Mucho antes del petróleo, esta tierra ya exportaba un recurso que el mundo antiguo codiciaba: el cobre. Los textos cuneiformes de Mesopotamia hablan del país de Magan (o Makkan), la región que los arqueólogos identifican con el sudeste de Arabia —los actuales Emiratos y el norte de Omán— como el gran proveedor de cobre de Sumeria y Acad. Los barcos de Magan cargaban lingotes, diorita y madera y cruzaban el golfo hacia las ciudades del Éufrates ya en el tercer milenio antes de nuestra era.
El esplendor de esa época tiene nombre arqueológico: la cultura de Umm an-Nar, llamada así por la pequeña isla frente a Abu Dabi donde se excavó por primera vez en 1959. Entre el 2600 y el 2000 a. C., esta sociedad de la Edad del Bronce construyó tumbas circulares monumentales de piedra bien tallada, algunas de más de doce metros de diámetro, en las que se enterraba a decenas de personas. En Hili, cerca de Al Ain, se conservan varias de esas tumbas, hoy Patrimonio de la Humanidad. La etapa anterior, la cultura de Hafit (hacia 3200-2600 a. C.), había dejado ya miles de tumbas colmena en las laderas del Jebel Hafeet.
Aquella gente dominaba la fundición del cobre, el comercio a larga distancia con Mesopotamia y con la civilización del valle del Indo, y sistemas de riego que hacían florecer los oasis. Sitios posteriores como Tell Abraq o Ed-Dur —este último ya de época preislámica tardía, con templos y monedas de los siglos I a. C. a I d. C.— muestran que esta costa nunca fue un vacío: fue, durante milenios, un nudo de rutas entre India, Arabia y el Mediterráneo.
La región entró en la historia del islam muy temprano. Según la tradición, hacia el año 630-632, en vida del profeta Mahoma, llegaron enviados que predicaron la nueva fe y varias comunidades de la costa se convirtieron. A la muerte de Mahoma en 632 estalló la resistencia de algunas tribus árabes contra el poder de Medina: fueron las guerras de la Ridda (la apostasía). Una de sus batallas decisivas se libró en Dibba, en la costa oriental de los actuales Emiratos, donde las fuerzas del califato derrotaron a los rebeldes liderados por Laqit bin Malik. La victoria selló el triunfo del islam en el sudeste de Arabia.
Integrada al mundo musulmán, la costa vivió durante siglos del comercio marítimo. Su gran protagonista medieval fue Julfar, cerca de la actual Ras al-Jaima, uno de los puertos más importantes del golfo entre los siglos XIII y XVI. Desde Julfar zarpaban barcos que comerciaban con la India, África oriental y hasta China, cargados de perlas, dátiles y caballos. De aquí, según la tradición marinera árabe, era originario Ahmad ibn Majid, el célebre navegante y cartógrafo del siglo XV.
La llegada de los portugueses a comienzos del siglo XVI cambió el tablero. Buscando controlar la ruta de las especias, Portugal se apoderó de puertos estratégicos del golfo y de Omán y levantó fortalezas en la costa, incluida la zona de Julfar. El dominio portugués fue duro pero no eterno: a lo largo del siglo XVII, la potencia omaní y las tribus locales fueron desalojando a los europeos, y el control del golfo volvió a manos árabes y persas.
En los siglos XVIII y XIX, la vida de esta costa giraba en torno a dos ejes: las tribus y las perlas. Dos grandes confederaciones dominaban la escena. Los Bani Yas, una alianza de clanes del interior con capital espiritual en el oasis de Liwa, en el borde del gran desierto; de ellos descienden las familias gobernantes de Abu Dabi (los Al Nahyan) y, más tarde, de Dubái (los Al Maktoum). Y los Qawasim (Al Qasimi), una poderosa dinastía marítima asentada en Sharjah y Ras al-Jaima, con una flota que dominaba el estrecho de Ormuz y ambas orillas del golfo.
La economía se sostenía sobre el banco de perlas. Cada verano, miles de hombres se embarcaban durante meses en el 'ghaus', la temporada de buceo. Los buzos descendían decenas de veces al día, sin equipo, con una pinza en la nariz y una piedra atada al pie, para arrancar las ostras del fondo. Era un trabajo brutal y endeudado —el buzo solía deber al capitán y este al comerciante—, pero las perlas del golfo eran famosas en la India y Europa, y durante generaciones fueron la principal fuente de riqueza de la región. Alrededor de ellas se organizaba todo: el crédito, el calendario, las canciones de trabajo, la propia jerarquía social.
Entre el mar y el desierto había una segunda economía, la del oasis y el beduino: dátiles en Liwa y Al Ain, pastoreo de camellos y cabras, caravanas. Las tribus se movían según la estación, del interior a la costa y de vuelta. No existía todavía nada parecido a un Estado moderno: había jeques, lealtades tribales, pactos y guerras. Sobre ese mundo iba a caer, a comienzos del siglo XIX, la sombra del Imperio británico.
Para la Compañía Británica de las Indias Orientales, que controlaba el comercio con la India, los Qawasim eran un problema. Sus barcos atacaban a los navíos bajo bandera británica, y Londres los tachó de piratas: bautizó a este litoral la 'Pirate Coast', la Costa de los Piratas. (Los historiadores discuten hoy hasta qué punto se trataba de piratería o de una lucha legítima por el control del comercio marítimo frente a la expansión británica; los Qawasim la ven como resistencia, no como bandidaje.) En 1819, una expedición punitiva británica arrasó Ras al-Jaima y destruyó la flota qasimi.
