La historia de Abu Dabi empieza tierra adentro, en el oasis de Liwa, en el borde del gran desierto del Rub al-Jali. De allí eran los Bani Yas, la confederación tribal de la que descienden los Al Nahyan, la familia que gobierna Abu Dabi. Durante generaciones, esa gente vivió del dátil, del pastoreo y de la temporada de perlas en la costa, moviéndose entre el interior y el mar según el calendario.
La tradición sitúa la fundación de la ciudad hacia 1793, cuando los Bani Yas trasladaron su base a la isla de Abu Dabi, atraídos por el hallazgo de agua dulce. El propio nombre —Abu Dabi, 'el padre de la gacela'— remite a una leyenda de cazadores que habrían seguido a una gacela hasta el pozo de agua en la isla. Sobre ese fondeadero se levantó el fuerte de Qasr al-Hosn, el edificio más antiguo de la ciudad y sede de los gobernantes durante casi dos siglos.
Abu Dabi fue, durante todo el siglo XIX y buena parte del XX, un emirato de perlas y pobreza como sus vecinos, quizá más austero por su carácter interior y desértico. Nada anunciaba que ese pequeño sheikhdom de pescadores y beduinos se convertiría en una de las capitales financieras más poderosas del mundo. La clave estaba, literalmente, bajo sus pies y bajo el mar que lo rodeaba.
En el interior del emirato, junto a la frontera con Omán, está Al Ain, la 'ciudad jardín' y el corazón histórico de los Bani Yas junto con Liwa. Es una de las zonas habitadas de forma continua más antiguas de los Emiratos: allí y en la vecina Buraimi se cruzaban las caravanas del desierto, y sus oasis de palmeras se regaban mediante el 'falaj', el ingenioso sistema de canales subterráneos que traía el agua desde las montañas, heredado de la Antigüedad.
El subsuelo de Al Ain guarda la prehistoria del país. En Hili se conservan tumbas y asentamientos de las culturas de Hafit y Umm an-Nar, del tercer milenio antes de nuestra era, y por eso Al Ain fue el primer sitio de los Emiratos inscrito como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en 2011, con sus oasis, sus falaj y sus yacimientos arqueológicos. Sobre el desierto se alza el Jebel Hafeet, la montaña en cuyas laderas se hallaron cientos de tumbas colmena de hace más de cinco mil años.
Al Ain tiene, además, un peso simbólico enorme: allí nació y se crió el jeque Zayed, el fundador del país, que fue gobernador de la región antes de llegar al poder en Abu Dabi. Su experiencia en el oasis —el agua, los dátiles, la vida tribal— marcó su idea de desarrollo. Por eso Al Ain es hoy una ciudad tranquila y verde, sin rascacielos, cuidada casi como un santuario del origen emiratí.
Todo cambió con el petróleo. Abu Dabi resultó sentarse sobre una de las mayores reservas de crudo del mundo: el hallazgo comercial llegó en 1958, con el yacimiento marino de Umm Shaif, y las primeras exportaciones en 1962. De la noche a la mañana, el emirato más austero pasó a ser inmensamente rico. Su gobernante de entonces, el jeque Shakhbut, desconfiaba del dinero y lo guardaba casi sin gastarlo, lo que frustraba a su familia y a los británicos.
En agosto de 1966, Shakhbut fue reemplazado por su hermano Zayed bin Sultan, decidido a volcar la renta petrolera en desarrollo. Zayed transformó Abu Dabi en cuestión de años y, sobre todo, se convirtió en el motor de la unión de los emiratos. Cuando nació el país en 1971, Abu Dabi fue designada capital de los Emiratos Árabes Unidos, un papel provisional que con el tiempo se volvió permanente: allí están el gobierno federal, la presidencia y las embajadas.
Como aportante de casi todo el petróleo, Abu Dabi financió el grueso del presupuesto federal y sostuvo a los emiratos más pobres. Su riqueza se canalizó, además, en gigantescos fondos soberanos —el ADIA es uno de los mayores del mundo— que invierten el excedente petrolero en activos por todo el planeta, pensando en el día en que el crudo deje de ser el centro. Esa combinación de petróleo, prudencia financiera y liderazgo político hizo de Abu Dabi el socio dominante, sin discusión, dentro de la federación.
Con el cambio de siglo, Abu Dabi decidió que la riqueza también debía comprar prestigio cultural y espiritual. El símbolo más rotundo es la Gran Mezquita Sheikh Zayed, terminada en 2007, una de las mayores del mundo, capaz de albergar a decenas de miles de fieles, con su mármol blanco, sus cúpulas y la que fue la mayor alfombra tejida a mano del planeta. Lleva el nombre del fundador del país, que está enterrado junto a ella.
En paralelo, el emirato invirtió miles de millones en la isla de Saadiyat para crear un distrito cultural de escala mundial. Su joya es el Louvre Abu Dhabi, inaugurado en 2017 bajo una espectacular cúpula perforada diseñada por Jean Nouvel, fruto de un acuerdo con Francia que incluye el uso del nombre del museo parisino. En la misma isla están previstos o en marcha otros grandes museos, como un Guggenheim y el Museo Nacional Zayed. La apuesta es clara: convertir a Abu Dabi en un destino de arte y conocimiento, no solo de negocios.
Esa estrategia cultural no está exenta de polémica. La construcción de los museos de Saadiyat fue señalada por organizaciones internacionales por las condiciones de los obreros migrantes que los levantaron, en la misma línea de crítica que pesa sobre todo el modelo laboral del país. Como en Dubái, el esplendor arquitectónico convive con las preguntas incómodas sobre quién lo construye y en qué condiciones.
Frente a la capital, la isla de Yas es la apuesta de Abu Dabi por el entretenimiento a gran escala. Allí se corre desde 2009 el Gran Premio de Abu Dabi de Fórmula 1, en el circuito de Yas Marina, que suele cerrar la temporada mundial y se convirtió en la vidriera deportiva del emirato. La isla suma parques temáticos de marcas globales —Ferrari World, con su montaña rusa entre las más rápidas del mundo, y Warner Bros—, hoteles, campos de golf y playas de resort.
Yas encarna la versión abudabí de la diversificación: si Dubái apostó al comercio y al turismo masivo, Abu Dabi combina cultura, deporte de élite, turismo de lujo e industria pesada, siempre con la red de seguridad de su enorme riqueza petrolera y sus fondos soberanos. El objetivo declarado es la 'economía post-petróleo': atraer inversión, talento y visitantes para que, cuando el crudo pierda peso, el emirato ya viva de otra cosa.
Esa mirada al futuro incluye la energía y la tecnología. Abu Dabi construyó Masdar City como laboratorio de urbanismo sostenible, desarrolló grandes plantas solares y la central nuclear de Barakah, y financió el programa espacial que en 2021 puso la sonda 'Al-Amal' (Esperanza) en órbita alrededor de Marte, hito para el mundo árabe. Entre el circuito de Fórmula 1 y la sonda marciana, Abu Dabi resume su ambición: usar la renta de un recurso finito para construir algo que le sobreviva.