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Historia · Emiratos Árabes Unidos

Historia de Naturaleza, desierto y montañas

El Rub al-Jali y el oasis de Liwa

Al sur del país se abre uno de los paisajes más extremos de la Tierra: el Rub al-Jali, el 'Cuarto Vacío', el mayor desierto de arena continua del planeta, que se reparte entre Arabia Saudita, Omán, Yemen y los Emiratos. Sus dunas pueden superar los cien metros de altura y sus temperaturas veraniegas están entre las más altas registradas. Durante milenios fue una frontera casi infranqueable, cruzada solo por beduinos que conocían sus pozos y sus rutas.

En el borde emiratí de ese desierto está el oasis de Liwa, una guirnalda de aldeas y palmerales que fue la cuna de los Bani Yas, la confederación de la que salieron las familias gobernantes de Abu Dabi y Dubái. Liwa era el refugio del interior: allí se cultivaban dátiles y se guardaba el ganado en verano, mientras muchos hombres bajaban a la costa para la temporada de perlas. Es, en cierto sentido, el corazón ancestral del país, mucho antes de que existieran las ciudades de la costa.

Hoy Liwa y su desierto son también un destino: las dunas gigantes como la Moreeb —una de las más altas del mundo, escenario de competencias de motores— y los campamentos que permiten dormir bajo las estrellas atraen a viajeros y a los propios emiratíes, que reivindican en el desierto su identidad y su origen. Cada invierno, festivales de camellos, cetrería y dátiles celebran esa herencia beduina en el mismo borde del gran vacío.

https://en.wikipedia.org/wiki/Rub'_al_Khalihttps://moccae.gov.ae/en/knowledge/ecotourism/liwa-oasis-and

La vida beduina que lo precedió todo

Antes del petróleo, de las ciudades y hasta de las perlas, estuvo el beduino. Buena parte de la población del interior vivía de forma nómada o seminómada, criando camellos, cabras y ovejas, y moviéndose por el desierto en busca de pasto y agua. Era una vida dura, regida por el clima, el pozo y la tribu, con un código estricto de hospitalidad, honor y lealtad que todavía impregna la cultura emiratí.

De ese mundo vienen los símbolos más queridos del país: el camello, medio de transporte, alimento y riqueza, hoy protagonista de carreras y concursos de belleza; el halcón, compañero de caza convertido en emblema nacional que aparece hasta en el escudo del Estado; el café con dátiles como rito de bienvenida; la poesía nabatí, recitada de memoria. La cetrería y la cría del camello, lejos de desaparecer, se cultivan hoy como patrimonio y motivo de orgullo, con instituciones dedicadas a preservarlas.

Ese pasado nómada explica mucho del presente. Los fundadores del país —Zayed el primero— eran hombres del desierto y del oasis, no de la metrópoli, y su idea de comunidad venía de la tribu. La velocidad con que los Emiratos pasaron de la tienda de pelo de cabra al rascacielos de cristal no borró ese trasfondo: bajo la superficie ultramoderna late todavía una cultura beduina que apenas tiene dos o tres generaciones de distancia.

https://en.wikipedia.org/wiki/Bedouinhttps://en.wikipedia.org/wiki/Culture_of_the_United_Arab_Emi

Las montañas Hajar y el enclave de Hatta

Al este del país, el desierto choca con las montañas Hajar, una cadena rocosa y árida que se extiende sobre todo por Omán y penetra en los Emiratos por el norte y el este. Estas montañas, esculpidas por antiguos ríos, crearon un paisaje de wadis —cauces secos que se llenan con las lluvias—, gargantas y terrazas de cultivo aferradas a la piedra, donde durante siglos pequeñas comunidades vivieron de la agricultura de montaña y del agua del falaj.

Hatta es el rincón montañoso más conocido: un enclave de Dubái situado en pleno corazón de los Hajar, separado del resto del emirato y rodeado de territorio omaní y de otros emiratos. Refrescado por la altura, Hatta ofrece un contraste total con la costa: un embalse de aguas turquesas para hacer kayak, senderos entre las montañas, un pueblo del patrimonio con casas y torres restauradas, y un aire seco y fresco que atrae sobre todo en invierno. Fue durante mucho tiempo una parada de las caravanas entre la costa y el interior.