El resultado fue el Tratado Marítimo General de 1820, firmado por los jeques de la costa, que se comprometían a abandonar el 'saqueo y la piratería en el mar'. A ese primer acuerdo siguieron otros cada vez más amplios: una tregua durante la temporada de perlas en 1835, la Tregua Marítima Perpetua de 1853 —que prohibía para siempre las hostilidades en el mar— y, sobre todo, el Acuerdo Exclusivo de 1892, por el cual los jeques cedían a Gran Bretaña el manejo de sus relaciones exteriores a cambio de protección. De ahí el nombre con que se conoció a estos siete emiratos durante más de un siglo: los Estados de la Tregua (Trucial States).
Fue un protectorado, no una colonia formal: los británicos no gobernaban el interior ni cobraban impuestos, pero controlaban el mar, la política exterior y, en la práctica, quién mandaba. La paz que impusieron permitió que floreciera el comercio perlero, y la costa vivió su época dorada de las perlas entre finales del siglo XIX y los años veinte del XX. Nadie imaginaba lo cerca que estaba el desastre.
El derrumbe llegó de golpe y desde dos frentes. Por un lado, la Gran Depresión mundial de 1929 hundió la demanda de artículos de lujo como las perlas. Por otro, y de forma decisiva, el empresario japonés Kokichi Mikimoto había perfeccionado la perla cultivada: un producto casi idéntico al natural, disponible en cantidad y a una fracción del precio. A comienzos de los años treinta, el mercado de la perla natural del golfo simplemente se desplomó. Para una economía que dependía casi por entero del buceo, fue una catástrofe.
Los años treinta y cuarenta fueron de miseria profunda en la Costa de la Tregua. Sin las perlas, muchas familias pasaron hambre; hubo emigración, deudas impagables y una pobreza que hoy cuesta imaginar. En ese fondo de crisis apareció la promesa que lo cambiaría todo: el petróleo. Las compañías occidentales llevaban años prospectando, pero el primer hallazgo comercial tardó. En Abu Dabi, el petróleo se descubrió en 1958 —primero en el yacimiento marino de Umm Shaif y luego en el terrestre de Bab— y las primeras exportaciones salieron en 1962. Dubái encontró su petróleo, más modesto, en 1966.
El impacto fue inmediato y desigual. Abu Dabi, sentada sobre una de las mayores reservas del mundo, pasó en pocos años de la indigencia a una riqueza inmensa. Su gobernante de entonces, el jeque Shakhbut, desconfiaba del dinero fácil y frenaba el gasto; en 1966, su hermano Zayed bin Sultan Al Nahyan lo reemplazó con apoyo familiar y británico, decidido a volcar la renta petrolera en desarrollo. Ese cambio de mando fue el prólogo de la fundación del país.
El detonante de la unión fue una decisión tomada en Londres. En enero de 1968, el gobierno británico anunció que se retiraría de sus posiciones al este de Suez —incluidos los Estados de la Tregua— antes de finales de 1971. Los siete pequeños emiratos, hasta entonces protegidos, quedaban de pronto expuestos: sin ejércitos propios, con vecinos poderosos como Irán, Arabia Saudita e Irak, y con disputas fronterizas entre ellos. La independencia llegaba, pero sin red.
Los dos hombres que tomaron la iniciativa fueron el jeque Zayed bin Sultan Al Nahyan, de Abu Dabi, y el jeque Rashid bin Saeed Al Maktoum, de Dubái. En un encuentro famoso, en la frontera desértica entre sus dos emiratos en febrero de 1968, sellaron el acuerdo de formar una federación. El proyecto inicial era ambicioso: nueve estados, sumando a Baréin y Qatar. Pero las rivalidades y los cálculos de poder hicieron que ambos optaran por seguir su camino como países independientes.
Finalmente, el 2 de diciembre de 1971 se proclamaron los Emiratos Árabes Unidos con seis miembros: Abu Dabi, Dubái, Sharjah, Ajman, Umm al-Quwain y Fujairah. Zayed fue elegido primer presidente y Rashid, vicepresidente. El séptimo, Ras al-Jaima, se sumó en febrero de 1972. El nacimiento tuvo una sombra: apenas un día antes, el 30 de noviembre de 1971, Irán había ocupado por la fuerza las islas de Abu Musa y las Tunb Mayor y Menor, que reclamaban Sharjah y Ras al-Jaima; el conflicto por esas islas sigue abierto medio siglo después.
El jeque Zayed presidió los Emiratos desde la fundación hasta su muerte, en 2004, y es reconocido como el 'padre de la nación'. Su tarea fue casi de la nada: había que construir un país sin apenas administración previa, con siete gobernantes celosos de su autonomía, una población pequeña y en gran parte analfabeta, y una identidad nacional que no existía. La herramienta fue la renta del petróleo de Abu Dabi, que Zayed decidió repartir en forma de Estado de bienestar.
En pocos años se levantaron escuelas y universidades gratuitas, hospitales modernos, carreteras, redes de agua y electricidad, viviendas. La esperanza de vida se disparó y el analfabetismo se desplomó. A los ciudadanos emiratíes —los nacionales— se les garantizó educación, salud, tierra y empleo público, en un pacto tácito: prosperidad y seguridad a cambio de estabilidad política, en un sistema donde el poder siguió en manos de las familias gobernantes y no de instituciones electas.
El equilibrio entre los siete emiratos fue el otro gran desafío. La Constitución dejó a cada uno amplia autonomía y una parte importante de sus recursos, pero Abu Dabi, con casi todo el petróleo, aportó el grueso del presupuesto federal y sostuvo a los emiratos más pobres del norte. La fórmula —una federación real pero con Abu Dabi como socio dominante y Dubái como segundo motor— dio al país una estabilidad notable en una región convulsa. Sobre esa base, dos ciudades iban a lanzarse a reinventarse por completo.
