francas, aerolínea, turismo, finanzas, bienes raíces. El puerto de Jebel Ali y su zona franca, inaugurados a finales de los años setenta y ochenta, atrajeron a miles de empresas extranjeras. Emirates, la aerolínea fundada en 1985, convirtió al emirato en una escala global entre Europa, Asia y África.
A partir de los años noventa y, sobre todo, de los 2000, Dubái construyó a un ritmo delirante: el hotel Burj Al Arab, las islas artificiales Palm Jumeirah, y en 2010 el Burj Khalifa, con sus 828 metros el edificio más alto jamás construido. La ciudad se vendió al mundo como destino de compras, lujo y negocios. La expansión no fue lineal: la crisis financiera de 2009 golpeó de lleno a un Dubái sobreendeudado en el ladrillo, y Abu Dabi tuvo que acudir con un rescate multimillonario, un episodio que recordó quién tenía el dinero de verdad.
Abu Dabi, más rica y más prudente, siguió otro camino. Acumuló una de las mayores reservas de riqueza soberana del planeta a través de fondos como ADIA, invirtió en industria, energía y, cada vez más, en cultura y conocimiento: la sucursal del Louvre, campus de universidades extranjeras, energías renovables con la ciudad-laboratorio de Masdar, e incluso un programa espacial que en 2021 puso una sonda en la órbita de Marte. Entre las dos, Dubái y Abu Dabi hicieron de los Emiratos un actor con peso muy superior a su tamaño y su población.
El rasgo más asombroso de la sociedad emiratí es demográfico: los ciudadanos del país son una pequeña minoría en su propia tierra. De una población que ronda los diez millones de personas, cerca del 88% son extranjeros, y los emiratíes con pasaporte apenas un 11 o 12%. En Dubái, la proporción de expatriados llega al 90%. No hay otro país del mundo con semejante desequilibrio entre nacionales y residentes foráneos. Esa masa de trabajadores llegó, sobre todo, de la India, Pakistán, Bangladés, Filipinas, Egipto y otros países, y es la que literalmente construyó y hace funcionar los Emiratos.
Ese modelo se apoya en el sistema de la kafala (patrocinio), instaurado en los años setenta, que ata el permiso de residencia y de trabajo del migrante a un empleador o 'kafeel'. El sistema dio a la economía una fuerza de trabajo abundante y barata, pero también generó abusos bien documentados por organismos internacionales: confiscación de pasaportes, retención de salarios, endeudamiento, condiciones de vida duras en los campamentos obreros y una fuerte limitación de la libertad para cambiar de empleo o dejar el país. Los obreros de la construcción, que levantaron los rascacielos bajo el calor del golfo, fueron los más expuestos.
Presionado por la crítica internacional y por su propia imagen global, el país introdujo desde los años 2010 reformas laborales: límites al calor de trabajo, protección de salarios, cierta flexibilización para cambiar de empleador, nuevos visados de residencia de larga duración. Las organizaciones de derechos humanos reconocen avances, pero sostienen que el corazón desigual de la kafala sigue en pie. Es una tensión de fondo del modelo emiratí: una prosperidad deslumbrante construida sobre una mano de obra que casi nunca accede a la ciudadanía ni a los derechos plenos de los nacionales.
Medio siglo después de su fundación, los Emiratos son un país que juega en una liga muy por encima de su tamaño. Tras la muerte de Zayed en 2004, lo sucedió su hijo Khalifa y, tras el largo eclipse de este por enfermedad, el poder real pasó a otro hijo, Mohammed bin Zayed —conocido como MBZ—, presidente desde 2022 y arquitecto de una política exterior activa y a veces intervencionista en Yemen, Libia y el Cuerno de África. En 2020, los Emiratos firmaron los Acuerdos de Abraham, normalizando relaciones con Israel, un giro diplomático de gran calado en la región.
El país se ha esforzado por proyectar una imagen de modernidad, apertura y tolerancia religiosa: templos de distintas confesiones, un ministerio de la Tolerancia, la visita del papa Francisco en 2019 —la primera de un pontífice a la península arábiga—, la Expo 2020 de Dubái. Al mismo tiempo, sigue siendo una federación de monarquías absolutas, sin partidos ni elecciones libres, con fuertes límites a la libertad de expresión y de prensa, y castigos severos para la disidencia. Esa doble cara —vanguardia económica y social por un lado, autoritarismo político por otro— define al Estado emiratí.
Mirando al futuro, la gran pregunta es la del 'día después del petróleo'. Los Emiratos invierten con decisión en turismo, finanzas, logística, energía solar y nuclear, inteligencia artificial y hasta en el espacio, buscando una economía que no dependa del crudo cuando este deje de fluir o de pagarse. Que en Dubái se celebrara en 2023 la cumbre climática COP28, en un país petrolero, resume bien la ambición y la paradoja del proyecto. En apenas tres generaciones, un puñado de tribus de pescadores y beduinos construyó uno de los países más singulares del planeta: la historia no ha terminado de escribirla.