Estas montañas guardan también capítulos de la historia profunda del país. En sus wadis y en la costa oriental que se asoma tras ellas —la de Fujairah y Dibba— se libraron batallas tempranas del islam y se levantaron fuertes y mezquitas antiguas. El agua, siempre escasa, fue el recurso decisivo: quien controlaba las fuentes de la montaña controlaba la vida del oasis. Hoy los Hajar son el destino de quienes buscan en los Emiratos algo que no esperaban: altura, frescura y roca en lugar de arena y mar.

https://en.wikipedia.org/wiki/Hajar_Mountainshttps://en.wikipedia.org/wiki/Hatta,_United_Arab_Emirates

Manglares, islas y la vida del mar

La naturaleza emiratí no es solo desierto y montaña: también es mar. La costa esconde extensos manglares —sobre todo alrededor de Abu Dabi y en Umm al-Quwain— que funcionan como viveros de peces y refugio de aves, y aguas poco profundas que albergan una de las mayores poblaciones de dugongo (la 'vaca marina') del mundo después de Australia. Frente a la costa se dispersan decenas de islas, muchas de ellas antiguos bancos de perlas y hoy reservas naturales.

Ese mar fue durante milenios la despensa y la fuente de riqueza del país. De él salieron las perlas que sostuvieron la economía hasta los años treinta, y de él seguían viviendo, tras el colapso perlero, los pescadores de toda la costa. La relación con el golfo —a la vez frontera peligrosa y sustento— moldeó la cultura de estos pueblos tanto como el desierto moldeó la del interior. El dhow de madera, con su vela triangular, es el otro gran símbolo nacional junto al camello y el halcón.

Hoy ese patrimonio marino enfrenta la presión del desarrollo. La construcción de islas artificiales, puertos y ciudades enteras ganadas al mar transformó litorales enteros, con impacto sobre manglares, arrecifes y bancos de peces. El país, consciente del problema y de su imagen, creó reservas marinas y programas de protección, pero el choque entre el crecimiento vertiginoso y la conservación de una naturaleza frágil es una de las tensiones abiertas del presente emiratí.

https://en.wikipedia.org/wiki/Geography_of_the_United_Arab_Ehttps://en.wikipedia.org/wiki/Dugong

Conservación: el legado verde de Zayed

La conciencia ambiental de los Emiratos tiene un padre reconocido: el jeque Zayed, al que se recuerda como pionero de la conservación en la región. Preocupado por la desaparición de la fauna del desierto, impulsó la protección del oryx de Arabia —el antílope blanco que había sido cazado casi hasta la extinción— y su reintroducción en el país. Convirtió, además, la isla de Sir Bani Yas, frente a la costa de Abu Dabi, en una reserva de vida salvaje donde hoy pastan miles de animales.

Ese legado se combina hoy con proyectos de escala. El país reintrodujo especies desaparecidas, creó parques nacionales y reservas de manglares, y montó programas de cría de halcones y de reintroducción de aves de presa. En la montaña, el Jebel Jais de Ras al-Jaima se transformó en un destino de aventura y naturaleza, con miradores y actividades que buscan un turismo distinto al de las playas y los malls. La imagen de un país que también cuida su entorno se volvió parte de la marca nacional.

Pero la contradicción es enorme y el país la carga a la vista de todos. Los Emiratos tienen una de las huellas ecológicas por habitante más altas del mundo, un consumo de agua y energía descomunal en pleno desierto, y una economía nacida del petróleo. Que Dubái albergara en 2023 la cumbre climática de la ONU, la COP28, presidida por el propio jefe de la petrolera estatal, condensó esa paradoja. El futuro ambiental del país —entre la ambición verde y la dependencia del crudo— es, quizá, el mayor de sus desafíos pendientes.

https://en.wikipedia.org/wiki/Sir_Bani_Yashttps://en.wikipedia.org/wiki/Arabian_oryxhttps://en.wikipedia.org/wiki/2023_United_Nations_Climate_Ch

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📚 Bibliografía

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