El petróleo hizo rico al país, pero fue lo que se hizo con el dinero lo que lo convirtió en un fenómeno mundial. Dubái, con reservas de crudo modestas y conciencia de que se agotarían, apostó desde temprano por diversificar: puertos, zonas francas, aerolínea, turismo, finanzas, bienes raíces. El puerto de Jebel Ali y su zona franca, inaugurados a finales de los años setenta y ochenta, atrajeron a miles de empresas extranjeras. Emirates, la aerolínea fundada en 1985, convirtió al emirato en una escala global entre Europa, Asia y África.
A partir de los años noventa y, sobre todo, de los 2000, Dubái construyó a un ritmo delirante: el hotel Burj Al Arab, las islas artificiales Palm Jumeirah, y en 2010 el Burj Khalifa, con sus 828 metros el edificio más alto jamás construido. La ciudad se vendió al mundo como destino de compras, lujo y negocios. La expansión no fue lineal: la crisis financiera de 2009 golpeó de lleno a un Dubái sobreendeudado en el ladrillo, y Abu Dabi tuvo que acudir con un rescate multimillonario, un episodio que recordó quién tenía el dinero de verdad.
Abu Dabi, más rica y más prudente, siguió otro camino. Acumuló una de las mayores reservas de riqueza soberana del planeta a través de fondos como ADIA, invirtió en industria, energía y, cada vez más, en cultura y conocimiento: la sucursal del Louvre, campus de universidades extranjeras, energías renovables con la ciudad-laboratorio de Masdar, e incluso un programa espacial que en 2021 puso una sonda en la órbita de Marte. Entre las dos, Dubái y Abu Dabi hicieron de los Emiratos un actor con peso muy superior a su tamaño y su población.
El rasgo más asombroso de la sociedad emiratí es demográfico: los ciudadanos del país son una pequeña minoría en su propia tierra. De una población que ronda los diez millones de personas, cerca del 88% son extranjeros, y los emiratíes con pasaporte apenas un 11 o 12%. En Dubái, la proporción de expatriados llega al 90%. No hay otro país del mundo con semejante desequilibrio entre nacionales y residentes foráneos. Esa masa de trabajadores llegó, sobre todo, de la India, Pakistán, Bangladés, Filipinas, Egipto y otros países, y es la que literalmente construyó y hace funcionar los Emiratos.
Ese modelo se apoya en el sistema de la kafala (patrocinio), instaurado en los años setenta, que ata el permiso de residencia y de trabajo del migrante a un empleador o 'kafeel'. El sistema dio a la economía una fuerza de trabajo abundante y barata, pero también generó abusos bien documentados por organismos internacionales: confiscación de pasaportes, retención de salarios, endeudamiento, condiciones de vida duras en los campamentos obreros y una fuerte limitación de la libertad para cambiar de empleo o dejar el país. Los obreros de la construcción, que levantaron los rascacielos bajo el calor del golfo, fueron los más expuestos.
Presionado por la crítica internacional y por su propia imagen global, el país introdujo desde los años 2010 reformas laborales: límites al calor de trabajo, protección de salarios, cierta flexibilización para cambiar de empleador, nuevos visados de residencia de larga duración. Las organizaciones de derechos humanos reconocen avances, pero sostienen que el corazón desigual de la kafala sigue en pie. Es una tensión de fondo del modelo emiratí: una prosperidad deslumbrante construida sobre una mano de obra que casi nunca accede a la ciudadanía ni a los derechos plenos de los nacionales.
Medio siglo después de su fundación, los Emiratos son un país que juega en una liga muy por encima de su tamaño. Tras la muerte de Zayed en 2004, lo sucedió su hijo Khalifa y, tras el largo eclipse de este por enfermedad, el poder real pasó a otro hijo, Mohammed bin Zayed —conocido como MBZ—, presidente desde 2022 y arquitecto de una política exterior activa y a veces intervencionista en Yemen, Libia y el Cuerno de África. En 2020, los Emiratos firmaron los Acuerdos de Abraham, normalizando relaciones con Israel, un giro diplomático de gran calado en la región.
El país se ha esforzado por proyectar una imagen de modernidad, apertura y tolerancia religiosa: templos de distintas confesiones, un ministerio de la Tolerancia, la visita del papa Francisco en 2019 —la primera de un pontífice a la península arábiga—, la Expo 2020 de Dubái. Al mismo tiempo, sigue siendo una federación de monarquías absolutas, sin partidos ni elecciones libres, con fuertes límites a la libertad de expresión y de prensa, y castigos severos para la disidencia. Esa doble cara —vanguardia económica y social por un lado, autoritarismo político por otro— define al Estado emiratí.
Mirando al futuro, la gran pregunta es la del 'día después del petróleo'. Los Emiratos invierten con decisión en turismo, finanzas, logística, energía solar y nuclear, inteligencia artificial y hasta en el espacio, buscando una economía que no dependa del crudo cuando este deje de fluir o de pagarse. Que en Dubái se celebrara en 2023 la cumbre climática COP28, en un país petrolero, resume bien la ambición y la paradoja del proyecto. En apenas tres generaciones, un puñado de tribus de pescadores y beduinos construyó uno de los países más singulares del planeta: la historia no ha terminado de escribirla.
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La historia de Abu Dabi empieza tierra adentro, en el oasis de Liwa, en el borde del gran desierto del Rub al-Jali. De allí eran los Bani Yas, la confederación tribal de la que descienden los Al Nahyan, la familia que gobierna Abu Dabi. Durante generaciones, esa gente vivió del dátil, del pastoreo y de la temporada de perlas en la costa, moviéndose entre el interior y el mar según el calendario.
