El norte de los Emiratos fue, durante siglos, el más poblado y poderoso de la costa. Su centro histórico fue Julfar, cerca de la actual Ras al-Jaima, uno de los grandes puertos del golfo entre los siglos XIII y XVI, desde donde partían barcos hacia la India, África oriental y China cargados de perlas, caballos y dátiles. Sobre esa tradición marinera se levantó, en el siglo XVIII, el poder de los Qawasim (Al Qasimi), la dinastía que dominó Sharjah y Ras al-Jaima.
Los Qawasim construyeron una verdadera potencia naval, con una flota numerosa y control sobre ambas orillas del estrecho de Ormuz. Ese poder chocó de frente con los intereses de Gran Bretaña, que los acusó de piratería y bautizó al litoral 'Costa de los Piratas'. Los historiadores discuten esa etiqueta: para los británicos era piratería; para los Qawasim, defensa de su comercio frente a una potencia que quería el monopolio del golfo.
El choque terminó mal para el norte. En 1819, una expedición británica arrasó Ras al-Jaima y destruyó la flota qasimi, y al año siguiente los jeques firmaron el Tratado Marítimo General de 1820. Aquella derrota marcó el declive del poderío naval del norte y el ascenso, con el tiempo, de Abu Dabi y Dubái. Los emiratos septentrionales conservaron su orgullo y su historia, pero quedaron, en riqueza, por detrás de sus vecinos del sur.
Sharjah, la tercera ciudad del país y sede de una rama de los Qawasim, eligió un camino distinto al de sus vecinas: en lugar de competir en rascacielos y ocio nocturno, se posicionó como la capital cultural y religiosa de los Emiratos. Bajo el gobierno del jeque Sultan bin Muhammad al-Qasimi —historiador de formación, en el poder desde 1972—, la ciudad restauró sus zocos y barrios antiguos, abrió una notable red de museos de arte islámico, arqueología, caligrafía y ciencia, y cultivó su imagen de guardiana del patrimonio.
Ese perfil le valió reconocimientos internacionales: la Unesco la nombró Capital Cultural del Mundo Árabe en 1998 y Capital Mundial del Libro en 2019. Sharjah conserva un ambiente más tradicional y conservador que Dubái, con la que comparte frontera y con la que forma una enorme conurbación por la que miles de personas se desplazan cada día. Esa cercanía convirtió a Sharjah, más barata, en ciudad dormitorio de buena parte de quienes trabajan en Dubái.
El carácter conservador tiene una marca visible: Sharjah es el único emirato donde el alcohol está totalmente prohibido, sin excepciones ni licencias para hoteles, a diferencia del resto del país. La ciudad reivindica una identidad musulmana estricta y a la vez abierta al conocimiento y al arte, una combinación que la distingue tanto de la Dubái cosmopolita como del resto de los emiratos del norte.
Entre Sharjah y el resto del norte se intercalan los dos emiratos más pequeños del país. Ajman es el menor de los siete en superficie: apenas un puñado de kilómetros cuadrados en la costa, más dos enclaves en el interior. Vivió tradicionalmente de la pesca y de la construcción de dhows —sus astilleros de madera todavía funcionan— y hoy depende en buena medida de la economía de la vecina Sharjah y de Dubái. Su antiguo fuerte, convertido en museo, guarda la memoria de ese pasado modesto y marinero.
Umm al-Quwain es el emirato menos poblado y el más tranquilo del país, con apenas unas decenas de miles de habitantes. Gobernado por la dinastía Al Mualla, conserva un aire detenido en el tiempo: lagunas, manglares, un viejo casco junto al mar y una economía que nunca despegó al ritmo de sus vecinos, en parte porque no tuvo petróleo. Su costa y sus islas, con abundante vida de aves, lo hacen atractivo para quienes buscan la cara más serena y menos urbanizada de los Emiratos.
Ambos emiratos ilustran la enorme desigualdad interna del país. Sin petróleo propio significativo, dependen de las transferencias del presupuesto federal —es decir, de Abu Dabi— y de su integración en la gran conurbación del norte. Su historia es la de comunidades pesqueras y perleras que, tras el colapso de las perlas, se subieron como pudieron al tren de la prosperidad tirado por sus poderosos vecinos del sur.
Ras al-Jaima es el emirato de la naturaleza y de la historia más profunda: heredero de Julfar, se extiende desde las playas y los manglares hasta las montañas Hajar, donde se alza el Jebel Jais, el pico más alto del país, con casi 1.900 metros y hoy famoso por la tirolesa más larga del mundo. Fue el último en sumarse a la federación, en febrero de 1972, con cierta resistencia inicial, y arrastra el agravio de la ocupación iraní de sus islas Tunb en 1971.
Fujairah es el único de los siete emiratos que no da al golfo Pérsico, sino al golfo de Omán, del otro lado de las montañas Hajar. Esa geografía lo mantuvo históricamente algo aislado del resto y ligado a Omán; recién se reconoció como emirato pleno en el siglo XX. Su costa de buceo, sus wadis entre montañas y su patrimonio lo distinguen: allí está la mezquita de Al Bidyah, considerada la más antigua de los Emiratos, levantada en el siglo XV con adobe y piedra y coronada por cuatro cúpulas. Cerca, en Dibba, se libró en el siglo VII una de las batallas decisivas de las guerras de la Ridda.
Ambos emiratos comparten un rasgo: su riqueza no está en el petróleo sino en la posición y el paisaje. Fujairah, sobre el golfo de Omán y fuera del estrecho de Ormuz, se volvió un puerto estratégico para el tránsito de combustibles que evita ese cuello de botella. Ras al-Jaima explota canteras y cemento y apuesta fuerte al turismo de montaña y aventura. Juntos representan la cara más agreste y menos urbana del país, la de las montañas y los dos mares.
Los cinco emiratos del norte —Sharjah, Ajman, Umm al-Quwain, Ras al-Jaima y Fujairah— comparten una situación común: son los socios menores de una federación dominada por Abu Dabi y Dubái. Ninguno tiene reservas de petróleo comparables a las del sur, y todos dependen en distinta medida de las transferencias del presupuesto federal, que financia Abu Dabi, y de la integración económica con Dubái y Sharjah. Esa dependencia se traduce en menor autonomía real dentro del sistema.
La fundación del país, en 1971, no fue un proceso terso para el norte. Ras al-Jaima se sumó recién en 1972, tras dudar y negociar, dolida además por la ocupación iraní de sus islas Tunb pocos días antes de la independencia. Las fronteras internas entre los emiratos quedaron enrevesadas —con enclaves de un emirato dentro de otro— reflejo de un mapa tribal antiguo que la federación heredó sin borrar del todo.
Aun así, la unión funcionó. A cambio de ceder soberanía en política exterior, defensa y moneda, los emiratos del norte accedieron a la infraestructura, los servicios y la estabilidad que trajo la riqueza del sur. Hoy buscan su propio lugar en el país: Sharjah como capital cultural, Ras al-Jaima y Fujairah como destinos de naturaleza y logística, Ajman y Umm al-Quwain como reductos más tranquilos y accesibles. La historia del norte es la de un pasado glorioso en el mar y un presente a la sombra, pero seguro, de sus vecinos.