La tradición sitúa la fundación de la ciudad hacia 1793, cuando los Bani Yas trasladaron su base a la isla de Abu Dabi, atraídos por el hallazgo de agua dulce. El propio nombre —Abu Dabi, 'el padre de la gacela'— remite a una leyenda de cazadores que habrían seguido a una gacela hasta el pozo de agua en la isla. Sobre ese fondeadero se levantó el fuerte de Qasr al-Hosn, el edificio más antiguo de la ciudad y sede de los gobernantes durante casi dos siglos.
Abu Dabi fue, durante todo el siglo XIX y buena parte del XX, un emirato de perlas y pobreza como sus vecinos, quizá más austero por su carácter interior y desértico. Nada anunciaba que ese pequeño sheikhdom de pescadores y beduinos se convertiría en una de las capitales financieras más poderosas del mundo. La clave estaba, literalmente, bajo sus pies y bajo el mar que lo rodeaba.
En el interior del emirato, junto a la frontera con Omán, está Al Ain, la 'ciudad jardín' y el corazón histórico de los Bani Yas junto con Liwa. Es una de las zonas habitadas de forma continua más antiguas de los Emiratos: allí y en la vecina Buraimi se cruzaban las caravanas del desierto, y sus oasis de palmeras se regaban mediante el 'falaj', el ingenioso sistema de canales subterráneos que traía el agua desde las montañas, heredado de la Antigüedad.
El subsuelo de Al Ain guarda la prehistoria del país. En Hili se conservan tumbas y asentamientos de las culturas de Hafit y Umm an-Nar, del tercer milenio antes de nuestra era, y por eso Al Ain fue el primer sitio de los Emiratos inscrito como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en 2011, con sus oasis, sus falaj y sus yacimientos arqueológicos. Sobre el desierto se alza el Jebel Hafeet, la montaña en cuyas laderas se hallaron cientos de tumbas colmena de hace más de cinco mil años.
Al Ain tiene, además, un peso simbólico enorme: allí nació y se crió el jeque Zayed, el fundador del país, que fue gobernador de la región antes de llegar al poder en Abu Dabi. Su experiencia en el oasis —el agua, los dátiles, la vida tribal— marcó su idea de desarrollo. Por eso Al Ain es hoy una ciudad tranquila y verde, sin rascacielos, cuidada casi como un santuario del origen emiratí.
Todo cambió con el petróleo. Abu Dabi resultó sentarse sobre una de las mayores reservas de crudo del mundo: el hallazgo comercial llegó en 1958, con el yacimiento marino de Umm Shaif, y las primeras exportaciones en 1962. De la noche a la mañana, el emirato más austero pasó a ser inmensamente rico. Su gobernante de entonces, el jeque Shakhbut, desconfiaba del dinero y lo guardaba casi sin gastarlo, lo que frustraba a su familia y a los británicos.
En agosto de 1966, Shakhbut fue reemplazado por su hermano Zayed bin Sultan, decidido a volcar la renta petrolera en desarrollo. Zayed transformó Abu Dabi en cuestión de años y, sobre todo, se convirtió en el motor de la unión de los emiratos. Cuando nació el país en 1971, Abu Dabi fue designada capital de los Emiratos Árabes Unidos, un papel provisional que con el tiempo se volvió permanente: allí están el gobierno federal, la presidencia y las embajadas.
Como aportante de casi todo el petróleo, Abu Dabi financió el grueso del presupuesto federal y sostuvo a los emiratos más pobres. Su riqueza se canalizó, además, en gigantescos fondos soberanos —el ADIA es uno de los mayores del mundo— que invierten el excedente petrolero en activos por todo el planeta, pensando en el día en que el crudo deje de ser el centro. Esa combinación de petróleo, prudencia financiera y liderazgo político hizo de Abu Dabi el socio dominante, sin discusión, dentro de la federación.
Con el cambio de siglo, Abu Dabi decidió que la riqueza también debía comprar prestigio cultural y espiritual. El símbolo más rotundo es la Gran Mezquita Sheikh Zayed, terminada en 2007, una de las mayores del mundo, capaz de albergar a decenas de miles de fieles, con su mármol blanco, sus cúpulas y la que fue la mayor alfombra tejida a mano del planeta. Lleva el nombre del fundador del país, que está enterrado junto a ella.
En paralelo, el emirato invirtió miles de millones en la isla de Saadiyat para crear un distrito cultural de escala mundial. Su joya es el Louvre Abu Dhabi, inaugurado en 2017 bajo una espectacular cúpula perforada diseñada por Jean Nouvel, fruto de un acuerdo con Francia que incluye el uso del nombre del museo parisino. En la misma isla están previstos o en marcha otros grandes museos, como un Guggenheim y el Museo Nacional Zayed. La apuesta es clara: convertir a Abu Dabi en un destino de arte y conocimiento, no solo de negocios.
Esa estrategia cultural no está exenta de polémica. La construcción de los museos de Saadiyat fue señalada por organizaciones internacionales por las condiciones de los obreros migrantes que los levantaron, en la misma línea de crítica que pesa sobre todo el modelo laboral del país. Como en Dubái, el esplendor arquitectónico convive con las preguntas incómodas sobre quién lo construye y en qué condiciones.
Frente a la capital, la isla de Yas es la apuesta de Abu Dabi por el entretenimiento a gran escala. Allí se corre desde 2009 el Gran Premio de Abu Dabi de Fórmula 1, en el circuito de Yas Marina, que suele cerrar la temporada mundial y se convirtió en la vidriera deportiva del emirato. La isla suma parques temáticos de marcas globales —Ferrari World, con su montaña rusa entre las más rápidas del mundo, y Warner Bros—, hoteles, campos de golf y playas de resort.
Yas encarna la versión abudabí de la diversificación: si Dubái apostó al comercio y al turismo masivo, Abu Dabi combina cultura, deporte de élite, turismo de lujo e industria pesada, siempre con la red de seguridad de su enorme riqueza petrolera y sus fondos soberanos. El objetivo declarado es la 'economía post-petróleo': atraer inversión, talento y visitantes para que, cuando el crudo pierda peso, el emirato ya viva de otra cosa.
Esa mirada al futuro incluye la energía y la tecnología. Abu Dabi construyó Masdar City como laboratorio de urbanismo sostenible, desarrolló grandes plantas solares y la central nuclear de Barakah, y financió el programa espacial que en 2021 puso la sonda 'Al-Amal' (Esperanza) en órbita alrededor de Marte, hito para el mundo árabe. Entre el circuito de Fórmula 1 y la sonda marciana, Abu Dabi resume su ambición: usar la renta de un recurso finito para construir algo que le sobreviva.
La historia de Dubái como entidad propia empieza en 1833. Ese año, unos 800 miembros del clan Al Bu Falasah, parte de la confederación Bani Yas, se separaron de Abu Dabi y se instalaron a orillas del Khor Dubai, el brazo de mar que penetra tierra adentro y forma un puerto natural. Los encabezaba Maktoum bin Butti, fundador de la dinastía Al Maktoum que gobierna Dubái hasta hoy. Se asentaron en la orilla de Bur Dubai, frente al barrio comercial de Deira.
Ese creek lo era todo. Sus aguas tranquilas y profundas permitían fondear a los dhows, las embarcaciones tradicionales de vela, y convertían a Dubái en refugio y punto de comercio. La ciudad vivió, como toda la costa, de la pesca de perlas y del intercambio: telas, especias, oro y perlas cambiaban de manos en sus zocos. El barrio histórico de Al Fahidi (o Bastakiya), con sus casas de barro y sus torres de viento para refrescar el aire, conserva todavía la escala y la textura de aquel Dubái anterior al petróleo.
Lo que hizo despegar a Dubái no fue el crudo —que aquí siempre fue escaso— sino una decisión política temprana: hacer del emirato un puerto libre. Nada de eso estaba escrito: Dubái era, a comienzos del siglo XX, un poblado de casas de barro y palma. Pero su vocación comercial y la habilidad de sus gobernantes la pusieron, ya entonces, un paso por delante de sus vecinos.
En 1894, el gobernante de Dubái tomó una medida que definiría el destino del emirato: eximió de impuestos a los comerciantes extranjeros. La consecuencia fue inmediata. Familias de mercaderes persas e indios, cansadas de los aranceles de sus puertos de origen —en especial de la ciudad persa de Lingeh, al otro lado del golfo—, se mudaron a Dubái con sus negocios y sus redes. El barrio de Bastakiya, que toma su nombre de la región iraní de Bastak, nació justamente de esa migración de comerciantes.
En pocas décadas, Dubái se transformó en el gran entrepôt del golfo, el almacén y el punto de reexportación por donde pasaban las mercancías de toda la región. Sus zocos se especializaron: el mercado de especias, el de telas y, sobre todo, el zoco del oro, que convertiría a Dubái en uno de los grandes centros mundiales del comercio de metales preciosos. Buena parte de ese oro seguía luego, por rutas informales, hacia la India, donde la demanda era enorme.
Esa mentalidad —bajos impuestos, puertas abiertas al comerciante extranjero, el negocio por encima de todo— se volvió el ADN de Dubái mucho antes de los rascacielos. Cuando el colapso de las perlas en los años treinta arruinó a la costa, Dubái sufrió como el resto, pero su red mercantil y su condición de puerto libre le dieron una base sobre la que reconstruirse. La ciudad ya era, en pequeño, lo que sería en grande: una máquina de comerciar.
Si un hombre encarna la transformación de Dubái, es el jeque Rashid bin Saeed Al Maktoum, gobernante entre 1958 y 1990. Con una visión obstinada y una fe casi ilimitada en la infraestructura, Rashid apostó a construir todo lo que hiciera falta para que Dubái fuera el gran nudo comercial del golfo, tuviera petróleo o no. Se le atribuye una frase que resume su filosofía: no esperar a ser rico para invertir, sino invertir para volverse rico.
Su obra fue material y concreta. Mandó dragar el creek a comienzos de los años sesenta, para que pudieran entrar barcos más grandes. Construyó Port Rashid y, después, el colosal puerto de Jebel Ali, uno de los mayores puertos artificiales del mundo. Levantó el primer aeropuerto, tendió puentes y túneles bajo el creek, trazó la ciudad moderna. Cuando en 1966 apareció el petróleo en el yacimiento marino de Fateh, Rashid tuvo por fin la caja para acelerar todo, pero la estrategia ya estaba en marcha.
Rashid fue, además, uno de los dos pilares de la federación: junto a Zayed de Abu Dabi selló el acuerdo que dio origen a los Emiratos en 1971, y fue vicepresidente y primer ministro del nuevo país. Bajo su mando, Dubái dejó de ser un puerto perlero venido a menos para convertirse en una ciudad en obra permanente. Su hijo, el jeque Mohammed bin Rashid, gobernante desde 2006, llevaría esa lógica de la construcción sin límites hasta el extremo.
A diferencia de Abu Dabi, Dubái nunca nadó en petróleo. Su yacimiento de Fateh, descubierto en 1966, dio ingresos importantes durante un tiempo, pero las reservas eran modestas y todos sabían que se agotarían. Esa escasez, lejos de ser una condena, fue el mejor incentivo: Dubái entendió antes que nadie que su futuro no estaba bajo tierra sino en el comercio, los servicios y el turismo. La consigna fue diversificar antes de que fuera tarde.
La herramienta clave fueron las zonas francas. La de Jebel Ali, creada en 1985 junto al nuevo puerto, ofreció a las empresas extranjeras propiedad total, cero impuestos y libre repatriación de ganancias. Fue un imán para miles de compañías y convirtió a Dubái en la base logística de toda la región, entre Europa, Asia y África. A esa fórmula siguieron zonas francas especializadas en medios, tecnología, finanzas u oro, cada una con su propio ecosistema.
El otro gran pilar fue la conectividad. La aerolínea Emirates, fundada en 1985 con dos aviones alquilados, creció hasta ser una de las mayores del mundo, y el aeropuerto de Dubái se transformó en uno de los más transitados del planeta por tráfico internacional. La idea era simple y brillante: si medio mundo está a pocas horas de vuelo, Dubái puede ser el lugar donde todos hacen escala, negocios y turismo. Hoy el petróleo aporta una parte mínima de la economía del emirato.
Desde finales de los años noventa, Dubái se lanzó a una carrera de superlativos que la volvió famosa en todo el mundo. El hotel Burj Al Arab, con forma de vela sobre el mar, abrió en 1999 y se vendió como el más lujoso del planeta. La Palm Jumeirah, una isla artificial con forma de palmera ganada al golfo, se construyó en la primera década de los 2000. Y en 2010 se inauguró el Burj Khalifa, con 828 metros el edificio más alto jamás levantado, corazón de un distrito de rascacielos, centros comerciales gigantes y fuentes danzantes.
Ese crecimiento vertiginoso tuvo sus crisis. En 2009, el estallido de la burbuja inmobiliaria mundial encontró a Dubái endeudado hasta el cuello en proyectos faraónicos; varios quedaron congelados y el emirato solo se salvó de la cesación de pagos gracias a un rescate de Abu Dabi por unos 20.000 millones de dólares. En gratitud, la torre más alta, que iba a llamarse Burj Dubái, se rebautizó Burj Khalifa en honor al presidente y gobernante de Abu Dabi. Fue un recordatorio de la jerarquía real dentro de la federación.
Detrás del brillo hay una realidad más dura, la de quienes construyeron todo eso. La ciudad de los récords se levantó con el trabajo de cientos de miles de obreros migrantes del sur de Asia, alojados en campamentos a las afueras, con jornadas extenuantes bajo un calor extremo y sujetos al sistema de patrocinio. Esa Dubái —la de los andamios y los ómnibus de obreros al amanecer— es tan real como la de los malls y las torres, y no se puede contar la una sin la otra.
El norte de los Emiratos fue, durante siglos, el más poblado y poderoso de la costa. Su centro histórico fue Julfar, cerca de la actual Ras al-Jaima, uno de los grandes puertos del golfo entre los siglos XIII y XVI, desde donde partían barcos hacia la India, África oriental y China cargados de perlas, caballos y dátiles. Sobre esa tradición marinera se levantó, en el siglo XVIII, el poder de los Qawasim (Al Qasimi), la dinastía que dominó Sharjah y Ras al-Jaima.
Los Qawasim construyeron una verdadera potencia naval, con una flota numerosa y control sobre ambas orillas del estrecho de Ormuz. Ese poder chocó de frente con los intereses de Gran Bretaña, que los acusó de piratería y bautizó al litoral 'Costa de los Piratas'. Los historiadores discuten esa etiqueta: para los británicos era piratería; para los Qawasim, defensa de su comercio frente a una potencia que quería el monopolio del golfo.
El choque terminó mal para el norte. En 1819, una expedición británica arrasó Ras al-Jaima y destruyó la flota qasimi, y al año siguiente los jeques firmaron el Tratado Marítimo General de 1820. Aquella derrota marcó el declive del poderío naval del norte y el ascenso, con el tiempo, de Abu Dabi y Dubái. Los emiratos septentrionales conservaron su orgullo y su historia, pero quedaron, en riqueza, por detrás de sus vecinos del sur.
Sharjah, la tercera ciudad del país y sede de una rama de los Qawasim, eligió un camino distinto al de sus vecinas: en lugar de competir en rascacielos y ocio nocturno, se posicionó como la capital cultural y religiosa de los Emiratos. Bajo el gobierno del jeque Sultan bin Muhammad al-Qasimi —historiador de formación, en el poder desde 1972—, la ciudad restauró sus zocos y barrios antiguos, abrió una notable red de museos de arte islámico, arqueología, caligrafía y ciencia, y cultivó su imagen de guardiana del patrimonio.
Ese perfil le valió reconocimientos internacionales: la Unesco la nombró Capital Cultural del Mundo Árabe en 1998 y Capital Mundial del Libro en 2019. Sharjah conserva un ambiente más tradicional y conservador que Dubái, con la que comparte frontera y con la que forma una enorme conurbación por la que miles de personas se desplazan cada día. Esa cercanía convirtió a Sharjah, más barata, en ciudad dormitorio de buena parte de quienes trabajan en Dubái.
El carácter conservador tiene una marca visible: Sharjah es el único emirato donde el alcohol está totalmente prohibido, sin excepciones ni licencias para hoteles, a diferencia del resto del país. La ciudad reivindica una identidad musulmana estricta y a la vez abierta al conocimiento y al arte, una combinación que la distingue tanto de la Dubái cosmopolita como del resto de los emiratos del norte.
Entre Sharjah y el resto del norte se intercalan los dos emiratos más pequeños del país. Ajman es el menor de los siete en superficie: apenas un puñado de kilómetros cuadrados en la costa, más dos enclaves en el interior. Vivió tradicionalmente de la pesca y de la construcción de dhows —sus astilleros de madera todavía funcionan— y hoy depende en buena medida de la economía de la vecina Sharjah y de Dubái. Su antiguo fuerte, convertido en museo, guarda la memoria de ese pasado modesto y marinero.
Umm al-Quwain es el emirato menos poblado y el más tranquilo del país, con apenas unas decenas de miles de habitantes. Gobernado por la dinastía Al Mualla, conserva un aire detenido en el tiempo: lagunas, manglares, un viejo casco junto al mar y una economía que nunca despegó al ritmo de sus vecinos, en parte porque no tuvo petróleo. Su costa y sus islas, con abundante vida de aves, lo hacen atractivo para quienes buscan la cara más serena y menos urbanizada de los Emiratos.
Ambos emiratos ilustran la enorme desigualdad interna del país. Sin petróleo propio significativo, dependen de las transferencias del presupuesto federal —es decir, de Abu Dabi— y de su integración en la gran conurbación del norte. Su historia es la de comunidades pesqueras y perleras que, tras el colapso de las perlas, se subieron como pudieron al tren de la prosperidad tirado por sus poderosos vecinos del sur.
Ras al-Jaima es el emirato de la naturaleza y de la historia más profunda: heredero de Julfar, se extiende desde las playas y los manglares hasta las montañas Hajar, donde se alza el Jebel Jais, el pico más alto del país, con casi 1.900 metros y hoy famoso por la tirolesa más larga del mundo. Fue el último en sumarse a la federación, en febrero de 1972, con cierta resistencia inicial, y arrastra el agravio de la ocupación iraní de sus islas Tunb en 1971.
Fujairah es el único de los siete emiratos que no da al golfo Pérsico, sino al golfo de Omán, del otro lado de las montañas Hajar. Esa geografía lo mantuvo históricamente algo aislado del resto y ligado a Omán; recién se reconoció como emirato pleno en el siglo XX. Su costa de buceo, sus wadis entre montañas y su patrimonio lo distinguen: allí está la mezquita de Al Bidyah, considerada la más antigua de los Emiratos, levantada en el siglo XV con adobe y piedra y coronada por cuatro cúpulas. Cerca, en Dibba, se libró en el siglo VII una de las batallas decisivas de las guerras de la Ridda.
Ambos emiratos comparten un rasgo: su riqueza no está en el petróleo sino en la posición y el paisaje. Fujairah, sobre el golfo de Omán y fuera del estrecho de Ormuz, se volvió un puerto estratégico para el tránsito de combustibles que evita ese cuello de botella. Ras al-Jaima explota canteras y cemento y apuesta fuerte al turismo de montaña y aventura. Juntos representan la cara más agreste y menos urbana del país, la de las montañas y los dos mares.
Los cinco emiratos del norte —Sharjah, Ajman, Umm al-Quwain, Ras al-Jaima y Fujairah— comparten una situación común: son los socios menores de una federación dominada por Abu Dabi y Dubái. Ninguno tiene reservas de petróleo comparables a las del sur, y todos dependen en distinta medida de las transferencias del presupuesto federal, que financia Abu Dabi, y de la integración económica con Dubái y Sharjah. Esa dependencia se traduce en menor autonomía real dentro del sistema.
La fundación del país, en 1971, no fue un proceso terso para el norte. Ras al-Jaima se sumó recién en 1972, tras dudar y negociar, dolida además por la ocupación iraní de sus islas Tunb pocos días antes de la independencia. Las fronteras internas entre los emiratos quedaron enrevesadas —con enclaves de un emirato dentro de otro— reflejo de un mapa tribal antiguo que la federación heredó sin borrar del todo.
Aun así, la unión funcionó. A cambio de ceder soberanía en política exterior, defensa y moneda, los emiratos del norte accedieron a la infraestructura, los servicios y la estabilidad que trajo la riqueza del sur. Hoy buscan su propio lugar en el país: Sharjah como capital cultural, Ras al-Jaima y Fujairah como destinos de naturaleza y logística, Ajman y Umm al-Quwain como reductos más tranquilos y accesibles. La historia del norte es la de un pasado glorioso en el mar y un presente a la sombra, pero seguro, de sus vecinos.
Al sur del país se abre uno de los paisajes más extremos de la Tierra: el Rub al-Jali, el 'Cuarto Vacío', el mayor desierto de arena continua del planeta, que se reparte entre Arabia Saudita, Omán, Yemen y los Emiratos. Sus dunas pueden superar los cien metros de altura y sus temperaturas veraniegas están entre las más altas registradas. Durante milenios fue una frontera casi infranqueable, cruzada solo por beduinos que conocían sus pozos y sus rutas.
En el borde emiratí de ese desierto está el oasis de Liwa, una guirnalda de aldeas y palmerales que fue la cuna de los Bani Yas, la confederación de la que salieron las familias gobernantes de Abu Dabi y Dubái. Liwa era el refugio del interior: allí se cultivaban dátiles y se guardaba el ganado en verano, mientras muchos hombres bajaban a la costa para la temporada de perlas. Es, en cierto sentido, el corazón ancestral del país, mucho antes de que existieran las ciudades de la costa.
Hoy Liwa y su desierto son también un destino: las dunas gigantes como la Moreeb —una de las más altas del mundo, escenario de competencias de motores— y los campamentos que permiten dormir bajo las estrellas atraen a viajeros y a los propios emiratíes, que reivindican en el desierto su identidad y su origen. Cada invierno, festivales de camellos, cetrería y dátiles celebran esa herencia beduina en el mismo borde del gran vacío.
Antes del petróleo, de las ciudades y hasta de las perlas, estuvo el beduino. Buena parte de la población del interior vivía de forma nómada o seminómada, criando camellos, cabras y ovejas, y moviéndose por el desierto en busca de pasto y agua. Era una vida dura, regida por el clima, el pozo y la tribu, con un código estricto de hospitalidad, honor y lealtad que todavía impregna la cultura emiratí.
De ese mundo vienen los símbolos más queridos del país: el camello, medio de transporte, alimento y riqueza, hoy protagonista de carreras y concursos de belleza; el halcón, compañero de caza convertido en emblema nacional que aparece hasta en el escudo del Estado; el café con dátiles como rito de bienvenida; la poesía nabatí, recitada de memoria. La cetrería y la cría del camello, lejos de desaparecer, se cultivan hoy como patrimonio y motivo de orgullo, con instituciones dedicadas a preservarlas.
Ese pasado nómada explica mucho del presente. Los fundadores del país —Zayed el primero— eran hombres del desierto y del oasis, no de la metrópoli, y su idea de comunidad venía de la tribu. La velocidad con que los Emiratos pasaron de la tienda de pelo de cabra al rascacielos de cristal no borró ese trasfondo: bajo la superficie ultramoderna late todavía una cultura beduina que apenas tiene dos o tres generaciones de distancia.
Al este del país, el desierto choca con las montañas Hajar, una cadena rocosa y árida que se extiende sobre todo por Omán y penetra en los Emiratos por el norte y el este. Estas montañas, esculpidas por antiguos ríos, crearon un paisaje de wadis —cauces secos que se llenan con las lluvias—, gargantas y terrazas de cultivo aferradas a la piedra, donde durante siglos pequeñas comunidades vivieron de la agricultura de montaña y del agua del falaj.
Hatta es el rincón montañoso más conocido: un enclave de Dubái situado en pleno corazón de los Hajar, separado del resto del emirato y rodeado de territorio omaní y de otros emiratos. Refrescado por la altura, Hatta ofrece un contraste total con la costa: un embalse de aguas turquesas para hacer kayak, senderos entre las montañas, un pueblo del patrimonio con casas y torres restauradas, y un aire seco y fresco que atrae sobre todo en invierno. Fue durante mucho tiempo una parada de las caravanas entre la costa y el interior.
Estas montañas guardan también capítulos de la historia profunda del país. En sus wadis y en la costa oriental que se asoma tras ellas —la de Fujairah y Dibba— se libraron batallas tempranas del islam y se levantaron fuertes y mezquitas antiguas. El agua, siempre escasa, fue el recurso decisivo: quien controlaba las fuentes de la montaña controlaba la vida del oasis. Hoy los Hajar son el destino de quienes buscan en los Emiratos algo que no esperaban: altura, frescura y roca en lugar de arena y mar.
La naturaleza emiratí no es solo desierto y montaña: también es mar. La costa esconde extensos manglares —sobre todo alrededor de Abu Dabi y en Umm al-Quwain— que funcionan como viveros de peces y refugio de aves, y aguas poco profundas que albergan una de las mayores poblaciones de dugongo (la 'vaca marina') del mundo después de Australia. Frente a la costa se dispersan decenas de islas, muchas de ellas antiguos bancos de perlas y hoy reservas naturales.
Ese mar fue durante milenios la despensa y la fuente de riqueza del país. De él salieron las perlas que sostuvieron la economía hasta los años treinta, y de él seguían viviendo, tras el colapso perlero, los pescadores de toda la costa. La relación con el golfo —a la vez frontera peligrosa y sustento— moldeó la cultura de estos pueblos tanto como el desierto moldeó la del interior. El dhow de madera, con su vela triangular, es el otro gran símbolo nacional junto al camello y el halcón.
Hoy ese patrimonio marino enfrenta la presión del desarrollo. La construcción de islas artificiales, puertos y ciudades enteras ganadas al mar transformó litorales enteros, con impacto sobre manglares, arrecifes y bancos de peces. El país, consciente del problema y de su imagen, creó reservas marinas y programas de protección, pero el choque entre el crecimiento vertiginoso y la conservación de una naturaleza frágil es una de las tensiones abiertas del presente emiratí.
La conciencia ambiental de los Emiratos tiene un padre reconocido: el jeque Zayed, al que se recuerda como pionero de la conservación en la región. Preocupado por la desaparición de la fauna del desierto, impulsó la protección del oryx de Arabia —el antílope blanco que había sido cazado casi hasta la extinción— y su reintroducción en el país. Convirtió, además, la isla de Sir Bani Yas, frente a la costa de Abu Dabi, en una reserva de vida salvaje donde hoy pastan miles de animales.
Ese legado se combina hoy con proyectos de escala. El país reintrodujo especies desaparecidas, creó parques nacionales y reservas de manglares, y montó programas de cría de halcones y de reintroducción de aves de presa. En la montaña, el Jebel Jais de Ras al-Jaima se transformó en un destino de aventura y naturaleza, con miradores y actividades que buscan un turismo distinto al de las playas y los malls. La imagen de un país que también cuida su entorno se volvió parte de la marca nacional.
Pero la contradicción es enorme y el país la carga a la vista de todos. Los Emiratos tienen una de las huellas ecológicas por habitante más altas del mundo, un consumo de agua y energía descomunal en pleno desierto, y una economía nacida del petróleo. Que Dubái albergara en 2023 la cumbre climática de la ONU, la COP28, presidida por el propio jefe de la petrolera estatal, condensó esa paradoja. El futuro ambiental del país —entre la ambición verde y la dependencia del crudo— es, quizá, el mayor de sus desafíos pendientes.
Casi nada de lo que le pasó a Emiratos Árabes Unidos le pasó solo: estas son las historias de al lado.